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martes, 30 de octubre de 2012

En el camino

Artemio caminaba bajo las estrellas. Iba por un camino de tierra rumbo a su pueblo.  En los lados del camino había maizales, y entre éstos oscuridad y silencio, pues no soplaba ni una brisa.  Reinaba en la noche una quietud mayor que la usual, y esa quietud y el silencio que causaba, hacían que Artemio escudriñara la oscuridad constantemente, porque sentía que algo no estaba bien. 
Artemio divisó el resplandor de las luces del pueblo, que allá entre los cerros, parecía el comienzo luminoso de un nuevo amanecer.
En un punto de su caminata volteó, escudriño forzando la vista y, se dio cuenta que alguien lo seguía. Por el andar y la silueta encorvada dedujo que era una anciana.  Se detuvo a esperarla porque supuso que sería alguien del pueblo, pero cuando el paró, la otra figura oscurecida también.  Al notarlo Artemio siguió su camino. Tal vez la anciana, que veía de él solo la silueta, no quería acercarse más por temor, concluyó Artemio. 

El resplandor del pueblo iba creciendo pero todavía estaba lejos, aún así, comenzó a llegar desde esa dirección un rumor vago que se entreveraba con distantes notas musicales, que se apagaban del todo por instantes y surgían nuevamente como si viniera en ráfagas sonoras.
Artemio apuró el paso con la intención de dejar a la vieja atrás. Si bien suponía que solamente era una anciana desconfiada, una sensación horrible crecía dentro de él; era el miedo, y el miedo casi nunca escucha la voz del pensamiento.
Volteó nuevamente al creer que había dejado muy atrás a la vieja, mas ésta seguía a pocos metros de distancia.    
Aquello ya era demasiado extraño, había dado pasos largos y rápidos, casi había corrido.
Aún faltaba camino y no podía seguir así; o descubría que sólo era una persona… o que pasara lo que tuviera que pasar, resolvió Artemio.
Paró y desanduvo sus pasos. Esa actitud hizo que la silueta encorvada se detuviera, y súbitamente dijo:

- Quiero que me de un aventón, joven - la voz sonaba áspera y temblorosa.
- Yo… cómo le voy a dar un aventón si, si ando a pie - dijo Artemio.
- No importa; me voy a subir en tu espalda ¡Jajajaja...! - rió alocadamente la decrépita anciana, que en realidad era una bruja espantosa de cara peluda y deforme.

Artemio quiso huir corriendo, pero apenas giró rumbo al pueblo, la bruja se le subió en la espalda, y rodeándolo con sus brazos y las piernas se aferró con fuerza a él. Artemio gritó como nunca antes lo hizo, y ya medio enloquecido por el terror, giró tratando de desprenderse de la bruja, y al no poder conseguirlo, salió corriendo y se internó en la oscuridad del maizal.
En el pueblo, la gente seguía bailando y festejando halloween: era la noche de brujas.

¡Feliz halloween!

domingo, 28 de octubre de 2012

Todos los halloween

Desde ese halloween, cada vez que llega esa fecha, paso un día terrible y una noche peor, aunque no he vuelto a ver a aquella cosa.
Como en mi ciudad no hay ninguna actividad el día de halloween, planeamos la nuestra, y un pequeño grupo de jóvenes nos reunimos durante la noche en la plaza que hay frente al cementerio; y ahí nos pusimos a contar cosas tenebrosas; cuentos que conocíamos o inventábamos en el momento.  
La plaza es más bien una manzana despoblada con algunos bancos, unos hamacas y unos árboles. Cruzando una calle angosta se encuentra el cementerio. En todo el largo de esa cuadra, donde corre el muro del campo santo,  hay pinos en la vereda, unos pinos altos y delgados, y está el gran portón de rejas de la entrada.

Era una noche calurosa. Alrededor de las luces de la plaza pululaban cientos de insectos nocturnos de vuelo errático, que tanto chocaban contra las luces como contra nosotros.  Por momentos soplaba una ráfaga de viento cálido que cruzaba rumorosa entre los pinos.
Cuando uno contaba un cuento de terror los demás escuchábamos atentamente, pero ante un final absurdo o que no asustaba nos echábamos a reír y a hacer bromas. Nos estábamos riendo a carcajadas, cuando un hombre que cruzaba por la plaza nos reprochó:

- Tengan más respeto - nos dijo -, están frente al cementerio.
- Y qué importa - objetó uno de mis compañeros -. No estamos molestando a nadie.
- Siga su camino que nadie le preguntó nada, viejo metido - dijo otro. Ante esas palabras el viejo se fue y volteo hacia nosotros varias veces hasta que estuvo lejos.

Seguimos con nuestros cuentos, las bromas, las carcajadas estridentes, y la noche fue avanzando.
Una luna llena, ya algo desgastada, asomó detrás del muro del cementerio y se fue elevando entre dos pinos.    Observando a la luna, noté que sobresalía algo en el filo del muro.

- ¿Qué es aquello que está arriba del muro? - pregunté señalando el lugar; todos voltearon.
- Parece la cabeza de una persona - observó uno. En ese momento también me parecía una cabeza, la cabeza de alguien que estaba tras el muro, del lado del cementerio.

