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domingo, 22 de diciembre de 2013

Terror en navidad

Esa navidad la pasamos en la casa embrujada de unos asesinos.
Como estábamos peleados con casi todos nuestros parientes, mis padres aceptaron la invitación de un matrimonio conocido, y fuimos pasar la noche buena en su casa, que se encontraba en una zona rural. 
Al dejar la ruta atrás y adentrarnos en un camino polvoriento, el paisaje se hizo monótono, pues solamente era campo, y el auto comenzó a vibrar por las irregularidades del camino.
Iba mirando por la ventanilla cuando un manotazo me golpeó la cabeza. Me volví hacia mi hermano, que me miraba con cara de burla, y lo acusé:

- ¡Mamá! ¡Carlos me pegó en la cabeza!
- ¡Mentira! Yo no le hice nada -se defendió Carlos, y me miró amenazante.
- ¡No empiecen ustedes dos! ¡Si se portan mal en la casa… me van a desconocer! -nos amenazó mamá, y mirando a papá le dijo-. También son tus hijos, ¿no le vas a decir nada?
- Pórtense bien o damos vuelta y pasamos la navidad solos en casa, ¡ah! Y no les doy los regalos.
- Me voy a portar bien -prometí.
- Yo también -dijo Carlos-. Fue Fernando el que empezó.
- ¡Fuiste vos! -grité, y le di un puñetazo en el hombro. Cuando intentó responder al ataque, mamá, que había girado hacia nosotros, lo detuvo con un grito-. ¡No sigan! ¡Ya basta, no importa quién empezó!

El resto del camino nos amenazamos con señas, mas cuando mi madre volteaba los dos estábamos quietos, pero ni bien ella volvía a mirar hacia adelante, seguíamos en lo nuestro.
Apenas el auto se detuvo frente a la casa nos precipitamos hacia afuera.

- ¡Mira que grande que es! -exclamó mi hermano.
- ¡Y que alta! -grité-. Si uno cae del techo se hace m…
- ¡Fernando! No digas esas cosas aquí porque me vas a sacar de quicio, ¡por favor! -exclamó mi madre. 

La puerta se abrió y el matrimonio dueño del lugar salió a recibirnos. Entramos a la sala. Sobre una mesa había bocadillos. Enseguida nos pusimos a mirar todo girando la cabeza sin el menor disimulo. Mi hermano y yo nunca habíamos visto una casa tan elegante y antigua, nunca habíamos visto un retrato, sillones tan grandes ni muebles tan finos.
Mientras nuestros padres conversaban con los anfitriones vaciamos varias bandejas, después, al empezar a aburrirnos, observamos nuevamente lo que allí había. Éramos muy inquietos como para estar mucho tiempo en un lugar. Conocía tan bien a mi hermano que esperé a que él lo dijera:

- Queremos salir a jugar, ¡mamá! ¡papá!
- No, afuera ya está de noche -le contestó mamá-. Si quieren andar aquí adentro está bien, pero tienen que pedirle a ellos.
- Yo no tengo ningún problema, pero… -repuso el dueño de la casa- como el lugar es grande y viejo puede ser que se asusten.
- Mira -le dijo mi padre-, estas sabandijas (así nos llamaba papá a veces, bromeando) están “curadas”, ý capaz que si ven un fantasma le quitan la sábana y se la pintarrajean, ¡jajaja!

La mujer de la casa fue a decir algo, pero Carlos y yo salimos disparados hacia un corredor.
Si el lugar nos había parecido grande desde afuera, desde adentro nos parecía vastísimo. Iluminaban el corredor unas lámparas mortecinas, muy separadas entre si, haciendo que las sombras se disputaran el lugar. Después de pasar bajo una ventana, creímos que empezaron a arañarla desde afuera, pero era una rama que rozaba el vidrio.  Aunque no teníamos permiso, abríamos las puertas de las habitaciones, encendíamos la luz y mirábamos dentro. La mayoría se encontraban vacías, algunas tenían camas y muebles.
Al abrir una habitación y encender la luz, vimos a una anciana sobre la cama. La anciana volteó hacia nosotros y nos sonrió dulcemente; nosotros estábamos paralizados por la sorpresa, porque no esperábamos encontrar a alguien. De repente la anciana lució aterrada; una mano peluda surgió de debajo de la cama, en el lado opuesto al que estábamos. La anciana medio se enderezó mirando con horror a la mano monstruosa que tanteaba rápidamente las sábanas. Abrió la boca como si estuviera gritando pero no escuchábamos nada. Y se presentó algo más aterrador. El dueño de la mano peluda tenía cabeza de cerdo, y salió rápidamente de debajo de la cama y se abalanzó hacia la anciana sacudiendo la cabeza. En ese momento se abrió la puerta de un ropero enorme, y salió corriendo de él una especie de bruja horrorosa, e iba rumbo a la cama tirando manotazos.

Ante tanto terror la anciana se llevó las manos al pecho y quedó con la boca abierta y los ojos muy grandes, tiesa.  Entonces el monstruo con cabeza de cerdo le tanteó el cuello, miró a la bruja y se apartó del cuerpo de la pobre anciana. Después se sacó la cabeza, más bien, se quitó la máscara que llevaba, y no era otro que el actual dueño de la casa; y cuando la bruja se desenmascaró, era la mujer.
Repentinamente toda aquella escena de terror desapareció ante nuestros ojos, y la habitación estaba vacía.
Llegamos corriendo a la sala donde estaban nuestros padres, y tuvimos que mentir que jugábamos una carrera. Con Carlos nos entendimos solo con una mirada. No íbamos a contar lo que vimos. Todavía faltaba la cena, y prometía ser buena.
Durante la cena los anfitriones mencionaron que la casa antes era de su tía, la que desafortunadamente había muerto de un ataque al corazón

 

sábado, 21 de diciembre de 2013

Los demonios de mis vecinos

“Hicieron un exorcismo”, fue lo primero que pensé. Todo sucedió en la casa de mis vecinos. Como tres semanas atrás me había enterado que el hijo menor de mis vecinos había caído enfermo. Después de unos días de internación en el hospital lo trajeron para la casa, aunque no había mejorado.
Como mi vivienda está muy próxima escuchaba perfectamente lo que pasaba en la de al lado. Todas las noches había gritos, y aquella voz no se parecía a la del niño ni a la de ninguno de los integrantes de la familia. Cuando no insultaba agresivamente decía cosas que no se entendían, parecía hablar una lengua extraña. Pero creí que solo se trataba de problemas de salud, tal vez ataques de nervios.
Un día, al salir al patio, vi que al lado llevaban entre dos a un cura, pues este apenas podía caminar. Uno de los hombres era mi vecino. Después de dejar al cura debilitado en una camioneta atravesó el patio sin notarme, estaba visiblemente nervioso. Ahí fue cuando se me ocurrió lo del exorcismo.
Como los gritos nocturnos no pararon era lógico pensar que había fallado.
Con el pasar de los días mis vecinos estaban cada vez más ojerosos, lucían cansados, y noté que trataban de evitarme, seguramente porque era obvio que yo escuchaba los gritos que venían de su hogar.  También dejé de ver a los hermanos de afectado, seguramente no los dejaban salir, supuse.
Una noche, ya de madrugada, golpearon frenéticamente la puerta. Era mi vecina:

- Discúlpeme por despertarlo, Javier -me dijo-. Mi esposo no está y no tengo quién me ayude. Franco, el menor, está bastante enfermo, y, salió de su dormitorio y no quiere volver a él. Mis otros hijos no pueden, Franco es fuerte, y él… él no reconoce a nadie cuando anda nervioso, es un problema que tiene. Le pido por favor que me ayude.
- Sí, por supuesto. Vamos -afirmé, aunque por dentro maldije mi suerte.

¿Y si realmente aquel niño estaba poseído? Al pensar en sus hermanos indefensos y en aquella pobre mujer tomé coraje de repente.  Entramos a la casa y lo hallamos intentando forzar la puerta de un cuarto. Tras esa puerta estaban sus hermanos. Al advertirnos me miró y sonrió diabólicamente. Nunca olvidaré aquella sonrisa retorcida que mostraba unos dientes ensangrentados con su propia sangre. Su aspecto era increíble. ¿Cómo una carita tierna podía transformarse así? No me quedaron dudas: estaba poseído.  Cuando me acerqué intentó huir pero lo tomé por debajo de los brazos. Intenté ser delicado, pero tenía tanta fuerza que para someterlo tuve que usar toda mi energía. Chillaba y pataleaba, sus talones golpeaban mis piernas, intentaba arañarme con sus manitos… Después de una verdadera lucha conseguí llevarlo al cuarto, y con la ayuda de mi vecina lo amarramos a la cama.  

- ¡Muchas gracias! -me agradeció-. Mi esposo ya debe estar por venir, él va a traer ayuda. Gracias.
- De nada. si quiere me quedo hasta que venga.
- No, ya ayudó bastante, gracias, en serio.

Al pasar frente al cuarto de los otros niños noté que ella miró muy preocupada la puerta, y la tanteó para asegurarse que estuviera cerrada. ¿Qué pasaba allí, no iba a fijarse si sus otros hijos estaban bien?
Le iba a decir algo cuando del cuarto aquel brotaron unos gritos que me erizaron la piel. ¡Ahora los otros también estaba poseídos! Eran tres, y sus gritos me ahuyentaron de la casa. La mujer esperó a su esposo en el patio. Yo quedé en el mío. No pensaba volver a acostarme esa noche.
No mucho después llegaron varios vehículos, y bajaron de ellos unos monjes que vestían hábitos largos; también llegaron otras personas que no sé si eran curas.  Entraron al hogar, aumentaron los gritos, y luego fueron sacando a los niños. Pude ver que les habían colgado unas cruces enormes en el cuello, y ahora los niños parecían paralizados. Cuando se fueron todos la casa quedó vacía. Unos días después vino un camión de mudanza y se llevaron todo. Nunca más supe algo de mis vecinos, aunque a veces creo oír voces que vienen de su casa.



jueves, 19 de diciembre de 2013

No acampes con extraños

“Hay que salir a acampar solo con amigos”, me aconsejó un día un veterano. Debí hacerle caso, y no salir con unos conocidos que me invitaron a pescar. Conocidos es un decir, prácticamente eran unos extraños.
Eran dos, y en el campamento discutí con uno de ellos, y el otro salió a apoyarlo. El asunto fue una tontería, y cuando partimos del lugar creí que ya no les importaba, pero me equivoqué.
Ya estaba de noche. Yo iba en el asiento trasero de la camioneta. En cierto momento tuve la impresión de que nos habíamos desviado.
De pronto cruzamos sobre un pozo o alguna irregularidad del camino. El conductor enseguida detuvo la camioneta, se volvió hacia mí y me dijo:

- Parece que pinchamos, bájate y mira.
- Para mí que pasamos por un pozo nomás -opiné.
- A mí también me parece que pinchamos -dijo el otro.
- Esperen, ¿quieren que salga para dejarme aquí? -sospeché.
- No, solo te pedí que te fijes, yo no voy a bajar -afirmó el que conducía.

Me resultó obvio que pretendían abandonarme. No eran tan astutos como para mentir bien, pero como era su camioneta, tomé mi bolso y bajé.  Como sospechaba, arrancaron a toda prisa y se marcharon.
“Esto me pasa por salir con gente así”, pensé. No iba a ser la primer caminata larga de mi vida. Nunca había recorrido aquel camino pero estaba bastante seguro que sabía dónde salía. La noche estaba oscura mas se distinguía lo suficiente como para caminar tranquilo.
La situación extraña empezó cuando avisté una casa. No tenía ninguna luz encendida pero de todas formas se revelaba su contorno. Por lo que llegaba a ver, por la distancia que la separaba del camino, por un gran árbol que tenía a la derecha, un pequeño galpón a su izquierda, me resultó una imagen muy familiar. Se parecía mucho a una casa ubicada en un camino que conozco bien, pero que está muy lejos de allí. Al cruzar frente al lugar me resultó aún más parecido. 

De pronto vi cuatro siluetas humanas que estaban en el patio. Por la altura y el contorno supuse que se trataba de una familia; un hombre alto, su esposa, y un niño y una niña. Estaban vueltos hacia el camino, hacia mí, y sentí que me siguieron con la mirada hasta que me alejé.
Más adelante, después de pasar al lado de una arboleda, había otro lugar que creí reconocer. Aquello ya era extraño. Se parecía a otra vivienda situada muy lejos de allí. ¿Qué estaba pasando? Distinguí hasta la casa de un perro que solía salir a ladrarme. ¡No podía ser casualidad! Hasta un viejo tractor en desuso estaba ubicado en el mismo lugar. Cuando de pronto vi nuevamente a las cuatro siluetas tuve ganas de correr. Si se hubieran movido hacia mí aunque solo fuera un poco hubiera huido de allí como alma que se lleva el Diablo, pero solo me observaron desde la oscuridad.
No quería ni pensarlo, pero era algo obvio: me encontraba en un camino embrujado.
Después divisé un vehículo volcado. Enseguida desconfié, ¿sería algo real…?  Supe que sí lo era cuando sentí olor a nafta.  Era la camioneta de los que me abandonaron, se encontraba con las ruedas hacia arriba. Los dos estaban atrapados pero estaban vivos.

