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domingo, 31 de marzo de 2013

Cazador de monstruos 1

Hasta los policías más experimentados estaban horrorizados con aquel crimen.  Habían matado a un hombre en uno de los apartamentos de un viejo edificio.
Los forenses y los detectives permanecieron largo tiempo en el apartamento. Algunos sacaban fotos; otros buscaban huellas, y los policías más jóvenes, mientras el cuerpo (lo que quedaba de él) estuvo allí, trataban mirarlo lo menos posible. Los forenses se inclinaban sobre aquel despojo con cara de desconcierto.

- ¿Qué pudo hacerle esto? -preguntó uno de los detectives, y mecánicamente limpió su lentes con un pañuelo.
- En este momento no se me ocurre nada -le contestó sinceramente un forense, negando con la cabeza.

Finalmente se llevaron los restos y luego se marcharon casi todos. Sólo quedó un policía para asegurarse que nadie entrara, porque después un grupo especial iba a revisar nuevamente la escena.
Cristopher, el agente encargado de vigilar la puerta del apartamento, quedó de espaldas a ésta, mirando alternadamente hacia los extremos del corredor. Ya pasaba la medianoche. Las gruesas paredes del edificio bloqueaban casi completamente los ruidos de la ciudad, aunque recorría el lugar un rumor incierto, apagado, difícil de determinar. Cristopher escuchó con atención pero no pudo determinar qué era aquello, pero le resultó sumamente inquietante.
El lugar estaba mal iluminado. Las lámparas, de poca potencia y muy distanciadas entre si, apenas iluminaban las puertas de los otros apartamentos, y de una de ellas salieron dos figuras encorvadas.
A Cristopher lo impresionó tanto el aspecto de aquellas figuras que alcanzó a tomar la culata de su arma; mas al instante las dos figuras eran solamente dos viejos, un hombre y una mujer.

La primer impresión fue tan fugaz que Cristopher la atribuyó a la falta de luz. Los ancianos, hamacándose al andar, avanzaron por el corredor hacia él.  Esperando que no hubieran visto su reacción, Cristopher deslizó su mano hacia el cinturón, hizo lo mismo con la otra y quedó en esa postura que a veces adoptan los policías.
En el rostro de los ancianos no quedaba ni un centímetro que no estuviera surcado por varias arrugas. Ambos eran jorobados y se movían con lentitud. Al pasar frente al agente lo saludaron inclinando la cabeza; Cristopher respondió de forma parecida, pues tuvo miedo de hablar y que la voz le saliera temblorosa. 
La pareja de ancianos dobló al alcanzar otro corredor. Cristopher quedó mirando hacia el borde de la pared donde aquellos dejaron de verse, y los ancianos asomaron rápidamente la cabeza a una altura mucho mayor que aparentaban al pasar frente a él. Ahora tenían que ser dos gigantes o estar flotando sobre el piso para poder asomarse a aquel nivel. Los dos hicieron un gesto burlón, horripilante, para luego mirarlo con furia y esconderse tan rápidamente como se asomaron.
A pesar del terror que sintió, Cristopher no se marchó del lugar, permaneció frente a la puerta hasta que llegaron los otros.
Unos años después se hizo detective, y en una ocasión aún más terrorífica que su primer experiencia, volvió a encontrarse con aquellas dos cosas; pero esa es otra historia…

lunes, 25 de marzo de 2013

Un mal augurio

En esa época yo era monaguillo de la iglesia del pueblo donde vivía.  El padre Gilberto se preparaba para dar una misa nocturna al cumplirse el aniversario del fallecimiento de un señor de la congregación.
Dos seminaristas, el padre Gilberto y yo, nos encontrábamos en la sacristía. Los dos jóvenes escuchaban atentamente unos consejos que el veterano párroco les regalaba, y yo escuchaba también aunque sin entender casi nada pues era un adolescente.  
Ya había caído la noche sobre el pueblo. Los perros del lugar aullaban en coro por momentos, y uno de los seminaristas hizo esa observación:

- ¿Por qué estarán llorando esos perros? -preguntó.
- No lloran -aclaró el padre Gilberto-. Aúllan, que no es lo mismo. Es un hábito instintivo de cuando eran lobos y la manada se mantenía comunicada así.
- Si pero, ¿por qué esta noche aúllan tanto? -preguntó el otro seminarista, volviendo la cabeza en dirección del coro de perros.
- ¿Será un mal augurio de algo…? -planteó el primero a modo de pregunta.
- Nada de eso, sólo aúllan. Tal vez alguna perra en celo los está alborotando, quién sabe. Ahora vamos a terminar de prepararnos -y volviéndose hacia mí el padre dijo-. Ve a tocar la campana, Miguel.