Creo que todos sentimos lo mismo: un terror súbito, pero aun así seguimos mirando.
La luna marcaba perfectamente el borde del muro y el contorno de aquella cabeza. Desde nuestro lugar no distinguíamos sus facciones (por suerte), pero un movimiento rapidísimo de la cabeza nos dio a entender que no era un humano (por lo menos ya no), pues se desplazó lateralmente por el borde del muro como si su cuerpo estuviera flotando, o como si solamente fuera una cabeza levitando.
Ahí sí reaccionamos y cada huyó hacia su hogar.
Poco rato después de llegar a mi casa me fui a acostar, mas la claridad que daba en mi cara me hizo levantar y fui a cerrar la persiana, y cuando lo estaba haciendo, vi, con la visión periférica, que aquella cosa me observaba desde lo alto del muro de mis vecinos. 
Mis compañeros no volvieron a verla después de huir de la plaza, pero esa noche todos experimentaron la aterradora sensación de ser observados. 



jueves, 25 de octubre de 2012

Te sigo

Cirio iba a las clases privadas que impartía una maestra en una antigua casona. Las clases eran de noche. Otros niños también iban a la misma hora, y al tener compañeros, Cirio olvidaba por momentos lo mucho que lo asustaba la casa; mas bastaba voltear hacia algún retrato sonriente, o hacia algún rincón ensombrecido para volver a inquietarse y vigilar disimuladamente su entorno.
En medio de una de las clases se apagó la luz de pronto. La habitación quedó en penumbras, y la poca luz que entraba por la ventana, que era la luz de la luna, formó inmediatamente contornos tenebrosos ante los ojos de Cirio.

- ¡No se levanten de sus asientos! - les ordenó la maestra -. La luz debe volver en cualquier momento.
- Quiero irme a casa - dijo uno de los niños.
- Si la luz vuelve enseguida seguimos con la clase, si demora después llamo a sus padres. Ahora a quedarse quietos en sus asientos.

Cirio estaba muy asustado como para hablar, y los otros también se estaban inquietando.
La maestra, caminando lentamente, fue hasta la puerta y la abrió completamente, y asomándose fuera de la habitación, vio que un resplandor luminoso crecía y temblaba en el extremo del corredor que daba a la sala de la casa.

- ¡Niños! Mi marido está encendiendo las lámparas que hay en la sala. Vamos hacia ahí pero de forma ordenada. Procuren no tropezar y formen una fila india,  tómense del hombro del compañero que tienen adelante, y así me van siguiendo, ¿entendieron?
- ¡Sí maestra! - respondió un par de ellos.

Evitando chocar con las sillas, los niños se fueron alineando. Cirio puso su mano en el hombro del que tenía adelante, y sintió que una mano se apoyaba en el suyo. De esa forma, siguiendo a la maestra, salieron de la habitación y atravesaron el corredor.   
Cerca de la sala y la claridad que reinaba en ésta, Cirio sintió que retiraban la mano de su hombro; no le dio importancia y siguió caminando sin voltear; mas al llegar a la sala, vio que todos sus compañeros habían caminado delante de él; él era el último.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El monstruo del pantano

Caí enfermo y al otro día estaba ardiendo en fiebre. Como vivo solo, contraté a alguien para que me cuidara, porque no me gustan los hospitales.  Hice unas llamadas a unos amigos y me recomendaron a Roxana, una enfermera que atiende en las casas.
Cuando llegó la noche la fiebre me hizo tiritar sobre la cama.  Roxana me aplicaba paños de agua fría sobre la frente, y cada poco tiempo me controlaba la temperatura.

- Si sube más tiene que ir al hospital - me dijo Roxana, mirando el termómetro con preocupación.
- Aquí estoy mejor que en el hospital, estoy en mi casa y… aquí estoy bien… - le aseguré, y dije algo más que ni recuerdo; la fiebre me quemaba con fuerza y todo era muy confuso.

No quería dormir porque sabía que iba a tener pesadillas, me había pasado en otras ocasiones, y con menos fiebre. 
Roxana me aplicaba un paño frío tras otro, salía del cuarto para renovar el agua, y volvía equilibrando la palangana.     En la calle hacía una noche horrible. Desde mi cama escuchaba el rugir del viento, y al voltear hacia la ventana veía la sombra del rosal del jardín hamacándose para todos lados.
A pesar de mis esfuerzos me dormí, me sumergí en el mundo de las pesadillas. Pasaba de un escenario aterrador a otro.  En una casa ruinosa absurdamente grande, me persiguió una especie de bruja horripilante. Corría y corría por los pasillos y la bruja seguía detrás de mí lanzando gritos.  De esa pesadilla, pasé a otra cuyo escenario era mi vieja escuela, y sentado en uno de los pupitres, me vi rodeado de muñecos espantosos que estaban suplantando a mis compañeros. De pronto todos los muñecos voltearon hacia mí y salí huyendo, y los muñecos me persiguieron por toda la escuela.

Después, en un paisaje completamente extraño, parecido a un pantano y a un desierto a la vez, fui perseguido por una criatura por demás horripilante, que aunque intentara no podría describir, pues no existe nada con qué compararlo.     En mi huída, súbitamente me di cuenta que estaba soñando, aún así no me desperté.  Entonces dejé de correr y voltee hacia el monstruo, suponiendo que cuando el monstruo me alcanzara iba a despertar. No me alcanzó porque había dejado de correr, y sólo me miraba con sus ojos huecos. Me contempló un instante que me pareció una eternidad, y de pronto volteó hacia un lado como si hubiera escuchado algo, y cuando miré rumbo a la dirección que apuntaba el monstruo, vi la silueta de una mujer que cruzaba corriendo aquel paisaje irreal y aterrador. El monstruo salió corriendo tras ella y pronto se perdió, enseguida desperté.
Roxana se había dormido sentada. Cuando la llamé se estremeció completamente, abrió los ojos y buscó con la mirada, después suspiró y se restregó los ojos.

