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jueves, 28 de febrero de 2013

La escuela

Carlos había caminado desde la ruta. Ya le dolían las manos de cargar sus maletas, y el camino seguía y seguía delante de él.  Hacia todos lados se extendían largamente unos campos resecos que clamaban agua bajo un sol indiferente. Y algunas cabezas de vaca, de cuencas vacías y huesos al aire, despojos de la Muerte que merodeaba por allí, fueron testigos de la caminata de Carlos.
Al ver un maizal amarillento, notó que un poco más allá de éste se asomaban unas casas: ya estaba cerca.  Al entrar al caserío salieron a ladrarle sin muchas ganas unos perros flacos, pero fue suficiente para advertir a los pobladores, que menos osados que sus perros, se asomaban por las ventanas o entreabrían las puertas.  De una de las casas salió un hombre que tenía un sombrero de paja sobre su cabeza. Éste interceptó a Carlos y le tendió la mano al saludarlo:

- ¡Buenas tardes! ¿Usted es el maestro que mandaron pa acá?
- Sí, soy yo -le contestó Carlos, y le dijo su nombre; el otro dijo el suyo junto a un “Pa servirle”, después volteó rumbo a su casa y le gritó a su mujer:
- ¡Juana! ¡Traete un jarro de agua pal maestro, mujer! -y seguidamente se dirigió a Carlos:
- Ve aquella casona que está allá arriba, allí es la escuela, es donde usted va a vivir, vio.

Tras tomar el agua que le ofrecieron siguió caminando junto al campesino de sombrero de paja. Frente a la escuela, que era una casona agrietada por donde se la mirara, habló un rato con el hombre y luego entró.
Un pizarrón pequeño, en lo que antes era la sala, indicaba que allí se daban las clases, y una capa de polvo que cubría todo decía que había pasado bastante tiempo desde la última.
Recorriendo el resto del lugar, Carlos concluyó que el edificio había sido el hogar de los dueños de los campos de la zona, y que luego tal vez lo habían donado a la gente del caserío.
Eligió una habitación y desempacó las maletas. Hacia el atardecer golpearon la puerta. Era una muchacha que le traía un poco de comida; detrás de ella había varios niños sonrientes pero tímidos como un animalito montaraz.    
Cenó temprano, iluminado por un farol que había llevado, poco después se acostó.  El caserío próximo desapareció detrás de una cortina de oscuridad y se impuso el silencio.
Una serie de ruidos despertó a Carlos. Se sentó en la cama, y en la oscuridad de la habitación prestó atención a los ruidos. Sonaba como si un grupo de gente se moviera por la casa.  Tanteó la caja de fósforos, y con el momentáneo fulgor de uno encontró el farol, lo encendió y fue a investigar.

El corazón le latía fuerte en el pecho al atravesar el corredor. Cuando creía que de un momento a otro iba a iluminar a los intrusos, no veía a nadie, y el ruido venía de otro lado. Cuando abría de golpe una puerta, nada; movía de un lado para el otro el farol, buscando,  pero no hallaba nada.  y aunque era un hombre sin tendencias a creer en lo sobrenatural, estuvo claro para él que se encontraba en una casa embrujada.  Fue hasta su habitación para terminar de vestirse y salir de allí. Al entrar se topó con la aparición de un hombre cuyo rostro y cabeza estaban surcados de tajos hondos y anchos.  Entonces  Carlos retrocedió hasta salir de la habitación; la aparición sólo lo siguió con la mirada. Ya en el corredor se echó a correr y así salió de la casa. Se quedó afuera hasta el amanecer. Confiando en la luz del día empacó apresuradamente sus maletas. Cuando iba atravesando el caserío, un hombre que carpía una huerta reseca le preguntó al pasar:

