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sábado, 5 de enero de 2013

Terror en la nieve

El bosque que rodeaba al lago estaba blanco tras una nevada temprana, y el agua había quedado muy quieta bajo una capa de hielo.  En un extremo del lago estaba el club de pesca, que en invierno era abandonado por sus dueños, y sólo dejaban a un par de empleados para ocuparse del lugar. Uno de esos empleados era Ben, un veterano de barba espesa y canosa.
Un imprevisto hizo que tuviera que quedarse solo cuando apenas había pasado una semana. Su compañero recibió un llamado justo antes de que se descompusiera la línea. Un asunto familiar reclamaba que se marchara de allí, aunque debía hacerlo a pie pues no había otro medio.

- ¿Estás seguro de que vas a estar bien, Ben? - le preguntó el empleado que tenía que marcharse, ya fuera de cabaña y listo para la larga caminata.
- Claro. Ve tranquilo que no soy ningún chiquillo; sé arreglármelas solo - le contestó Ben.

Apenas se despidió y sintió la soledad. Pronto su compañero se perdió entre una bruma helada. El paisaje estaba silencioso, el blanco se extendía hacia donde mirara. Más allá del lago y el bosque, se alzaban imponentes montañas, cuyas cimas nevadas casi se confundían con el cielo nublado.
Los primeros días fueron bastante agradables. Daba largos paseos por el camino cubierto de nieve, se adentraba en el bosque, escopeta en mano, y casi siempre regresaba con alguna liebre o perdiz.
Sin mucho que hacer, pasaba gran parte de su tiempo leyendo frente a la chimenea. 
Unas nevadas intensas, con vientos congelantes, lo mantuvieron unos días dentro de la cabaña, y apenas amainaron un día para luego volver con más intensidad. Recluido en la solitaria vivienda, sus horas de lectura se extendieron. Después de leer todos su libros, buscó en el cuarto de un compañero, que también era amante de la lectura, aunque entre sus volúmenes sólo había obras de terror.
Ben encontró un libro de cuentos de terror que le interesó sobre el resto.

Frente al calor de la chimenea, se fue adentrando en los paisajes lúgubres y tétricos de las historias.
Sin darse cuenta, su carácter se fue tornando asustadizo, y el mínimo crujido lo hacía voltear con los ojos muy grandes, y buscar en vano el origen de tan extraño ruido. Creía oír, entre el gemido del viento, voces humanas que susurraban.
Las tormentas se sucedían una tras otra, y Ben seguía prisionero en su cabaña, devorando cuentos de terror y sobresaltándose por cualquier cosa.   El aullido lejano de unos lobos lo mantuvo despierto toda una noche., y creyó ver que unas sombras cruzaban agazapadas frente a la ventana. Durante el día, mientras cortaba leña, le pareció ver a una mano peluda que asomaba tras un tronco, y que la mano tamborileaba con los dedos sobre la corteza de árbol. Entonces se dio cuenta que la soledad lo estaba afectando, y que su encierro agravaba la situación.  Antes de pasar otra noche de terror, empacó varias cosas en una mochila y se lanzó al camino congelado.
La nieve formaba una capa sumamente gruesa, blanda; se enterraba a cada paso y avanzaba muy lentamente. Cayó la noche sobre las montañas, y con ella vino una tormenta. Cuando amaneció Ben estaba sepultado bajo la nieve, muerto, congelado como todo el paisaje.
Prefirió enfrentar un peligro real a soportar los horrores imaginarios del terror. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

un poco mejor que el anterior

Marisol dijo...

Me gustó muchísimo este cuento , el terror psicológico es taan aterrador como cualquier otra cosa, porqué la mente es muy traicionera y más en momentos de miedo...

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