- ¿Están bien? -les pregunté, aunque era obvio que no, acababan de volcar.
- Respiro con dificultad -me contestó uno de ellos.
- Fue en esa maldita curva cerrada, cuando la vi ya era tarde -comentó el conductor.
- ¿Dónde está la gente que andaba aquí? ¿Fueron a pedir ayuda? -me preguntó el otro.
- ¿Qué gente?
- No sé, solo les vimos las piernas, eran cuatro. ¡Ay! Mis costillas.

Los había engañado el camino embrujado, porque en aquel tramo no había ninguna curva.
Antes de dejarlos les prometí que les iba a encontrar ayuda. Por suerte la carretera no estaba muy lejos.  Cuando estuve seguro que aquello realmente era una carretera me senté a descansar. Algunos vehículos pasaron por mí pero no intenté detenerlos. Lo hice como dos horas después. Cuando fueron a socorrer a los accidentados ya estaban muertos. Eso les pasó por salir a acampar con alguien que apenas conocían.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Las patas de la cama

Don Álvaro estaba regando su jardín cuando algo despertó su curiosidad, que no era poca. Por encima de la valla que limitaba su terreno, vio a su nuevo vecino atravesando el patio, y este cargaba en sus brazos cuatro patas de cama.  “Le cortó las patas a su cama”, pensó enseguida Álvaro. “Pero, ¿por qué?”.
Seguramente, al ver eso la mayoría supondría que se le rompió una pata y cortó las otras para emparejar, pero don Álvaro, muy afecto a la lectura de cuentos de terror, pensó: “Tal vez se le apareció algo bajo la cama”. Además de su imaginación muy activa, Álvaro tenía otras razones para creer aquello, pues antes de ser ocupada por su nuevo vecino la casa había estado desabitada por años, y sus últimos dueños habían sufrido una gran tragedia.
El vecino dejó las patas en el tacho de basura. No mucho después Álvaro fue a revisar disimuladamente. Comprobó que habían sido cortadas con sierra, y ninguna estaba quebrada o astillada. “Interesante…”.
Unos días después su vecino se estaba mudando, un camión llevaba sus cosas. Aquella era su oportunidad para averiguar algo.

- ¿Se muda, vecino? -le preguntó Álvaro.
- Sí, me mudo, ya ve, hoy mismo, si podemos cargar todo.
- ¡Ah, que lástima! Pero bueno, supongo que será para mejorar. Esa casa ya está muy vieja, y las casas viejas tienen sus cosas, sus ruidos y eso, ¿no?
- Y esta no es la excepción -afirmó el vecino, mirando de reojo la vivienda.
- ¿A qué se refiere? -preguntó Álvaro, seguro de que el otro le iba a contar algo.
- A nada, a que es vieja nomás -evadió la pregunta el tipo, y empezó a ayudar a los de la mudanza para no hablar más.

Se llevaron todos los muebles menos la cama. Después pusieron un cartel de “Se vende”.
Si bien Álvaro no había obtenido su respuesta, el comentario de su vecino y la propia evasiva lo estaban convenciendo de que aquella casa estaba embrujada, que había algo en ella.
Pocas cosas son más fuertes que la curiosidad de un hombre. Como tenía mucho dinero ahorrado compró la propiedad vecina sin que su cuenta se redujera mucho. Cuando ya era el dueño del lugar fue hasta la casa por la tarde, con el sol bien alto (por las dudas), e ingresó a ella con pasos lentos.
A pesar de que era vieja se mantenía bien conservada, y no tenía un aspecto que inquietara. Revisó un cuarto, luego otro, y allí encontró la cama, pero, esta tenía patas. Tenía puesto el colchón y unas sábanas blancas que rozaban el suelo.

Al levantar la sábana para mirar debajo a Álvaro le tembló la mano; no había nada, mas algo era extraño, aquellas parecían ser las mismas patas que su vecino tirara a la basura. ¿Cómo podía ser?
Repentinamente la cortina de la ventana se cerró sola, dejando la habitación en penumbras. Cuando Álvaro giró hacia la puerta para salir, varias risitas infantiles resonaron bajo la cama, y esta empezó a andar como si fuera un animal, y avanzó hacia él como lo haría una araña gigantesca.  Álvaro escapó por poco, y salió de la casa tambaleándose y con una mano en el pecho, y a duras penas alcanzó la suya. Tomó una medicina y empezó a calmarse.  Dentro de la casa vecina la cama seguían andando por toda la habitación, y el ruido de sus patas resonaban en todas las piezas.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

En la ciudad fantasma

Aquella era una ciudad fantasma. Atravesábamos en camioneta una zona devastada por un huracán hacía ya unos años, pero que debido a la magnitud del hecho todavía seguía desabitada.
Mi amigo Jeff me invitó a recorrer aquel lugar; un conocido de él llamado Stephen era nuestro guía.
Me asombró la gran extensión de la zona afectada, ahora abandonada a la naturaleza. Cuadras y cuadras de casas vacías. Ventanas rotas, puertas abiertas a interiores sombríos y malolientes, fachadas que comenzaban a resquebrajarse, eso era lo que se veía hacia donde se volteara. Y había algo más que creí que solamente era una impresión causada por el aspecto del lugar: aunque no veía a nadie igual me sentía observado.
Ya tenía ganas de irme de allí y estaba por decírselo a Jeff cuando, repentinamente en el tablero de la camioneta empezó a parpadear una luz roja.

- Es el motor -observó Stephen.
- No me diga que se está por descomponer -le dije.
- No, tal vez no, a veces los censores exageran. Seguramente nos da para salir de aquí.
- Eso espero -deseó Jeff-. Porque no creo que una grúa venga hasta aquí.
- No, no vienen, pero va a aguantar -afirmó Stephen, aunque no creo que estuviera convencido.

A esa hora el sol ya estaba muy bajo, y las sombras se extendían por las calles. 
Anduvimos unas cuadras más y la camioneta se detuvo. Nos bajamos y fuimos a revisar el motor, que apenas quedó al descubierto nos cubrió con un humo espantoso.

- Está liquidado -sentenció Stephen, evidentemente asombrado. Según él mantenía a su vehículo en perfecto estado, lo que me hizo pensar si aquello solo sería mala suerte.

Para empeorar el asunto, los celulares no tenían señal, algo que me resultó muy extraño. No quedaba otra cosa, debíamos caminar por aquel lugar inquietante.
Aunque apuramos el paso la noche nos atrapó cuando todavía estábamos en el corazón de aquella ciudad fantasma. La oscuridad se apoderó del lugar. Mis compañeros no estaban acostumbrados a la oscuridad, y los veía avanzar inclinados, tratando de distinguir lo que tenían por delante. Años de cacerías nocturnas (mayormente de animales cuya caza estaba prohibida) me habían dado una excelente visión nocturna, aunque hubiera preferido no tenerla, porque empecé a notar cosas que los otros no veían.  Algunas figuras humanas cruzaban delante de nosotros; otras estaban frente a las casas y se desplazaban de un lado para el otro, como alguien inquieto a punto de estallar. 

No dije nada porque era obvio que no eran personas, y temí que mis compañeros se echaran a correr.
Desde muy niño he escuchado historias y cuentos de terror, y en muchas se afirma que huir es peor, a no ser que puedas alejarte del lugar de influencia del fantasma o aparición, y nosotros nos encontrábamos en medio de aquella ciudad fantasma.
Me erizó la piel un fantasma que salió de pronto de la oscuridad de una casa y se abalanzó hacia nosotros como para atraparnos, pero se detuvo en último momento y retrocedió hacia la oscuridad de donde saliera. ¡La situación era insoportablemente terrorífica!
Repentinamente se encendió una luz a mi lado. Era Jeff con su celular, quería verificar si ya había señal. Entonces Jeff notó algo, y extendió el celular hacia un bulto, y a su lado caminaba la aparición de una mujer de rostro hinchado y pálido, una ahogada.  En ese momento le manoteé el celular y lo tomé del cuello de su abrigo.

- ¡No vayas a correr! -le dije-. Están por todos lados.

Stephen también vio a la aparición, y se echó a correr sin que pidiera detenerlo. Le gritamos pero fue inútil, y en el momento que alzamos la voz unas siluetas se acercaron a nosotros. Entonces sentí un impulso casi incontrolable de huir, pero por suerte no lo hice, y Jeff confió en mí. El resto de la caminata nos pareció interminable.
De Stephen no supimos más nada, desapareció en la ciudad fantasma, y cuando le avisamos a la policía no parecían sorprendidos.

 

martes, 26 de noviembre de 2013

El monte embrujado

Había caminado casi toda la tarde, y cuando ya se había hecho noche me senté a un costado del camino a descansar.  No estaba solo, me acompañaba Rufo, mi perro.
Al sacarme la mochila sentí que estaba mucho más liviano y fue un alivio. Rufo se acostó a mi lado después de dar vueltas y vueltas sobre el pasto como es la costumbre de los perros. Estaba casi todo oscuro pero se distinguían algunas cosas.  A unos diez metros del solitario camino empezaba a elevarse un monte pequeño, poco más que una arboleda. No estaba muy lejos de una zona poblada, mas desde allí no se veía ni una casa, ni una luz, y por el camino hacía rato que no pasaba ningún vehículo, soledad y silencio hacia todos lados.

jueves, 14 de noviembre de 2013

El peso del monstruo

El cielo ya se había oscurecido y llovía copiosamente. El agua se deslizaba por la pared de vidrio del consultorio; la pared cristalina separaba un patio interior donde algunas plantas temblaban bajo la lluvia.
Dentro del consultorio estaba Ortiz y su paciente. El paciente estaba recostado en un diván de esos que usan los psicólogos; Ortiz tomaba notas tras su escritorio escribiendo en una libreta. Se sacó los lentes, dejó la libreta en el escritorio y le dijo al paciente:

- Le aseguro que lo suyo es solo una perturbación del sueño -afirmó nuevamente Ortiz-. Usted se despierta cuando aún está paralizado, como ya le expliqué, y por eso no puede moverse por un instante. No es que haya algo sentado sobre su pecho, nada de eso.
- Sí, sí, pero, ¿y si lo mío es algo diferente? No solo siento que no puedo moverme, también siento las patas de lo que me aplasta con su peso. Nunca me atreví a abrir los ojos, pero siento que esa cosa aproxima su cara a la mía. No oigo que respire, pero está ahí, a centímetros de mi rostro, seguramente sonriendo asquerosamente, y…
- No siga -lo interrumpió Ortiz-. Todo eso que se imagina solo contribuye a su confusión. Tiene que creer en mí, de otra forma las sesiones no servirán, ¿entiende?
- Comprendo, doctor, pero, ¿cómo usted puede estar tan seguro si no está ahí cuando duermo, cuando esa cosa aparece?
- Bueno, confío en lo que me han enseñado y en mi experiencia. Sabe, me ha dado una idea. Usted es el último paciente. Hoy pensaba quedarme algunas horas aquí leyendo un libro que publicó un amigo. Quédese y duerma un rato, yo lo vigilo. No le voy a cobrar nada extra, claro. ¿Qué le parece?
- No sé si podré dormir aquí… mas me parece buena idea. Si aparece algo usted tendría que verlo, ¿no?
- Si hubiera algo, sí, pero no lo hay. Cierre los ojos y trate de dormir.

Ortiz comenzó a leer el libro. Fuera seguía lloviendo monótonamente, y el agua se deslizaba sin cesar por el vidrio. El ruido de la lluvia era un susurro que invitaba a dormir, y contra lo que el paciente suponía, se rindió ante un sueño que lo dominó rápidamente.
Ortiz lo vigilaba cada tanto mirando por encima de sus lentes. El libro resultó ser bastante aburrido. Se acomodó mejor en el sillón e hizo un esfuerzo por mantenerse concentrado.
De pronto le pareció que el texto no tenía sentido. Cuando miró hacia el paciente, había un monstruo peludo sobre su pecho. Tenía una apariencia simiesca, pero su cara era demoníaca, tenía dos cuernos retorcidos y el rostro oscuro. El monstruo volteó hacia Ortiz y sonrió repulsivamente.