- ¿Pa dónde va, maestro?
- Me tengo que ir. Decidí no quedarme -le contestó Carlos, e intentó seguir, pero otro campesino lo había visto y se le interpuso en el camino. 
- ¿¡Cómo es eso de que se va!? ¡Usted no nos puede dejar así como así nomás! -gritó este otro.
Algunos escucharon los gritos y se arrimaron con herramientas en las manos. Pronto Carlos estuvo rodeado de miradas de ira.
- Lo siento, les pido disculpas. En cuanto llegue a la ciudad voy a procurar que envíen a alguien más. Si me permiten pasar ahora me tengo que ir. Disculpen,  permiso.
- ¡Y quién le va a enseñar a nuestros hijos! -gritó alguien, y otros gritaron también, y los reclamos se volvieron insultos, y Carlos se vio zarandeado para un lado y para el otro, algunos lo empujaban, otros tiraban de él, y gritaban cada vez más, y las voces se enronquecían. La cólera terminó dominando al grupo. Él intentaba hacerlos razonar, pero la ira de los campesinos sólo aumentaba. Una pala se levantó entre la muchedumbre iracunda, furiosa, y descendió velozmente hasta la cabeza de Carlos, y otras herramientas se alzaron también, descargando su furia en el maestro.
Después el frenesí dio paso a una calma repentina, y quedaron mirando los restos ensangrentados de Carlos. Uno de los campesinos miró a los otros y preguntó:

- ¿Y ahora qué hacemos?
- Lo enterramos en el sótano de la escuela como al otro maestro -propuso uno.


lunes, 25 de febrero de 2013

El terreno prohibido

Caminaba por la vía del tren sin percibir nada extraño en aquel paisaje tan conocido. Me detuve bajo la sombra de un árbol situado a unos metros de la vía. Contemplando todo lo que me rodeaba, noté de pronto que algo no estaba bien, pero no sabía qué era. ¡La arboleda! Recordé repentinamente. Estaba viendo una arboleda que ya no existía, pues la habían talado hacía años. Entonces me di cuenta: estaba soñando. Inmediatamente me sorprendió lo real que se veía todo. El día resplandecía de luz, el cielo estaba celeste, y los campos de los alrededores eran iguales a los de la realidad. Observé la corteza del árbol, los detalles de sus hojas, todo era muy real.
Maravillado, curioso y algo extrañado, volví a la vía y seguí caminando. Un poco más adelante llegué frente al terreno prohibido.

Aquel lugar no tenía nada de especial, pero como un cuidador y sus perros no permitían entrar en allí, tenía el encanto de lo prohibido. En el sueño, entre unos eucaliptos se veía parte de la casona del lugar, igual que en la realidad, mas no se veía la del cuidador. Observando desde otro ángulo comprobé que no estaba.
Sentí ganas de entrar al lugar, sobre todo por curiosidad. Quise hacer un pequeño experimento.
Me parecía lógico que tuviera guardada en mi mente una imagen clara de todo aquel paisaje, porque había andado muchas veces por allí, pero del terreno prohibido solamente conocía lo que veía desde la vía. ¿Al entrar allí mi mente inventaría un paisaje? ¿Sería éste tan realista como el que me rodeaba?  Tuve que cruzar el alambrado como si éste realmente existiera, lo miré un instante y seguí. Al caminar entre los eucaliptos me asaltó una duda. ¿Y si aparecían los perros? Concluí que no podrían hacerme daño; pero todo era tan real… En el suelo, entre las hojas secas había una rama gruesa y bastante recta. Aunque aquello fuera un sueño no estaba de más un garrote. Lo levanté y seguí rumbo a la casa.

Al hallarme frente a la fachada quedé sorprendido. Nunca había visto una casa así, sin embargo allí estaba, llena de detalles: Tenía grietas en el revoque, los vidrios de las ventanas reflejaban los árboles, a una parte del cielo, y en la base de la pared crecían los pastos. Algunas partes estaban manchadas por el tiempo, todo muy real.
La puerta se encontraba entornada. Miré hacia adentro, el lugar estaba vacío, sin muebles. Entré. Era una sala grande. En el fondo había una puerta cerrada, en uno de los lados se abría la boca de un corredor que se extendía hacia la oscuridad.  Al escuchar algo que vino de arriba levanté la vista, y en el techo levitaban varias personas horrendas, o monstruos, tendría que decir. Flotaban horizontalmente, con la espalda hacia el techo, y todos me estaban mirando. Al verse descubiertos se lanzaron hacia mí en tropel, volando con los brazos estirados como para agarrarme. Reaccioné antes de que me alcanzaran. Salí disparado de allí. Ahora estaba de noche. A pesar de la oscuridad distinguía suficientemente los troncos de los árboles como para no chocarlos en mi huída. Al voltear vi que me iban siguiendo. Tenía el garrote en la mano, y de alcanzarme aquellas cosas lo hubiera usado para defenderme, pero aunque volaban cerca no me agarraban.

