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viernes, 28 de septiembre de 2012

Terror en el mar

Fue durante mi corta estadía en el sur del país.  Sin nada que hacer, daba largos paseos por la playa, y conversaba con cuanto local me prestara atención. Cuando veía a alguien tejiendo una red, o impermeabilizando un bote, me acercaba a charlar, y como no hay hombre de mar que no le guste relatar historias, pronto me hice conocido entre los lugareños.  Así alcancé a compartir algunas fogatas con los pescadores. Con el sonido el mar rompiendo en la playa, relaté también algunas de mis historias, de las que viví tierra adentro, en los montes y en los ríos, pues también soy pescador, aunque a diferencia de ellos para mí es más que nada un deporte.
Al haberme ganado su confianza, un lugareño me invitó al fin a pescar, y por la tarde salimos en un lanchón.  La pequeña embarcación iba saltando sobre las olas, y así navegamos hasta que dejamos de ver la costa, y todo lo que nos rodeaba era mar.
La pesca fue excelente, entre mis manos coletearon pescados que sólo había visto en el mercado.
El sol se fue hundiendo en el mar y aún seguíamos sacando peces. Aunque me estaba divirtiendo mucho, me preocupó que la noche nos agarrara muy lejos de la costa.

- No pasa nada - me dijo -. Sé guiarme en estas aguas, y al rato vemos las luces del pueblo.
- ¡Ah! claro, las luces del pueblo - le dije, y recordé las fogatas, que hasta ese momento creía que eran sólo para contar historias en torno a ellas.

La noche cayó rápido. El lanchón iba saltando ahora sobre olas que no veíamos. Cada uno tenía una linterna, y en medio de la lancha encendimos un farol a batería. Seguimos navegando por un mar de oscuridad. En algún momento el cielo se había nublado, y noté que cada tanto mi compañero de pesca miraba hacia arriba. Entonces desee que no necesitara de las estrellas para guiarse, porque de ser así estábamos en problemas, pues no titilaba ni una en el cielo.

Detuvo el motor y lo vi girar la cabeza como quien busca orientarse; acción inútil, pensé, pues más allá de las cortas luces de las linternas no se distinguía nada.
Para empeorar la situación, súbitamente nos envolvió un banco de niebla que vino no sé de que lado.
Le pregunté si era común tanta niebla y me dijo que no. Y con el motor apagado nos quedamos en medio de aquella nube, apuntando las linternas hacia todos lados. Ni le pregunté si estaba perdido, era obvio.  La niebla era tan espesa que casi asfixiaba. Tan rápido como la niebla, llegó un frío repentino.
Por suerte el hombre había llevado un impermeable extra, la niebla mojaba.
Mi compañero de pesca comenzó a desdoblar una lona y me pidió que lo ayudara. Utilizando unos tubos metálicos, armamos con la lona un cobertizo sobre gran parte de la proa, usaba aquello para darse sombra los días de sol muy fuerte, pero esa noche nos iba a ser útil para protegernos un poco más del frío.

Estábamos sentados bajo aquella especie de cobertizo, con las linternas apagadas y la luz del farol luchando contra las tinieblas, cuando de repente vi que había alguien en la popa de la lancha, estaba sentado mirando hacia el mar, y tenía la cabeza cubierta por una capa negra, vestía todo de negro.
Mi primer reacción fue enfocarlo con la linterna, mas mi compañero me lo impidió bajándome el brazo de un manotazo. “No lo alumbres y no lo veas directamente”, me susurró.
La situación pasó a ser terrorífica. ¿De dónde había salido? ¿Cómo había aparecido allí, de repente?
Vi que comenzó a girar hacia nosotros. Mi compañero me tomó de la solapa del impermeable y me hizo desviar la mirada, mientras él hacía lo mismo. “No lo mires”, me dijo entre dientes.

Permanecimos así no sé cuanto rato, con la mirada baja, atisbando por el rabillo del ojo al fantasmal tercer ocupante del lanchón. “Ya se fue”, dijo el pescador, y al levantar la vista el otro, lo que fuera, ya no estaba. La niebla también se había disipado, y allá lejos brillaban las luces del pueblo.
El pescador no quiso hablar del asunto, cuando llegamos a la playa partió rumbo a su hogar sin decir una palabra.
Después de eso permanecí en la zona un par de días más. En ese tiempo pude averiguar que el pescador antes tenía un socio, y que un día salieron a pescar y que sólo él volvió, pues su socio sufrió un desafortunado accidente. Incluso en el bar del pueblo tenían una foto del tipo. 
 
  
 

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