Salí de la sacristía. Atravesé el templo, que estaba vacío y silencioso, y salí por una puerta que daba a un corredor exterior. El corredor estaba formado por el alto muro del templo y la pared de una casa de retiro espiritual que estaba al lado. El corredor se encontraba oscuro. La lámpara que normalmente lo iluminaba se hallaba apagada. En el otro extremo de aquel túnel de oscuridad estaba la soga de la campaña.  Dudando ante la oscuridad, escuché el lastimoso coro de perros; habían redoblado sus aullidos, eran largos y los repetían una y otra vez, y me imaginé a los perros con el hocico hacia arriba, las orejas hacia atrás, y recordé lo del mal augurio.
Todavía estaba allí, dudando, cuando sin previo aviso una voz potente sonó clara en aquel lugar:

- ¡Llama al padre Gilberto! -dijo la voz, y al escucharla se me erizó la piel y experimenté un escalofrío espantoso.

En la oscuridad se movía algo, o era la misma oscuridad, no sé. Huí a toda prisa y así llegué a la sacristía.  Con la voz temblorosa apenas pude hacerme entender, mas el padre Gilberto pareció comprender enseguida. Sin dar explicaciones buscó un libro en un armario, y poniéndose una estola que también guardaba allí, nos dijo que no saliéramos, que nos quedáramos en el templo, y que rezáramos por él. Después salió al corredor.
Los seminaristas no entendían nada o estaban tan aterrados como yo, pues sólo se miraban con los ojos muy grandes sin decir palabra. Después de unos minutos empezó a sonar la campana, haciendo que nos estremeciéramos al tomarnos por sorpresa. Finalmente uno de los jóvenes se armó de valor, fue a buscar algo y volvió de la sacristía con una linterna. Luego los dos fueron hacia el corredor de afuera. Lamentablemente los seguí sin que lo notaran, no sé por qué, tal vez temí más quedarme solo.
Cuando la linterna iluminó el lugar, el padre Gilberto colgaba de la soga de la campana, atado por el cuello, haciendo que ésta sonara al balancearse su cuerpo como un péndulo.
Aunque no encontraron pistas de que alguien más anduviera allí, y la policía cerró el caso como un suicidio, yo no lo creía. Y cuando años después me enteré que el padre Gilberto había hecho varios exorcismos, concluí que su asesino fue un demonio.

domingo, 24 de marzo de 2013

Bajo la piel

Favio se despertó de golpe y quedó sentado en la cama, escuchando. Estaba de noche y afuera de la casa había un gran alboroto. Los caballos relinchaban en el establo, y desde el corral cercano llegaba el balido asustado de las ovejas.
Favio trabajaba en aquel establecimiento rural. Esa noche se hallaba solo, cosa que no pasaba muy seguido, por eso Favio maldijo su suerte mientras se calzaba apresuradamente. Antes de salir buscó la escopeta y la cargó mientras seguía maldiciendo en voz baja.
La noche no era oscura; una media luna se encontraba en la cumbre del cielo. Salió al patio y echó una rápida mirada hacia las otras casas, temiendo que en alguna de las ventanas se recortara la silueta de un invasor. Un ruido leve lo hizo girar hacia la sombra de un naranjo, y de la negrura de esa sombra salió al trote, andando en cuatro patas, una figura que no era humana. La aparición repentina de aquel ser peludo lo impactó un instante, pero enseguida reconoció aquella figura: era el “Oso”, el perro del lugar. El perro, que era enorme, fue hasta donde estaba Favio. Éste le acarició la cabeza y dijo en voz baja:
- Estás viejo y sordo, “Oso”. Vaya guardián que es este perro.

