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viernes, 30 de noviembre de 2012

Cosas de la mente

Era de noche y el viento soplaba entre los árboles. Milton y Daniel acampaban en una zona boscosa. En la fogata que los iluminaba se asaba un trozo de carne, que al chorrear grasa sobre las llamas hacía que éstas aumentaran y se volvieran amarillas.  Estaban sentados en el suelo, separados por la fogata.

- La gran culpable de que la gente se asuste es la mente - continuó Milton con una conversación que venían manteniendo desde unos minutos atrás  -. Por ejemplo: si vemos algo que por alguna causa llama nuestra atención, aunque lo que estemos viendo no tenga forma, la mente la asocia con algo que conocemos, o sea, prácticamente le da forma, y si el lugar donde nos hallamos nos inquieta, la forma que le da la mente a esa cosa puede asustarnos.
- Puede ser - comentó Daniel -, pero, ¿y cuando se escucha algo?
- Al repetirlo en la mente se le da significado, se “oyen” palabras en un simple rumor o en un ruido que no las tenía.
- debe ser así, pero… no sé si eso explica todo, capaz que sí, quién sabe.

Daniel se levantó, desenvainó el cuchillo que llevaba en la cintura, y arrimándose a la fogata le hizo un corte a la carne. - Le falta un poco - concluyó.
Milton, que se había inclinado para mirar el corte de la carne, estuvo de acuerdo en que aún le faltaba.  Al acomodarse nuevamente para quedar bien sentado, sin quererlo, recorrió con la vista parte del bosque, y quedó mirando un punto determinado.  Un bulto medio arredondeado resaltaba al lado de un delgado tronco. El bulto parecía ser una cabeza humana con melena desordenada.

- Ahí hay un ejemplo de lo que le estaba diciendo - dijo Milton, apuntando con el brazo hacia el bulto.
- ¿Dónde, qué es que hay ahí? - preguntó Daniel, volteando hacia el sitio que señalaba su compañero. 
- Allí, entre aquel tronco retorcido y el otro más grueso, allí. Mi mente ve en esa forma una cabeza que nos vigila, y al decirle eso usted también va a ver lo mismo, vea, bien allí.
Cuando la notó Daniel echó el cuerpo hacia atrás: lo había espantado. - ¿Se dio cuenta? - preguntó Milton.
- Parece una cabeza sí, ¡jeje! Da un poco de miedo, pero, ¿qué es esa cosa?
- Una persona no es, porque como ve el tronco donde está es muy delgado y no deja lugar para ocultarse. Tal vez es un avispero, un montón de ramas, no importa; nos parece una cabeza porque la mente la ve así.

Mientras Milton decía eso, la carne chorreó bastante grasa derretida, y los dos miraron hacia el fuego: cuando voltearon nuevamente hacia los árboles, aquella cosa ya no los vigilaba, ya no estaba.


  

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Terror a lo desconocido

Mis cómplices estaban muy tranquilos y tenían una sonrisa a flor de labio.  Dejamos el auto lejos del cementerio y, los tres, Gerardo, Rodrigo y yo (me dijeron que se llamaban así, pero probablemente eran nombres falsos), caminamos por una calle desolada; a esa hora de la noche y en esa zona no andaba nadie, ni un auto cruzó por nosotros.   A una distancia prudente del portón del cementerio, vigilamos que no viniera nadie.

- Vamos ahora - dijo Gerardo.
- ¡Ahora! - medio protesté, no me sentía listo -. Y si esperamos a más tarde.

Me miraron sin contestarme, corrieron rumbo al portón y tuve que seguirlos. Sin dudas eran hábiles en su oficio. Rodrigo tomó el candado que cerraba la reja, y usando una ganzúa lo abrió con suma facilidad. Entramos y empezamos a recorrer el campo santo, que al estar bajo la claridad de la luna lucía más tétrico.
El lugar era evidentemente muy antiguo. Abundaban unos mausoleos enormes, en la mayoría había estatuas, grandes inscripciones, rejas oxidadas, y las hojas de los árboles que había allí, volaban repentinamente, se elevaban y bajaban meciéndose hasta que las alcanzaba otra ráfaga.
Unos días antes de esa noche, llegó a mi tienda de artículos esotéricos un hombre del cual inmediatamente noté dos cosas: que era rico y que era un excéntrico. No me equivocaba. El tipo buscaba algo que yo no tenía; dos cráneos humanos sacados de un cementerio. No le interesaban los que tenían otro origen.  Sin dudas era alguien acostumbrado a obtener lo que quería, y sin muchas vueltas me propuso que los tomara de un cementerio.
Lógicamente me negué, pero a medida que empezó a poner billetes sobre el mostrador, se me hizo más difícil decir que no. Tragué saliva, con la vista fija en los billetes, le dije:

- Aunque quisiera no podría, nunca hice algo así… no saldría bien, si quisiera hacerlo, claro.
- Puedo brindarle la ayuda de dos tipos que conozco - me dijo -. Pero tiene que ir usted para elegir cráneos en perfectas condiciones. ¿Es un trato? - mi respuesta es obvia.

Caminamos por aquel lúgubre local y hallamos lo que queríamos, había unos ataúdes sobre el césped; una remoción de huesos incompleta.      Abrí la tapa de uno y allí estaba el esqueleto, con sus grandes cuencas vacías hacia el cielo. Hice mi trabajo y luego seguimos con otro.
Me tocó a mí cargarlos en una bolsa. Desandamos el horrible recorrido que habíamos hecho en aquel lugar tan tétrico.   Cuando ya veíamos el portón, de pronto me invadió un estremecedor escalofrío, y supe que había algo detrás de mí.  En ese momento debo haber caminado más lento, porque mis cómplices se adelantaron unos metros.  Al notar que me había rezagado, se detuvieron y giraron en mi dirección, y enseguida su mirada se llenó de terror, abrieron los ojos desmesuradamente, y en su rostro se dibujó el terrible miedo que sin dudas sintieron de golpe. Miraban a algo que estaba detrás de mí, algo que era tan horrible que hizo que aquellos hombres, que sin dudas eran valientes, salieran corriendo y gritando como niños.
Solté la bolsa con los cráneos y, sin voltear en ningún momento, corrí también hasta salir del cementerio.  Aunque el terror también me impulsaba, no conseguí alcanzarlos, y al llegar al auto se fueron, me abandonaron.   
Nunca más los volví a ver, ni al hombre que quería los cráneos, y como nunca supe qué era lo que me iba siguiendo en el cementerio, aquel terror que sentí nunca me abandonó del todo.

lunes, 26 de noviembre de 2012

¡Hola vecino!