Nunca había sentido tanto terror en una pesadilla. Atravesé la arboleda a los gritos, con aquellas cosas persiguiéndome. Alcancé a entrever el alambrado. Solté el garrote para que no estorbara y crucé el alambrado de un salto. No llegué a tocar el suelo, me desperté en ese momento.  Estaba tan asustado que no intenté dormir de nuevo.
El recuerdo de la pesadilla me turbó durante varios días, ¡fue tan real!
Aunque presentía algo terrible fui igual hasta aquella zona, no sé bien por qué. Desearía no haberlo hecho. Estando frente al terreno prohibido vi, tirado cerca del alambrado, a un garrote muy parecido al que cargué en la pesadilla 

sábado, 23 de febrero de 2013

En pleno vuelo

Comenzó como un vuelo normal, igual a otros, pero terminó siendo una experiencia aterradora para Darío. Él iba del lado de la ventanilla; cuando viajaba en avión le gustaba mirar hacia fuera.  A veces no veía más que nubes, pero en ocasiones el cielo se despejaba, y allá abajo se habría todo un paisaje.  Las ciudades se veían como agrupaciones de rectángulos grises, matizados en algunas zonas con el verde de algún parque, o los reflejos centellantes de algún cristal. Las cimas montañosas casi siempre estaban envueltas en nubes, y aparecían esporádicamente para desaparecer enseguida tras una cortina gris.  Las extensas praderas verdeaban allá abajo, y desde la altura el mar parecía congelado.
A veces se entretenía observando a los otros pasajeros. Siempre había alguien con miedo a volar, y era fácil identificarlos, ya fuera por el sudor de la frente y el rostro desencajado, o por la sonrisa nerviosa como pintada en el rostro.

En esa ocasión Darío volaba de noche. Por la ventanilla sólo veía oscuridad, por lo que supuso que sobrevolaban el mar. 
La mayoría de los pasajeros estaban durmiendo; algunos roncaban, otros se retorcían en su asiento.
De pronto todo se sacudió, una mujer despertó con un grito; otros, una vez despiertos giraban la cabeza en su confusión.  Un par de azafatas aparecieron tambaleándose por el movimiento del avión. Fingiendo su mejor sonrisa,  pidieron a todos que se calmaran, explicando que sólo era un poco de turbulencia. La nave se seguía sacudiendo, y las voces angustiadas y las miradas de temor fueron aumentando. Algunos se aferraban a los asientos, y con los ojos cerrados murmuraban algo.

- ¡Manténganse en sus asientos! -decía una azafata, tratando de controlar el caos-. Pronto pasará la turbulencia.
- ¡No quiero morir, Dios! - gritó alguien.

Cuando paró la vibración comenzó la mareante sensación de descender en caída libre. A esa altura ya casi todos gritaban. Darío cerró los ojos y pensó en su familia, sintiendo una honda pena, no por él, sino por los que dejaba e iban a sufrir su pérdida..
Súbitamente dejó de sentir la sensación de caer, tampoco escuchaba gritos. Abrió los ojos y, gracias a su altura pudo ver por encima de su asiento. Todos estaban quietos, inmóviles. Al intentar girar la cabeza descubrió que estaba paralizado. Cerró nuevamente los ojos para ordenar sus pensamientos y tratar de comprender qué estaba pasando. Al abrirlos vio que dos seres horrendos avanzaban por el corredor que forman los asientos.  Tenían rasgos humanoides, mas sus cabezas eran alargadas, sus narices largas y delgadas, mucho más debajo de ésta se hallaba su boca, y entre sus delgados labios sobresalían unos dientes color metálico que terminaban en punta. Tenían ojos diminutos y negros, y una piel muy blanca, con manchas rosáceas en el cráneo, el cual no tenía cabello. Su vestimenta era toda blanca y parecía estar formada por una única pieza.

