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sábado, 8 de diciembre de 2012

Examinado

Lucas subió por el sendero que iba serpenteando hasta la cima del cerro. La mochila le pesaba y el ascenso era duro. El camino estaba lleno de piedras sueltas que dificultaban cada paso.  La ladera por la cual subía estaba bajo el ardiente sol, y por todos lados se amontonaban rocas pálidas y cactus.
Al alcanzar la pequeña meseta de la cima, volteó y contempló satisfecho el extenso paisaje que se extendía allá abajo: Se divisaba desde allí un grupo de casas ubicadas en un pequeño valle verde, más allá unas plantaciones que llegaban hasta la falda de otros cerros, un matorral extenso, algunos arboledas, y el brillo lejano de un arroyuelo por el cual había cruzado esa tarde.
Sus planes eran acampar en aquella cima, pasar la noche allí y bajar del cerro por la mañana.
Al final de la tarde las escasas nubes que cruzaban el cielo se fueron alejando. Ya noche el firmamento brilló con fuerza, y tendido al lado de la carpa, Lucas observó aquel cielo maravilloso.

El clima era agradable. Estuvo largo rato acostado así, mirando al cielo.  La vía láctea parecía más encendida que nunca, hasta que repentinamente un inmenso objeto oscuro y circular cubrió parte de ella ante la vista de Lucas. Aquel objeto ensombreció toda la meseta del cerro. No hacía ni el menor ruido, y aunque era difícil juzgar a qué distancia se encontraba, Lucas supuso que no estaba muy alto.
Enseguida se asustó; ninguna máquina hecha por el hombre podría levitar de esa forma, aquello no era de este mundo: era una nave extraterrestre.
Agazapado, se fue desplazando con cautela, llegó al borde de la meseta y empezó a bajar.  Con cada paso corría el riesgo de tropezar y rodar cerro abajo, pero no podía seguir allí.
Al mirar hacia arriba, notó que la nave se había desplazado hacia la ladera dónde él se encontraba, e imaginó que lo estaban viendo, y fue sintiendo más temor.
En aquel descenso alocado, pisó una roca suelta que lo hizo caer y rodar.  Una saliente detuvo su caída, y antes de que pudiera levantarse una luz potente lo encandiló y sintió que se desvanecía.

Volvió en si lentamente, y al acordarse de lo qué le había pasado intentó abrir los ojos pero no pudo, y tampoco pudo moverse. Estaba acostado boca arriba sobre algo frío y duro, que imaginó sería una mesa metálica. De pronto escuchó pasos, que desde varias direcciones venían hacia él. Inevitablemente supuso que eran los extraterrestres, mas enseguida trató de no pensar en eso: era demasiado aterrador.   Lanzó un grito al sentir que una mano pequeña le tocaba el rostro, y su grito hizo que sus captores emitieran unos sonidos que, aunque claramente no eran humanos, se asemejaban a unas carcajadas burlonas.   Después escuchó algo más aterrador aún; era el sonido de un aparato que giraba a gran velocidad como lo hace un taladro de dentista, pero entre aquel sonido se entreveraba el de chispas eléctricas. Lucas gritó nuevamente, y le respondieron las carcajadas extrañas. Después vino el dolor; algo muy fino le perforaba el oído, y se desmayó profundamente.
Despertó por la mañana al lado de su carpa. Deseó que toda aquello fuera sólo un sueño, pero sabía que no era así. Al tocarse el oído descubrió que tenía algo de sangre seca en él.



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