Dos hombres bastante fornidos que vestían de blanco, sacaron de su casa a Guadalupe. La iban tomando de los brazos; ella se resistía como podía, pero eran muy fuertes.  Frente a la casa estaba estacionada una ambulancia. El conductor se bajó y fue a abrir las puertas de atrás.
Toda esa escena era observada por Isidro, que al vivir al lado de la casa de Guadalupe, escuchó el escándalo y salió a tiempo para ver el espectáculo.    Los enfermeros consiguieron subirla, cerraron las puertas del vehículo y arrancaron.
En ese momento se iba arrimando otro vecino, y con cara de sorprendido le preguntó a Isidro:

- ¿Qué pasó con la Guadalupe?
- Se le aflojó un tornillo - contestó sin dudar Isidro, que había seguido a la ambulancia con la vista, y al perderla volteó hacia su vecino, y con los brazos cruzados continuó su explicación -. La pobre enloqueció, empezó a ver cosas hace un tiempo, como no tenía a nadie me contó lo que veía a mí. Pobre doña, enloqueció como una gallina atada de la cola. 
- Y, ¿qué era lo que veía? - indagó más el vecino, picado por la curiosidad.
- Cosas que hasta a mí me asustaron con sólo escucharlas. Ella dijo que veía a un… bebé demoníaco. Lo veía gatear en las paredes o en el techo, a veces aparecía flotando en el aire y se le acercaba a las carcajadas, se alejaba, flotaba cerca del techo haciendo círculos, y se le abalanzaba de nuevo. Según ella, aunque tenía el tamaño de un bebé, la cara era la de un viejo espantoso, y a veces despertaba con aquella cosa a su lado, mirándola.

- Como para no enloquecer si veía cosas tan horribles - comprendió el vecino.
- Supongo que más que ver, lo imaginaba, ¿no? - objetó Isidro.
- Usted no cree que hubiera algo entonces.
- Sinceramente, no. Lo que creo es que enfermó y ya, algo se le descontroló en la cabeza.
- Sí, pero, cuando usted me estaba contando lo de la cosa esa, me acordé de un caso muy parecido, que hasta ahora había tomado por un simple cuento de terror, pero ahora no sé… Lo que yo escuché es que a un muchacho se le apareció una cosa así en un camino rural, en una noche de tormenta.
- Casualidad nomás - opinó Isidro. El vecino hizo un geto indicando que todavía dudaba, pero sin decir más se marchó.
Isidro estaba por entrar a su hogar, cuando al mirar hacia la casa de Guadalupe notó que las cortinas de la ventana se agitaban y se iban abriendo, y al fijar más la vista, vio una cara diminuta y arrugada que sonreía con malicia mientras lo miraba y movía una mano como saludándolo. 

domingo, 25 de noviembre de 2012

Las luces

La noche estaba oscura y silenciosa. En los campos que rodeaban la casa de Francisco solamente resaltaban algunos contornos: la negrura de un grupo de árboles, el perfil del galpón, el viejo tractor; pero el resto del paisaje era ocultado por la noche.
Francisco salió de la casa con paso perezoso, dándose unos golpecitos con las palmas en el abultado vientre; había cenado demasiado. Atravesó el patio y se sentó en el banco-hamaca que tenía bajo un árbol.   No le importaba la oscuridad, estaba en su terreno, el aire era fresco, corría una brisa agradable, en algún campo cercano habían carpido durante el día, y el aroma a pasto cortado iba y venía con la brisa.

Al sentir que lo invadía una somnolencia no intentó luchar contra ella. Se le cerraban los ojos cuando alcanzó a ver entre la oscuridad, a unas siluetas delgadas y altas, que moviéndose rápidamente caminaban hacia a él con los brazos extendidos. A pesar de la impresión fuerte que le causó ver  a las figuras extrañas, no pudo evitar dormirse.
Al despertar abruptamente miró hacia todos lados; ya no estaban.  Creyó que había sido un sueño. 
Convencido de que no había ocurrido nada, al cruzar el patio bostezó varias veces y no buscó más en la oscuridad. “Las cosas que uno sueña”, pensó. 
Por la mañana salió en su camioneta rumbo al pueblo, para comprar algunos víveres.

- ¿Ya se entró de lo de las luces? - le preguntó el dueño del comercio, mientras regulaba la balanza.
- ¿De las luces, qué luces? Yo no escuché nada.
- Las luces que vieron en el cielo, varias personas me contaron. Yo creo que eran ovnis, que eran extraterrestres.

Francisco enseguida recordó a las siluetas delgadas, no parecían ser personas, tal vez eran…
Al regresar a su propiedad fue hasta el banco-hamaca, y descubrió que en la tierra había huellas que no eran las de él, ni las de ninguna persona o animal.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Embrujados

Fuimos a la casa de Gustavo para ver si le dábamos algo de ánimo.  Toda su familia estaba pasando por una verdadera racha de mala suerte, mala racha que se agravaba con el tiempo, haciendo sospechar que algo pasaba, que algo estaba influyendo en sus vidas.
Éramos cinco amigos incluyendo a Gustavo.     Por diferentes motivos ninguno de sus parientes se encontraba allí aquella noche. Nos acomodamos en la sala, rodeando una mesa baja, y mientras conversábamos animadamente comíamos unas pizzas que llevamos, y no faltaban las bromas, aunque Gustavo apenas sonreía.