- Discúlpeme, me quedé dormida un instante - me explicó -. ¡Ah! Por suerte me despertó; estaba teniendo una pesadilla. ¡Que cosas horribles se pueden soñar!
- ¡A mí me lo va a decir! - exclamé -.Tuve una cabalgata de pesadillas. Y usted, ¿con qué soñó?, si se puede saber. 
- Le cuento: Estaba en un lugar bien raro, desolado, como un desierto pero de barro. Sin previo aviso vi a un monstruo, y frente a él había un hombre que no alcancé a ver bien porque salí corriendo desesperada. El monstruo me siguió hasta que usted me despertó.
  

martes, 23 de octubre de 2012

Marcelo y las criaturas del bosque

La noche había silenciado al bosque, sumiéndolo en la oscuridad. En ese bosque acampaba Marcelo.
Sentado frente a la fogata, agregó unas ramas que las llamas enseguida envolvieron, después levantó la mirada hacia el cielo.   Unas nubes tenues que parecían estar a punto de disolverse en el viento, cruzaban rápidamente frente a la luna, que con su pálida luz plateaba las copas de los árboles, y después se filtraba hasta el suelo en finos rayos. 
Marcelo bostezó y estiró los brazos hacia arriba, luego continuó observando el fuego, como fascinado por las llamas que temblaban sobre la leña; pero algo distrajo su atención, y recorrió su entorno con la vista.   No estaba seguro, mas creyó escuchar que alguien reía muy bajo, o el sonido venía de muy lejos.
Puso atención y giró la cabeza hacia varias direcciones y, escuchó otra vez la risa, y esta vez se dio cuenta que venía de cerca, que estaba entre los árboles.

Sin levantarse, estiró el brazo y tomó su mochila, sacó una linterna y esperó. Quería identificar el lugar exacto de dónde venía la risa, y así enfocarlo de pronto. La escuchó de nuevo, apuntó la linterna y la encendió, iluminando parcialmente a una criatura pequeña como un niño pero de cara arrugada y deforme, que al verse descubierto abrió la boca ay lanzó una risotada chillona, y salió corriendo velozmente entre los árboles, desapareciendo enseguida.
Tras el terrible susto que le causó aquella criatura, Marcelo levantó el campamento y se marchó, iluminando su camino a punta de linterna, y volviéndose cada tanto con miedo de que aquello lo persiguiera.
Después de ese encuentro aterrador, Marcelo quiso saber qué era lo que había visto. Leyó cuanto libro consiguió sobre duendes, trolls, y otras criaturas mitológicas.  En sus siguientes salidas al bosque trató de hallar pistas sobre estos seres. En esas excursiones siempre iba armado, pues suponía que eran peligrosos, y acampando en un claro una noche, comprobó que lo eran, mas él estaba preparado, pero eso es otra historia. 

 

sábado, 20 de octubre de 2012

La ventana de la morgue

Los cinco muchachos se juntaron en la vereda y vigilaron hacia todos lados.  Era casi media noche. Habían ido al desfile de halloween y pensaban seguir divirtiéndose mientras intentaban asustarse unos a otros.   
En la vereda en la que estaban, se encontraba el fondo de un hospital, y estaban bajo la ventana de la morgue.  Cerca de la ventana, que estaba ubicada a una altura considerable, había un árbol, y pensaban trepar por él para mirar hacia adentro.
Gerardo vio que una señora dobló en una esquina y caminaba rumbo a ellos.

- Viene gente - les advirtió a los otros, y enseguida miró hacia otro lado.
- Hay que esperar que pase - dijo otro de los muchachos.

La señora iba cruzando lentamente, y de pronto pareció acordarse, miró hacia la ventana y apuró el paso.   En la ciudad casi todos habían escuchado alguna historia aterradora sobre aquella ventana, principalmente se decía que algunas apariciones observaban desde allí a la gente que pasaba por la vereda.  También se decía que una voz aterradora llamaba a la gente por su nombre y lanzaba carcajadas.
La señora se perdió en la otra cuadra. Al ver que la calle estaba desierta se decidieron.

- ¿Quién sube primero? - preguntó uno.
- Yo - dijo Gerardo. Miró hacia lo alto del árbol, levantó un pie hasta una rama baja y empezó a trepar. Los otros lo observaban, volteaban hacia los extremos de la calle y se miraban unos a otros, intentando adivinar el grado de miedo que cada uno sentía.

Gerardo alcanzó el nivel de la ventana, se agarró con los dos brazos al tronco y, con los pies sobre una rama que temblaba bajo su peso, miró hacia el interior de la morgue. 
Lo primero que vio fue la mesa de autopsias, que estaba vacía.  Cerca de ella había cuatro mesas tipo camilla, y sobre una de ellas, cubierto con una sábana, se encontraba un cuerpo. Gerardo lo miraba cuando súbitamente el cuerpo se enderezó hasta sentarse, y seguidamente se quitó la sábana tirando de ella con las manos, y Gerardo vio que aquel muerto era igual a él, y el muerto lo miró y lo señaló apuntando su brazo.
Gerardo se estremeció tanto que sus pies resbalaron, y como se había soltado del tronco cayó al suelo y se rompió el cuello, muriendo allí mismo.
Una hora y media después, Gerardo estaba dentro de la morgue, y lo habían puesto sobre aquella mesa.

miércoles, 17 de octubre de 2012

¿Accidentes?

