¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

viernes, 1 de febrero de 2013

Carnaval

Carnaval. Para muchos es una celebración especial, distinta a otras, que tiene un encanto muy particular, que tiene cierto misterioso. Desde hace cuatro años sé que es así.
Visitaba aquella ciudad por primera vez. Coincidió mi estadía con el carnaval.  Salí del hotel ya caída la noche y caminé rumbo a la música de un desfile que por el ruido prometía ser muy divertido.

La gente se apelmazaba en las veredas y en la calle resonaban los tambores. Las bailarinas danzaban avanzando en zigzag , saludando al público de una vereda, luego al de la otra, siempre sonriendo con gracia, y repiqueteaban lo tambores y el público también se movía.  Algunos enmascarados se abrían paso entre la gente, mientras pequeños grupos de niños disfrazados con trajes coloridos y caretas de plástico, corrían por todos lados arrojándose agua mutuamente.
Hacía mucho calor. Entré a un bar y bebí algunas cervezas. Volví al desfile un poco más alegre, y el repiqueteo de los tambores me invitó a bailar, y lo hice a mi modo.

En medio de aquella algarabía conocí a unas chicas. Estaban tomando una bebida de color rosado y me ofrecieron un vaso entre risas y carcajadas. Estuve a punto de rechazarlo pero, era carnaval, ¡hasta el fondo!

-¡Esto es lo que se toma acá! -me gritó una de las muchachas; las otras se echaron a reír más.
-¡Un poco fuerte! -comenté, y tosí varias veces, arrancándoles otra carcajada, ahora claramente de burla.

Enseguida me sentí mareado y un poco mal. Parecía que todo giraba a mi alrededor. Me sujeté de un poste de luz y esperé un poco. Cuando me encontré mejor salí rumbo al hotel, o más bien, esa fue mi intención, porque sin darme cuenta doblé en otra calle.  El ruido del desfile se apagó tan de golpe que volteé algo extrañado. La calle estaba completamente vacía y algo oscura. Me detuve en una esquina para tratar de orientarme. Al mirar hacia una de las calles vi una procesión de enmascarados que marchaba silenciosa. Preferí seguirlos a seguir vagando por aquella soledad que ya empezaba a ser angustiosa, además alguien podría indicarme hacia dónde estaba el hotel.

   Al acercarme experimenté una especie de estremecimiento, pero se lo atribui a mi estado.   Al preguntarle a un enmascarado dónde nos hallábamos y a cuántas cuadras estábamos del hotel, éste volteó hacia mí y emitió algo que sonó como un ronquido suave, y volvió a mirar hacia adelante. Algunos tenían una capucha blanca sobre la cabeza, y sobre la tela unos rostros horripilantes pintados de rojo y negro, mientras otros se cubrían con bolsas de arpillera a las cuales habían hecho unos agujeros. Empecé a acompañarlos pero caminando por la otra vereda.

Continué siguiéndolos sin pensarlo. Marchaban en hilera, uno tras otro. Cada tanto uno volteaba hacia mí, me observaba con sus huecos negros (no conseguía ver sus ojos), y me invadía una sensación extraña, una especie de abatimiento, de tristeza reflexiva, un sentimiento complejo que ya había sentido antes, pero, ¿dónde? Tal vez continué la marcha por curiosidad.
Salimos a lo que parecía ser un parque, cruzamos por una arboleda oscurecida por las sombras. Al ver hacia dónde se dirigían me detuve de inmediato: en frente había un cementerio. Al entrar al campo santo se separaban, caminaban entre las tumbas y desaparecían en la oscuridad del lugar. El último en entrar giró hacia mí y lanzó una risotada aterradora. Me invadió un mareo repentino y tuve la sensación de caer en un abismo.
Me hallaron allí mismo por la mañana, por eso sé que no fue un delirio ni un sueño.  
 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me Gusto! :3

Anónimo dijo...

A mi tambien me gusto :3

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?