- ¿No hay algún partido en la tele hoy? - preguntó uno de mis amigos.
- A ver… creo que no - respondió otro, que aún no había tragado el trozo de pizza que masticaba.
- ¿Qué es lo que tienes aquí Gustavo, cable o antena? - le pregunté. Cuando iba a responderme, escuchamos un grito que venía de alguna parte de la casa; no pude identificar bien de dónde venía, al mirar a los otros los vi voltear hacia todos lados, y supe que tampoco habían hallado el origen del grito. Casi de inmediato escuchamos una voz aterradora, espantosa, que reverberando por toda la casa dijo: “¡Cómo se atreven a interrumpir el descanso de los que ya no están!”. la voz sonaba como si varias personas hablaran al mismo tiempo, y se entreveraba entre aquellas palabras una especie de rugido que espantaba.

Salimos en tropel hacia la puerta; nadie quería ser el último en salir. Una vez afuera tratamos de entender qué había pasado, aunque creo que todos intuíamos algo: aquella racha de mala suerte tenía que ser una especie de embrujo, hechizo o algo así, que habían hecho sobre aquella familia. Gustavo no hablaba, estaba pálido de terror, y nos miraba con los ojos muy grandes.
Después me enteré que una curandera confirmó lo del hechizo, y de alguna forma los libró de él.    
 


jueves, 22 de noviembre de 2012

En la casa

Octavio tenía el deber diario de juntar leña para el hogar. Por la tarde, después de llegar de la escuela, partía rumbo al monte con un machete pequeño en la cintura, un bolso para la botella de agua, una soga para amarrar la leña, y la resortera (tirachinas) colgada en el cuello. 
El muchacho siempre demoraba más de lo necesario, pues se entretenía cazando pájaros con la resortera, nadando en el río, o tallando su nombre en los troncos de los árboles.
Salía del monte al anochecer y, siguiendo un sendero que atravesaba el campo, cargaba el atado de leña (que siempre era pequeño) hasta su solitario hogar mientras silbaba despreocupado. No lo inquietaba la noche que se le venía encima, conocía muy bien el camino.  Pero un anochecer, cuando regresaba más distraído que de costumbre, al escudriñar en las tinieblas que iban avanzando, no reconoció el paisaje.

Al girar buscando orientarse , divisó de pronto el contorno de una casa que resaltaba en medio del campo, y sintió que nuevamente se orientaba, mas enseguida experimento una marcada inquietud: estaba frente a una casa abandonada que todos creían embrujada, y que por eso evitaban cruzar cerca, sobre todo de noche.
Se escuchó un rechinar, la puerta se abrió completamente, y Octavio fue testigo de una luz que fue creciendo e iluminando el abandonado interior de la vivienda. Sorpresivamente, una anciana encorvada cruzó rengueando frente a la puerta y giró la cabeza hacia Octavio.
  
El pobre muchacho, horrorizado, arrojó el atado de leña y se echó a correr en dirección contraria.
Ahora la oscuridad se había cerrado tanto que no veía dónde pisaba, y mucho menos hacia dónde iba, pero el terror lo hizo seguir corriendo.  Después se detuvo para orientarse nuevamente, mas en aquella oscuridad era imposible, sin embargo vio una luz, y al observarla distinguió que era su casa.
Entró corriendo, la puerta estaba completamente abierta.
En un rincón de la habitación estaba su madre, sentada en una silla. Volteó lentamente hacia él y le preguntó:  - ¿Por qué vienes corriendo?
- Porque… vi una cosa… en la casa… - le contestó Octavio con la voz entrecortada, por la agitación y el terror.
- Bueno, descansa, toma aire y después me cuentas - dijo la mujer. Se levantó y, rengueando, fue a cerrar la puerta, y cuando lo hizo todo el interior de la casa abandonada quedó oscuro, y Octavio gritó de terror.    

miércoles, 21 de noviembre de 2012

No quiero ir al hospital

Lorenzo estaba en su cama y apenas podía respirar. Anabel, su esposa, se encontraba sentada a su lado y trataba de calmarlo: él estaba sufriendo un fuerte ataque de asma.        Era de noche y unas nubes de lluvia cubrían la luna, que apenas podía asomarse por unos instantes, y apenas lo hacía, el viento arrojaba nubes delante de ella, y las tinieblas volvían a cerrarse.
Lorenzo, moviendo una mano, le indicó a Anabel que se acercara más; ella acercó su oído a la boca de él.    - No quiero ir al hospital - susurró Lorenzo.
- Vas a tener que ir, este ataque es muy fuerte - dijo ella -. Sé que le tienes terror a los hospitales, pero esta vez vas a ir.
Cuando él movió su mano una vez más para que su esposa se acercara y así decirle algo, ésta no lo vio, porque había volteado la cabeza al escuchar que golpeaban la puerta.
- Deben ser los de la ambulancia - le informó Anabel, y salió a atenderlos.

Unos minutos después ya iban rumbo al hospital. La ambulancia atravesó ruidosamente la tranquila noche de la ciudad. Llegaron a destino, bajaron la camilla y entraron al edificio, que por ser de noche tenía poca actividad en sus corredores.
Ya instalado en una habitación, con una máscara de oxígeno en la cara, Lorenzo, asustado, recorría la habitación con la vista, y al mirar a su esposa, le rogaba con la mirada que lo sacaran de allí; ella lo tomaba de la mano y le decía que se quedara tranquilo.
Cuando el asma lo soltó, enseguida quiso volver a su casa, pero un doctor insistió en que se quedara una horas más. Si a la mañana seguía bien podía irse.  La que sí se marchó fue Anabel; como él no estaba mal no dejaron que se quedara.