El psicólogo nunca había sentido tanto terror en su vida, era como una descarga de locura, del miedo más puro.  Pero como era un hombre fuerte de espíritu reaccionó ante aquel terror, tomó el libro y se lo arrojó al monstruo. Y en ese mismo instante se sacudió en el sillón como si hubiera caído en él, y al mirar hacia el paciente ya no había ningún monstruo; el libro que creía haber arrojado estaba sobre sus piernas. ¿Había sido solo una pesadilla? Nunca lo supo con certeza, siempre le quedó una duda, porque desde esa noche el paciente no volvió a experimentar aquella sensación horrible.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La cabellera

Iba a pie por un camino desolado que apenas podía distinguir debido a la oscuridad que dominaba esa noche. Forzando la vista lograba entrever los oscuros contornos de los árboles y arbustos que se agitaban en el costado del camino. El viento no dejaba de gemir sobre los árboles. Crujían y rechinaban ramas que se mecían en la oscuridad. Sobre el fondo completamente negro del cielo cruzaban nubes más claras y ligeras que parecían disolverse y formarse espontáneamente mientras las arrastraba con rapidez el viento.
En noches tan convulsionadas como esa es difícil distinguir el origen y la naturaleza de algunos sonidos. Me detuve y volteé. ¿Había sentido un sonido metálico seguido de un golpe? ¿Escuchaba ahora unos quejidos?  El viento sopló más fuerte como queriendo despistarme.
Recordando lo antes percibido me imaginé alguien cayendo de su bicicleta.  ¿Algún insensato se atrevería a pedalear en aquella oscuridad? De ser así debía poseer una vista más aguda que la mía.
Permanecí quito tratando de escuchar algo más.
Aquella silueta apareció de pronto, asustándome. Forcé la vista. Era, a juzgar por la cabellera, una mujer, y su voz me hizo estar seguro de eso:

- Buenas noches -saludó, sorprendiéndome nuevamente.
- Buenas -llegué a decir, mas reponiéndome un poco del susto le pregunté.
- ¿Se ha caído usted de la bicicleta?
- No, vengo a pie. ¿Me acompañaría?
- Por supuesto, vamos.

Y seguimos caminando. A pesar de que estaba cerca no podía distinguirle ni un rasgo, su cara era una sombra. Cuando intenté conversar sobre el tiempo y la noche que hacía, noté que sofocaba una risa con la mano, y ya no era un tono de mujer. Me iba apartando cuando no pudo detener su carcajada y salió corriendo rumbo a unos arbustos. Aquella carcajada no era de mujer ni era humana, parecía emitida desde el fondo de un pozo, y se me erizó la piel y un escalofrío subió por mi espalda.   El resto del camino lo hice completamente aterrado.
Al otro día escuché las noticias. En el camino encontraron una ciclista muerta, y no había sido un accidente, pues le habían cortado completamente el cuero cabelludo, y no lo hallaron en el lugar.

martes, 12 de noviembre de 2013

La madre

Clara salió a la vereda del hospital cargando el bebé en sus brazos. La noche se había presentado bastante fría. Envolvió mejor al bebé y procuró un taxi con la vista, pero solo había autos de particulares estacionados en aquella cuadra.  Entró de nuevo al hospital y le pidió a una enfermera que le llamara un taxi.  La enfermera, que estaba tras una ventanilla, llamó con desgano y volvió a ojear una revista. Clara le agradeció, sonriendo con falsedad, y volvió a esperar en la vereda.

lunes, 11 de noviembre de 2013

La madera

Una amiga que es maestra en una escuela me pidió un favor bastante curioso. El municipio había donado unos pupitres (de esto hace muchos años, aún se usaban pupitres) que fueron a dar en el salón donde ella daba clases, y creía que aquellos asientos de alguna forma estaban embrujados.  Quería que averiguara de dónde los habían sacado. 
Anticipándose a mi escepticismo me invitó al salón aquel, al atardecer, después que los alumnos se fueron, y ante los pupitres aludidos me contó más o menos lo siguiente:

“Cuando llegaron, personalmente quedé muy agradecida -empezó a contarme mi amiga, mirando de reojo los bancos-; eran nuevos y desprendían un aroma agradable; veía que los niños se inclinaban a oler la madera. Pero no demoraron en empezar las cosas raras. Un alumno se pinchó con la punta de un compás y sangró un poco sobre el pupitre, y, presencié asombrada como la madera absorbía completamente toda la sangre en un instante, sin que quedara una mancha. Lógicamente, inventé algo para convencer a los que vieron aquello, pero no era algo normal. Unos días después, un olor asqueroso que enseguida asocié con la muerte invadió repentinamente el salón, aunque enseguida desapareció. Los días siguientes todos empezaron a desconcentrarse fácilmente, y se acusaban unos a otros por algún jalón que sentían o un pupitre que se inclinaba de golpe como si lo empujaran de atrás. Pero lo más horrible me pasó a mí. ¡Ay…! Hasta me cuesta contarlo… disculpa. Fue así: Olvidé mis llaves y volví un poco más tarde que ahora, ya prácticamente estaba de noche. El salón ya estaba oscurecido, pero como solo son unos pasos e igual distinguía el manojo de llaves no encendí la luz. Cuando fui a marcharme, estaban… en los pupitres había gente, y por sus contornos se notaba que estaban muertos”.

En ese momento a mi amiga se le quebró la voz y se tapó la boca. Me dejó completamente impresionado. Cuando intenté analizar fríamente aquello, del salón emanó un olor nauseabundo que recordé inmediatamente. Cuando salimos de allí le prometí que iba a averiguar todo lo que pudiera.
Después de sentir aquel olor, lo que descubrí no me sorprendió, aunque igual me hizo estremecer: Los pupitres estaban hechos con las maderas de unos cipreses talados de la parte vieja del cementerio.
Después de cobrar algunos favores y quedar debiendo otros en el municipio, hice que retiraran aquellos bancos, y un tiempo después que los destruyeran.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Los muñecos

Sebastián me contó que sus hermanos eran diferentes. Cuando llegué a la casa los dos estaban jugando en el suelo, haciendo ruidos guturales que solo ellos entendían, pues parecían comunicarse con ellos; eran gemelos.
Había entablado amistad con Sebastián en la escuela, y en esa ocasión me invitó a pasar el día en su casa.  Ambos teníamos nueve años; sus hermanos seis.
Su casa era enorme, y a esa edad me pareció un palacio. Cuando entramos a la habitación donde tenían los juguetes quedé con la boca abierta. Tenían estantes y estantes repletos de juguetes de todo tipo, también había cajas donde se amontonaban algunos. Los hermanos de Sebastián se entretenían “hablando” entre si con aquellos sonidos incomprensibles para los demás.

- ¿Ellos no juegan? -le pregunté a Sebastián, con la imprudencia y falta de tacto que tenía a esa edad.
- Antes jugaban -me contestó-, pero últimamente no, ya no les gustan estos juguetes.
- Nos gustan los muñecos de la ventana -dijo uno de ellos, volviéndose hacia nosotros.
- Sí, los muñecos de la ventana -afirmó el otro, señalando la abertura.

Sebastián se notó algo sorprendido, evidentemente creía que no estaban prestando atención a lo que hablábamos, y creo que no escuchaba muy seguido la voz de sus hermanos.

- ¿Los muñecos de la ventana? -pregunté, y miré hacia la única ventana que tenía la habitación.
- Es algo que inventaron -me susurró Sebastián.

Jugamos casi toda la tarde. Después tomamos té junto a sus padres en un salón inmenso. Aquello no estaba mal, comparado con comer un trozo de pan con manteca sentado en un escaloncillo del fondo de mi casa, sin embargo, no cambiaría el familiar escenario donde el sol descendía filtrando rayos de luz entre los naranjos, por la vastedad fría de aquel salón.
Les caí tan bien a los padres de mi amigo que me invitaron a cenar. Cuando acepté fueron hasta mi casa (porque no teníamos teléfono) para avisarle a mis padres.
Bajo las sombras de la noche aquel inmenso hogar me resultaba ahora algo inquietante. Cualquier ruido se amplificaba y deformaba al pasar por las inmensas habitaciones. 
Mirábamos televisión cuando los hermanos de mi amigo voltearon a la vez hacia un corredor, como si los hubieran llamado, se levantaron y fueron rumbo al salón de los juguetes.  Poco rato después tuve que ir al baño. Cuando volvía por el corredor recordé lo de los muñecos de la ventana.

La puerta donde se hallaban los gemelos estaba entornada. Los dos estaban sentados en el suelo, con la vista levantada hacia la ventana, y sonreían.  Entonces entré a la habitación y también vi a los “muñecos”. Eran dos monstruos pequeños, como duendes, tenían la cara ennegrecida y lucían rasgos demoníacos, pues tenían cuernos y cabeza alargada. Se movían como si estuvieran danzando o representando algo. Estaban tras el vidrio. Al verme se desvanecieron, pero antes dijeron algo incomprensible. Inmediatamente los gemelos me miraron disgustados.
Después de aquel susto ya no quería quedarme allí, pero de todas formas esperé la cena.
Nunca más volví a pisar aquella casa, y no mucho después toda la familia se mudó de ciudad, y desde esa época la casa está abandonada.


martes, 29 de octubre de 2013

En halloween

La algarabía de halloween había quedado atrás, junto con las luces de la ciudad. Habíamos tomado un camino de tierra que pasaba por zonas de monte y pastizales y esa noche todo estaba oscuro. Yo iba conduciendo. La camioneta vibrada y saltaba con las irregularidades del camino, pero a pesar de eso Mónica igua dormía porque iba muy cansada.

jueves, 24 de octubre de 2013

El tren nocturno

Chirriaron los frenos del tren y la maquina se fue deteniendo.  El chirrido y la súbita sacudida despertaron a Ramón, que dormía sentado en un compartimiento del tren.
Se limpió la comisura de la boca con una mano, y descubrió que la saliva había llegado hasta el cuello del abrigo. En ese momento se alegró de ser el único ocupante del compartimiento. Desempañó el vidrio de la ventanilla y miró hacia afuera.  Árboles altos y arbustos entrelazados con la oscuridad de la noche fue lo que alcanzó a distinguir. Era obvio que por allí no se encontraba ninguna estación ni parada. Pensó que si se habían detenido allí era por alguna emergencia.
Descorrió la puerta del compartimiento. Otros pasajeros también se asomaron en el angosto pasillo.
Un guarda cruzaba apresuradamente por él, y Ramón aprovechó para preguntarle:

- ¿Sabe por qué nos hemos detenido aquí, señor?
- No lo sé. Alguien accionó el freno de emergencia. Voy hasta el frente a ver qué pasa. Usted no se preocupe. Vuelva a sentarse que ya regreso a informarles a los de este vagón.
- Gracias.

El guarda fue detenido por las preguntas de otros pasajeros, les contestó casi lo mismo y consiguió llegar al siguiente vagón, donde lo asaltaron con más preguntas.
Ramón regresó a su asiento, pero ahora presentía algo malo. Siempre se había considerado muy intuitivo, y la experiencia lo corroboraba.
Siempre viajaba liviano, solo con un bolso, pero con cosas útiles en él, una buena costumbre que provenía de su pasado, cuando fuera niño explorador. Bajó su bolso del portaequipaje y lo dejó sobre sus piernas.
Al escuchar el primer grito se puso de pie. Casi al instante sonaron otros gritos. Eran gritos de terror y agonía. Algo muy malo estaba ocurriendo en los primeros vagones.
Siguiendo la naturaleza del ser humano, y como no sabían de qué se trataba, muchos intentaron llegar a los primeros vagones, pero los detuvo la gente aterrada que huía en dirección contraria. Entonces el miedo controló la situación. El griterío creció. Entre los gritos de terror se escuchaban ahora gruñidos extraños y órdenes que se gritaban en una lengua desconocida.

Ramón reaccionó más fríamente que los otros. Por largo que fuera el tren no servía de nada huir hacia el último vagón.  Intuyó que las puertas estaban obstruidas de alguna forma, o bloqueadas por los causantes de aquel desorden, o lo que fuera aquello.
Abrió la ventanilla, arrojó su bolso y saltó después hacia afuera. Cayó rodando para minimizar el impacto y utilizar ese impulso para escabullirse rápidamente entre la maleza que crecía al lado de la vía. Tras la maleza había una canaleta. Desde allí vio que otro pasajero intentaba ahora salir por la misma ventanilla que utilizara él, pero algo lo detuvo y lo jaló hacia adentro, para seguidamente atacarlo con rápidas y voraces mordidas. El ser que atacaba al hombre era un vampiro, y su cara lucía horribles rasgos de murciélago.  En todo el tren se desataba ahora una horrible carnicería.