Pero a pesar de decir eso, Favio se sintió un poco más tranquilo al estar acompañado por aquel perrazo. Juntos fueron rumbo al corral. Pasaron al lado del establo; como éste se mantenía cerrado siguió hasta el corral. Las ovejas se apretujaban en el otro extremo. Las que estaban en el exterior del tumulto intentaban avanzar hacia el medio de él a los pechazos; todo esto entre balidos de terror.
“Lo que las asusta tiene que estar muy cerca de aquí”, pensó Favio.     Al sentir que algo le tocó la espalda  saltó hacia adelante con un grito. El mismo susto lo hizo girar rápidamente. La cosa que se parecía al perro se alejaba ahora corriendo sobre sus dos patas traseras, erguido como un hombre, y lanzando una especie de carcajada como la que emiten las hienas.   Cuando Favio apuntó la criatura ya iba muy lejos, y con su silueta desapareció también la carcajada espeluznante.
Cuando llegó el día Favio resolvió parte del misterio al encontrar la piel del “Oso”, y luego su cuerpo despellejado; pero nunca supo qué era aquella criatura, pues ningún humano asustaría tanto a los animales sólo con su presencia, ni podría adoptar la forma de un perro; y a Favio le recorría un escalofrío por la espalda al recordar que había acariciado la cabeza de aquella cosa.
 

martes, 19 de marzo de 2013

Terror en el cementerio

El entierro de Marina fue terriblemente triste. Era muy joven, se había casado hacía poco y murió violentamente en circunstancias misteriosas incluso para la policía.
Todos sentían pena por Fernando, su esposo, ahora viudo. Él, con la mirada hacia el suelo, contemplaba la tierra negra que estaba sobre el ataúd donde se encontraba ella.
De a poco la gente se fue retirando. Se despedían de Fernando. Algunos le decían alguna frase consoladora y se marchaban; otros le apoyaban la mano en el hombro dándole fuerzas en silencio. Él agradecía asintiendo con la cabeza pero sin despegar la mirada del suelo donde se hallaba ella.
Se acercaba el final del día. Unos nubarrones gigantescos se fueron asociando en el cielo hasta que lo cubrieron todo.  Bajo aquella luz de ocaso, opacada más por la tormenta que se acercaba, el cementerio, ya desolado, lucía mucho más lúgubre que al comienzo del entierro.
Fernando consideró que ya era hora de despedirse, pero, ¡que amargo era aquel momento! Ella iba a quedar allí, sola, entre tantos muertos… en un lugar tan horripilante. Pensando en eso, él desparramó su mirada por el campo santo.  No estaba listo, debía quedarse con ella unas horas más, una noche más.  Pero vio que su plan no iba a ser tan sencillo de ejecutar, porque recorriendo el lugar con la mirada, vio al viejo enterrador caminando entre las tumbas. Si lo descubría iba a hacer que se marchara.

Cuando dejó de ver al viejo salió caminando en dirección contraria, rumbo al fondo del cementerio, con la intención de permanecer oculto hasta bien entrada la noche, para luego volver a la sepultura de su amada.
El cementerio era enorme. Alcanzó una zona donde nunca había estado. . Abundaban allí los panteones y las estatuas de personas, de ángeles, y de unas criaturas monstruosas parecidas a gárgolas. Todo estaba renegrido, los árboles desparramaban ramas hacia todos lados indicando que nunca los podaban, mientras los pastos estaban altos y crecían abriendo grietas a su antojo. Era claro que se encontraba en la parte más antigua del lugar.
En otras circunstancias no hubiera permanecido allí por más de un minuto, pero su sufrimiento era mayor que el pavor que inspiraba aquella metrópolis de muertos.

No tuvo que esperar mucho para que cayera la noche, mas con ella vino la tormenta. Empezó a relampaguear, cosa que Fernando agradeció, pues sin la luz fugaz de la tormenta no veía nada. Viendo solamente imágenes fugaces de lo que lo rodeaba, avanzaba en los momentos de total oscuridad con los brazos extendidos; y en uno de esos momentos de oscuridad escuchó que caminaban hacia él.  Los pasos sonaban pesados como los de una vaca, eran lentos, pausados, e intentaban interceptarlo. 
Para aumentar su terror, la tormenta relampagueó de nuevo, y lo que se acercaba a él era una de las estatuas monstruosas, pero ahora parecía viva y lucía mucho peor, como un demonio repugnante. La criatura se apoyaba en cuatro patas y avanzaba agazapada.  Fernando quedó paralizado de terror, e incapaz de moverse quedó esperando horrorizado que la criatura le saltara. Pero el monstruo se detuvo a un paso de él. Un relámpago iluminó algo parecido a una sonrisa en la cara repulsiva de la bestia. Retrocedió un poco y se alejó para desaparecer tras un panteón.  Entonces Fernando reaccionó, dio media vuelta y, antes de que pudiera dar un paso quedó paralizado ante una nueva imagen.  Vio a Marina, estaba parada frente a él.  Fernando sintió que iba a enloquecer ¿¡Qué era aquello!? ¿Una aparición de su amada muerta? ¿Acaso su espíritu lo había salvado? ¡Sí, eso era, ella lo había salvado!