Aunque al retirarse una enfermera apagó la luz de la habitación, Lorenzo se levantó para encenderla: no pensaba pasar lo que quedaba de la noche a oscuras en un cuarto de hospital; pero aquella luz solamente sirvió para aterrorizarlo más, pues gracias a ella, cuando estaba acostado y recorría nuevamente la habitación con la mirada, se topó con la horrenda cara de un monstruo que lo espiaba  desde la ventana. El monstruo no tenía cabello, en lugar de él exhibía unas costras rojizas, sus ojos eran pequeños y completamente negros, por nariz tenía un hueco, y su boca de labios rojos y delgados sonreía con infinita malicia.
En un pestañear el monstruo estaba al lado de la cama, le tapó la boca y la nariz con la mano y comenzó a asfixiarlo.   Lorenzo tenía los miembros paralizados por un terror incontrolable. Sentía que la arrugada mano que no lo dejaba respirar estaba helada; el monstruo seguía sonriendo malignamente.  
Lorenzo abrió los ojos desmesuradamente, todo su ser reclamaba aire, su torso se agitaba, y cuando sus miembros reaccionaron pataleó y aferró la sábana con las manos; pero ya era demasiado tarde, y lo invadió la oscuridad: murió en el lugar que más temía.

La causa oficial de su muerte: un nuevo ataque de asma combinado con un accidente; la máscara de oxígeno falló y trágicamente ayudó a asfixiarlo. Le dijeron a Anabel que seguramente él estaba dormido cuando sucedió.  
 

lunes, 19 de noviembre de 2012

¿Qué era aquello...?

En una de mis caminatas tomé un camino que no conocía.  Atravesaba una zona despoblada y doblaba aquí y allá entre campos y matorrales.
Hice una pausa al atardecer, y sentado sobre el pasto del vi al sol descender hasta el horizonte.
Emprendí el regreso cuando ya se estaba acomodando la noche. Poco después caminaba bajo un firmamento abarrotado de estrellas titilantes.
En un tramo empecé a sentir frío de pronto, y una sensación inquietante, pero aunque me detuve varias veces y miré a mi alrededor no vi ni escuché nada que justificara esa sensación.
Desde lejos vi las luces de un auto que venía hacia mí por el camino. Cuando pasó al lado tocaron la bocina y gritaron mi nombre. Sin dudas era un conocido, no vi quién era porque la luz me encandilaba. Levanté la mano y saludé. Al alejarse el vehículo nuevamente quedé solo, eso creí yo.
La sensación extraña que sentía se desvaneció repentinamente un poco más adelante, el resto de la caminata fue tranquila.

Un tiempo después me encontré con un conocido, que resultó ser el conductor del auto que cruzó por mí en aquel camino.
Al hacerme una pregunta me dejó helado, experimenté un terror repentino, casi me descompongo: me preguntó quién era el niño pequeño de cara rara que caminaba detrás de mí.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Una noche de luna llena

Conocíamos, como toda la gente que vive en zonas rurales, varios cuentos de hombres lobo, pero creíamos que eran solo eso, cuentos. una noche descubrimos que no. 
Como hacía mucho calor, un calor agobiante, estuvimos bañándonos en el arroyo hasta que bajó el sol.
La luna llena salió cuando todavía estaba claro y desparramó su luz tenue por todo el campo, y llenó de reflejos la superficie ondulante del arroyo. Sebastián, Pedro y yo, tomamos el sendero que va rumbo al caserío; delante de nosotros iban nuestros tres perros, que como siempre andaban molestando a las perdices que se ocultan entre los pastos, haciéndolas volar de pronto y corriéndolas inútilmente para enseguida volver con la lengua de afuera.
Íbamos conversando, pero al pasar frente a la solitaria casa del viejo Fagundes hicimos silencio porque aquel antisocial solía correr a la gente que pasaba por allí de noche.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Sorpresa

Franco llegó a su casa un día antes de lo que tenía previsto. Había viajado por negocios, como todos los meses.   Fue sigiloso al entrar: quería darle una sorpresa a su esposa.
Dejó el portafolio sobre un sofá, y mientras se aflojaba la corbata, escuchó atentamente para saber dónde se encontraba su mujer, y así ir a darle la sorpresa.  La casa estaba silenciosa.  Por la hora, supuso que estaría en la cocina, preparando la cena, pero al llegar a la cocina ésta estaba vacía.
Subió por la escalera hasta el segundo piso, allí se hallaban los cuartos.    Al pasar bajo la trampilla del ático, escuchó que arriba había ruidos, y al levantar la vista, una cara horriblemente envejecida lo estaba mirando desde el hueco cuadrado de la trampilla. Seguidamente la espantosa anciana bajó de un salto, quedando al lado de él, y sin darle tiempo a nada, lo apartó de un manotazo que lo hizo caer.
A pesar de su aspecto decrépito, la anciana poseía una increíble fuerza, y se movía rápido.  Salió corriendo hacia la escalera, allí se detuvo, giró la cabeza hacia Franco, que tirado en el suelo la miraba horrorizado, entonces la anciana, con una voz temblorosa dijo:

- No tenía que pasar así. Se supone que ibas a regresar mañana, si lo hubieras hecho me ibas a encontrar hermosa como siempre, y seguiríamos juntos, pero ahora… ahora me tengo que ir.

Y bajó las escaleras rápidamente. Franco quedó asustado y confundido a la vez.
Para entender del todo lo que había pasado, subió al ático, donde nunca había estado. Encontró una especie de altar pagano, además de un estante colmado de frascos con variados contenidos, todos repugnantes, y un gran pentagrama dibujado en el piso, lleno de símbolos extraños: aquella anciana era una bruja, y era su esposa.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Tras una puerta de hospital

Hacía muchos años que Enrique no iba al hospital.  Al entrar empezó a recordar: la sala de espera, el corredor ancho, la ventanilla del banco de sangre, la escalera que iba hasta el segundo piso. Cuando creyó encontrar la sala de medicina general le informaron que ésta se encontraba ahora en el otro extremo del edificio.
Recordó que había un pasillo que atravesaba todo el hospital. Caminó lentamente porque no estaba seguro de en qué parte se encontraba, pero al ver una puerta ancha con ventana, la reconoció.  Estaba abierta, la cruzó y salió en un lugar oscuro. El pasillo era un túnel sin luz, y solamente la claridad que entraba por la puerta permitía ver unos metros de él.  
Enrique se detuvo allí mismo, no podía ir por aquel lugar. Le pareció extraño que estuviera oscuro. Pensaba en eso cuando distinguió que algo que se desplazaba por la oscuridad iba rumbo a él. En un primer instante no distinguió bien qué era, tenía un color muy claro, pues resaltaba en la oscuridad, era algo blancuzco.   Aquello bajaba y subía levemente como si viniera volando, y cuando Enrique distinguió un rostro horrendo en aquella cosa, se le erizó la piel de terror.