Inmediatamente Darío pensó que estaba viendo a dos extraterrestres. Notó con horror que tenían algo en la mano. Era un aparato reluciente con varias puntas delgadas que rodeaban a una especie de mecha de taladro que giraba rápidamente produciendo un zumbido horrible. Los extraterrestres iban de asiento en asiento, y hacían algo en la cabeza de los pasajeros, pero nadie se movía ni gritaba.
De a poco se iban acercando a él, y no podía mover ni un músculo. Finalmente le llegó su turno.
Por el rabillo del ojo vio como acercaban el aparato a su cabeza, y el extraterrestre sonreía mostrando sus dientes color metal. Eso fue lo último que vio antes de perder la conciencia.
Al despertar miró a su alrededor, los extraterrestres ya no estaban, y los demás pasajeros se comportaban normalmente. Nadie recordaba lo sucedido, sólo Darío era conciente de lo que había pasado. 
   
  

martes, 19 de febrero de 2013

La llamada

La patrulla policial se estacionó frente a la casa. Algunos vecinos salieron a curiosear, murmurando entre ellos. Bajó de la patrulla la agente Laura y su compañero el agente Claudio. Observaron a los vecinos curiosos y se miraron. Claudio dijo en voz baja:

- Creo que ya todos deducen lo que ha pasado.
- Sí. Es casi seguro que su vecina está muerta -opinó Laura-. Bueno, vamos.

Tocaron el timbre, nadie respondió. Intentaron varias veces sin obtener resultado. Laura bordeó la casa y espió por una ventana cuya cortina se encontraba media descorrida. Vio a la dueña de la casa: estaba sentada en un sofá, con la boca media abierta, y unas mocas enormes entraban y salían de ella, caminaban sobre los ojos abiertos y zumbaban alrededor de la muerta.  Otro sofá se hallaba ubicado frente al de la difunta, y a Laura le pareció que había alguien en él, pero desde la ventana no veía bien.  Volvió a la entrada donde estaba su compañero y le informó lo que vio.
Desde que habían recibido la llamada sospechaban que iban a encontrar una escena así.  Es algo bastante común; alguien vive solo, los vecinos dejan de verlo por unos días, sienten un olor desagradable y llaman a la policía: la persona de la casa ha muerto.
Pero cuando consiguieron entrar vieron algo que no esperaban. En el sofá ubicado frente al de la señora difunta, había una muñeca bastante grande; se hallaba sentada como si fuera una persona, sus ojos apuntaban al cadáver y sonreía como si se burlara de éste.

- Que escalofriante -opinó Laura.
- Un poco sí, pero sólo es una muñeca. A mi hija le encantaría una como esta. Voy a llamar a la central. El caso está claro, pero voy a revisar un poco por aquí, ¿sí?
- Claro, ve. Yo voy a salir para que los vecinos no intenten entrar -dijo Laura, sin dejar de mirar a la muñeca, pues ésta la había impresionado mucho, aunque no entendía por qué, allí había un cadáver y no la impresionaba, pero aquella muñeca…

Cuando Laura quedó sola, la muñeca volteó hacia ella de repente y le habló con una voz chillona: “¡Deja de mirarme, maldita zorra!”. Laura se estremeció por el susto, y empezó a retroceder hacia la puerta; la muñeca la seguía con la mirada.
Al salir de la casa se recostó a la pared. No podía creer lo que acababa de pasarle. Su compañero salió de la casa cuando iban llegando otras patrullas. Él, sin mirarla, le comentó el resultado de su inspección:

- Parece que esta señora era coleccionista de muñecas. Las hay de todos los tamaños. Ven a verlas.
- No, yo, me quedo aquí. Es el olor sabes, no me siento del todo bien -se excusó Laura.
- A todos nos ha pasado alguna vez. Hay días que andamos con el estómago más frágil. ¿Quieres irte en otra patrulla? Algunos de los que vinieron se van a ir enseguida.
- Creo que es mejor que me retire, sí. Pero el informe…
- Yo me encargo -afirmó Claudio.