- ¡Marina! -exclamó al dejar de verla, la oscuridad se había cerrado nuevamente.
- Sí, soy yo -contestó ella.

Un nuevo relámpago la iluminó de nuevo y lo siguió otro, y él pudo ver que ella estaba toda sucia de tierra y que su cara lucía algo diferente: unas arrugas y protuberancias en la frente la hacían lucir como si estuviera furiosa, y de su boca asomaban unos colmillos.  Al volver la oscuridad Fernando sintió que ella se abalanzaba sobre él y gritó de terror por primera vez. En ese preciso instante la tormenta arrojó un aguacero estruendoso sobre el cementerio, ocultando los gritos de Fernando, que era atacado por su esposa, ahora convertida en vampiro.

  


domingo, 17 de marzo de 2013

El invitado

Mary conducía su auto por una avenida llena de árboles que unían sus sombras a la oscuridad de la noche, y no estaba sola. Un viento frío gemía por todas partes, pasaba entre las casas, desarmaba los hilos de humo que se elevaban de las chimeneas, sacudía con furia a los árboles de las veredas y los jardines, haciendo volar hojas secas hacia todos lados. Y cuando cesaba por momentos las hojas caían lentamente yendo de un lado para el otro hasta que tocaban la calle.
Mary miró por el retrovisor y vio que le sonreían desde el asiento de atrás; era una carita diminuta de niña, le faltaban los dientes delanteros y tenía los ojos grandes y claros. Su acompañante era Florencia, su hija. La madre esperaba verla dormida, entonces le preguntó:

- ¿No puedes dormirte, mi vida?
- No tengo mucho sueño mami -le contestó Florencia con una voz aguda propia de una niña de su edad.
- Bueno. Ya falta poco para que lleguemos a casa, dentro de un ratito.

El auto siguió atravesando la avenida ensombrecida por los árboles. Las hojas voladoras se atravesaban en el camino, seguían al auto algunas, mientras el viento continuaba gimiendo por todos lados.
Al escuchar que el celular estaba sonando, Mary buscó dónde detenerse para contestar, y lo hizo frente a un gran terreno baldío. Era su jefe. Mientras hablaba con él escuchó que Florencia decía algo pero no le prestó atención porque la llamada era importante.  Cuando terminó de contestar vio que su hija había acercado su cara a la ventanilla y parecía estar dialogando con alguien que estaba afuera, mas cerca del auto no había nadie.

- ¿Qué estás haciendo, Florencia?
- Estoy hablando con un payaso -contestó la niña a su madre.

Mary quedó algo sorprendida por la respuesta. Al observar el terreno lo reconoció, y al recordar algo que había escuchado en las noticias hacía tiempo sintió miedo de repente. Más de dos años atrás, aquel terreno baldío había sido ocupado por un circo, y después de retirarse éste descubrieron allí el cadáver de un payaso, ya medio descompuesto pero aún con algo de maquillaje en el rostro.
Mary pensaba en eso cuando unas malezas se agitaron como si algo las moviera, y entre éstas apareció sorpresivamente la cara de un payaso de aspecto aterrador.  Tras lanzar un grito puso el auto en marcha y luego aceleró, y con un chirrido de llantas madre e hija se alejaron de allí; pero no se libraron del todo del payaso, pues en su inocencia la niña lo había invitado a su cumpleaños…