Giró para salir pero no pudo, pues sin que lo percibiera, la puerta se había cerrado sigilosamente tras él.  Intentó abrirla mientras pedía auxilio a los gritos. Desesperado, empezó a golpear la ventana, y de pronto apareció una cara del otro lado; era un vigilante, que al ver la desesperación de Enrique, y al notar algo espantoso que lo hizo retroceder un paso, después intentó abrir la puerta también, y al tirar de ella lo consiguió.   Enrique casi se lo lleva por delante al salir, mas el vigilante lo tomó de un brazo.

-¿Cómo entró ahí? -le preguntó el vigilante-. Esa parte del hospital está cerrada, ¿cómo abrió la puerta?
-Estaba… estaba abierta -respondió Enrique, con la respiración agitada por el miedo. El vigilante lo examinó con la vista. Confiando en que decía la verdad, el hombre le confesó a Enrique:
-Esa parte está cerrada porque pasaban cosas “raras” ahí, y por lo que veo todavía siguen pasando, porque sé bien que esta puerta estaba cerrada con llave, además, había una cosa detrás de usted, por suerte no volteó a verla.

martes, 13 de noviembre de 2012

Siluetas en la noche

La oscuridad de la noche se amontonaba entre los árboles del monte cercano, mientras el campo, la
laguna y los pescadores, eran bañados por la claridad de la luna.
Sandro y Antonio, sentados al lado del fogón, en la orilla de la laguna, sorbían café de a pequeños
tragos, la vista fija en las líneas de los aparejos que se perdían en el agua.
El reflejo de la luna estaba casi inmóvil en la superficie tranquila del agua. A veces algún pez
saltaba  fuera del agua,  o “picaba” la superficie, y el reflejo de la luna ondulaba, luego volvía la calma.

La laguna era alargada, como si fuera un tramo seccionado de un arroyo, y mayormente estaba
rodeada de juncos encorvados que por momentos se mecían lentamente.
El silencio domina las noches en el campo, y como ninguno de los dos era muy conversador,
el silencio circundante sólo era interrumpido por el crepitar del fogón, que lanzaba chispas al cielo.
Frente a ellos, tras la laguna, había una franja de campo, y más allá, donde terminaba ésta, comenzaba
la negrura del monte, y se extendía hacia los lados hasta que se perdía de vista.
A sus espaldas, una pradera monótona se alargaba hasta la falda de unos cerros lejanos.
Antonio dejó la taza a un costado del fuego y se limpió la boca con la manga del abrigo, y al hacerlo
levantó un poco la vista,  entonces vio, en la otra orilla,  la silueta de un hombre que iba costeando la laguna; se veía que tenía sombrero, y hamacaba lentamente los brazos al andar.

- Sandro - dijo Antonio en voz baja, casi susurrando.
- ¿Qué?
- Vi a alguien costeando la laguna, rumbo a la derecha, aquí enfrente.

Sandro escudriñó entre los juncos y vio a la silueta. Los dos lo siguieron  con la vista hasta que
desapareció tras unos juncos más altos.  
Un hombre solitario cruzando por la soledad del campo, de noche, no es algo muy raro, puede andar
por varios motivos; mas algunas de esos motivos no son buenos.
Expectantes miraban hacia la derecha, hacia el punto donde había desaparecido, y con la visión
periférica notaron otra silueta humana. Hizo el mismo recorrido que la primera y desapareció en el mismo lugar.  Inmediatamente notaron algo extraño, era como si estuvieran viendo la misma escena, pues la segunda silueta se veía igual a la primera, y tenía el mismo andar extraño, como con un aire solemne.
Cuando la vieron nuevamente se levantaron como un resorte; estaban viendo una aparición.
Juntaron sus cosas y salieron de allí casi corriendo, dejando en el agua sus aparejos.
Con la luna sobre ellos, atravesaron el campo volteando constantemente hasta que llegaron a la ruta
y a su vehículo. Y al echar una última mirada hacia el campo, una silueta iba costeando el alambrado: los había seguido.
 

lunes, 12 de noviembre de 2012

El cazafantasmas

La gente se amontonaba en el salón de actos de la escuela. Los niños ejecutaban diferentes
bailes mal ensayados, pero apesar de eso no disminuía el orgullo de sus padres y familiares, que eran el público. 
Silvio no necesitó esconder su cámara de fotos, la llevaba colgada al cuello, como si fuera
uno de los fotógrafos que andaban por allí. 
Los niños seguían con sus bailes desorganizados, bajo la atenta mirada del nada imparcial
público.   Como los baños estaban abiertos para todos, y estaban en el corredor,
a Silvio le fue fácil perderse de vista al doblar en otro corredor; él buscaba los salones.
Fanático de todo lo relacionado a lo sobrenatural, Silvio tenía un “hobby” algo raro, según
él era un cazafantasmas, y pretendía reunir pruebas de su existencia.