Varios oficiales saludaron y entraron a la vivienda. Laura se asomó para ver a la muñeca, pero ésta ya no estaba, lo que la asustó todavía más. Salió a la calle y le pidió a un colega que la llevara hasta su comisaría.
Pasaron unos días. Laura sentía que debía hablar con alguien sobre aquella muñeca, y quién mejor que su compañero. Se dispuso a contarle cuando estaban bebiendo café en un pequeño restorán:

- El otro día -empezó a contarle Laura-, en la casa de la mujer muerta, me pasó algo muy raro con la muñeca.
- Me preguntaba cuándo ibas a hablar sobre eso -dijo Claudio-. Sí, tomé la muñeca cuando estabas afuera. La tiré por la ventana. Cuando casi todos se habían retirado fui a buscarla y la oculté entre mi abrigo.
- ¿¡Qué!?
- Sé que estuve mal. Pero su dueña no la iba a extrañar. Sabía que a mi hija quería una como esa y, bueno, la tomé. Tampoco es algo tan grave -Claudio terminaba de decir aquello cuando sonó su celular. Lo atendió y enseguida quedó muy serio, porque una voz chillona le dijo: “¡Jajaja! ¡Estoy matando a tu hija!  

lunes, 18 de febrero de 2013

Llegando a destino

Agustín conducía por una ruta oscurecida por la noche. Al ingresar a una zona cubierta por la niebla su visibilidad se redujo drásticamente. Disminuyó la velocidad y se concentró más en la ruta que tenía por delante, de la cual veía unos pocos metros nada más.
Se orilló un poco y buscó su celular para llamar a su esposa:

- ¡Hola! -lo saludó una voz de mujer.
- Hola querida. Te llamo para avisarte que me agarró la niebla, no se ve nada por aquí. Por eso voy a demorar un poco más.
- Bueno. Maneja con cuidado. Ahora ya sé que vas a demorar, ve lento. Lo importante es que llegues a destino. Nos vemos, chau.
- Chau -y cortó.

La niebla se espesó más. Ya no era seguro conducir. Tenía que detenerse, pero no quería hacerlo de nuevo en la ruta. Conocía bien el lugar como para saber que casi todo aquel tramo corría sobre un terraplén alto. ¿Dónde detenerse?  Repasando mentalmente la carretera encontró un lugar. No le gustó mucho la idea de estacionar por allí, pero el próximo lugar que recordaba estaba muy lejos, y la niebla era cada vez más espesa.
El camino que buscaba surgió de pronto a su derecha, dobló hacia él, avanzó lentamente y se detuvo al iluminar la entrada de un cementerio.
Aquel cementerio estaba abandonado. El pueblo que lo había nutrido ya no existía, sólo algunas ruinas que sobresalían entre las malezas indicaban su posición.  Agustín tenía muy claras la imágenes de aquel esqueleto de pueblo fantasma, y de los muros a medio derrumbar de su aún más espeluznante cementerio; pero ahora lo único que veía era la entrada de éste, todo lo demás era niebla cerrada y silencio. Al dejar encendida solamente las luces rojas parpadeantes, hasta la entrada del campo santo desapareció entre la bruma. 

Esperó un largo rato, la niebla continuaba. Encendió la radio e intentaba sintonizar alguna emisora que estuviera pasando música, cuando de repente del aparato brotó una sucesión de gritos espantosos que lo hicieron saltar en el asiento. Era una mezcla de gritos: algunos claramente de angustia, otros de dolor insoportable, y entre los gritos se escuchaban unas voces extrañas que hablaban una lengua desconocida por Agustín, pero aunque no se entendía lo que decían, se deducía por su tono que eran voces de seres violentos, malvados…
Agustín apagó la radio, mas no dejó de escuchar los gritos, porque ahora venían desde el interior del cementerio.  Entonces, aterrado, encendió el vehículo y dio marcha atrás. Al alcanzar la ruta intentó enderezarlo, mas una luz surgió de pronto entre la niebla, sonó un bocina potente, la de un camión, sintió un golpe tremente que lo acudió todo, y después, silencio; mas el silencio no duró mucho: las voces de los seres violentos que gritaban en una lengua extraña se le fueron acercando, y de pronto los vio ¡Eran demonios!
Cuando el camionero que lo chocó fue a revisar lo que quedó del auto, Agustín ya estaba muerto.    