Aquella parte del camino siempre me había dado mala impresión.  Allí ocurrieron varios accidentes automovilísticos, aunque aquel tramo no tiene ninguna dificultad que los justifique. Esa parte está encajonado por árboles altos, pero es un tramo recto, sin desniveles. Es un camino de tierra, en cada lado hay un bosque de eucaliptos. El de la izquierda va bajando con el terreno, y desde el camino se puede ver las copas de los árboles que están más abajo; el bosque de la derecha sube, y se ven sus troncos que van manteniendo la vertical mientras el terreno asciende; mas el camino en si es plano y bien nivelado.   
Cruzándolo a pie, incluso de día y yendo con otra gente, una sensación angustiante se apoderaba de mí hasta que me alejaba de allí. Creo que todos los que pasan por el lugar sienten eso, porque recuerdo que en esa parte los otros buscaban con la vista no sé qué, como yo.
Una noche de luna,  regresaba a mi hogar, a pie, solo, y al atravesar esa parte siniestra del camino sentí que me observaban.

Tenía que haber seguido sin mirar, pero girando la cabeza miré hacia todos lados, y vi una cosa que venía atravesando las sombras del bosque. No hacía ruido al andar pero avanzaba bastante rápido. Iba agitando unos brazos larguísimos y parecía tener una joroba, o era parte de su cabeza. Lo veía bien porque aquella cosa tenía puesto algo como una capa o una túnica blanca.
Hice bien en no correr. Aquello llegó hasta el borde del camino y se detuvo, después siguió por las sombras de los árboles. Mi cuerpo estaba tenso por el terror. De reojo vi que me siguió un buen tramo, siempre avanzando entre las sombras con aquel andar silencioso y su extraño movimiento de brazos.
Desde esa noche pasó por otro camino, aunque me queda mucho más lejos. No sé que era, lo que sé es que hay  lugares así en caminos o carreteras: no son tramos complicados pero hay muchos accidentes en ellos.

lunes, 15 de octubre de 2012

No me creo esos cuentos

A Emiliano lo divirtieron los cuentos de terror que sus conocidos narraron después de la cena.
Las historias supuestamente eran verdaderas, y habían pasado allí, en aquel pueblo turístico.  A él le pareció que eran sólo cuentos de los lugareños, que tal vez era una forma de atraer turistas; si funciona con los castillos embrujados…
Cuando fue a despedirse, el dueño de la casa se levantó y le dijo:

- Espera Emiliano, te acompañamos. Fuera está muy oscuro y no conoces bien el lugar.
- No se moleste, que tengo buena vista y ya conozco las calles de aquí. Que tengan buenas noches.
- Pero mira que estas callejuelas son engañosas, como todas las casas se parecen… - le advirtió uno de los presentes.
- Si por engañosas quiere decir embrujadas, igual no me preocupan. Y si me cruzo con algún espanto, lo más probable es que se asuste más de mí que yo de él ¡Jajaja! Bueno, hasta mañana.

Solamente Emiliano rió, los otros se quedaron muy serios y le desearon suerte.
La noche estaba más oscura de lo que pensaba. No había luz en la calle ni en el frente de las casas. El cielo era una cúpula completamente negra, las nubes habían ocultado todas las estrellas. Se oía el rumor del viento cruzando entre los pinos que rodeaban al pueblo, y entre ese rumor se entreveraba el del mar, que estaba más allá de éstos, y rompía en una playa que también estaba oscura.
Emiliano trataba de adivinar por dónde iba caminando. Escudriñaba hacia adelante, a los lados, en aquella oscuridad todo se veía igual. Creía tener un mapa mental, pero ahora no estaba seguro.
Algo grande, que andaba en cuatro patas, cruzó delante de él mientras lo miraba. Emiliano se estremeció y alcanzó a saltar hacia atrás. Después pensó que había visto a un perro, pero su  andar era muy raro, y al recordar su cara, evocó unos rasgos extraños. 

Siguió su caminata, mas cada pocos pasos volteaba, escuchaba, y varias veces creyó ver un bulto moviéndose en la oscuridad, entonces apuraba el paso.  Por voltear tanto, casi se llevó por delante a una figura humana que se iba levantando de a poco. Emiliano se detuvo justo a tiempo para no chocarlo. Aquella figura humana oscurecida, de la cual no se distinguía rasgo alguno debido a la oscuridad, estiró un brazo hacia Emiliano, éste lanzó un grito y salió corriendo.
Dio algunas vueltas más, ya sin saber hacia dónde ir, y de casualidad encontró el motel donde se estaba quedando.
Atrás, en algún lugar oscuro del pueblo, quedó el perro reumático que cruzó por él, y el vagabundo que le tendió la mano pidiendo una limosna. 

domingo, 14 de octubre de 2012

Ruidos de cementerio

Allí estaba y aún no lo podía creer; era el nuevo vigilante del cementerio. Un pariente que trabaja en el municipio me consiguió ese empleo.  No era un gran mérito que digamos, pues no deben ser muchos los que quieren ese trabajo por razones obvias.
El antiguo vigilante me dio un montón de instrucciones. Mirándome fijamente me dijo varias veces:
“No es necesario que salgas de la casilla y andes dando vueltas por el cementerio en plena noche, no. Puede ser que a veces oigas alguna cosa, pero no le des importancia, no salgas, son ruidos de cementerio nomás. Pero tampoco te duermas aquí, no es bueno. Trae bastante café y lee algo o lo que sea”.
“Ruidos de cementerio”, le pregunté varias veces qué quería decir con eso, pero el viejo se las ingenió para no contestarme. 

