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martes, 4 de diciembre de 2012

El más valiente

Mi familia se había unido a una cooperativa de vivienda. Los viernes por la noche los integrantes se reunían en un viejo local que antes fue una escuela.  Como solamente se usaba un salón, los otros permanecían a oscuras, aunque sí encendían las luces del patio interior y del corredor que llevaba hasta la salida.
El patio era grande, tenía unos bancos en dos de sus extremos, un par de pinos en el fondo, y en un lado tenía un bebedero que ya no funcionaba, cerca de éste se hallaban cuatro astas metálicas sin banderas, y de una de ellas colgaba una cuerda que casi siempre se estaba moviendo por el viento. 
En esa época tenía once años, y en la cooperativa había otros niños y niñas que rondaban mi edad.
Mientras los adultos discutían temas aburridos que ni entendíamos, los niños salíamos a jugar.  Generalmente nos manteníamos en el patio iluminado, y frente a la boca oscura del comienzo de los corredores pasábamos corriendo.

Una noche, estando en aquel patio, a un niño nuevo se le ocurrió un desafío:

- El que se anime a entrar ahí - dijo señalando la negrura de un corredor - va a ser el más valiente de todos, si es que se anima alguno ¡jeje!
- ¡Ah sí! Entra tú primero, si es que te animas, ¡paliducho! - lo desafié. A los otros le causó gracia el sobrenombre, y rieron y lo apuntaron con los dedos ¡Paliducho! 

Él sonrió, giró hacia el corredor y entró en él.  Asombrados, escuchamos sus pasos alejándose en la oscuridad, y luego que se iba acercando hasta que salió a la luz, y más asombrados vimos que seguía sonriendo.

- Ya entré ¿Ahora quién se anima?
- Yo - dije decididamente, mas al alejarme de la luz sentí miedo.

Al avanzar unos metros ya no se veía absolutamente nada, sólo al voltear veía lo que parecía el final de un túnel, y en él estaban los otros niños. Caminé un poco más y, cuando fui a volver, escuché que algo avanzaba desde el extremo dominado por las tinieblas. Por el ruido, me imaginé algo que andaba sobre cuatro patas, o sobre sus manos y  pies. El impulso de la carrera me hizo pasar entre mis compañeros sin detenerme; ellos también habían escuchado a los pasos que me persiguieron, y salieron corriendo también hacia el salón dónde se hallaban los adultos.
Interrumpimos la reunión y contamos atropelladamente lo que había pasado. Después, siguiendo a varios padres, regresamos al lugar. Encendieron las luces y buscaron por todos lados, pero no encontraron nada.
En las reuniones siguientes no nos dejaron salir del salón, y no teníamos ganas de hacerlo.
Al niño que se atrevió recorrer el corredor no volvimos a verlo, y fue mejor así, pues esa noche no se había unido a la reunión ninguna familia nueva, y ningún adulto recordaba haber visto a aquel niño pálido.

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