viernes, 15 de febrero de 2013

Gente de circo

“¿Te volviste loco? ¿Cómo se te ocurrió esa idea? ¡Comprar un circo…!”, le repitieron varios conocidos a José, pero ninguno pudo hacerlo cambiar de idea.
Compró un circo ambulante. Al conocer a los empleados, durante una noche de función, notó enseguida que no lo querían por allí, que habían vendido el circo por una urgente necesidad de dinero, pero que no querían un jefe husmeando en el lugar.   El enano encargado de la contabilidad parecía bastante honesto, los números estaban claros, por lo que José descartó que intentaran estafarlo. Dedujo entonces que la actitud de los que trabajaban allí se debía a que eran un grupo muy cerrado, pero decidió que de todas formas iba a visitarlos cuando quisiera y sin avisar; ahora él era el dueño.
Cuando el circo se hallaba en un campo cercano a un pueblo, José les hizo una visita por la mañana.   Descubrió que casi todos estaban dentro de los remolques. Solamente un jorobado que barría el lugar y el enano de la contabilidad se encontraban afuera.

- ¿Siempre duermen hasta tan tarde? -le preguntó José al enano, con tono autoritario.
- Sí, lo que sucede es que… las funciones terminan muy tarde. Por eso duermen… todo el día.
- ¿Qué, duermen todo el día? ¡Ah! ¡Esto se tiene que terminar!
- Señor, usted no entiende. ¡No vaya a entrar! ¡Señor…! -trató de detenerlo el enano, pero José ya se precipitaba hacia un remolque, y con un movimiento brusco abrió la puerta y entró.

Adentro estaba oscuro. Escudriñando distinguió que había alguien sobre una cama. Al acercarse vio que era un payaso, vestido como tal y hasta maquillado.
- ¡Es hora de levantarse! ¿Me oye? ¡Oiga! ¡Payaso! -mas el payaso ni se movió.
Ya algo alterado, fue hasta la ventana y descorrió las negras y pesadas cortinas que la cubrían. La luz del sol entró a raudales. El astro rey se encontraba frente a la ventana, y su luz iluminó de pronto todo el cuerpo del payaso, y éste emitió inmediatamente un grito espeluznante. Cuando José, asustado por el grito, giró rápidamente hacia él, el payaso se levantó de golpe. De su cabeza salía humo y su cara comenzó a derretirse, y su carne empezó a chorrear sobre la cama; pero aquella cosa aún seguía gritando, y su pelo se incendió ante los aterrados ojos de José, que lleno de terror veía cómo aquel ser era destruido por la luz solar mientras gritaba horriblemente. 
Finalmente pudo apartar la vista de aquella escena de terror, después salió del remolque tambaleándose, con las piernas temblorosas por el miedo. A duras penas llegó a su auto. Ya lejos de la zona pensó que debía informar de aquello a la policía, o al ejército, a alguien. No lo iba a conseguir, nadie se iba a enterar de aquello, pues oculto en el asiento de atrás viajaba con él el jorobado del circo.

 

martes, 12 de febrero de 2013

Los muertos

En una sala pequeña, el viejo Gómez dormitaba sentado en una silla, con la cabeza recostada a la pared y la boca abierta.
La noche estaba más movida de lo normal: había escuchado algunos griteríos, y el ruido del tráfico, un tráfico desordenado, era más fuerte que el normal.
Los ruidos terminaron despertándolo.  Gómez bostezó y se pasó las manos la cara, miró hacia la ventana y escuchó; el alboroto iba en aumento.
- ¿Qué le pasa a esta maldita cuidad? -refunfuñó Gómez al servirse café.
Con la taza en la mano se acercó a la ventana, abrió la persiana para ver.
Un grupo de personas corría por la calle, y tras ellos iba otro grupo. Cuando el segundo
grupo pasó frente a la ventana, Gómez notó que todos estaban terriblemente heridos;
fatalmente heridos, demasiado como para aún correr. algunos autos intentaban abrirse paso entre la
multitud de perseguidos y perseguidores, dando bocinazos y frenadas.
- ¿¡Pero qué diablos…!? - el viejo se asombró. Aquella gente tenía que estar muerta, con aquellas heridas... Y lo estaban: eran zombies.
Alguien que corría por la calle gritaba como un loco:
- ¡Los muertos han revivido! ¡Los muertos…!
Aquellas palabras y lo que vio, llenaron de terror al viejo Gómez, pues era el vigilante de
la morgue. Detrás de una puerta ya se escuchaban ruidos.    