Había escuchado que aquella escuela estaba embrujada. Sabía que una vez al año, al
terminar el ciclo escolar, la escuela organizaba una fiesta donde podía ir cualquiera, y
siempre se extendía hasta muy entrada la noche.
Fuera de la vista de los demás, comenzó a recorrer el lugar. Las puertas de los salones
tenían ventanas, se asomaba en ellas e iluminaba hacia el salón con una linterna de bolsillo.
El pulso se le aceleraba al iluminar los pupitres vacíos, creía que en cualquier momento
podría ver algo.   Los salones eran una boca de lobo, y romper aquellas tinieblas era más
atemorizante de lo que había pensado.  Respiraba hondo antes de espiar por las ventanas.
El ruido de la fiesta se escuchaba como de lejos.  Cada vez se sentía más asustado. Hizo una
pausa para reflexionar; había estado en lugares más atemorizantes sin experimentar algo
igual.  Aquella escuela realmente estaba embrujada, podía sentirlo.
Aún le quedaban varios salones por revisar. Espiaba por una de las ventanas cuando de pronto
escuchó una voz inquisidora detrás de él:

- ¿¡Qué anda haciendo aquí!? - A Silvio se le erizaron los pelos y se volvió con rapidez.
Quedó frente a una señora mayor vestida elegantemente.
- ¿Qué está haciendo aquí? - volvió a repetir la mujer. Silvio dudó por un instante, no
estaba seguro si lo que veía era una aparición o alguien real.  Concluyó rápidamente que
era alguien real.
- ¡Ah! Yo… eh… soy fotógrafo. Cuando niño estudié en esta escuela, y me entró un
poco de nostalgia, ¡jeje! Y me puse a recorrer un poco.
La mujer lo miró de reojo, como desconfiada, y le dijo:
- No puede andar por aquí. Si no quiere llevarse un susto no ande solo en esta parte.
- ¿Por qué, qué pasa aquí? - le preguntó Silvio.
- Hmmm… mejor no se lo digo, no me va a creer.
- Dígame señora, yo le creo.
- Bueno, ese salón está embrujado. - afirmó la mujer al tiempo que señalaba una puerta
con la mirada.

Silvio fue hasta la puerta y acercó el rostro a la ventana.  Dentro del salón había alguien.
Estaba en el escritorio de la maestra, era una mujer y estaba sentada. Al iluminarla, Silvio
vio que era la misma mujer del pasillo. al voltear rápidamente detrás de él ya
no había nadie.   Cuando miró nuevamente hacia la ventana, la cara de la mujer estaba
pegada al vidrio, muy cerca de la de él, y sus facciones ahora eran monstruosas, y reía con una boca deforme, retorcida, y de ella salía y se agitaba una lengua larguícima.
Silvio pasó corriendo por el salón de actos, y se marchó de la escuela sin haber podido tomar ni una foto.  

sábado, 10 de noviembre de 2012

Terror en el teatro

Una tormenta avanzó por el cielo nocturno ni bien terminó la obra. El público se retiró del viejo teatro, y quedaron en él solamente los artistas, sus allegados y algún que otro invitado; iban a celebrar el éxito de la obra teatral.
Germán estaba allí porque su novia era parte del elenco.  La pequeña celebración transcurría en un salón cuyas paredes estaban cubiertas de fotografías viejas del local, afiches y carteles ya antiguos, y algunos retratos de actores, de elencos enteros, de escenarios…
Germán, sosteniendo una copa de vino, intentaba encajar en un pequeño grupo que conversaba formando un círculo.  No entendía casi nada de lo que hablaban, pero si los otros reían él también lo hacía, o ante la mirada de su novia asentía con la cabeza como si entendiera.

- A veces el arte está en mi cabeza - comentaba uno de los presentes mientras miraba con intensidad a los otros y hacía ademanes exagerados -. Otras veces está fuera de mí, como un ente, flota, se aleja, vuelve meciéndose, es etérea.
Germán lo escuchaba mientras pensaba que el tipo estaba medio loco, que le faltaba un tornillo; pero como su novia lo vigilaba seguía fingiendo interés.
Otros artistas tenían una actitud más extravagante aún, y disfrazados con los atuendos y las grotescas máscaras que habían usado en la obra, recorrían el salón bailando y lanzando gritos.
La lluvia arreciaba sobre el teatro, iluminándolo brevemente con la luz de los rayos.  En medio de toda esa energía desatada, inmediatamente después de sonar un rayo que cayó cerca, se cortó la electricidad, dejando a oscuras a los que estaban en la fiesta.

El pequeño grupo de Germán se disolvió. Las siluetas se movían lentamente con los brazos extendidos. Algunas voces pedían calma, asegurando que la electricidad iba a volver en cualquier momento. Varios prendieron sus encendedores, aportando algo de claridad, y algunos relámpagos entraban por los ventanales.
Germán buscó a su novia diciendo su nombre, y al escuchar “Aquí estoy”, giró hacia la voz, aunque la notó un poco extraña.  No era ella; el dueño de la voz fingida tenía los cabellos erizados, la cara blanca y una sonrisa de oreja a oreja.   
Germán tomó distancia dando un paso hacia atrás, y el otro avanzó hacia él, y cuando Germán retrocedió más, comenzó a seguirlo.

¡Cómo puedo ser tan asustadizo! - pensó Germán -. Es un actor con máscara.
Entonces fue a enfrentar al bromista, pero de un instante para el otro dejó de verlo, se perdió en la oscuridad.  Unos minutos después volvió la luz. Su novia estaba a unos metros de él.
Con la claridad buscó casi frenéticamente al bromista, no sabía qué iba a hacer, pero aquello no iba a quedar así; le habían dado un buen susto.
Ninguno de los enmascarados se parecía a lo que había visto. Finalmente lo encontró, pero para su asombro, aquella cara monstruosa estaba dibujada en un viejo cartel donde se anunciaba una película de terror.
 
 

jueves, 8 de noviembre de 2012

La maldición

No pido que me crean, pero realmente sucedió.   La noche era calurosa y húmeda. Después  de despertar varias veces, fui hasta la cocina para tomar agua. Al volver a la penumbra de mi cuarto, escuché un ruido que venía de afuera, del fondo del terreno, que es hacia dónde da la ventana. Aparté un poco la cortina y busqué con la vista la causa del ruido.  La luna, que esa noche estaba completamente redonda, había creado un escenario en el cual se batían la claridad y la oscuridad.   En el fondo tengo un gran árbol que da sombra a unas higueras, hay un parral y algunas flores. Entre la quietud de las plantas se movía una sombra y el cuerpo que la proyectaba. Al pasar frente a una higuera se recortó el perfil de una persona baja y ancha, rolliza, de vientre abultado y andar desparejo. Los bultos de la deforme figura delataban que era una mujer.

