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miércoles, 12 de diciembre de 2012

El origen de nuestro miedo

El dinero de las entradas lo gastamos antes de llegar al circo. Mi hermano y yo quedamos mirando la enorme carpa. El público formaba una fila para ingresar al circo. Estaba de portero un tipo enorme, que al echarnos una mirada desconfiada nos hizo desistir de la idea de entrar sin pagar. 
Era la última función y ya estaba de noche. Nos alejamos de la mirada del grandullón de las entradas y discutimos qué hacer.

- ¿Y ahora qué hacemos? - le pregunté a Roberto, mi hermano. En esa época él tenía quince años y yo doce. Éramos un equipo, compinches en las travesuras, y ambos teníamos espíritu aventurero.
- No hubiéramos gastado la plata, pero ese postre sí que estuvo bueno, con esa cosa que parecía merengue pero era más rica - comentó Roberto, y se relamió los labios.
- Sí, estuvo bueno, ¿pero ahora qué hacemos?
- Vamos a tener que dar unas vueltas por aquí hasta que termine la función.
- ¿Y cuánto dura?
- Cómo voy a saber yo Ramón. Como una hora y pico, no sé.

Volvimos a mirar la carpa. Desde adentro llegaba la inconfundible música de circo, y empezó a hablar un tipo anunciando el espectáculo.

- ¡Que lástima! Quería ver los leones - dije tras suspirar resignado.
- Sí, yo también. Pero… - al escuchar aquel “pero…” miré a Roberto: sabía que se le había ocurrido algo  -. Los leones deben estar afuera, allá atrás. Vamos a mirarlos.
- ¿Será que dejan? - dudé.
- No creo, pero si no nos ven… ¡Jeje!
- Sí, vamos sin que nos vean ¡Jajaja! Y de paso vemos si es cierto que les dan perros para comer.
- ¡Eso es mentira! Creo.

El circo ocupaba toda una manzana. Fuimos por una de las calles laterales. No eran pocos los remolques que había detrás de la carpa, nos movimos entre las sombras de éstos, agazapados. Un rugido repentino nos indicó dónde se encontraban los leones.  Al escuchar los pasos de alguien que estaba vigilando nos metimos bajo un remolque; cuando se alejó seguimos hasta las jaulas.
Los leones caminaban de un lado para el otro agitando la cola y gruñían sordamente. Quedamos encantados con las bestias, mas vigilábamos nuestro entorno, y al mirar hacia un lado vi un remolque muy particular.  Tenía dibujada la cara de un payaso, que lejos de sonreír miraba fieramente, con odio, podría decirse.  Llamé la atención de Roberto y apunté con el dedo hacia el remolque.
- Que bueno - susurró mi hermano -. Un payaso terrorífico. Vamos a ver qué hay adentro.
- ¿Y si está el payaso?
- Que importa, cuando mucho nos correrá, si es que no está en la carpa. Vamos.

El remolque tenía una ventanilla por donde salía algo de luz. Apoyamos un pie en el borde del guardabarros y nos asomamos a la vez. Unas luces pequeñas que rodeaban a un gran espejo, iluminaban tenuemente a un payaso que estaba sentado mirando su reflejo.  Tenía una peluca rojiza y un diminuto sombrero sobre ésta, era el payaso del dibujo. Estaba completamente inmóvil, pero repentinamente giró la cabeza hacia atrás como lo hacen las lechuzas, y sin mover el cuerpo quedó mirando directamente hacia nosotros, y en un parpadear tenía la cara pegada al vidrio, a centímetros de nuestros rostros, y por el susto caímos hacia atrás, mas enseguida nos levantamos y huimos despavoridos.
Sentimos tanto terror que olvidamos nuestro plan de esperar a que terminara la función.
Nuestros padres, después de varias preguntas, nos hicieron confesar que no habíamos entrado al circo, mas al decir en qué habíamos gastado el dinero fueron bastante piadosos, y nos dieron solamente algunos cintazos.  Lo del payaso nunca lo mencionamos, y por eso nuestros allegados no se explican cómo surgió nuestro irracional miedo a los payasos.

3 comentarios:

Walter Dardo Bohmer dijo...

Menos mal que el payaso de It no movía así la cabeza, suficiente que tomaran vida las fotografías del cuaderno negro jejeje.
Me ha gustado.
Abrazos Jorge.-

Anónimo dijo...

muy bueno feicidades!

Hombre de Neanderthal dijo...

Está bueno el cuento. Que payasito che!

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