Llegué al atardecer. Los sepultureros ya se habían ido. Vi a un cortejo fúnebre marcharse lentamente. Después, ya casi de noche, me aseguré que no quedara nadie y cerré el portón.
La casilla era diminuta. En un rincón había palas y picos, en el centro una mesita, una silla, en otro rincón un pequeño armario, eso era todo.
Había llevado un termo lleno de café. Me senté a beber mientras miraba por la ventana. Veía desde allí gran parte del cementerio: lápidas, criptas, panteones, algunas estatuas de ángeles, otras más extrañas, y más allá el muro que estaba en el fondo, y una porción de cielo que aún conservaba algo de claridad, aunque las estrellas ya empezaban a titilar.
También había llevado un libro. La lámpara que estaba sobre mi cabeza pendía de los cables y se hamacaba levemente, produciendo un efecto sobre las letras del libro, sobre mi vista más bien, y parecía que se hamacaban también y me ardía los ojos.

Cada vez que consultaba el reloj me sorprendía lo temprano que era. Cada tanto miraba hacia la ventana, y como la noche era clara, veía las facetas de las lápidas y las criptas iluminadas por la luna, y a las sombras que formaban.
Las vistas me ardían cada vez más, así que decidí descansar los ojos.   De pronto, un ruido. Levanté la cabeza y miré hacia la ventana, y entre las lápidas iba cruzando una silueta humana que se ocultó tras una cripta, y después vi que asomó la cabeza para enseguida esconderse de nuevo.  Sin pensarlo tomé la linterna y salí. Avancé iluminando las sombras. Cerca de la cripta caminé lentamente, la rodee, pero no había nadie, más al volverme hacia la casilla, había un muerto a mi lado, y se abalanzó hacia mi cara con la boca abierta y lanzando una especie de gruñido.
De repente estaba nuevamente en la casilla; me había dormido. Aquella pesadilla fue la más real que tuve en toda mi vida, de sólo recordarla siento terror.
Trabajé un buen tiempo en el cementerio, pero no volví a dormir en él.  Ruidos, nunca escuché nada alarmante. Creo que el viejo vigilante los oía porque estaba algo loco, por haber sufrido muchas pesadillas tal vez. 

jueves, 11 de octubre de 2012

Tu fantasma

Benjamín, que acababa de mudarse a una casa, recibió la visita de Rolando, su mejor amigo.
Se saludaron y lo hizo pasar a la sala.

- Siéntate - lo invitó Benjamín, y agregó señalando hacia un pasillo -. Voy a traer un vino y algo para comer.
- ¡Menuda casa te compraste! ¿Estás saliendo con la hija fea de tu jefe? ¡Jajaja!
- Ahora no tengo jefe, tengo jefa… me cambié de empresa ¡Jeje!
- ¡Ahí está! Es eso ¡Jajaja!
- Vos siempre tan bromista Rolando. Ya vengo. Si quieres mirar la tele dale nomás. Mi casa es tu casa.

Rolando se sentó a sus anchas y se puso a contemplar la habitación. Unos minutos después vio a su amigo que venía por el pasillo; detrás de él iba una señora mayor que lo seguía de cerca, mas antes de entrar a la sala la señora dobló hacia una habitación.

- ¿Quién es la señora? ¿Contrataste un ama de casa y todo? - preguntó Rolando.
- ¿Qué? ¿Qué señora? 
- La que venía atrás tuyo en el pasillo.
- No bromees con eso, en la casa no hay más nadie.
- No bromees tú, iba caminando cerca de ti y dobló en aquel cuarto.
- ¿En serio?
- En serio. Te lo juro por mi madre.

Benjamín dejó sobre la mesa la botella que tenía en la mano y, muy serio miró hacia el pasillo. Sabía que su amigo no juraba en vano, además había sentido una especie de corriente fría en la espalda, y no era la primera vez que le pasaba eso en aquella casa.

- Creo que en mi casa hay fantasmas, creo no, si lo viste es porque hay - razonó Benjamín.
- Yo la vi sí, y ahora que la recuerdo se veía un poco rara, tenía la cara muy gris.

Los dos quedaron mirando hacia el pasillo, y de pronto la aparición volvió a salir, les dio la espalda y se fue alejando, pero un instante después giró rápidamente la cabeza hacia ellos como lo hacen las lechuzas, y comenzó a caminar hacia atrás mientras los miraba de frente.
Los dos salieron de la casa como una exhalación, huyeron sin mirar hacia atrás, pero de reojo vieron que la aparición los perseguía volando sobre el suelo y lanzando manotazos al aire.
Benjamín fue el que más se aterró, pues había dormido varias noches allí, y supo que aquellas corrientes de aire frío que a veces le recorrían el cuerpo, era el contacto del fantasma y de sus dedos espectrales.

martes, 9 de octubre de 2012

En una cama de hospital

Sergio se había dormido. Estaba internado en un hospital, en una sala para niños. El lugar estaba muy silencioso y allá cada tanto apenas se escuchaban algunos sonidos apagados que parecían llegar desde muy lejos. La madre de Sergio había salido por un momento y este se quedó solo sin saberlo, pero cuando despertó ya no estaba solo.
Lo primero que miró fue la silla donde se sentaba su madre a cuidarlo, y supuso que ella había ido al baño o estaba estirando las piernas en el corredor. Al voltear hacia el otro lado su mirada dio con la de una niña que estaba acostada.