El planeta del terror

Los exploradores espaciales estaban confundidos con aquel planeta. Desde la órbita, los instrumentos indicaban que había vida en él, pero las lecturas eran raras, imprecisas.
A pesar de la poca información que se tenía sobre el planeta, se resolvió enviar una nave para explorarlo.  Un grupo de cinco astronautas bajó a la superficie. En la nave iba el capitán Jonson y sus subordinados: Smith, Anderson, Ortega y Lambert.
Desde la consola de la nave confirmaron el tipo de atmósfera que había en el lugar. Salieron con sus trajes espaciales puestos, pues la atmósfera era mortal para los humanos. Sin alejarse de la nave echaron un vistazo al tétrico paisaje del planeta.
Unas nubes muy oscuras se convulsionaban en el cielo; cruzaban velozmente, se arremolinaban, y toda esa actividad generaba relámpagos, pero a pesar de esa tormenta no caía ni una gota de agua.
La superficie era extrañamente parecida a un bosque terrestre. Los exploradores se miraron desconcertados.

- Aquí no puede existir este tipo de vida -dijo Anderson, mirando a su capitán.
- Es cierto - afirmó Jonson -. Con esta atmósfera no podría existir una vegetación así.

Como en toda exploración, cada uno llevaba un arma, y mirando hacia todos lados les quitaron los seguros: algo no estaba bien en aquel planeta.
De pronto, de atrás de un árbol surgió una niña pequeña que cargaba un muñeco en sus brazos.
La niña tenía el rostro inmóvil y la mirada inexpresiva, como si fuera una muñeca; en cambio el muñeco los miraba con malicia y sonreía.

- ¿¡Qué diablos es eso, capitán!? -exclamó Ortega, apuntando hacia el muñeco.
- ¡Tranquilos! No disparen. No creo que sea lo que parece, es… es algo más -dijo Jonson. 

Enseguida hizo su aparición otro personaje.  Era un lobo con cabeza de hombre. Aquella criatura caminó de un lado para el otro como una fiera enjaulada sin dejar de mirarlos, después se sentó sobre sus patas traseras.
Anderson gritó de repente; le habían tocado el hombro. Saltó hacia adelante y se volvió rápidamente; los otros también giraron, y entonces vieron a una persona sin rostro, que, extendiendo sus brazos buscaba dando manotazos al aire. Y en ese momento brotaron de todas partes unos gritos espeluznantes, carcajadas malignas y gruñidos roncos, y unas brujas calvas y decrépitas salieron volando del bosque aterrador y cruzaron por encima de grupo lanzando gritos y carcajadas.

- ¡Maldito planeta aterrador! -gritó Anderson - ¡Nos quiere matar de un susto!  
- Aparentemente sí. Debemos irnos de aquí. Esas cosas no pueden ser reales -observó Jonson, y agregó-. Dispárenles para ver cómo reaccionan.

Los hombres abrieron fuego; las criaturas ni se inmutaron, no eran reales.
Subieron a la nave y despegaron. En la nave principal dieron su reporte, que estaba respaldado por los videos que habían filmado las cámaras que llevaban en los cascos de los trajes espaciales.
Los científicos llegaron a la conclusión de que todo aquello era una especie de ilusión creada por algún ser con grandes poderes. Al planeta se lo llamó “El planeta del terror”. 

jueves, 14 de marzo de 2013

Una noche como esta

Don Echeverría divertía a los peones con cuentos de terror. Se reunían en un galpón, en torno a un fogata pequeña rodeada de piedras, y sentados allí escuchaban atentos las narraciones del viejo.
Esa noche estaba tormentosa. Relampagueaba cada tanto pero sin un trueno, era una tormenta muda aún, y los campos de los alrededores estaban por demás silenciosos. Las nubes se hallaban muy bajas y eran oscuras, haciendo que entre relámpago y relámpago todo quedara negro. La noche era ideal para un cuento de terror, el ambiente era perfecto.  Sentados en círculo los peones aguardaban expectantes.
El viejo levantó el hierro con el que atizaba el fuego, señalando hacia la puerta por donde entraban algunos relámpagos:

- En una noche como esta -comenzó Echeverría-, me pasó algo que casi me mata de terror.
- ¿Qué le pasó don? -preguntó uno de los presentes.
- Algo que no le deseo a nadie -le contestó-. Fue cuando viví en una casita de las que el gobierno construye en las zonas rurales. Eran unas casas pegadas unas con otras, en varias hileras, todas iguales eran aquellas casas, pintadas igual y todo -Echeverría hizo una pequeña pausa para agregar otro leño al fuego, las llamas crecieron y chisporrotearon; después continuó: -. Esa noche había tormenta, aunque todavía no llovía. Llegué a la casa algo tarde y me acosté en seguida. Estaba bien despierto, acostado en la oscuridad, y en eso veo que algo atraviesa la puerta, sin abrirla. Aunque estaba oscuro, como tenía puesto algo blanco, o era blanca más bien, alcancé a ver que era una mujer. Caminando lento pasó frente a la cama, fue hasta una esquina del cuarto, después se movió hasta la otra, como si buscara algo. Yo la seguía con los ojos, apenas respiraba para no hacer ruido.