El hombre que intentó seguir a Ramón fue el que lo salvó, pues si el vampiro hubiera encontrado la ventanilla abierta sin alguien intentando salir por ella, concluiría inevitablemente que alguien había escapado por allí, y después vendría la persecución.
Ramón se escabulló entre las sombras y se alejó bosque adentro. Esa noche caminó sin parar.
Su odisea no fue corta, pero gracias a que iba bien preparado y sus conocimientos en supervivencia eran muchos, consiguió llegar a una ciudad.  Apenas comenzó a transitar las calles buscó información sobre el tren. ¿Sería el único sobreviviente? ¿El mudo estaría enterado ahora de la existencia de los vampiros?  Al encontrar un diario de unos días atrás confirmó algo que presentía: los vampiros encubrieron la masacre con un descarrilamiento y posterior incendio del tren, quemando en él todas las evidencias.   

domingo, 20 de octubre de 2013

Una maldición

Parecía que la casa se iba a derrumbar en cualquier momento. La tormenta era terriblemente intensa.
Estallaba un rayo y al instante otro. La noche se iluminaba con aquellos fuegos ensordecedores, y las paredes de la vivienda temblaban, y un chaparrón estruendoso golpeaba contra el techo con mucha fuerza.  Las luces blancas de los relámpagos entraban al cuarto donde me hallaba, y al venir desde distintos puntos del cielo, cada una creaba sombras ligeramente diferentes en la habitación, formando la ilusión de movimiento.   Una tormenta así es desagradable en cualquier lado, pero lo es más en una casa ajena.
Me encontraba en un establecimiento rural, en la casa de un peón. Durante el día trabajé cambiando la instalación eléctrica del lugar junto a Ernesto, mi socio. Como todavía quedaba mucho trabajo y el lugar está en una zona muy apartada tuvimos que quedarnos. Apenas se hizo noche empezó la tormenta.
No me podía dormir. Me levanté y fui hasta la ventana.  El enorme patio estaba lleno de charcos crispados por la lluvia. En el otro extremo estaba la casa principal, la del dueño del lugar.
Sentía que mis pupilas se dilataban de golpe y volvían a contraerse al mirar aquel escenario donde luchaban la oscuridad y la luz de los relámpagos.

Súbitamente, de ser observador pasé a ser observado. Apareció no sé cómo en un costado de la ventana. Era una mujer muy vieja con acentuados rasgos de bruja. Estaba cubierta con una capa negra. ¡Nunca vi un rostro tan grotesco! Supongo que durante el día no luce así. Su rostro debía estar transformado con magia negra; o por el contrario, aquel era su verdadero aspecto y lo cambiaba durante el día. Sin dudas era una bruja, y me observaba tras el vidrio.
Se llevó la mano al rostro, y extendiendo el dedo índice delante de su ennegrecida boca hizo un gesto claro que me resultó aterrador. Aquel gesto decía que no hablara sobre ella, que no le contara a nadie. Con otro gesto lento y  horrible dejó claro que si hablaba me iba a matar, y sonrió con infinita malicia.
Aterrado, duro de miedo, la vi avanzar hacia el centro del patio. Sacó algo de su abrigo, escarbó el suelo con su huesuda mano y lo enterró, tapándolo luego con tierra. Desde allí me recordó que no hablara, con la misma seña del dedo frente a la boca, y se marchó para desaparecer en un instante de oscuridad.

La tormenta se disipó al amanecer. Cuando íbamos a retomar nuestra tarea vi que partieron raudamente en una camioneta.  Un peón nos informó. La esposa del dueño del lugar había enfermado por la madrugada.   Seguramente fue obra de la bruja, de la cosa que enterró.
Luego me enteré de algo que me indignó. Antes de partir, el patrón de lugar le dijo a su capataz que nos pagara menos de lo acordado, alegando un retraso.

- Si no les sirve se pueden ir -dijo el capataz-. Pero si lo hacen no van a cobrar nada.
- Y si fuera así, ¿usted va a asumir las consecuencias por su patrón? -le pregunté, acercándome más a él.
- Yo solo sigo órdenes,  no es que esté de acuerdo con lo que él dice -aclaró el capataz, bajando el tono.

Si me metía en un lío solo iba a empeorar todo, pero el asunto no iba a quedar así.
Terminamos el trabajo ese día y nos marchamos de aquel lugar maldito (ahora literalmente maldito gracias a lo que plantó la bruja).
Días después supe que la esposa del dueño del establecimiento murió, que el mismo se enfermó misteriosamente, y, que un incendio arraso con casi todo el lugar.
Opino que el tipo se merecía lo que le hizo la bruja, como también se merecía que su propiedad se incendiara debido a una “falla” eléctrica de la instalación.

martes, 15 de octubre de 2013

Solo

Maximiliano notó al otro peatón al doblar en una esquina. En una zona lejana del cielo nocturno se estaba formando una tormenta, y un viento cargado de humedad recorría aquella calle desolada.
Sucesivas inundaciones habían alejado a la gente de allí, y las viviendas se hallaban vacías y estragadas.
Maximiliano pensó que había tomado una mala decisión al cortar por esa zona, pero igual siguió.
El otro peatón iba detrás de él.  Cuando el desconocido apuró el paso para alcanzarlo, Maximiliano se volvió rápidamente.

- Hola -lo saludó el tipo, sonriendo-. Disculpe, señor, ¿tiene hora?
- Son las dos y media -le contestó, acercando el reloj a su cara, para no perder de vista las manos del otro.
- Gracias.

El desconocido no tenía apariencia de ser un malviviente. Maximiliano lo evaluó con la mirada. El tipo parecía ser un debilucho de carácter tímido. Maximiliano intuyó que aquel joven quería alcanzarlo para no atravesar aquella zona solo. Por eso le dirigió otras palabras mientras avanzaba nuevamente, como invitándolo a que lo acompañara:

- Creo que anunciaron lluvia, y por este vientito parece que no le erraron.
- Cierto. El aire está enrarecido, debe ser la humedad, y en esta parte de la ciudad la sensación parece más fea. No sabía que esta parte estaba tan así, tan abandonada; es como un barrio fantasma.
- Es un barrio fantasma -afirmó Maximiliano-, y seguramente dentro de esas casas andan algunos.
- ¿Usted ha visto alguno hoy? -preguntó el muchacho, y miró hacia varias casas.
- No. Dije eso en broma.
- ¿No cree en fantasmas? 
- No, francamente no.
- Yo estoy empezando a creer, porque hasta la esquina sentía que me seguían, pero no había nadie. Ahora esa sensación se fue, creo.
- La apariencia del lugar lo habrá sugestionado.
- Puede ser. Espero que fuera eso -y echó otra mirada en derredor mientras caminaba.

Siguieron juntos unas cuadras. Maximiliano doblaba en la próxima esquina, y al llegar a ella se despidió de su casual compañero de caminata:

- Aquí doblo yo. Que le vaya bien, joven. Adiós.
- ¿Dobla aquí…? Bueno, que le vaya bien, señor -dijo el joven, evidentemente sorprendido, y sin ganas de seguir solo.

A Maximiliano le dio algo de pena: “Pobre tipo. Tiene miedo”, pensó. Cuando se había separado unos pasos, volteó, y vio que detrás del otro se deslizaba la aparición de una niña toda blanca. En ese mismo momento la aparición giró la cabeza hacia él, luego desapareció. 
Después sintió que algo lo seguía, y esa sensación aterradora lo acompañó hasta que salió del barrio fantasma.

lunes, 7 de octubre de 2013

El cuento

Se encontraban bebiendo y jugando a las cartas. Ya era de madrugada y el bar estaba casi vacío. El cantinero pasaba un paño por la barra, limpiando las marcas de los vasos. Un reloj de pared viejo que se empeñaba aún en funcionar emitía un sonoro tic tac que era parte del ambiente, así como lo eran el olor a cigarro y alcohol.
Cuando los integrantes de aquel grupo de veteranos se aburrieron de jugar a las cartas empezaron a contar anécdotas y cuentos, para dilatar la noche.
El mejor narrador de cuentos era Rómulo, y generalmente contaba cuentos de terror. 
La mesa que rodeaban estaba cerca de la barra. Cuando el cantinero advirtió que don Rómulo iba a comenzar una de sus historias de terror, dejó lo que estaba haciendo y prestó atención.

“A este me lo contó un tipo que fue policía muchos años -comenzó su historia Rómulo-, se apellidaba Rosales, el nombre no recuerdo, ya es muerto él. Según él realmente le pasó esto, y fue lo siguiente: En esa época trabajaba en una comisaría rural, y andaban investigando una matanza de ovejas. El comisario del lugar no era muy suspicaz que se dijera, y quiso resolver el asunto con una simple vigilancia a las ovejas que quedaban vivas. Un método directo pero que en ese caso podía ser muy eficaz.
Cuando llegó el ocaso dejaron a Rosales y otro policía en el borde de un campo. Desde ahí siguieron a pie. Al encontrar el rebaño buscaron donde esconderse. Eligieron un pequeño matorral, se agazaparon y comenzó la espera. 
Por un buen rato creyeron que aquel plan iba a fracasar, porque las ovejas no dejaban de mirar hacia donde estaban ellos, pero después los animales se acostumbraron a los espías y dejaron de prestarles atención. 
  
“Apenas se hizo noche salió la luna llena. La vieron asomar detrás de un cerro bajo, y cuando la luna se despegó del todo del horizonte, desparramó cerro abajo una claridad que ahuyentó a las sombras hasta acorralarlas en unas arboledas que se elevaban no muy lejos de allí.
Y la noche fue avanzando, y los pastos se cubrieron de rocío. Una bruma blanca que merodeaba en las zonas bajas parecía ser sólida bajo la pupila lunar, y bien podría tomarse por un ente gigantesco que ocultaba algo. Y desde esa bruma resonó de pronto un aullido largo y escalofriante.
Los policías se miraron en silencio y desenfundaron sus pistolas. Las ovejas se agruparon más y empezaron a balar inquietas.  Un animal salió al trote de la bruma, y parecía ser un perro. Era grande, de pelaje desordenado, avanzaba con la cabeza gacha, con la vista puesta en sus asustadas presas.

“No había dudas de que aquel era el culpable de las matanzas. Atraparlo vivo no era una opción razonable, debían sacrificarlo.
Desde donde estaban no tenían un buen tiro. Acordaron levantarse al mismo tiempo con señas. Saltaron del matorral y corrieron hacia el perro. Este quedó sorprendido un instante, para luego salir corriendo rumbo a una arboleda. Los policías corrían detrás, apuntando pero sin disparar. En medio de la arboleda había una gran roca, y en ella un hueco, una cueva pequeña, y vieron que el animal se metió allí.
Al acercarse escucharon unos gruñidos, después unos sonidos extraños que se mezclaban con quejidos.  Iluminaron la entrada de la cueva para descubrir que tenía un recodo, y el animal estaba más allá de este, pero de todas formas estaba atrapado. 
Rosales propuso sacarlo con humo. Cuando estaban por encender unas matas de pasto, una voz salió de la cueva:

- Si me matan van a quedar malditos -afirmó una voz ronca.

¡Imagínense la sorpresa y el susto de Rosales y el otro! Y la cosa pasó a ser más extraña todavía. Algo salió del recodo y se arrastró hasta salir de la cueva, levantando los brazos después indicando que se rendía: como deben suponer, era un hombre, estaba como vino al mundo, y el perro había desaparecido”.     
 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Desenterrada

Caminábamos por el bosque buscando huellas de animales. Éramos cuatro amigos, y fue Santiago el que hizo el descubrimiento.

- Ahí enterraron algo -dijo Santiago de pronto, señalando el suelo con la mano.
- Parece que sí -observó Carlos, otro amigo-. Seguramente ahí hay algún bicho muerto.
- ¿Y por qué enterrar a un animal aquí, en medio de la nada? -pregunté, y miré a todos.
- Puede ser el perro de un cazador -opinó Aníbal.
- ¿Vos dejarías a tu perro aquí, o te lo llevarías? -le pregunté a Aníbal.

Ninguno de nosotros enterraría a su perro allí, y nos costaba creer que algún cazador lo hiciera.
Curiosos por saber qué era, escarbamos la tierra recién removida. Primero asomó un trozo de tela, y al tirar de él, sufrí por un instante una impresión sumamente desagradable; por los gestos de sus rostros diría que a mis amigos les pasó lo mismo. Pero después nos dimos cuenta, y fue Carlos el primero que lo dijo:

- ¡Es una muñeca!
- Una bien fea -agregó Aníbal.