-Hola -lo saludó la niña.
-Hola.
-¿Hace mucho que estás internado? -preguntó la niña mientras se acomodaba hasta quedar sentada. 
-Hace un día -le contestó Sergio, y tosió un par de veces.
-Yo estoy aquí desde hace un rato. Cuando me trajeron tú estabas durmiendo.
-Sí, me da sueño, es que ya estoy medio aburrido, pero mamá dice que en dos días…
-¡Hay algo bajo tu cama! -gritó la niña repentinamente al tiempo que apuntaba con el brazo-. Hay una cosa fea que se está escondiendo ahí. ¡Y ahora me está haciendo señas para que me calle!

A Sergio lo sobresaltó el grito repentino, mas inmediatamente creyó que la niña le estaba mintiendo. Creía creer que estaba mintiendo, porque si por un instante considerara cierto que había algo horrible bajo su cama no podría evitar bajarse y salir corriendo por el terror.

-No hay nada, no mientas -dijo Sergio intentando sonreír.
-Hay sí. Me está haciendo todo tipo de caras, ¡Hay, que horrible! -afirmó la niña, y se cubrió el rostro como si sintiera mucho terror.
-¡Mentirosa!
-¡Si no me crees mira bajo tu cama!

Sergio dudó un poco, se acercó al borde de la cama y, cuando iba a mirar hacia abajo, una mano arrugada de dedos cortos y gruesos salió proyectada desde allí y lo tomó del rostro por un instante, luego desapareció bajo la cama con la misma velocidad que salió.
Sergio gritó como nunca antes lo hizo. Aquella mano asquerosa le había tapado la boca, la nariz, los ojos, solo con verla se hubiera muerto de miedo, y aquella cosa lo tocó. En ese momento su madre abrió la puerta de golpe y se precipitó hacia él con los ojos muy grandes, alarmada:

-¿¡Qué pasó!? ¿Qué fue? -le preguntó.
-¡Hay un monstruo bajo mi cama! ¡Me agarró la cara…! -lloró Sergio.
-¡Hay mi vida!, estabas soñando.
-¡No! fue ahora cuando estaba despierto -aseguró él. Su madre miró bajo de la cama y sonrió.
-No hay nada, fue una pesadilla.
-¡Te digo que no! ¡Estaba despierto! Ella lo vio primero -afirmó Sergio entre sollozos y señaló hacia donde estaba la niña, pero la cama estaba vacía.

domingo, 7 de octubre de 2012

Pasó a mi lado

La noche calurosa me entretuvo fuera de la pensión hasta la medianoche. Cuando regresaba caminando por la calle, oí unos truenos y miré hacia arriba, pero las luces de la calle no me permitieron ver la tormenta. Estaba cerca, ya se sentía en el aire. Apuré el paso y llegué a la pensión justo antes de que un aguacero se volcara sobre la ciudad. Era una de esas lluvias que caen de pronto, cortando el silencio de la noche abruptamente.
Cuando atravesé el patio interior, que estaba oscuro, casi tropiezo con un masetero de flores. En ese momento recordé al casero y a lo amarrete que era ¡Qué le costaba poner una luz!
Llegué a la escalera, que apenas estaba iluminada por un tuvo de luz que parpadeaba, y subí mientras escuchaba como la lluvia azotaba el techo de la vieja pensión.    Alcancé el corredor que estaba penumbroso también y me dirigí a la puerta de mi pieza.

Seguía en el corredor cuando vi que alguien más avanzaba por él caminando hacia mí lentamente.
Haciendo un esfuerzo para vencer las tinieblas, distinguí a la persona; era la señora de Rodríguez, que después me enteré que se llamaba Carmen. 
Frente a mi puerta, metí la mano en el bolsillo para tomar mi llave, sin dejar de mirar a la mujer. Cuando la fui a saludar, de pronto se me erizó la piel, sentí que el aire estaba helado, y de alguna manera supe que estaba viendo una aparición.  Al pasar a mi lado me miró, abrió la boca y dijo algo que no entendí a pesar de que lo escuché bien. Volvió la cara hacia el corredor y siguió su camino y la vi perderse en la oscuridad.
Esa noche, mientras afuera seguía la tormenta, la sentí pasar varias veces frente a la puerta.
Por la mañana escuché un alborotó. Cuando me asomé al corredor vi que unos policías llevaban esposado a Rodríguez. Él fue el que los llamó. Temprano en la noche había matado a su esposa.

viernes, 5 de octubre de 2012

Campamento embrujado

Mabel y su familia estaban pasando unos días en un campamento en un lugar muy apartado. Casi todo el primer día fueron los únicos en la zona. Cerca de la noche llegó otra familia y comenzó a instalarse.
El marido de Mabel encendió una fogata, y bajo las estrellas se sentó en una reposera a tomar refresco. Sus hijos, que eran cuatro varones, andaban correteando por el lugar y la hacían rezongar.

- ¡No crucen corriendo cerca del fuego! - les gritaba Mabel -. ¡No se adentren mucho en el bosque! Jueguen por aquí nomás ¡Chicos…!
- ¡Jaja! Déjalos que se diviertan - decía su esposo -. Siéntate y toma un refresco, disfruta de la noche que está hermosa.
- Tú tan despreocupado como siempre. Está bien, pero si se van más lejos los traigo de la oreja.