Ella estaba mirando hacia una esquina, pero de un momento a otro me estaba mirando a mí, sin que la viera darse vuelta. Si les digo que cuando vi que se me arrimaba no temblé de miedo, les mentiría.
Agarró la frazada con que me tapaba y la tironeó hasta destaparme, después salio del cuarto atravesando de nuevo la puerta.
Aparte del susto de esa noche, me di cuenta de algo que me dio tremendo terror. Me acordé que siempre amanecía destapado, o me despertaba de noche sintiendo frío, pero no le había dado importancia porque creí que era yo mismo el que me destapaba -al terminar su historia Echeverría miró a cada uno de los presentes, agregando: -. Bueno, ahora váyanse a acostar, y tápense bien.  
      

La isla


Mi nombre es Jerónimo, y navegaba en un bote pequeño cuando una tormenta me sorprendió por la noche. Cada vez que relampagueaba aparecían las olas que me golpeaban desde todas direcciones.  Con el bote cabalgando en el lomo de olas blancas, hice lo que pude para no ser tragado por el mar, pero todo empeoró cuando la vela tomó una ráfaga violenta y poderosa. Entonces perdí en control del timón y el mástil de mi pequeño bote se quebró, dejándome a merced del mar enfurecido. Llovía copiosamente. El estruendo de la tormenta era infernal, y los fuegos de ésta me mostraban un mar que se levantaba cada vez más. Y cada vez que bajaba de una cresta se alzaba otra ola inmensa delante de mí.

lunes, 11 de marzo de 2013

El regalo de cumpleaños

Era el cumpleaños de Estela. Sus padres hicieron la fiesta en la casa. Se divirtió tanto con las compañeras de clase que invitó, que llegó a olvidar el suceso que la mantenía asustada desde unos días atrás. Cuando se fueron todos y sus padres limpiaban un poco el desorden de la fiesta, Estela fue hasta su cuarto. Allí habían dejado lo regalos, y aún no los había abierto. Le interesaba sobre todo el de sus padres. 
Sobre la cama había una caja grande, algo apartada de las otras, y al escuchar que algo se movía adentro quedó muy contenta, y emocionada se puso a desatar la cinta que cerraba la caja.  Su mente infantil no se dio cuenta de que adentro no podía estar el perrito que ella quería, porque no tenía ninguna perforación para que entrara el aire.
En ese momento, en la sala, su madre apilaba unas bandejas de plástico, y volviéndose hacia su esposo, que estaba juntando vasos, le dijo:

- Espero que a Estela le guste el regalo.
-  Claro que le va a gustar, si quedó como hipnotizada al ver aquella muñeca -opinó el padre de Estela.
- Pero es una muñeca vieja -repuso ella.
- Vieja no, antigua. Yo pensaba regalarle un perro como ella pidió, pero cuando me acompañó a la tienda de antigüedades el otro día, quedó encantada con la muñeca.
- ¿Estás seguro?
- Si… creo que sí -contestó él algo inseguro, pues al recordar la cara de la niña se le atravesó una duda.

En realidad Estela se había aterrado de la muñeca. En la tienda, la muñeca estaba sentada en un estante, y cuando la niña la miró ésta movió la boca, después transformó momentáneamente su cara en un rostro espantoso que paralizó de terror a Estela; pero al sentir aquella sensación espantosa, la niña sonrió nerviosamente, y fue lo que su padre vio e interpretó mal. Al otro día él volvió a la tienda y compró la muñeca.

