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sábado, 26 de enero de 2013

El cobrador

Javier conducía más rápido que lo habitual pues la situación lo requería.  La camioneta iba levantando una nube de polvo que iba quedando suspendida sobre el camino. Javier miró de reojo la plantación de maíz ubicada a un lado del camino. Las plantas se inclinaban hacia un lado, se enderezaban, volvía a inclinare, y el viento que las castigaba le arrancaba espigas y se las llevaba con él, amenazando con llevarse todo.
Llegó por fin a su casa. Estacionó la camioneta en uno de los galpones, lo cerró y salió al patio a mirar el cielo. La tormenta ya se encontraba sobre la región. El cielo estaba verdoso, y nubes oscuras y delgadas cruzaban rapidísimo sobre ese fondo; mientras en el horizonte, otras nubes, blancas éstas, parecían estar inmóviles y ser sólidas. Otras que se encontraban más atrás eran surcadas por relámpagos, y el retumbar de unos truenos llegaba desde allí.   
Como era domingo, le había dado libre a todos sus empleados.   Javier fue corriendo de galpón en galpón, cerró todas la ventanas y trancó todas las puertas. Al mirar nuevamente hacia arriba, la tormenta estaba más amenazadora, más cerca de la tierra, y soplaba ahora un viento por demás cálido.  Todo se oscureció, como si el mismo sol se hubiera ocultado antes por temor a la tormenta.
Dentro de su hogar, Javier decidía si intentar tapiar las ventanas a no. De pronto escuchó sonar el teléfono y fue a atender:

- ¡Hola!
- ¡Hola!, ¿Javier? -preguntó una voz de hombre.
- Sí, soy yo.
- Soy Murray . Te llamaba por lo de la alerta de tornado, por si no la habías escuchado…
- No sabía nada, no. Muchísimas gracias Murray… ¿Hola? ¿Murray…?  -la llamada se cortó: “El viento habrá reventado la línea”, pensó Javier. 

Fuera estaba oscuro y ya fulguraban algunos relámpagos. Con la intención de pasar la noche en el sótano, metió unos abrigos y una manta en un bolso.   Al pasar frente a la ventana de la cocina, escuchó algo que sonaba como un rugido lejano, pero como e escuchaba sobre el creciente ruido del viento y la lluvia que había comenzado a caer, supuso que en realidad tenía que ser un sonido muy fuerte. Escudriñando por la ventana vio al causante del rugido, al iluminarlo unos relámpagos: un monstruoso tornado avanzaba hacia él. 
Ya en el sótano, buscó una soga gruesa que sabía que tenía por allí. El rugido era ahora ensordecedor. Un ruido infernal de chapas que se retorcían le indicó que el tornado había alcanzado a uno de los galpones.  Halló la soga. La amarró con fuerza a uno de los pilares de la casa, después ató la soga alrededor de su cuerpo. Sabía que aquel sótano no era el lugar ideal para resistir un tornado.
El ruido se hizo tan fuerte que tuvo que cubrirse las orejas con las palmas. Todo temblaba, caían trozos de revoque, se apagó la luz. Un estruendo mayor fue la prueba de que el fenómeno estaba destrozando la casa.  De repente, en medio de aquel caos ensordecedor, de aquella oscuridad que lo envolvía ahora, sintió una fuerza increíble succionándolo hacia arriba: su casa ya no existía y  hasta el piso había volado; ahora el tornado lo reclamaba a él.

Lo succionaba con tanta fuerza que sus pies quedaron para arriba, pues la soga pasaba por debajo de sus brazos. En esa posición, se aferró al pilar con sus brazos.  El ruido era tan grande que no podía escuchar los alaridos de terror que lanzaba.  A su alrededor todo se desarmaba y era tragado por el vórtice del tornado. Pero en el cenit de su desesperación, de su terror, surgió una resignación calma, como si todo su ser se rindiera al aceptar su situación: se iba a morir, ya estaba.  Mas al recordar algo ese estado duró poco; y sintió que lo tomaron de un pié, y vio algo que volvió a sumirlo en la profunda desesperación del terror.  Un ser infernal, esquelético y alado, le aferraba el pié con una mano huesuda, y seguidamente le tomó el otro, e impulsándose hacia arriba con sus alas de piel, jaló con increíble fuerza, a la vez que gritó con una voz de ultratumba: ¡Llegó el momento de pagar tu deuda! Después Javier alcanzó a ver, ya al borde de la muerte, que el ser se llevaba sus piernas.
Al otro día, un grupo de gente de la zona curioseaba cerca de la propiedad devastada del fallecido Javier, mientras las autoridades recorrían el lugar.   Uno del los presentes le comentó a alguien que estaba a su lado:
- ¡Que tragedia! Un hombre trabajador, que hasta superó una invalidez, y de no  tener casi nada llegó a tener campos y plantaciones, terminar muriendo así, y que se destruyera todo lo que había logrado... ¡Es una lástima!


1 comentario:

Anónimo dijo...

Es una muy buena historia, creo que me estoy volviendo fan de esta blog

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