Los niños iban corriendo por un sendero, rodeaban unos árboles y volvían a pasar por el campamento.
Mabel los vigilaba desde la reposera; su esposo le agregaba leña al fuego y lo revolvía cada tanto como jugando con las llamas, que al crecer iluminaban la carpa, los árboles cercanos, y la cara de preocupada de Mabel.
En una de las vueltas que los niños dieron a la arboleda, Mabel vio que eran cinco los que corrían, y supuso que un niño de la otra familia se les había unido. Durante varias vueltas vio que el otro los seguía.   Cuando sus hijos fueron a pedirle refresco, ella les preguntó quién era el otro niño.

- ¿Qué otro niño mamá? Sólo estábamos jugando nosotros, no había nadie más - le aseguró el más grande.
- ¿No lo vieron? Estaba corriendo detrás de ustedes - los niños se miraban y decían que no.

Después lo vieron asomándose detrás de los árboles como espiando, pero lo más aterrador era que lo veían en un lado y luego en otro sin que lo vieran cruzar, sólo aparecía aquí y allá de pronto.
Se marcharon por la mañana y la otra familia también, pues lo que andaba allí los había asustado como a ellos.

jueves, 4 de octubre de 2012

El muerto

Una sección de la mina se derrumbó de pronto, atrapando a Oscar y a otro minero en una cámara.
Las luces que iluminaban esa parte se apagaron inmediatamente. Oscar encendió la linterna de su casco y buscó a su compañero.

 - ¡Javier! ¿Estás bien? - preguntó Oscar mientras recorría la cámara con el haz de luz.
- No - respondió Javier con un hilo de voz.

Al iluminarlo Oscar vio que su compañero sangraba mucho; unas rocas lo habían golpeado.
Tranquilo, pronto nos van a rescatar - dijo Oscar, pero al mirar el túnel obstruido supo que no iba a ser así.   Cuando volvió la mirada sobre su compañero, éste ya estaba muerto.
El polvo que levitaba por todo el lugar se fue asentando. Oscar, después de acomodar al muerto en un rincón, examinó detenidamente el lugar, luego recostó la oreja a la pared de roca y escuchó. Aún no estaban trabajando para liberarlo, no se escuchaba ni el menor ruido.
Resignado a esperar, se sentó recostado a la pared de la cámara y apagó su linterna. Tenía que ahorrar baterías, no sabía cuánto tiempo iba a estar allí.

La oscuridad era completa, le daba lo mismo tener los ojos cerrados o abiertos, y por sonidos sólo escuchaba su respiración y el goteo continuo del agua que escurría por las rocas.
Abrumado por aquella oscuridad y aquel silencio, Oscar encendió la linterna y, por un fugaz instante, creyó ver que su compañero muerto, que estaba tendido boca arriba, había erguido la cabeza hacia él.    Oscar se levantó, y por las dudas revisó al muerto; ya estaba frío, la roca húmeda le había quitado el calor rápidamente, y sus ojos, que en vano Oscar intentó cerrar, ya estaban opacos; sin dudas estaba muerto.
Pasaron las horas, un día, dos, y no se escuchaba el menor ruido que indicara que el rescate se aproximaba.  Oscar se mantenía hidratado al succionar la pared rocosa goteante. Trataba de no encender la luz, pues el muerto lucía cada vez peor, y la impresión de verlo moverse se repetía cada vez que rompía la oscuridad con la linterna.

Tras despertarse en aquella tiniebla perpetua, Oscar escuchó algo, venía de la cámara, era un ruido apagado, apenas perceptible, pero que daba para imaginarse qué lo producía. Y Oscar se imaginó que el muerto estaba gateando en su dirección, y al encender la luz, la cara del muerto estaba frente a la de él, y la luz se apagó, y en la cámara resonaron gritos aterradores.
Cuando los rescatistas llegaron al lugar, se horrorizaron al ver lo que hallaron, y nadie supo explicar cómo había pasado aquello.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Sombra

Una noche de niebla, atravesaba a pie la parte monos transitada de mi ciudad. Hasta las mujeres de las esquinas habían desaparecido, habían abandonado la noche fría. Sólo una patrulla policial pasó por mí andando lentamente, y pronto se perdió en la niebla, que se empeñaba en borronear todas las luces y en empañar todos los ventanas.
Al pasar frente a un muro que abarcaba toda una cuadra, vi de reojo mi sombra proyectada sobre él. Al terminar de cruzar esa cuadra, giré repentinamente y miré hacia atrás, pues me di cuenta que por la posición de las luces, mi sombra no se podía proyectar sobre aquel muro. Y ahí fue cuando vi a una sombra que se había detenido, que luego se alejó rápidamente y desapareció en la esquina.

Bajo la ciudad

Como sólo eran dos, Camilo tuvo que descender a las entrañas de la cuidad solo.  Trabajaba en una compañía eléctrica, y para revisar el cableado tenían que bajar hasta los túneles que corren bajo la ciudad.  Normalmente bajaban de a dos, pero ese día faltó un compañero.
Bajó por una escalera oxidada y encendió un reflector.  Unas ratas enormes se alejaron corriendo contra la pared y chillando.  Por un lado el túnel se extendía mucho más allá de lo que podía iluminar con la linterna, en el otro extremo doblaba hacia la derecha a pocos metros. Los cables corrían dentro de unos caños que estaban sujetos al techo del túnel.   Iluminando hacia arriba Camilo fue inspeccionando mientras avanzaba.
De pronto escuchó muchos chillidos de rata, y al girar en dirección al ruido vio que cientos de ratas corrían hacia él.  Eran tantas que algunas caminaban por encima de las otras, y todas avanzaban como una masa uniforme que iba cubriendo el suelo del túnel entre chillidos; y aquella masa repugnante, fofa, llena de dientes y ojos rojos avanzaba rápido.

