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domingo, 30 de diciembre de 2012

El bosque maldito

Llegaba el ocaso y Duncan aún galopaba por el bosque maldito.   Había salido del palacio con los primeros rayos del sol y durante el día anduvo cazando con arco y acampando. Hacia el final de la tarde hirió a un jabalí, persiguiéndolo después largamente. En la
persecución cruzó a galope por densos matorrales y costeó peligrosamente el borde de unos barrancos donde, al paso de él algunas piedras que se desprendían y rodaban hacia el fondo siempre brumoso de aquellos abismos.   Tan empeñado estaba Duncan, que en su afán por capturar a la bestia no reparó en lo
tarde que era, y recién cuando perdió el rastro entre las primeras penumbras de la noche, tomó conciencia de que debía regresar.

Para llegar al castillo debía atravesar el camino que zigzaguea por el bosque maldito, un lugar donde por la noche vagaban todo tipo de espantos y apariciones engañosas que pueden enloquecer de terror a un hombre. Duncan galopaba agazapado sobre el lomo del caballo y azuzaba al animal para que corriera más. La luna asomó tras una montaña y el bosque se inundó de su luz espectral, y la bruma de las zonas bajas resplandeció, y espíritus malignos y antiguos despertaron a la noche, y duendes maliciosos salieron de sus cavernas dando saltos entre las rocas; mientras Duncan seguía galopando. De pronto algo se atravesó en el camino; un lobo blanco cruzó corriendo.  El caballo se asustó y se levantó sobre sus patas traseras lanzando un relincho. Duncan cayó hacia atrás, y aunque se levantó rápido no pudo evitar que su caballo siguiera solo, desapareciendo al galope tras un recodo.

Desparramando su mirada por el aterrador paisaje nocturno que lo rodeaba, Duncan pensó que su situación era grave; su espada y el arco habían quedado en la montura y sólo cargaba un cuchillo de monte. Sendos rayos de luz lunar bañaban el camino. Se hincó en el lugar por donde había pasado el lobo y no vio sus huellas; sólo había sido una aparición. 
Siguió a pié por el camino, atento a lo que escuchaba, volteando ante el menor crujido de una rama y mirando sobre su hombro cada pocos pasos. Algunas sombras o siluetas cruzaban entre los árboles desde donde llegaban algunos rumores y risitas malévolas que infundían terror en el corazón valiente de Duncan. De repente escuchó el tronar de un galope que venía hacia él.  Saltó a un costado del camino y empuño el cuchillo.  Por el camino apareció un jinete que reconoció inmediatamente; era Enid, su esposa. 

-¡Enid! -gritó Duncan saliendo de las sombras. Ella frenó al animal y saltó a tierra. 
-¡Duncan! -exclamó ella, y se echó en sus brazos.
-Tu padre no quería que viniera, dijo que era muy peligroso, pero yo tomé un caballo y vine, no podía quedarme sin hacer nada, sabiendo que estabas en este bosque maldito -dijo Enid.
-¡Enid! Tenía razón mi padre, aquí es muy peligroso, ¡pero que bueno que viniste! Ahora vámonos.

Y dicho esto Duncan montó, tendiéndole el brazo después para que ella subiera. En el anca del animal, ella se agarró fuerte a Duncan, y juntos partieron rumbo al castillo. Al cruzar por una zona bien iluminada, donde el bosque se abría, Duncan se dio cuenta que el caballo que montaba era el mismo que había usado ese día, el que lo volteara. Y entonces sintió un terror atroz: lo que lo envolvía entre sus brazos no podía ser su esposa, pues era imposible que el caballo hubiera regresado a la caballeriza sin que lo notaran, ya que ésta estaba tras los muros y antes de caer la noche la puerta se cerraba. 

Con terror en la mirada, bajó la vista hasta los brazos que rodeaban su pecho y vio que eran esqueléticos y arrugados como los de una anciana decrépita. Duncan comenzó a gritar, y su acompañante lanzó una risotada estridente y horrible. Él enloqueció de miedo y se perdió en el bosque maldito.

2 comentarios:

  1. No solo lo maté, primero lo enloquecí ¡Jajaja! Los autores pueden matar a sus personajes, sí; pero los lectores son los que pueden hacer que un personaje siga "viviendo" décadas o siglos después de la muerte del autor.Los lectores tienen la última palabra siempre. Yo por publicar en blogs estoy en el olvido desde ahora ¡Jaja! Gracias. Saludos!!

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