Tenía el tamaño de un bebé grande y era muy realista. ¿Por qué alguien había enterrado una muñeca allí? Era un misterio. Hicimos varias conjeturas, bromeando, y finalmente la dejamos tirada sobre el pasto. Cuando íbamos a marcharnos les dije a los otros sino sería mejor volverla a enterrar, pero ninguno quería hacerlo. Miré el hueco en la tierra y a la muñeca, dudé, pero como mis amigos ya iban desapareciendo en el bosque corrí para alcanzarlos, dejándola como estaba.
Después colocamos unas trampas en la zona y acampamos no muy lejos de allí.
Cuando se hizo noche y rodeábamos una fogata retomamos el tema de la muñeca, hablando luego de brujerías y contando algunos cuentos de terror.  En ese entorno de sombras intranquilas, de penumbras que parecían mostrar cosas que temblaban en el límite de la oscuridad cerrada, las ideas que resultaban graciosas por la tarde ahora causaban inquietud.  Esa noche dormí poco.
Al amanecer salí de mi sobre de dormir para revivir el fuego. Estaba colocando ramas sobre las cenizas humeantes cuando la vi; estaba parada contra un árbol, recostada a él, era la muñeca que desenterramos.  Desperté a mis amigos y les señalé la muñeca. Observé sus reacciones intentando descubrir quién la había arrimado hasta allí. Los tres se veían realmente sorprendidos.

Yo estaba despierto desde antes del amanecer. Que alguno se hubiera internado en el bosque para buscar a la muñeca cuando estaba oscuro, después de aquellas historias y cuentos de terror, me pareció poco probable. Cuando los tres juraron por sus madres que no lo habían hecho les creí. Yo juré también, pues reconozco que era el principal sospechoso, ante los ojos de los otros.
Obviamente, era posible que algún extraño la hubiera colocado allí, mas lo que sucedió después me hace creer que la muñeca llegó sola.
Ya sin ninguna gana de permanecer en aquel bosque, levantamos el campamento rápidamente, sin perder de vista a la muñeca. Pero esta vez no pensaba marcharme así nomás. Si alguien la había enterrado era por algo. Empecé a cavar con una pala plegable que llevábamos. Los otros la vigilaban, aunque debieron descuidarla un instante, y al volverla a mirar, la muñeca ahora tenía la boca medio abierta y enseñaba unos dientes retorcidos y rojizos que terminaban en una delgada punta.
Hasta ahí llegó nuestra valentía; solo éramos unos muchachos, ninguno era mayor. Salimos corriendo, despavoridos, y por suerte nunca más vimos a la muñeca. 

sábado, 28 de septiembre de 2013

Gente de circo (3)

Francisco salió a la calle y consultó su reloj. Era más de media noche. El aire estaba frío, helaba, y en aquella parte de la ciudad no andaba casi nadie.
Pensó que si caminaba rápido no iba a sentir frío. Metió las manos en los bolsillos del abrigo y partió.  Avanzó unos cuadras y llegó a una avenida con árboles en las veredas.
Escuchó a un vehículo que avanzaba en el mismo sentido que él. Al pasar a su lado gritaron desde el vehículo; Francisco se sobresaltó por la sorpresa y lo fuerte del grito, y al voltear vio que eran dos payasos. Tenían la cara completamente pintada y unas narices rojas, enormes.
Al ver la reacción de Francisco los payasos se echaron a reír grotescamente, aceleraron y doblaron imprudentemente dos calles más adelante.
“¡Payasos idiotas!”, pensó Francisco. Creyó que debían andar de parranda, y que seguramente pertenecían al circo que estaba en la cuidad desde hacía unos días.

Más adelante, reconoció el ruido del vehículo. Los payasos habían girado hasta volver a la avenida.
Pero esta vez no lo iban a sorprender. Antes de que cruzaran por él giró hacia ellos y les hizo un gesto con la mano, mas inmediatamente se arrepintió, porque los payasos lo miraron con una fiereza endiablada.
Por un momento creyó que iban a detenerse, pero siguieron, aunque el que iba de pasajero evidentemente no estuvo de acuerdo, y Francisco vio que se alejaron forcejeando.
Por culpa del forcejeo el vehículo aceleró, se desvió hacia un costado subiendo a la vereda y se estrelló ruidosamente contra un árbol.
Francisco pensó que aquellos dos se merecían lo que les pasó, mas como era un tipo correcto, sacó su celular y llamó a emergencias. Luego corrió hacia el auto accidentado.

Uno de los payasos había salido despedido por el parabrisas y se hallaba tirado bocabajo; el otro estaba entre las chapas retorcidas del auto. Al que estaba tirado se le había desprendido en parte la piel de la cara, y cuando se levantó rápidamente todo el rostro de payaso se le cayó al suelo, era una máscara, su verdadera cara era monstruosa, no era humana.  A Francisco le recorrió un escalofrío de terror por la espalda.   
Ahora el otro payaso aterrador intentaba salir de los restos retorcidos, y el que estaba en la vereda caminaba hacia Francisco, que ya no era capaz de huir.

- Has visto demasiado. Este es tu fin -dijo el monstruo que perdiera su disfraz.
- ¡Atrápalo! -gritó el otro-, que te has dejado ver. ¡Atrápalo!

En ese momento se escuchó una sirena, venía por una calle transversal. El monstruo se detuvo y miró al otro. Ya no tenían tiempo. Levantó su máscara, se la puso como pudo y se acostó bocabajo en el lugar donde había caído; el otro se echó hacia atrás y quedó quieto.
Francisco, temblando de miedo, vio como un médico los revisaba, para después declararlos muertos.  La policía no lo retuvo mucho tiempo; solo era un peatón que fue testigo de un accidente.
Llegó a su casa aterrado y confundido. ¿Qué eran aquellos payasos? ¿Qué descubrirían al hacerles la autopsia?, pero… si no estaban muertos.
Al otro día escuchó la noticia: los cuerpos de los payasos habían desaparecido.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Entre cuentos de terror

Esa noche los integrantes de un club de lectura comentaban un libro de cuentos de terror.
El más fanático de ese género era Rubén, el dueño de la casa donde se encontraban.

- Lo importante es la atmósfera, y en todos estos cuentos fue bien lograda -afirmó Rubén, mientras enseñaba el libro. Después miró a cada uno de los presentes que rodeaban la mesa, buscando una mirada de desacuerdo.
- Hoy en día solo la atmósfera no es suficiente para que sea de terror -objetó Cecilia, que también era adepta al género de terror, pero pensaba diferente a Rubén.
- La atmósfera es tan importante como el lugar donde se lean los cuentos -siguió defendiendo su punto Rubén-. No es lo mismo leerlos por la tarde en un jardín soleado que de noche en una casa vieja y grande como esta, ¿no?
- Pues a mí tu casa no me impresiona de esa forma, incluso me parece linda.

Los otros no opinaban para no interrumpir aquella contienda verbal que les parecía divertida, y alternaban la mirada de un contendiente a otro como quien mira un partido de tenis.

- No te impresiona porque no estás sola -contragolpeó Rubén-. Te propongo algo que te hará cambiar de opinión. Entra en aquel pasillo y ve recorriendo una por una las habitaciones. ¿Te animas?
- ¿Están vacías? ¿En serio…?
- Tienes mi palabra.

Los ojos de todos estaban ahora fijos en Cecilia. Ella sintió la presión. Se levantó y se alejó por el corredor como si nada.
Regresó un rato después, y lucía muy enojada:

- Rubén, tu palabra no vale ni… no vale nada. Tu abuela, o tu madre, quien sea esa señora, se enojó conmigo cuando entré a su habitación, y me dijo que no la molestara.
- Aparte de nosotros en la casa no hay más nadie. Ningún integrante de mi familia vive ni vivió acá.
- ¿Y quién es esa señora mayor que está acostada allí?
- Será uno de los fantasmas que rondan por aquí. Acompáñenme y se los demuestro.

Y todo el grupo fue hasta la habitación. Cecilia iba detrás, pues no quería que la señora le reprochara nuevamente.  Cuando los otros dijeron que allí no había nadie ella fue a verificarlo, y era así.
Cecilia quedó tan asustada que se marchó sin decir una palabra más.  Para los otros integrantes del club la situación fue demasiado extraña como para permanecer más tiempo allí.
Cuando Rubén quedó solo, fue hasta su biblioteca y eligió otro libro de terror. Luego de un rato de lectura hizo una pausa y escuchó. Desde varios puntos de la casa salían ruidos: pasos, susurros, puertas que se cerraban o se abrían.  Después volvió a su lectura.
Le gustaba tanto la literatura de terror que se compró una casa embrujada, porque el lugar donde se lee es importante.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Espiando desde la ventana

Mauricio odiaba el apartamento donde vivía. Estaba ubicado en el tercer piso de un edificio, y desde la ventana del cuarto de Mauricio se veía casi todo el terreno de un cementerio.
Desde que su familia se mudó a ese apartamento sus noches ya no tuvieron paz, y como la curiosidad es algo muy fuerte y a veces es insana, algunas noches espiaba hacia el cementerio, y casi siempre creía ver algo que se movía entre los panteones, y después del susto se metía en la cama y se tapaba hasta los ojos.
Con el tiempo aquellos sustos se volvieron adictivos, y pasaron a ser lo más importante de su día.
Aunque las noches estuvieran oscuras algo de la luz de la calle sobrepasaba el muro y mostraba una parte del cementerio. Las noches de luna los mármoles del campo santo reflejaban parte de los rayos lunares, y una bruma que siempre estaba suspendida sobre el suelo parecía encenderse. 
Un día Mauricio reveló a su abuela lo que hacía, creyendo que ella era la mejor confidente, pero esta enseguida pareció asustarse, y mientras se santiguaba le dijo:

- No vuelvas a hacer eso. Puede que sin querer perturbes a alguien, aunque Dios no lo quiera…
- ¿Y qué me puede pasar?
- No sé, no quiero ni imaginarme, pero no lo hagas más. Tienes que prometérmelo.
- Está bien, abuela.

Mas la noche siguiente volvió a espiar hacia el cementerio. La bruma que siempre emanaba del lugar estaba más espesa, se había elevado más, y súbitamente aparecieron en ella unas figuras borrosas que avanzaban hacia el muro.   Mauricio cerró la persiana y se llevó las manos al pecho. El corazón le latía desbocado. Cuando fue a meterse en la cama, escuchó que detrás de él la persiana se abría completamente, y al voltear, el terror le arrancó un grito que hizo que sus padres se despertaran sobresaltados.  Un grupo de apariciones espeluznantes se amontonaban en la ventana, y con la cara recostada al vidrio lo miraban con malicia.
Cuando sus padres irrumpieron en el cuarto en la ventana no había nada. Le preguntaron qué había pasado, pero Mauricio no les contestó; estaba mudo de miedo. Y así quedó, porque después ya no volvió a hablar, y no pudo contar que desde esa experiencia aterradora empezaron a espiarlo todas las noches, y que unas siluetas decrépitas cruzaban levitando frente a la ventana.

jueves, 12 de septiembre de 2013

La foto

Mi estadía en Norteamérica no fue como esperaba, y terminó siendo aterradora. 
Estaba gozando de mi licencia cuando fui a visitar a unos parientes que viven allá. La zona rural donde está la casa no es muy diferente al lugar donde vivo, y como mis parientes trabajaban casi todo el día comencé a aburrirme desde el primer día.

- Ve a pescar al arroyo -me dijo un día mi tía-, pero no vengas muy tarde, que aquí no es como allá.

“Aquí no es como allá”, no comprendí su advertencia. La poca gente que había visto era tan saludadora y servicial como la gente que conozco, y las pocas zonas de la región que no estaban plantadas eran campos agradables y bosques, que, comparados con los montes que frecuento eran jardines.
Sin muchas esperanzas de una pesca buena, partí con una caña al hombro, silbando despreocupadamente. “Sus bosques son un paseo para mí”, pensé.  Llevaba en un bolso, además de agua y algo de comer, una cámara de fotos; me habían pedido que devolviera los peces que atrapara, pero que les sacara una foto para mostrarles y como recuerdo.  Y siguiendo instrucciones bordeé una plantación de maíz, después atravesé una pradera, y al final de esta se encontraba el bosque. Encontré fácilmente un sendero ancho que serpenteaba entre los árboles, y caminé por él algunos cientos de metros. Al llegar a una parte baja y sombría escuché el rumor de una corriente, tal como me habían dicho. No mucho más allá estaba el arroyo.

Minutos después observaba una boya que apenas se movía en el agua turbia. Me senté con la espalda recostada a un árbol y esperé.
El sol fue cruzando por los árboles que se erguían en la otra orilla. Todo estaba calmo, tan sereno como el agua, y no había indicios de peces; pero como soy muy paciente seguí esperando.
Al final de la tarde, cuando unos rayos verticales del sol atravesaban el bosque penumbroso, la boya se hundió repentinamente, y, tras una lucha corta saqué un bagre pequeño.
Igual le tomé una foto. Lo devolví al agua y seguí intentando. Pero pronto los rayos verticales desaparecieron, y tuve que desistir.
Al tomar el sendero ancho ya estaba de noche, mas como era tan limpio, sin ramas caídas ni nada que me hiciera tropezar, la poca luz que aportaban las estrellas y la luna creciente era suficiente para mí.