sábado, 9 de febrero de 2013

Recuerdo aterrador

Sé que sonará extraño, pero una vez me aterré de algo mucho tiempo después de verlo.
Una noche, caminaba por una parte poco transitada de la ciudad. La calle era angosta, los árboles de sus veredas  enormes y frondosos, mientras las casas que había allí eran todas viejas; y algunas se encontraban abandonadas: lo indicaba su mal estado.  Para mí era un lugar tranquilo, apenas perturbado por la luz ocasional de algún auto, mucho mejor que las calles concurridas, con sus bocinazos y el ruido constante de los vehículos.
Cuando pasé frente a una casona vieja y alta, de dos pisos, levanté la vista hacia una ventana situada como a cinco metros del suelo, en el segundo piso, supuse. No tenía cortinas y era ancha. Una luz amarillenta salía por ella, y sorpresivamente un hombre con sombrero cruzó delante de aquella ventana, miró hacia abajo, hacia mí y lo ocultó la pared al seguir avanzando.
Me impresionó un poco su aspecto: Tenía unas acentuadas ojeras, unos pómulos prominente y una quijada angosta. Pero fue un sobresalto pasajero, del momento. Seguí caminando como si nada.
Meses después, la casualidad, una jugarreta del destino o quién sabe qué, me llevó hasta aquella casona. Una familia la había comprado y querían que revisara la instalación eléctrica.

- Pasé -me dijo el nuevo dueño de la casa -. Si hay que cambiar parte o toda la instalación, se cambia. Lo que quiero es que sea segura, porque la casa es muy vieja y ha estado desocupada largo tiempo.
- Muy bien. Voy a ir empezando -le dije. Estaban trabajando también algunos albañiles. Reparaban grietas en las paredes y remplazaban baldosas quebradas del piso.

Fui revisando pieza por pieza. Al llegar a una habitación amplia y excesivamente alta, vi la única ventana que tenía, y supe que era la misma que viera desde la calle aquella noche. No estaba en el segundo piso, lo que vi había pasado flotando delante de ella.

lunes, 4 de febrero de 2013

La primer puerta

Alejandro y seis niños más pasaban la noche en la casa de Matías, un compañero de clase.  Hicieron competencias de videojuegos, y sentados en círculo hablaron de películas, contaron chistes, y discutieron sobre cosas absurdas como si fueran importantes.
La casa era enorme: tenía dos pisos, varios corredores y muchas habitaciones. Cenaron hamburguesas en el cuarto de su compañero; los atendió su padre y una sirvienta. Después siguieron conversando, pero pronto empezaron a bostezar y a restregarse los ojos. Pasada la medianoche estuvieron de acuerdo en que ya era hora de dormir.
Durante la madrugada Alejandro abrió su sobre de dormir y, procurando no pisar a los otros que también dormían en el suelo, caminó sigilosamente por el cuarto penumbroso hasta alcanzar el baño. Golpeó la puerta por si había alguien y resultó que estaba ocupado.  Atravesó nuevamente la penumbra. Esta vez fue hasta la cama de Matías y lo despertó:
  
- Matías, Matías…
- ¿Eh? ¿Qué quieres? -preguntó Matías con los ojos entrecerrados.
- Quiero ir al baño y este está ocupado.
- Ve al que está en el corredor, hacia la izquierda, es la segunda puerta, siempre está abierto.
- Gracias Mati.