Después de la primer impresión, que me hizo erizar la piel, reconocí aquella silueta, y lo hice un instante antes de que volteara hacia mí de pronto. Con espanto, vi que su cara (que era normalmente desagradable) estaba más deformada y lucía terrorífica. Su papada, sus arrugas, su enorme boca, las ojeras, parecían haberse acentuado horriblemente.   
Su nombre es Lissandra, en el barrio tiene merecida fama de bruja, de practicante de vudú, y de adoradora del Diablo.    
 Aquella vieja, que esa noche parecía un monstruo, me miró unos segundos hasta que la tragó la sombra del árbol y dejé de verla.  Después de eso no volví a acostarme esa noche.
Por la mañana, vi que una ambulancia se estacionó frente a la casa de unos vecinos, poco después se llevaron a mi vecino, a López.  Cuando me acerqué a preguntar su esposa me dijo que no sabían qué le había pasado, que durante la madrugada se había sentido mal de pronto.
Al otro día consulté nuevamente a mi vecina.

- ¿Cómo sigue López doña?
- Mal - me respondió -. Los doctores no saben qué tiene - y acercándose más me confesó -. Yo creo que le pusieron “algo”, algo malo, vio.

Enseguida entendí que se refería a una brujería, y recordé que la vieja Lissandra iba atravesando mi terreno como si viniera de la propiedad de los López. Dos días después mi vecino murió.
 

martes, 6 de noviembre de 2012

En un video

Luciano ingresó al mercado y enseguida vio, detrás de uno de un mostrador, a Fabricio, un amigo.
Al notar su presencia Fabricio sonrió y fue a su encuentro. Hacía un buen tiempo que Luciano no entraba allí, pero conocía bien el lugar, pues él había instalado las cámaras de seguridad que vigilaban el mercado.

- ¡Tanto tiempo sin vernos! - exclamó Fabricio.
- Sí, es el tiempo pasa volando, qué le vamos a hacer - y los viejos amigos se dieron un abrazo.
- ¿Y la familia, todo bien?
- Por suerte sí - respondió Luciano -. ¿Y la tuya?
- Bien, gracias. Lo que está un poco complicado es la situación aquí. Ya te cuento por qué te llamé.
- Estoy intrigado, aunque supongo que ya sé de qué se trata.
- Espero que solamente se trate de… - Fabricio se arrimó más a su amigo - alguna travesura de alguien de aquí, pero no sé, francamente estoy desconcertado. Vamos a mi oficina y te cuento todo.

En la oficina del mercado, que era propiedad de Fabricio, éste le sirvió un whisky a Luciano y se sirvió uno a él.  Fabricio no anduvo con vueltas, la larga amistad permitía ese trato. Así, le relató un hecho que parecía sobrenatural. 
Por la noche, cuando no había nadie en el mercado, las cámaras de seguridad no registraban que alguien entrara a la oficina, sin embargo, en el interior de ésta se movían cosas, por la mañana aparecían en lugares distintos. Fabricio nunca descubrió que faltara algo, pero no iba a esperar que sucediera. La única ventana estaba fuertemente enrejada, y no había otra entrada. No se explicaba cómo alguien entraba allí sin que las cámaras lo grabaran, y por qué solamente movía objetos.
Enterado de la situación, Luciano se llevó un montón de videos para analizarlos en su casa. No encontró evidencias de que los hubieran editado o manipulado de alguna forma.

Al reunirse nuevamente los amigos, como seguían sin saber qué pasaba allí, el paso siguiente fue instalar cámaras en la oficina.    A la mañana siguiente los dos vieron lo que habían grabado.
Estaban mirando atentos la pantalla de una computadora. En una imagen tomada desde arriba, se veía el escritorio, un archivero de color metalizado, el pequeño bar con sus botellas y, sorpresivamente, un ser fantasmagórico salió de una de las paredes, como si hubiera entrado por una puerta, y se puso a recorrer el lugar. Era una figura humana, femenina, casi traslucida. La aparición dio varias vueltas alrededor del escritorio, miraba para un lado, para el otro, y seguía dando vueltas. De repente la aparición tomó un pisapapeles y lo cambió de lugar, haciendo lo mismo con una pila de carpetas. Repentinamente se detuvo y volteó velozmente hacia la cámara, y su cara, que en un primer instante seguía siendo humana, se transformó en algo horrible, y la grabación se cortó. 
Los dos quedaron con un gesto de terror en el rostro.

- ¿Reconociste el rostro de la aparición? - preguntó Luciano -. Estoy casi seguro de que la vi aquí…
- ¡No la reconozco, no, nunca la vi! - afirmó Fabricio, que seguía con la mirada fija en el monitor.

Luciano lo miró y no preguntó más; conocía perfectamente a su amigo y sabía que estaba mintiendo. Haciendo un esfuerzo recordó a la muchacha, había trabajado en el mercado, y recordó haber escuchado algo sobre su sorpresiva muerte.
            

lunes, 5 de noviembre de 2012

En la fiesta terrorífica

La pareja de recién casados ya había desaparecido pero la fiesta continuaba. El salón era vasto, elegante, y estaba lleno de gente. Era una típica escena victoriana: damas de vestidos amplios y acampanados, y caballeros de traje ajustado y refinados modales.  Iluminaban al salón enormes candelabros que brillaban en lo alto del techo. En un extremo estaba la orquesta, y desde allí brotaban valses y melodías que hacían ondular a las parejas que danzaban con movimientos delicados y ágiles a la vez.
Cerca de las paredes estaban las mesas, y sentados alrededor de éstas se encontraban los que no danzaban. La mayoría eran ancianos, aunque también había en aquellos grupos algunos jóvenes y niños; y entre los que permanecían sentados vagaba una ola de bostezos. Entre esa gente estaba Gabriel. Él no bailaba porque en el centro del salón, tomada de la cintura por un brazo rival, danzaba sonriente la muchacha que le interesaba.
Gabriel se levantó algo fastidiado, esquivó parejas al cruzar el salón y tomó un corredor cualquiera de los muchos que había en la mansión.  Buscaba un baño, y al preguntarle a un sirviente que llevaba una bandeja, éste respondió:

- Creo que en esta parte solamente hay uno fuera de las habitaciones, señor, y está doblando aquel corredor, estoy casi seguro
- Gracias.
- De nada señor.