Pero de un momento a otro sentí una sensación aterradora. No había escuchado pasos ni visto movimiento entre los árboles ni en el sendero, pero sentía claramente que había alguien detrás de mí, avanzando conmigo. No podía ser alguien que me hubiera sorprendido, todo estaba silencioso y tengo muy buen oído.   Por alguna razón supe, que además de aterradora aquella situación era peligrosa, y con la vida en juego pensé rápido. Sin detenerme, saqué disimuladamente del bolso la cámara de fotos. Mi plan era encandilar con el flash a lo que estuviera detrás de mí, y con esa pequeña ventaja voltear y defenderme como pudiera.   Apreté el botón apuntando sobre mi hombro y cerré los ojos, giré inmediatamente y, no había nada.  En el resto del camino no sentí nada extraño.
No comenté nada por orgullo; contar que me había asustado en aquel bosque, jamás. Pero de todas formas mis parientes se enteraron, porque al revelar el rollo de la cámara, salió una foto que mostraba mi hombro, parte de mi cara y cuello, y detrás de mí estaba un hombre sin rostro, era alto y por demás delgado, y vestía de traje.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Los vigilantes

Casi todo el inmenso y viejo edificio del colegio estaba oscuro. Afuera también dominaban las tinieblas, y las delgadas siluetas de los pinos que había más allá del patio apenas se distinguían en la oscuridad de aquella noche sin luna.
Dentro del colegio, en una pequeña pieza, tres vigilantes jugaban a las cartas.  El más joven de ellos se llamaba Luciano, y era su primer noche trabajando allí.
Habían llegado casi al mismo tiempo, y aún no habían recorrido el lugar, entonces Luciano creyó que debía tomar la iniciativa. Apartó los ojos de las cartas y, mirando a sus compañeros les dijo:

- Voy a hacer la primer recorrida, si les parece… No sé cómo nos vamos a organizar…
- No te apures, muchacho -dijo el más veterano-. No es necesario que hagamos ningún recorrido. ¿Has visto los muros que rodean todo el predio, y el tejido de alambre que hay sobre este? Nadie va a entrar aquí.
- Sí, los he visto, pero igual nuestro trabajo es recorrer el edificio, ¿no? Nos pagan para eso.
- Nos pagan para sentir que su colegio está más seguro, pero para hacer que recorramos este edificio de noche, el sueldo que nos dan no alcanza, créeme.

Luciano no insistió. No quería enemistarse con sus compañeros. El que había permanecido callado era un tipo canoso, de ojos claros, y lo miraba sobre las cartas con una mirada de, no sigas con el tema, y el veterano que había dado sus razones ahora se abocaba a tomar café.   Luciano intuyó también, por lo que dijo su compañero, que temían recorrer el lugar. “¡Vaya vigilantes que son!”, pensó.
Pasada la medianoche, Luciano giró de pronto la cabeza y prestó atención. Los otros demostraron haber escuchado lo mismo que él, pero no se alarmaron y enseguida trataron de desviar su atención hacia otra cosa; mas Luciano se puso de pié tras unos segundos de escuchar atento.

- Esa música viene de aquí adentro -afirmó Luciano, mirando a sus compañeros. 
- Sí, hay noches que se la escucha -comentó el canoso aparentando indiferencia, pero el esfuerzo que hacía él y su compañero para restarle importancia al asunto era, a pesar suyo, revelador: tenían miedo.
- ¿Y qué es, quién toca esa música? ¿Qué hacemos…? ¿Es un violín?
- Mira, estamos seguros que no es una persona, no necesitamos ir a ver para saberlo. Crees que alguien va a venir a tocar el violín a la media noche, ¿te parece? Hemos entrado a ese salón cuando ya está de día y no hay nada.  El edificio está embrujado, o como quieras llamarlo. También se escuchan otras cosas, que de solo contártelas te asustarías. Te acostumbras o renuncias, tú decides, o, si quieres, ve y recorre el lugar, ve ahora a ver qué hay en ese salón.

Luciano se tomó en serio el desafío. Eligió la linterna más grande que tenían y salió al corredor.
Con cada paso que daba la melodía se escuchaba más fuerte, resonaba en todo el lugar y reverberaba en los corredores más lejanos.
Las palabras de sus compañero le parecían ahora muy sensatas, pero igual siguió andando.
Al pasar frente a una puerta esta se abrió de golpe. Desde el interior oscuro de aquel salón se deslizó rápidamente hacia él la aparición de una monja que lucía enfadada. Al estar más cerca la aparición empezó a sonreír diabólicamente. Luciano estaba paralizado. De pronto lo tomaron por un brazo y el cuello del abrigo y lo jalaron violentamente hacia un costado; era su compañero canoso, el más veterano también estaba allí.

- No corras -le advirtió aquel-. Y no voltees.

Mientras los tres desandaban el pasillo Luciano sintió que los seguían, pero no volteó. Cuando llegaron a su pieza le ofrecieron café mientras le palmeaban el hombro.

- ¡Muchacho valiente! Eres el primero que se atreve a investigar después de escuchar algo, pero, como ya has visto, este lugar realmente está embrujado, y es cosa seria -le dijo el veterano-. Acostumbrarse de todo a esto, uno no se acostumbra, para ser franco, todavía me asusta, pero es un trabajo. ¿Te quedas?
- Me quedó -afirmó Luciano, ya algo repuesto del terrible susto que había experimentado. Ahora creía que sus compañeros eran muy valientes. ¡Vaya vigilantes que son!

martes, 3 de septiembre de 2013

Con el terror golpeando mi puerta

Cuando cerré el libro estaba profundamente impresionado. Los cuentos de terror que había leído en él eran realmente aterradores, además me encontraba solo en una cabaña solitaria. Fuera la noche estaba completamente oscura, pero como conozco el lugar de memoria, cualquier mínimo ruido que escuchaba (o creía escuchar) hacía que me imaginara alguna parte del bosque cercano. Y mi imaginación avivada por los cuentos asociaba crujidos con pisadas, el rumor del follaje de los árboles rozando entre si me sonaban a voces susurrantes y malévolas, y el canto lejano de un búho me resultaba aterradoramente humano.
Resuelto a no dejarme impresionar más por ese terror que dominaba mi aliento, fui a acostarme y traté de dormir.
De pronto golpearon desesperadamente la puerta. Salté de la cama y miré por la ventana. Aunque todo lo demás estaba oscuro, vi perfectamente que se trataba de una muchacha aparentemente aterrada por algo. Miró hacia atrás como quien es perseguido, y, mientras se volvía hacia la puerta para golpearla nuevamente, me vio y corrió hacia la ventana.

- ¡Señor! ¡Déjeme entrar señor! ¡Ya vienen, no deje que me atrapen! ¡Por favor…! -me imploró la muchacha.

Inmediatamente me solidaricé con ella. Entró a toda prisa y se acoquinó en un rincón, temblando.
Lucía tan asustada que hacerle preguntas me pareció algo inútil. Se había cubierto el rostro con las manos y sollozaba desesperadamente. 
No se equivocaba al decir que ya venían. Un griterío furioso se aproximaba rápidamente. Nuevamente miré por la ventana. Ahora era un grupo de hombres iracundos los que estaban afuera. Llevaban antorchas y herramientas de mano que esgrimían como armas. Aquella escena me pareció salida de una vieja película de terror. Cuando alguien del grupo gritó a todo pulmón: “¡Sal de ahí, bruja!”, giré la cabeza hacia ella. Noté que me observaba espiando entre sus dedos, después apartó las manos de la cara, y era una bruja horriblemente espantosa, y sentí un terror atroz que nunca olvidaré.
Después, un sobresalto terrible y me enderecé bruscamente en la cama.  Cuando empezaba a sentirme mejor al darme cuenta que solo soñaba. Golpearon enérgicamente la puerta.   Enseguida volví a experimentar el terror que me dominara en la pesadilla (si es que fue una pesadilla común), y permanecí en silencio mientras seguían golpeando. No me atreví a mirar por la ventana por miedo a enloquecer de terror. Golpearon varias veces y luego, silencio, no escuché pasos alejándose de allí, y la noche estaba ahora tan silenciosa que hubiera escuchado incluso una retirada furtiva y cuidadosa, por lo que llegué a creer que permanecía al lado de la puerta; pero cuando amaneció no había nadie.
 

lunes, 2 de septiembre de 2013

La casa de los payasos

Tomás despertó sintiéndose terriblemente mal, y cuando quiso moverse supo que lo habían atado a la cama. Quiso gritar pero no pudo porque también lo habían amordazado. La luz de la habitación estaba encendida, y las fotos, dibujos y retratos de payasos que había en las cuatro paredes, parecían moverse confusamente, todo el cuarto se hamacaba en derredor de Tomás, que no entendía dónde se encontraba ni qué pasaba...

lunes, 26 de agosto de 2013

La cuna que se mueve

El bebé se quejó incómodo. La habitación estaba oscura, pero Luciano, que había escuchado el quejido de su hijo, no encendió la luz porque la cuna estaba al lado de la cama. Estiró el brazo para mecerla un poco, mas apenas pudo arañar el borde de la cuna.
Había hecho eso medio dormido, pero al notar que no la alcanzaba despertó completamente, un poco alarmado incluso. Se sentó en la cama y encendió la veladora. En efecto, la cuna estaba más apartada.
En ese momento la esposa de Luciano también se despertó, y al ver a su marido meciendo la cuna le preguntó en voz baja:

- ¿Se despertó?
- No, pero casi, se estaba quejando. Parece que alejé la cuna sin querer, porque no la alcanzo desde la cama, pero ya la acomodo. Mejor sigue durmiendo que en cualquier momento se despierta enserio.

Ella siguió su consejo, se dio media vuelta y quedó dormida. Él se acostó y apagó la luz. Ahora no tenía sueño, y con los ojos cerrados escuchaba la respiración de su hijo.
Pasaron los minutos, media hora, una hora, y él seguía despierto, aunque estaba inmóvil y con los ojos cerrados. Algo lo mantenía alerta, era el asunto de la cuna; aunque la hubiera empujado muy fuerte sólo la hubiera mecido, no podía haberla movido, pero, ¿qué otra cosa podía ser?

De pronto escuchó un ruido apenas perceptible, después un leve chirrido. Estaban corriendo la cuna, la estaban acercando a la ventana. Luciano encendió la veladora y se levantó al mismo tiempo, y fue tan rápido que lo que intentaba robar a su hijo enganchando la cuna con un dedo larguísimo que había estirado desde la ventana entornada, aún se asomaba tras el vidrio, y era una anciana espeluznante de cabellos electrizados y ojos completamente negros, diabólicos: era una bruja. La bruja, al verse descubierta retrajo el dedo que había alargado con su magia, para inmediatamente desaparecer hacia atrás y perderse en la oscuridad.   

miércoles, 21 de agosto de 2013

Tramando algo

Era una de esas noches tempestuosas que ocurren pocas veces al año. Relampagueaba, tronaba, y un viento fuerte que cambiaba constantemente de dirección sacudía los árboles del ornamento público, y pasaba entre las casas rigiendo horriblemente e intentaba arrancar techos; todo esto bajo una cortina asfixiante de lluvia torrencial.
Lucas atravesó la ciudad sumida bajo la tormenta en su choche, con el limpiaparabrisas luchando pesadamente contra el agua. Algunas calles ya empezaban a inundarse, pero con todo, llegó al fin al colegio que era su destino. Él trabajaba de conserje allí. El director del lugar, muy preocupado por la tormenta, lo había llamado para que fuera a cerciorarse de que todo estaba bien.

Aunque atravesó el patio corriendo, igual se mojó bastante, entonces, antes de encender la luz del corredor se secó las maños con la parte interior del abrigo, y mientras hacía eso en la oscuridad, escuchó un murmullo de voces muy distintas entre si, de timbres extraños y palabras incomprensibles; pero escuchó ese murmullo entre el estruendo de dos truenos, y eso lo hizo dudar. ¿Qué había escuchado? Al encender la luz, silencio, el ruido se cortó en ese instante.
Avanzó hacia el lugar donde salieron las voces. Se detuvo frente a la puerta de un salón. Allí guardaban los juguetes, y la mayoría eran muñecos.  Dudó por un momento, pues no desidia, ¿entrar de golpe o hacerlo con cautela? Finalmente dio un empujón a la puerta, encendió la luz y, con el primer vistazo se aterró. Los muñecos estaban quietos, no se movían, pero todos tenían la cara vuelta hacia él.  La impresión fue fea. Apagó la luz y cerró de un portazo. Desanduvo el corredor a grandes pasos. Cuando apagó la luz de este para marcharse, de nuevo escuchó las voces aterradoras murmurando, y ahora se mezclaban algunas risitas espantosas. 

martes, 20 de agosto de 2013

Un caminante

Un grupo de cinco senderistas acampaba bajo un árbol, ya entrada la noche. Rodeaban una fogata pequeña, e iluminando un mapa con sus linternas planeaban la caminata del día siguiente.
La conversación se cortó de golpe cuando una figura salió de la oscuridad. Era un hombre que aparentaba una edad bastante avanzada. El visitante inesperado eligió una roca para sentarse, después saludó:

- Buenas noches. Discúlpenme por aparecer así. Supuso que si hablada desde la oscuridad se iban a sobresaltar. Me llamo Antonio y… vivo por estos rumbos.
- Buenas noches -le contestaron a la vez los sorprendidos senderistas.

