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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Pronto serás uno de nosotros

La sala de espera de aquel hospital se iba llenando de gente. Faltaba bastante para el amanecer, pero ya hacía mucho calor, y la humedad estaba alta. Un par de ventiladores zumbaban en lo alto del techo, y cerca de él volaban algunos insectos atraídos por las luces. Algunas personas se abanicaban con los papeles que llevaban, otras suspiraban a cada rato y levantaban la vista hasta los ventiladores que giraban lerdos.
En esa sala se encontraba Sergio. Se mantenía parado pues ya no había más lugar en los bancos. Consultaba su reloj, se secaba el sudor de la frente, y para pasar el tiempo revisó un par de veces sus papeles: la orden para un análisis, el resultado de otro, y su reciente pero voluminoso historial médico.   De pronto escuchó un grito espeluznante, y por poco no arrojó sus papeles al estremecerse por el susto.  
Una señora notó su reacción, y por curiosidad más que por verdadero interés por el prójimo le preguntó:  - ¿Está bien señor?
- Sí, gracias. Me sorprendió un poco ese grito, ¿qué habrá pasado? No sé bien de dónde vino.
- ¿Grito? Yo no escuché ningún grito - dijo la mujer.

Sergio miró a los otros buscando algún gesto de asombro; nadie más parecía haber escuchado aquel grito.  La mujer con la que habló volteó hacia otro lado y se alejó de a poco. “Mejor me alejo, no vaya a resultar que este tipo esté loco”, pensó ella al apartarse.
Aún no se explicaba cómo podían no haber escuchado aquello, cuando de un corredor salió un enfermero empujando una camilla; sobre ésta había un cuerpo cubierto por una sábana: una operación había salido mal. Súbitamente, un hombre con un enorme corte en el pecho apareció sentado en la camilla, era la aparición del muerto. La aparición miró a Sergio y le guiñó un ojo - Pronto serás uno de nosotros  - afirmó la aparición. Casi inmediatamente resonaron otros gritos que solamente Sergio escuchó, y desde varios puntos surgieron apariciones horrendas y empezaron a vagar por la sala, sin que la gente las viera.

Apenas dio unos pasos para salir de allí, Sergio se sintió terriblemente mal: le dolió el brazo izquierdo y el pecho. “¡Un infarto!”, pensó.  Se tambaleó un poco, logró a duras penas mantener el equilibro y siguió. Sabía que iba a morir, pero no quería hacerlo allí, y luego andar penando en aquel lugar horrible.
Sudando, jadeando, alcanzó la puerta de la salida. Ya estando afuera, pudo dar unos pasos más antes de desplomarse. Lo había conseguido, creyó, y perdió la conciencia. 
Un doctor que iba llegando al hospital corrió a socorrerlo, y enseguida se le unieron unas enfermeras.
- ¡Hay que llevarlo a emergencias! - ordenó el doctor -. Aún está vivo, pero está muy mal.  

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