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viernes, 18 de enero de 2013

Quédate aquí

Néstor caminaba por la callejuela oscura de un pueblo costero.  El olor del mar, traído a ráfagas, se entreveraba con el silencio y la oscuridad. Ni una casa tenía su luz encendida, y ningún perro ladraba, todo dormía.   Acostumbrado al bullicio de la ciudad, aquel silencio le parecía más profundo; pero eso era justamente lo que había ido a buscar allí, mas aquello parecía un campo santo.
Regresaba de la casa de una lugareña cuyo marido hacía mucho que se había perdido en el mar. Estaba quedando en una pensión que ostentaba ser el edificio más viejo del lugar, donde casi todas las casas eran viejas.
Legó por fin a su destino. Golpeó la puerta, nada, ni un ruido. Golpeó con más energía, y tras escuchar un instante, oyó unos pasos que se arrastraban y una voz que refunfuñaba: era el dueño del lugar.

- ¿Quién es? -preguntaron desde adentro.
- ¡Néstor! Estoy en la habitación catorce hace tres días… le dije que iba a salir…
- ¡Ya le abro! Es que estas malditas llaves… ¡Ah! Ya está. Pase usted. Ya es bastante tarde, ¿no?
- Sí, discúlpeme. Gracias.

El viejo se fue refunfuñando en voz baja. Al pasar al lado de la llave de la luz la apagó, y Néstor tuvo que vérselas nuevamente con las tinieblas. Ya conocía lo suficiente el lugar como para encontrar su habitación. Al ingresar al cuarto, le pareció ver que había algo sobre la cama, y en vez de encender la luz se acercó más, y vio que el bulto tenía forma de persona, y una larga cabellera indicaba que era una mujer la que estaba bajo la sábana.  Néstor sintió que sus sentidos se expandieron de golpe por la impresión. “¿Me habré equivocado de cuarto?”, pensó, mas de inmediato él mismo se respondió: “No, la llave abrió la puerta”. Un instante de indecisión bastó para que la observara de nuevo, y notó que estaba mirando a una calavera, y sorpresivamente la calavera se destapó, se elevó con rapidez sobre la cama y se lanzó hacia él volando. 
Instintivamente se cubrió la cara con los antebrazos al tiempo que se le escapó un grito. Estuvo así un momento hasta que se atrevió a mirar: la horrenda aparición ya no estaba.
Huyó de la pensión y vagó hasta el amanecer, después se marchó. Cuando el barco en el que iba se adentró en el mar, atrás en el puerto, quedó muy sola la viuda que le ofreciera su hospitalidad, y sola quedó la aparición que se manifestara a su lado desde la primer noche, mientras él dormía.
  

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