No parecía alguien peligroso; tenía un aire de esos tíos bonachones que tienen todas las familias, y hablaba con la voz pausada de los que han vivido mucho y le dan tiempo al tiempo. 
Repuestos del susto inicial que les causara, recordaron sus buenos modales y le ofrecieron café y algo de comer, mas Antonio rechazó la invitación amablemente:

- Gracias, pero no quiero nada, sólo compañía, por un rato, si no les molesta la presencia de un viejo charlatán, claro.
- Para nada, no es molestia, don -dijo uno de los acampaba allí.
- Por lo que veo andan de caminata -observó Antonio-. Cosa buena. Debe ser como una pequeña aventura. Hace mucho también me gustaban las aventuras, tal vez demasiado, y la última que viví dio un giro a mi existencia, pero ya es una historia antigua.
- Pues me ha dejado intrigado -comentó sinceramente uno-. Estaría bueno si la contara, ¿verdad muchachos?

Los otros dijeron que sí, y como era obvio que Antonio quería contarla, se acomodaron rumbo a él.
La noche estaba por demás oscura, y la luz de la fogata resistía temblando el asedio de las sombras.

- Con la excusa de luchar por algo justo -empezó así su relato Antonio-, me lancé a una aventura sumamente peligrosa: a la guerra.  Me uní a las fuerzas que luchaban contra Franco, y aunque ya no era joven sé que fui útil a esa causa. Participé en varios enfrentamientos y escaramuzas.
En una ocasión tuvimos que replegarnos hacia un pueblo abandonado que estaba en ruinas.  Cuando nos vimos ampliamente superados, el instinto de supervivencia prevaleció en la mayoría, lo que ocasionó una retirada a como diera lugar. Recuerdo atravesar el pueblo bajo una lluvia de balas que silbaban en el aire y picaban aquí y allá en las paredes y en la calle. Favoreció un poco nuestra huida la noche que ya dominaba casi todo el cielo. Alcancé a ver que algunos seguían por el camino que abandonaba el pueblo, pero yo tomé otro rumbo, y cuando me di cuenta había ingresado al cementerio.
No sabía si me seguían de cerca o no. Al pasar al lado de la entrada de una cripta, el viento, o vaya a saber qué, entornó la reja que la protegía, y al ver que podía entrar allí me zambullí en su sombra y esperé.   Si el enemigo me había visto me iba a servir de trinchera, y si no, de escondite. ¡Pobre de mí por elegir aquel lugar!

Me tendí en la escalera fría que bajaba hacia la más cruda oscuridad, y espiando hacia afuera esperé, mirando por encima del caño del fusil. 
La claridad que quedaba del día terminó de desvanecerse, pero enseguida asomó la luna y mostró toda la decadencia inquietante del cementerio. Desde ese momento no supe más nada del enemigo, pues un silencio aterrador dominaba ahora todo el lugar. Creí que tal vez buscaban sigilosamente, por eso permanecí inmutable, escudriñando. Pero pasaban los minutos y no escuchaba nada. No me parecía lógico que abandonaran aquel lugar solamente para perseguir a unos pocos. Ahora deduzco que los de Franco sabían algo que yo ignoraba.

Seguía tendido en la entrada de la cripta cuando escuché un ruido, y lo que lo hizo más aterrador fue su origen, pues no venía de afuera, venía del interior de la cripta, de la oscuridad cerrada que tenía a mi espalda. El sonido era claro: una tapa de ataúd acababa de caer al suelo. Después escuché el ruido sordo de pies descalzos corriendo hacia mí, subiendo la escalera de piedra rápidamente, y cuando volteé una figura decrépita se abalanzaba hacia mí lanzando un grito espantoso.
Sentí tanto terror en un instante tan breve que me desmayé; en ese momento creí que había muerto.
Desperté por la mañana. Me habían mordido en varias partes del cuerpo pero apenas si había rastros de mi sangre en el suelo. Cuando quise marcharme de allí, no pude, el día ya no era para mí, y tuve que esperar que cayera la noche -concluyó Antonio, dejando a sus oyentes asombrados. Pero después de sonreír les dijo-: No se lo crean, muchachos, que es sólo un cuento de terror que inventé.

Luego de la aclaración todos sonrieron. No mucho más tarde Antonio se retiró, se perdió en la noche.

- Que buen cuento de terror que nos narró -comentó el que se encargaba de mantener vivo el fuego.
- No sé si fue un cuento -opinó uno-. Durante todo el día no vimos ni una casa, y que yo sepa no la hay, y como habrán notado, el tipo anda sin mochila ni bolso ni nada, en una zona agreste como esta, ¿no les parece raro? Y creo que más raro es que alguien camine como si nada por una oscuridad tan cerrada como esta.

sábado, 17 de agosto de 2013

Un cuerpo

La morgue estaba repleta. Cubiertos por sábanas algunos, dentro de bolsas plásticas otros, los cadáveres cubrían casi toda la superficie de la sala. También había uno en la mesa de autopsias, y el doctor López se disponía a examinarlo, pero algo que divisó de reojo lo hizo girar rápidamente la cabeza. Una sábana se iba elevando a medida que un cuerpo se erguía hasta quedar sentado.
López quedó inmóvil. Muchas veces vio un cuerpo moverse, pero no de aquella forma. Después de un instante de azoramiento, fue hasta el cadáver que se había sentado de pronto y le quitó la sábana. Era el cuerpo de un hombre, tenía los ojos abiertos y ya lucían opacos. Los primeros signos de descomposición comenzaban a evidenciarse, por lo tanto López descartó que estuviera vivo.
De pronto el cadáver pareció aflojarse y cayó hacia atrás quedando nuevamente tendido.
Aquello sí que era raro. El doctor lo volvió a cubrir. “Que espasmo muscular tan particular”, pensó “Si estuviera aquí algún practicante se llevaría un buen susto”. pero un instante después el que se llevó un susto fue él. El cuerpo que estaba en la mesa de autopsias había levantado levemente la cabeza y lo miraba. Luego de un instante la cabeza cayó pesadamente sobre la mesa.

López se acercó con prudencia y dudó varias veces antes de examinarlo. Sin dudas estaba muerto. ¿Qué pasaba allí? Al observar la sala notó que otro cuerpo se movía. Nuevamente, tras un momento de actividad inusual quedó inerte, como si la energía que lo animaba lo abandonara de golpe.
Ahora López miraba hacia todos lados ¿Qué muerto se movería ahora? Detuvo su mirada en una especie de humo que formaba un contorno humano no muy bien definido. La figura espectral avanzaba entre los muertos y desapareció al atravesar una pared, dejando en la sala a un López terriblemente asustado.
Al reponerse un poco, se quitó los guantes, los arrojó descuidadamente y se lavó apresuradamente las maños mientras miraba sobre su hombro. Tenía que marcharse de allí lo antes posible. Las piernas le temblaban. Salió al corredor caminando lo más rápido que podía y, en su apuro casi chocó con un hombre que se iba prendiendo la camisa. El hombre lo miró y sonrió extrañamente, para luego saludarlo con un gesto y seguir su camino. Detrás del tipo corría un doctor, y al ver que no lo iba a alcanzar se detuvo y gritó:

- ¡Señor! ¡No se vaya aún! ¡Tenemos que hacerle algunas pruebas…! -pero era inútil, el sujeto se marchó sin voltear-. Increíble, se fue -dijo el doctor dirigiéndose a López, y seguidamente le preguntó-. ¿Usted lo conoce? Vi que el tipo lo saludó.
- No… no lo conozco -contestó algo inseguro López, pues aunque no recordaba la cara del tipo, de alguna forma sentía que lo había visto antes.
- Ingresó con un paro cardíaco -le informó el colega-. Intentamos reanimarlo pero no pudimos, y cuando lo iba a declarar muerto, se levantó como si nada y ya ves, se marchó.

Al escuchar aquello, conjeturó rápidamente, recordando detalles de lo que acababa de sucederle en la morgue y en aquel pasillo, que lo que andaba recorriendo la morgue buscaba un cuerpo fresco, sólo logrando reanimar a medias a los que no lo estaban, pero al buscar en otro lugar halló a uno, y al marcharse en su cuerpo nuevo cruzó por él y le sonrió.


viernes, 9 de agosto de 2013

El poder del terror

¿Un grupo de gente que empieza a asustarse puede atraer involuntariamente a un ser paranormal? Yo creo que sí. Lo descubrí una noche ventosa cuando asistí a una reunión.
La reunión era de carácter político, pero como el tema que nos convocaba se trató rápidamente, luego seguimos charlando de todo un poco. Éramos doce, siete hombres y cinco mujeres. Nos encontrábamos en un salón bastante amplio.  Sentados en torno a una mesa grande, tomábamos café en tasas generosas. En el fondo del salón había una puerta que daba a un pequeño patio. De noche el patio quedaba completamente oscuro porque estaba encajonado por los altos muros de otras edificaciones vecinas, además, como no lo usábamos no encendíamos la luz. El patio nos parecía tan inaccesible desde otros terrenos que nunca cerrábamos con llave la puerta que daba a él.
Estábamos narrando todo tipo de anécdotas.  Tras comentar lo fuerte que estaba el viento afuera, uno de los presentes dijo recordar de pronto una historia de terror que le habían contado, una historia sobre una tormenta con viento.  Después cada uno empezó a narrar cuentos de terror. Hasta las mujeres sabían varios cuentos y leyendas.

¿Por qué contar cosas que nos asustan? Supongo que por motivos similares a los que nos impulsan a subir a una montaña rusa, a vivir una aventura peligrosa o a mirar películas de terror.
Mientras seguían los cuentos, a varios les pareció que la habitación se había puesto más fría, aunque la calefacción funcionaba. La persiana de la ventana que daba a la calle nos impedía ver hacia afuera, pero la ausencia de ruidos de vehículos hacía imaginar que la ciudad estaba dormida, que sus calles se hallaban desiertas, y que solamente el viento deambulaba por la noche llenándola de sus lamentos.
Acababa uno de contar una historia que evidentemente a todos les pareció aterradora y, tras un instante de silencio, golpearon enérgicamente desde afuera la puerta que daba al patio oscuro.  Las reacciones de susto y sorpresa fueron inmediatas: las mujeres gritaron, alguien dijo una palabrota, y yo volteé tan rápido hacia la puerta que sentí una puntada en el cuello. Después nos miramos desconcertados.
Las paredes que rodeaban al patio eran altísimas, ¿cómo podría llegar alguien hasta allí? ¿Bajando por una cuerda? Era absurdo, aunque claro, no era imposible que alguien estuviera allí; mas en aquel momento parecía lógico creer que era algo más.
Bastó que uno corriera hacia la puerta para que los otros lo imitaran.  Doce personas adultas huyendo de unos golpes en una puerta; es increíble el poder que tiene el terror en algunas situaciones.
Volvieron a golpear la puerta, lo que apresuró la salida del grupo. Yo me había levantado pero seguía frente a la mesa, y ante los nuevos golpes pregunté en voz alta:

- ¿Quién golpea, que quiere? -la respuesta me aterró. No fue una respuesta en si, sólo repitieron mis palabras con mi voz, con una voz que sonaba exactamente igual a la mía.
- ¿Quién golpea, que quiere? -entonces huí también hacia la calle.