Gabriel siguió las indicaciones. Al llegar al baño descubrió que estaba ocupado. Nuevamente en el corredor, vio una puerta entornada. Iluminaba la habitación una única vela, pero era suficiente para notar que estaba vacía. Resaltaba en ella una gran cama cubierta por una sábana blanca y almohadas del mismo color.    Gabriel dio un paso hacia el interior y, por prudencia, pues podía haber alguien en el baño, preguntó: ¿Hay alguien aquí? - pero no hubo respuesta, entonces pasó al baño.
Cuando iba a salir de la habitación, al cruzar frente a la cama se apagó de golpe la vela, e inmediatamente surgieron sobre la sábana blanca unos seres que se retorcían, murmuraban y gemían; y unos brazos y patas monstruosas se estiraron lentamente hacia Gabriel mientras se agitaban como víboras.

Pudo salir de allí antes de que lo alcanzaran y corrió hasta llegar al gran salón.  Mientras recuperaba el aliento, notó que algo raro pasaba allí también, pues algunas señoras miraban en derredor y llamaban a sus hijos; otras personas también parecían buscar a alguien.
Los empleados no sabían qué responder, los habían contratado solamente por aquella noche, y ninguno conocía toda la mansión, y más aún, algunos de ellos también habían desaparecido.  En medio de un creciente caos y confusión, algunos propusieron formar grupos y salir a buscar por toda la mansión.
Gabriel, que era valiente, no consideró otra opción que no fuera la de ayudar, aunque sabía que en la casa había algo maligno. Al dividirse los grupos y explorar la vastedad de la mansión, comenzó lo que luego fue conocido como “la fiesta del terror”.



 

jueves, 1 de noviembre de 2012

Atrapados en el sótano

Gerardo y cuatro amigos estaban sentados en torno a una mesa, jugando a las cartas.  Su lugar de juego era el sótano. Los antiguos dueños de la casa, los padres de Manolo, uno de los amigos de Gerardo, permitían que jugaran pero en ese lugar. Por costumbre siguieron divirtiéndose en el sótano, incluso después de la muerte de los padres de Manolo. Allí abajo tenían todo lo que necesitaban: una heladera, una mesa redonda, sillas, un ventilador, y la compañía mutua. Y con algunas cervezas, fiambres y cubitos de queso, ni notaban las horas que iban pasando entre risas y bromas.
Como a la una de la mañana hicieron silencio y escucharon; a uno de ellos le pareció escuchar que tocaban el timbre de la casa.

- ¿Estás seguro que escuchaste algo? - preguntó uno, y miró sus cartas y las acomodó.
- Sí, creo que si, pero ahora no oigo nada - le contestó el que creyó oír el timbre.
- ¿Quién sube a ver? - preguntó Gerardo, y miró a trasluz una botella para comprobar si le quedaba algo. Los amigos se miraron pero ninguno se ofreció. Entonces Manolo, mientras intentaba pinchar un trozo de salame con un mondadientes, les dijo: - No se molesten, si era alguien ya se fue. Sigamos, que les voy a ganar esta partida, y las otras ¡Jajaja!
- ¡Claro! Eres el rey de la buena suerte - bromeó el que hasta ahora se había concentrado solamente en sus cartas.

Y así siguieron sus trasnochada.   Desde la calle a veces llegaba (siempre apagado) el sonido de autos circulando a toda prisa, y entre ese ruido de motores, frenadas bruscas y bocinazos, se entreveraba algún grito, pero el sonido era tan débil, y la reunión de los amigos tan ruidosa, que siguieron su juego ignorando completamente lo que pasaba en la ciudad.
Gerardo, después de bostezar miró su reloj.

- Que tarde que es - dijo Gerardo -. Me voy a tener que retirar.
- ¡Ya te vas! - exclamó Manolo -. Pero si recién son las - y miró el reloj -, ah sí, es tarde.
 
A los otros también les pareció que era tarde y resolvieron dar fin a la juerga.   Al salir del sótano escucharon con claridad el caos que se desataba afuera. Se miraron sin entender nada, y fue Gerardo quién reaccionó primero, y yendo hasta la ventana espió hacia afuera.   No pudo ver hacia la calle, un rostro estaba recostado al vidrio, un rostro de ojos rojos y cara sanguinolenta y desgarrada.
El susto lo hizo retroceder,  pero en ese mismo instante rompieron el vidrió de un puñetazo; volaron vidrios hacia todos lados, y un brazo alcanzó a Gerardo, lo jaló con fuerza y lo arrojó hacia afuera.   Gerardo rodó y se levantó rápidamente, su agresor, que era un zombie, se le abalanzó intentando morderlo. Tras luchar unos segundos consiguió proyectar al zombie y tomar distancia.  Sus amigos abrieron la puerta y le gritaron que entrara.

Por la calle se iban acercando otros zombies que avanzaban dando gemidos aterradores.
Entre todos intentaron tapiar la ventana pero ya era muy tarde. Entonces bajaron al sótano y quedaron en silencio. La puerta era resistente y los zombies no los habían visto entrar allí.
En la oscuridad, escucharon a los zombies recorrer la casa, y como luego la abandonaban. 
En medio de aquella situación inexplicable y aterradora, se sintieron relativamente a salvo en el sótano; pero ignoraban que no era así, pues el arañazo que tenía Gerardo en el pecho estaba empeorando rápidamente.