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sábado, 15 de diciembre de 2012

Espantados

Al terminar la dura jornada en la plantación, resultó que el camión que nos iba a llevar estaba roto.
Algunos trabajadores se alejaron por el polvoriento camino a pie, descontentos, naturalmente. Mauricio, Leandro y yo, cortamos por el campo con la intención de ahorrarnos kilómetros de caminata.

- ¡Bien podrían usar las camionetas para cargar a la gente de a poco! - protestó Mauricio, y pateó una mata de pasto.
- Ni soñar que van a hacer eso - opinó Leandro, que manso como siempre, caminaba con las manos en los bolsillos y una brizna de hierba en la boca.
- Ahora ya está - les dije -. Vamos a tratar de apurarnos para llegar a la carretera antes de que caiga la noche.

Atravesamos campo y más campo, matas resecas, algunos arbustos espinosos, El sol se arrimaba cada vez más al horizonte que estaba rojizo, mientras el paisaje se iba volviendo gris, y en las hondonadas predominaban las sombras.   La distancia resultó mayor que la calculada. La noche se nos vino encima aún lejos de la carretera, por lo que tuvimos que andar más lento.
La luna, que estaba en su etapa creciente, pareció apiadarse de nosotros, y el relieve del paisaje fue nuevamente visible, mas todo parecía haber cambiado. El ruido de una corriente de agua nos guió hasta un pequeño manantial. Bebimos en él y analizamos nuestra situación.
- Creo que nos desviamos un montón - dijo Leandro.
- Espero que no porque ya vengo que no doy más. ¿A vos qué te parece, William?
- Vamos bien - les aseguré -. No podemos estar muy lejos de la carretera.

Un rato después de emprender nuevamente la marcha nos encontramos frente a un maizal, y seguidamente escuchamos el motor de un vehículo.
Es la ruta, les dije. Está del otro lado de este maizal. Empezamos a atravesarlo. Repentinamente algo que se abría paso con rapidez entre las plantas nos cortó el paso, se detuvo frente a nosotros, a unos metros, y no hizo más ruido.  Nos agachamos para ver entre los tallos pero no había nada. nos desviamos para rodear lo que anduviera allí, entonces dije susurrando:

- Yo no escuché pasos, ¿y ustedes?
- Yo tampoco - me contestó Leandro.
- Puede ser un pájaro grande que iba volando entre las plantas - planteó Mauricio. Me pareció una explicación lógica, y Leandro asintió con la cabeza.

Fue avanzar unos pasos y aquella cosa nuevamente agitó las plantas al avanzar, y una carcajada espantosa que la acompañaba dio por tierra a la teoría del pájaro. Tan aterradora era aquella carcajada que nos echamos a correr. Las largas hojas y las espigas nos azotaban la cara en la desesperada huída. Fue un momento confuso, lleno de terror, sin dudas el más angustiante de nuestras vidas.
De pronto salimos del maizal y allí estaba la carretera.  Sin dejar de mirar la plantación, recuperábamos el aliento cuando un camión que venía por la ruta se detuvo, y reconocimos las voces de nuestros compañeros invitándonos a subir: habían reparado el camión. Los otros ni se imaginaban el terror que habíamos pasado, y estaban alegres por no hacer todo el camino a pie.
Al subir echamos una última mirada al maizal y, sobresaliendo por encima de las plantas, iluminado por la luna, había un espantapájaros vuelto hacia la carretera.    

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