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lunes, 21 de enero de 2013

Asustando

Waldemar y seis muchachos caminaban por una calle oscura. Los despeinaba un viento fuerte que silbaba por aquí y por allá, sacudía los árboles de las veredas y hacía volar bolsas y papeles de la basura que abundaba por allí.  Solamente Waldemar iba serio; los otros sonreían a sus espaldas y cuchicheaban.
 
- ¿En serio ustedes hicieron esto? -preguntó Waldemar, dudando de aquella aterradora iniciación.
- Ya te dijimos que sí. Para estar en este grupo hay que hacer esto, así demuestras que eres valiente -le explicó el que iba a su lado, después miró a sus compañeros y les hizo una guiñada, y los otros volvieron a reír disimuladamente a espaldas de Waldemar.

Se detuvieron frente a un muro gris y mohoso. Del otro lado del muro estaba un antiguo cementerio abandonado, que ahora no era más que un terreno fértil para las malezas, y apenas conservaba algunas losas rotas sumergidas entre los pastos.
Los muchachos formaron un círculo alrededor de Waldemar, el que se creía líder le dijo:

- Ahí está el cementerio. Pasa la noche ahí y estarás en nuestro grupo.
- Ya no sé si quiero unirme a ustedes porque…
- ¿Qué problemas tienes con nosotros? ¿No somos buenos para ti? ¿Eh…? -le preguntó otro con tono amenazante y lo empujó.
- No es eso, es que, no quiero entrar ahí. Mejor me voy.
- Ahora ya es demasiado tarde. O saltas para el otro lado por tu cuenta, o te arrojamos nosotros, después de darte una paliza -lo amenazó el primero.

Waldemar supo que no bromeaban. Empezaron a empujarlo de todos lados. Ante el peligro inminente decidió entrar al cementerio. El “líder” detuvo a sus compañeros y lo ayudó a trepar el muro. Cuando cayó del otro lado, los muchachos lanzaron sonoras carcajadas- ¡Imbécil! Como pudo creer que lo íbamos a aceptar ¡Jajaja…!
Después quedaron escuchando, esperaban oír los gritos aterrados de Waldemar, o su llanto, mas sólo escucharon, débilmente, un rumor de pastizal agitado al paso de alguien que se iba alejando.
Se estaban por ir cuando alguien les chistó desde lo alto del muro. Cuando voltearon vieron que la cabeza de Waldemar asomaba por encima de éste.

- ¡Ey! Vengan a ver lo que hay acá -les dijo.
- ¿Qué hay ahí, imbécil?
- No se los puedo contar, ¡vengan! Salten para aquí.

Los seis estaban asombrados. No lucía asustado, incluso sonreía.

- ¿Qué les pasa, tienen miedo? ¿Quieren llamar a su mami primero? ¡Jajaja!
- ¿Te burlas de nosotros? Pasa para aquí y ya vas a ver… -lo desafió el “líder” de aquellos vagos.
- Ahí o aquí va a ser lo mismo. Vengan ustedes. ¡Miedositos!

Uno de los muchachos saltó contra el muro e intentó tomarlo de los pelos pero no pudo. Otro buscó una piedra en el suelo, y al hacerlo miró hacia la calle que corría junto al muro, y vio que como a una cuadra de allí alguien se alejaba corriendo, y ese alguien era Waldemar; en ese momento iba pasando bajo un foco de luz.
- ¡Miren allá! -les gritó a los otros-. ¡Aquel es Waldemar!
Cuando todos miraron lo reconocieron. Entonces un súbito terror se propagó por ellos. Cuando miraron nuevamente hacia el muro la cabeza ya no estaba.
Waldemar (apenas cayó en el cementerio) había salido corriendo rumbo al portón y había salido por allí.


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