Salió al corredor, que estaba a media luz, y fue hacia donde le indicó su compañero.
Matías quedó despierto. Tras un largo rato le pareció que Alejandro demoraba mucho. Se levantó para ver si éste se encontraba bien. En el corredor vio que Alejandro iba saliendo de la primer puerta y no de la segunda, que era la del baño. Al enfrentarse le preguntó:

- ¿Qué hacías ahí? ¿Cómo entraste? Te dije la segunda puerta…
- Ya sé, ya fui al baño -respondió Alejandro, y continuó-. Cuando volvía tu abuela me llamó desde su cama, creyendo que eras vos. La puerta estaba toda abierta y desde lo oscuro me vio cuando pasé. Le dije que era un compañero tuyo, pero igual me dijo que me acercara, y que le tocara la frente para ver si tenía fiebre.

Matías lo escuchaba con la boca abierta. Al salir de su asombro le dijo:

- Alejandro, nunca conocí a ninguna de mis abuelas, ese cuarto está vacío.
Alejandro no le creía. Cuando encendieron la luz del cuarto éste se hallaba vacío.
Alejandro nunca pudo olvidar aquella noche, por más que intentó. Recordaba sobre todo cuando tocó la arrugada y fría frente de aquella cosa, que nunca supo bien qué era.

domingo, 3 de febrero de 2013

Mi aterradora experiencia en un hospital

¡Una hora! Faltaba una hora para que el doctor llegara. Me habían informado mal. Caminé por un corredor hasta encontrar un banco: aunque odiaba estar en el hospital no podía regresar a mi casa sin haber consultado.
Esperando allí, sentado en un banco frío, levanté la manga de mi abrigo para consultar el reloj, y al hacerlo noté que tenía una pequeña mancha en el zapato. Me agaché y la limpié con el dedo. Cuando me enderecé había una enfermera frente a mí y sonreía.

- ¡Hola! -me saludó, preguntándome luego-. ¿Estás aburrido?
- Hola. ¿Se nota? Es que estoy esperando desde hace un buen rato y todavía falta para que venga el doctor.
- Si quieres te muestro algo que te va a entretener  -me propuso aquella enfermera.
- ¿Lo qué? -pregunté intrigado.
- Ven y te lo digo - me contestó. Caminó unos pasos, abrió una puerta y me observó desde allí, siempre sonriendo.

Algo desconfiado y sin dudas desconcertado, me levanté y la seguí. Entramos a una habitación vacía, atravesamos otra puerta, y yo que no entendía nada. ¿Habría “ligado” con aquella enfermera? ¿Era una broma? En un instante cruzaron un montón de especulaciones por mi mente. Al ingresar a otra habitación similar a la primera, ella señaló a los únicos objetos que había allí: un banco viejo, y en el otro extremo una silla de ruedas, y dijo:

- Si te sientas acá y tienes un poco de paciencia, vas a ver que esa silla se mueve: está embrujada.
- ¿En serio? No, me tomas el pelo ¡Jaja! ¿O no?…
- Tienes que averiguarlo tú mismo. Ahora siéntate y espera -y después de decir eso me dejó solo.

Tendría que haberme marchado de allí enseguida, pero estaba tan sorprendido que esperé sentado.
La silla de ruedas, vieja, grande y toda manchada, permanecía completamente inmóvil, mas sorpresivamente se movió hacia adelante, y quedó avanzando y retrocediendo un poco, y la parte del asiento se había hundido como si alguien se hubiera sentado en ella.
Me levanté abruptamente y salté hacia la puerta. En respuesta a mi movimiento la silla se desplazó velozmente hacia mí. Cuando iba pasando la puerta sentí que intentaron aferrarse de mi abrigo, y me asusté tanto que grité. Ya en el corredor temblaba de terror, y en ese estado me fui de aquel lugar.
Muy a mi pesar tuve que volver varias veces al mismo hospital, pero me mantenía en las zonas donde había gente, sin aventurarme en los corredores solitarios.  A la enfermera no la vi nunca más, ¡por suerte! Pues después me di cuenta de que vestía un uniforme que ya no usaban allí desde hacía muchos años. 

viernes, 1 de febrero de 2013

Carnaval

Carnaval. Para muchos es una celebración especial, distinta a otras, que tiene un encanto muy particular, que tiene cierto misterioso. Desde hace cuatro años sé que es así.
Visitaba aquella ciudad por primera vez. Coincidió mi estadía con el carnaval.  Salí del hotel ya caída la noche y caminé rumbo a la música de un desfile que por el ruido prometía ser muy divertido.