Cuando Estela terminó de desatar la cinta, la tapa de la caja se abrió de golpe, la muñeca salió de ella velozmente y le saltó encima al tiempo que emitía un chillido horrible. Cuando sus padres llegaron al cuarto ya era muy tarde…

domingo, 10 de marzo de 2013

La película de terror

Atravesaron en camioneta una vasta zona desolada y triste. El cielo estaba nublado y lloviznaba.
Finalmente Matías y Norberto llegaron a su destino, una casona vieja abandonada desde mucho tiempo atrás. 
Los dos eran albañiles. Los habían contratado para reparar la estructura de la casa, pero sin modificar mucho su apariencia, porque sus nuevos dueños pensaban filmar en ella una película de terror; eso fue lo que les dijeron al contratarlos.  Como la casa estaba en un lugar tan remoto, debían quedarse en ella hasta concluir las reparaciones.

- No van a encontrar un escenario mejor para una película de terror -comentó Norberto apenas se bajaron.
- La verdad que sí, mete miedo este lugar -afirmó Matías, mirando el frente de la casa.

Norberto fue a abrir la puerta con la llave que le dieron los dueños del lugar, pero antes de introducirla en el cerrojo la puerta se abrió con un rechinido largo y lastimoso. Los dos se quedaron mirando, después Norberto avanzó hacia el interior, seguido por su compañero. Ingresaron a un salón oscurecido: las ventanas estaban tapiadas con maderas y el día gris apenas filtraba luz hacia el interior. Regresaron a la camioneta y volvieron con linternas.  Matías iluminó un sofá grande y pasó la mano por el polvo que lo recubría. Frente a éste había otro igual, y decidieron dormir allí; ninguno quería dormir en un cuarto: la casa les daba mala impresión.
Mientras limpiaban los sofás escucharon un golpe, y a la vez apuntaron las linternas hacia el comienzo de un corredor.

- ¿Qué fue eso? -preguntó Matías.
- A mi me pareció que cerraron una puerta de golpe -le contestó Norberto-. Vamos a revisar, la puerta estaba abierta, tal vez se coló alguien.
- No creo, por estos rumbos no anda nadie, y quién se va a animar a meterse aquí.
- Bueno, nosotros estamos aquí. Igual tenemos que revisar la casa, así que vamos.
- Tienes razón, pero primero vamos hasta la camioneta y traemos algo como para defendernos.
- Bien, aunque lo más probable es que haya sido el viento.

Cada uno tomó un martillo y volvieron a entrar. El primer cuarto que revisaron estaba vacío.
Avanzaron hasta el cuarto siguiente. Al entrar vieron que estaba amueblado: tenía una cama, un ropero inmenso, una antigua cómoda, y una mesita tipo escritorio.
Norberto le tocó el hombro a Matías y señaló hacia abajo de la cama, se acercaron, Norberto contó tres con los dedos y se agacharon a la vez. Bajo la cama no había nada, mas al levantarse vieron que sobre ella estaba acostada una anciana. Había aparecido de pronto donde unos instantes antes no había nada. La anciana vestía un camisón blanco y su pelo era gris. Los dos fueron retrocediendo hacia la puerta, la anciana giró la cabeza hacia ellos, sonrió y se elevó sobre la cama y quedó levitando.
Los dos salieron corriendo de allí. Al voltear sobre el hombro vieron que la anciana los seguía desplazándose con rapidez pero sin mover las piernas.
Escaparon de sus manos arrugadas por poco, subieron a la camioneta y se marcharon para no volver más.

Al otro día intentaron comunicarse con los dueños de la casa pero no pudieron hacerlo, no los encontraron, y nunca más supieron de ellos.
Sin saberlo, los dos habían participado en una secreta investigación sobre casas embrujadas. Los que los contrataron habían instalado cámaras dentro de la casa, y eran los mismos que engañaron a un jardinero en otro lugar embrujado.

sábado, 9 de marzo de 2013

Una sala de hospital

Mariano metió su camión dentro del terreno de un hospital. Uno de los hombres que trabajaba con él bajó para guiarlo con señas, porque tuvo que estacionarlo marcha atrás y el camión era grande y el espacio reducido. Después de algunas maniobras resoplaron los frenos de aire y el vehículo quedó quieto.  Mariano bajó y miró unos segundos la fachada del edificio: era grande, viejo, gris, y se parecía más a un castillo que a un hospital.
Traían unas cajas con delicados aparatos médicos. Mariano entró al hospital para averiguar dónde tenían que dejarlos. Preguntando llegó hasta la oficina del director. Éste parecía muy ocupado, y tapando con una mano el micrófono del teléfono que estaba atendiendo, le indicó a Mariano la ubicación de la sala donde debían dejar las cajas. Mariano le dejó una lista y un acuse de recibo:

- Después que bajemos todo usted tiene que firmar esto, y alguien tiene que controlar… -dijo Mariano.
- Sí, enseguida llamo a alguien -afirmó el director, y siguió atendiendo la llamada.