Regresé al lugar por la mañana junto a varios de los presentes aquella noche. Las mujeres habían olvidado sus carteras en el apuro, y cuando entramos allí estaban, no faltaba nada. Revisamos todo, no habían robado ni roto nada, y en el patio no había indicios de que alguien hubiera andado allí.

domingo, 4 de agosto de 2013

En el galpón

A pesar de que ya se había hecho noche, los niños siguieron jugando a las escondidas.
Mauricio y sus tres hermanos usaban la huerta y el jardín como lugar de juegos. Unas lámparas potentes iluminaban parcialmente el lugar, pero a la vez creaban sombras, haciendo que fuera ideal para jugar a las escondidas. Cuando a uno le tocaba encontrar a los otros corría por aquí y por allá buscando entre las plantas, en las sombras de los árboles frutales, y así hallaba a los otros.
Ahora Mauricio buscaba a sus hermanos. Encontró rápidamente a los dos mayores, pero faltaba el más pequeño. Atravesó todo el huerto sin hallarlo y llegó hasta el viejo galpón que fuera de su abuelo.
Desde el interior del galpón llegaba una risita apagada. Mauricio escuchó con atención. “Que tonto”, pensó “Se metió en el galpón y no puede aguantar la risa. Pero, ¿cómo hizo para meterse ahí? Siempre está cerrado, y adentro está lleno de todas esas cosas que el abuelo coleccionaba”.
Fue hasta la puerta, estaba entornada. Adentro estaba oscuro, mas unos rayos de la luz que evadían los árboles de la huerta se filtraban por una de las paredes de madera del galpón.  Después de un momento de escudriñar en vano, la vista de Mauricio se acostumbró a la oscuridad y distinguió una silueta pequeña. Se abalanzó hacia la silueta y la tomó por los hombros ¡Te agarré!

Pero enseguida se dio cuenta que aquello no era su hermano; estaba sujetando una muñeca espantosa. A la muñeca le brillaron los ojos y lanzó una carcajada chillona y aterradora.
El pobre Mauricio la soltó y salió de allí a los gritos. En el final de la huerta encontró a sus tres hermanos, que al escucharlo gritar habían corrido hacia él. Y cuando estaban todos juntos escucharon las carcajadas terroríficas de la muñeca, y aunque los otros no sabían qué era aquello también huyeron hacia la casa. Después Mauricio les contó lo que había visto.
Los hermanos volvieron al galpón con la luz del día. Allí estaba la muñeca, era espantosa.
No les habían dicho nada a sus padres pues suponían que no les iban a creer. Ellos tenían que encargarse de la muñeca. Usando un rastrillo largo la arrastraron fuera del galpón, y valiéndose de otras herramientas la hicieron pedazos, para luego enterrarla bien hondo. Y con eso creyeron terminar el asunto; pero no sabían que en el galpón había más muñecos, y que éstos habían visto todo.

martes, 30 de julio de 2013

Suerte terrorífica.

Durante la noche las calles de aquella zona eran deprimentes y oscuras. La basura se acumulaba en las esquinas, volaba con el viento, y la gente que mal vivía allí dormía entre ella. Las sombras bajaban desde los edificios, ocultaban las inmundicias de los callejones, y a veces se desplazaban siguiendo a algún vagabundo de andar lento y desparejo.
Por una de esas calles caminaba Walter. El frío se le había metido hasta los huesos, y un viento helado, inclemente, le hacía arder las mejillas ahora huesudas.
Seguía avanzando porque presentía que si pasaba otra noche entre cartones iba a morir de frío.
Él no era de aquella ciudad y ya había transvasado la zona que conocía. Caminaba ahora por una calle donde las casas estaban más apartadas y parecían más viejas. Eran los restos de una zona residencial abandonada. Antiguos jardines eran ahora matorrales oscuros. Algunos terrenos tenían rejas oxidadas en  las entradas, otros, muros agrietados por donde trepaban plantas.
Aquellas viviendas, iluminadas por la luna, lucían aterradoras; mas Walter las veía como un probable refugio salvador. En ese momento hubiera hecho cualquier cosa para escapar del frío que lo estaba matando.

Eligió una casa cuyo sendero de piedras pálidas aún resaltaban entre los pastos y malezas que habían tomado el terreno. Unos pinos de gran altura silbaban horriblemente en aquel lugar, y sombras oscilantes se atravesaban en el sendero.   Cuando alcanzó la puerta vio que se encontraba entornada.
Adentro sólo había oscuridad. Las manos entumecidas de Walter apenas pudieron accionar un encendedor que llevaba.  De pronto se iluminó parte de un salón vasto, y escudriñando hacia todos lados pudo vislumbrar una chimenea.  En ella había una pila de leña reseca, agrietada y retorcida por el tiempo.  Siempre guardaba papeles en sus bolsillos, y le sirvieron para encender la leña.
Cuando crecieron las llamas Walter extendió sus manos hacia ellas para calentar sus palmas. Después se acostó sobre el suelo y se acomodó de costado para contemplar el fuego. Estaba así cuando escuchó una voz cavernosa que sonaba como la de una anciana:

- Veo que se ha puesto cómodo en mi hogar -dijo la voz con un tono malévolo-, pero pronto se arrepentirá de entrar aquí ¡Jaja! Se lo aseguro.

Walter se sentó y giró la cabeza hacia donde parecía provenir la voz. Una anciana espectral, con rasgos de bruja, mirada y sonreía maligna. Estaba sentada en lo alto de un armario oscuro.  
La terrorífica imagen de la anciana extendió una mano delgadísima y por demás arrugada y lo señaló:

- Cuando te duermas voy a succionar tus ojos ¡Jajaja…! Y te voy a sacar la lengua de un mordisco… ya verás ¡Jajaja…! Ya verás intruso. Mejor corre, ¡vete de aquí! ¡Vete…! -y la anciana espectral se lanzó hacia él volando. Walter no pudo hacer otra cosa que cerrar los ojos. El terror lo había apresado, y ya casi no le quedaba fuerza en el cuerpo.

Pero tras un instante de terror casi mortal, no pasó nada, y cuando abrió los ojos, la anciana nuevamente estaba sentada en la cima del armario. Lo miró de la misma manera, volvió a señalarlo y repitió las mismas palabras.
Venciendo parcialmente el terror que lo dominaba, Walter entendió que aquel fantasma no podía hacerle daño. La aparición siguió amenazándolo pero él no se movió de donde se hallaba. Poco después amaneció, y la aparición se disipó como un humo.  Entonces Walter, con precaución, fue hasta el armario aquel, intuyendo algo, y cuando revisó unos cajones, éstos estaban llenos de joyas.
Aun en la muerte la anciana custodiaba sus joyas.
Al vender aquellas reliquias Walter pudo enderezar su vida, aunque siempre detestó la forma en que encontró las joyas, pues prefería no haber pasado tanto terror.

domingo, 28 de julio de 2013

Bajo el agua oscura

El grupo abandonó el comedor y se instaló en un salón donde había sillones grandes.  La noche ya estaba bastante avanzada, pero el dueño de la casa insistía en alargar la velada, y como además llovía intensamente, nadie quería retirarse todavía.  
Tomando café las mujeres, coñac los hombres, hablaron de todo un poco, y como la noche era ideal para encarar temas sombríos, empezaron a narrar cuentos e historias de terror.
López, un señor mayor de pelo blanco como la nieve, empezó así su relato:

- La situación más aterradora que pasé en mi vida, la viví (y apenas sobreviví a ella) cuando era bombero voluntario, una noche de tormenta.  Estaba en el cuartelillo cuando recibimos la llamada. No nos sorprendió, porque con una tormenta tan furiosa como aquella ya anticipábamos alguna tragedia. No era una tormenta nocturna de esas que te dan sueño, sino de las que te mantienen en vela con relámpagos y truenos que hacen temblar todo.
Alguien había caído en un arroyo. Cuando llegamos, un grupo de gente intentaba en vano rescatar a un tipo que, en medio de la corriente oscura, se aferraba a la rama de un árbol medio sumergido. El arroyo estaba irreconocible por lo tumultuoso de su caudal desbordado. Las luces de dos autos iluminaban al tipo y al agua marrón que intentaba arrastrarlo. Enseguida nos hicimos cargo de la situación. Me situé arroyo arriba, con una cuerda que sostenían mis compañeros atada a la cintura, y me arrojé a la corriente. En ese momento empezó a llover más fuerte, y entre el ruido del arroyo y el de la tormenta, apenas escuchaba el griterío de la gente y los de mis compañeros, y apenas podía ver. Pero con todo, igual pude llegar nadando hasta el tipo. Estaba paralizado de miedo y no cooperaba. Entonces usé mi cuerda para amarrarlo, y con señas le indiqué a mis compañeros que tiraran. Y de esa forma lo rescataron. Ahora el que estaba en apuros era yo.

Arroyo arriba se debe haber roto alguna presa, o alguna laguna grande se desbordó de pronto, porque el caudal aumentó sorpresivamente, y al quedar sumergida la rama donde me aferraba, el agua furiosa me arrastró con gran velocidad. Los que vieron aquella escena creyeron ver mi muerte. Mis compañeros se precipitaron arroyo abajo, gritando mi nombre y enfocando con linternas el agua negra erizada de lluvia.
Después de un momento confuso, de oscuridad ahogante y ruido ensordecedor, asomé la cabeza fuera del agua y pude respirar. Luchar contra aquella corriente era inútil. Me dejé arrastrar con los pies para adelante, como me habían enseñado, y así derivé arroyo abajo, sumergido del todo a veces y aguantando la respiración en medio del torrente embravecido.
Calado de frío hasta los huesos, fatigado por respirar poco, estuve por rendirme varias veces, pero al pensar en mi familia seguí sobreviviendo. De esa forma fui a dar en un tramo donde la corriente se amansaba. Allí recobré el aliento. Había desembocado en una laguna. Los relámpagos me mostraron la orilla más cercana, y hacia ella empecé a nadar. En ese momento sentí que me aferraban un tobillo, y se sentía como una mano. El peso de lo que arrastraba ahora me sumergió, y me llené de terror.

Imagínense, una cosa que estaba en la oscuridad del agua, una cosa desconocida me estaba sujetando. Y sentí más terror cuando a esa mano se le sumó otra que me agarró más arriba. En mi desesperación, pateé con mi pierna libre y alcancé a golpear algo, y al doblarme en la oscuridad del agua tratando de alcanzar a lo que me agredía, palpé un rostro blanduzco y asqueroso.  En ese instante de supremo terror me liberé, y nadando por mi vida alcancé la orilla. Poco después llegaron mis compañeros.
La laguna donde había desembocado, era conocida en la zona por estar embrujada -afirmó López al concluir su relato.

sábado, 27 de julio de 2013

Otro cuento de escuelas embrujadas

Supuse que aquel día electoral iba a ser como otros, sin ningún incidente importante, pero después descubrí que estábamos en un local aterrador.
Transcurrían las elecciones nacionales. Yo era delegado de un partido político. El local donde debía trabajar era una escuela (las mesas de votación siempre están en edificios del gobierno).
Contando con otros delegados y el presidente de la mesa éramos cinco. La mesa con la urna se encontraba en un salón grande que daba a la entrada de la escuela.  El “cuarto secreto” se hallaba siguiendo un corredor, era la primer puerta a la izquierda.
El día transcurrió normalmente. Al llegar la hora fijada, como ya no había votantes dentro de la escuela, cerramos la puerta y comenzamos a contar los votos.  Poco después se hizo noche.

Ya habíamos cerrado la urna, y un militar había llegado para llevarla, cuando un delegado recordó que debíamos retirar del cuarto oscuro las listas sobrantes. En ese momento me llamaron por teléfono, por eso no fui con ellos. Cada uno trajo las listas de su partido, y quedaron las del mío. Cuando fui a recogerlas, apenas entré al salón sentí algo sumamente raro. Tomé el montón de listas apresuradamente. Como había dejado la puerta abierta y tenía sólo una mano libre, apagué la luz estando aún dentro del salón, dándole la espalda a la mesa, que en realidad era un escritorio. Y desde aquel escritorio sonó una voz profunda y aterradora. Sonaba como si alguien de voz muy grave y algo ronca intentara imitar una voz femenina, además reverberaba extrañamente en todo el salón. La voz dijo:

- ¿A dónde va, alumno? ¡Nadie sale de aquí sin mi permiso!

El susto fue tan grande y repentino que me hizo saltar, después corrí hacia donde estaban los otros, que al verme entrar precipitadamente se asombraron. Pero antes de que me preguntaran algo, se apagaron las luces del corredor, y la voz terrorífica sonó ahora desde allí, y era más amenazante, más potente, y se parecía menos a la de un humano:

- ¡Nadie se va de aquí! ¡No podrán escapar de mi, porque yo soy…! -el nombre que dijo era tan extraño y largo que no lo recuerdo bien, no creo que fuera en un idioma humano.

El militar fue el primero en salir disparado hacia la calle. Yo salí de último, cuando la luz del salón se había apagado también.
Si los que estuvimos allí hubiéramos escuchado aquella voz en otro contexto, si no fuera un día electoral, tal vez hubiéramos contado abiertamente lo que pasó allí, pues éramos varios testigos; mas dadas las circunstancias decidimos no hacerlo, y pactamos en el momento que si alguno salía a contar su versión, los otros lo desmentirían. Por eso en este relato no incluyo nombres ni revelo la ubicación de la escuela, aun a riesgo de que lo escrito aquí sea tomado como otro cuento de terror de los tantos que se cuentan sobre escuelas embrujadas.