Camilo se agarró de unos caños que sobresalían en el techo y levantó las piernas tan alto como pudo.
Como un enjambre ruidoso las ratas pasaron por debajo de él y se alejaron por el túnel a los chillidos. Cuando pudo bajarse  iluminó hacia el lado por donde habían salido las ratas; era obvio que huían de algo.
Lo que se acercaba por el túnel era una aparición terrorífica: una mujer vestida de novia, con traje blanco, se deslizaba sin dar un paso, sólo avanzaba fantasmagóricamente. Tenía las manos cerca del pecho y entre ellas sujetaba un ramo de flores, en la cabeza tenía un tocado hecho de tul, y tenía el rostro aplastado y muy blanco.
Camilo le dio la espalda y se echó a correr. Subió las escaleras con la energía de quien es presa del terror.Su compañero lo vio tan asustado que se preocupó.

- ¿Qué te pasó hombre? ¿Recibiste una descarga? - le preguntó su compañero.
- ¡Una descarga de terror! ¡Vi una aparición que me puso los pelos de punta! - le contestó Camilo, resoplando, tratando de recuperar el aliento -. ¡Al estar solo fue peor! - siguió diciendo Camilo -. ¡Justo hoy se le ocurre faltar a aquel bueno para nada!
- Ya está, ya pasó, ahora cálmate que igual te da algo… - trató de calmarlo su compañero, y continuó -. No le eches la culpa a nuestro compañero, que bastantes problemas tiene el pobre. Tú no lo sabes, el pobre tipo perdió a su novia el mismo día de su boda ¡Imagínate!   

martes, 2 de octubre de 2012

Frente al manicomio

Cerca de la media noche se estaba por desatar una tempestad. Un viento cargado de humedad arrastraba hojas por las calles desiertas de la ciudad, las arremolinaba, las hacía volar; mientras los árboles del ornamento público, despojados de su follaje, se inclinaban levemente al dejar que el viento cruzara silbando entre ellos.
Por una de esas calles desoladas avanzaba un peatón. En la cuadra más despoblada, pasó frente a un muro enrejado, el muro del viejo manicomio abandonado; y entonces, escuchó que desde el interior del lugar brotaron de repente unos gritos espeluznantes, y al salir corriendo inmediatamente sintió que lo seguían. Al voltear vio que detrás de él se desplazaba una anciana horripilante que vestía una bata blanca, y sobre esta tenía puesto un chaleco de fuerza, y las largas mangas del chaleco se movían como si fueran unos tentáculos.
Al alcanzar la otra cuadra sintió que ya no lo seguían, al mirar hacia atrás no había nadie.    

lunes, 1 de octubre de 2012

Al lado nuestro

La noche estaba oscura como pocas, y la única linterna que teníamos funcionaba mal.
Éramos tres, y cada uno cargaba un pesado fardo de mercancía contrabandeada. Alguien nos previno de una emboscada de la policía, por eso nuestro transporte nos dejó en el costado de un oscuro camino rural; desde ahí nos dirigimos a un pueblo donde teníamos un conocido que nos podía ayudar.
La linterna que empuñaba uno de mis compañeros se apagaba constantemente. Sólo teníamos indicios del paisaje que atravesábamos, que era una alternancia de monte, campo y pajonales. Cuando se apagaba la luz no veíamos nada, y nos manteníamos juntos al escuchar los pasos de los otros, porque marchábamos en silencio. Como no calzábamos botas, las víboras eran una constante preocupación, y, a los tres, en algún momento de la caminata, nos pareció pisar algo resbaloso que se movió bajo nuestros pies.

Atravesábamos un pajonal, cuando algo que estaba quieto en la oscuridad, a pocos metros de nosotros, se lanzó a correr de repente y cruzó a toda prisa delante nuestro, y lo oímos alejarse agitando las matas de paja a su paso.
Probablemente era un jabalí, pero como nos sorprendió y no vimos qué era nos dio terrible susto.
Después de cruzar una franja de monte, vimos unas luces; era el pueblo. Caminando hacia las luces, casi chocamos con un alambrado. Lo cruzamos, y al avanzar un poco más nos detuvimos en seco. Los tres nos dimos cuenta de algo en el mismo momento: estábamos en el cementerio.
La noche era tan oscura, que incluso las losas blancas del campo santo apenas se distinguían entre aquellas tinieblas. Escuché que el que llevaba la linterna le dio unos golpecitos, y por un instante el rayo de luz recorrió varias lápidas, y al apagarse la oscuridad se cerró más sobre nosotros.

- ¿Qué hacemos? - les pregunté - ¿Seguimos hasta el pueblo o damos vuelta y rodeamos el cementerio?
- Yo digo que demos vuelta - opinó uno de ellos.
- Sí, mejor damos vuelta - dijo mi otro compañero.
- No, no se vayan - dijo una voz desconocida - Quédense aquí para siempre.

Aquella voz era por demás terrorífica, ningún humano podría producirla, y la escuchamos a nuestro lado. 
Con el súbito impulso de energía que da el terror, corrimos hacia el alambrado, arrojando por el aire los fardos con el contrabando. Alcanzamos a distinguir el alambrado y saltamos hacia el otro lado. Dando un gran rodeo al cementerio, llegamos al pueblo, y esperamos el amanecer en la casa del conocido que teníamos allí.
Por la mañana visitamos el cementerio. Disimuladamente buscamos nuestra mercancía. Los fardos estaban intactos. Cuando conseguimos transporte nos largamos de allí. Y es fue la última vez que contrabandeamos.