A Mariano le pareció poco seria la actitud de aquel tipo. Como él sí era responsable y tenía mucha experiencia, antes de ordenar que bajaran las cajas buscó la sala para conocer el corredor, las dimensiones de la puerta y algún posible obstáculo.
Dobló a la derecha como le indicaron y salió en un corredor solitario. Caminó bajo unos tubos de luz mortecina y titilante. Saturaba el aire del lugar un olor raro. Mariano volteó para ver si venía alguien; no quería andar solo allí, pero no andaba nadie.  Se detuvo frente a una puerta grande y ancha y supuso que aquel sería el lugar; mas enseguida escuchó algo que lo hizo creer que se había equivocado. Tras la puerta se arrastraban pasos lentos, se emitían gemidos y sonidos guturales.
Mariano asoció aquellos ruidos a la actividad de gente dopada, y se imaginó a un grupo de enfermos mentales arrastrando los pies por la sala, chorreando saliva por la boca abierta y balbuciendo incoherencias.  Aquello tenía que ser siquiatría, pensó, la habitación que él buscaba tenía que ser otra. Pero el lugar era demasiado lúgubre como para seguir solo; entonces se alejó de allí.  
Regresó después junto a sus empleados y el conserje del hospital. Grande fue su sorpresa cuando vio que el conserje se detuvo frente a la puerta de los ruidos y la abrió. Y de estar sorprendido pasó a sentir terror al ver que la habitación se hallaba vacía.

- ¿Qué… qué funcionaba aquí antes? -preguntó Mariano al conserje, mirando aquel lugar amplio y vacío con los ojos muy grandes.
- Durante muchos años aquí estuvo la morgue -le contestó.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Terror extraterrestre

William creyó que lo habían matado. Al despertar en una celda diminuta comprendió que su situación era mucho peor: los extraterrestres lo habían capturado.
Una civilización extraterrestre había invadido la tierra como una plaga devastadora. El ataque fue sorpresivo. Cuando sus naves aparecieron en lo radares ya era tarde, y aunque los gobiernos hubieran tenido más tiempo, el resultado hubiera sido el mismo.
Pero los humanos, obligados a luchar por sus vidas, por la existencia de la especie, ofrecieron una heroica resistencia. William luchó también y hasta liquidó a varios extraterrestres. No tenía miedo a morir; pero ser capturado era otra cosa, pues la especie invasora era ingeniosamente cruel, y practicaban horribles experimentos con los humanos. Lo combatientes sólo especulaban sobre qué tipo de crueldad practicaban aquellos seres a los que caían en sus manos; solamente algunos restos de cuerpos daban algún indicio, y al verlos la gente se horrorizaba.

Ya completamente conciente, William se arrastró hasta una esquina, y haciendo un esfuerzo se sentó recostando su espalda a la pared, que era metálica. En esa posición notó que un extraterrestre había observado todos sus movimientos. Estaba fuera de la celda, y la puerta de ésta era transparente como un cristal. El extraterrestre, calvo, de cabeza alargada, ojos pequeños y negros, nariz larga y flácida, sonreía mostrando sus dientes metálicos y puntiagudos. Estaba vestido de blanco, como un doctor aterrador, y miró a William a los ojos, sonrió más fieramente y accionó un control que tenía en la mano. Inmediatamente Wiliam sintió una descarga eléctrica en la espalda que le arrancó un grito. Las paredes estaban electrificadas ahora, y lo que era peor, comenzaban a desplazarse achicando la celda. El pobre prisionero se puso de pie a duras penas. La celda se hacía más y más reducida. Cuando quedó del ancho de un ataúd William tocó una de las paredes. La descarga lo hizo chocar con otra, y esta nueva descarga lo impulsó a recostarse en la pared opuesta, y así continuó unos segundos, hasta que la celda empezó a ensancharse. El extraterrestre de blanco se marchó; ya se había divertido. William se desmayó.

Al despertarse nuevamente supo que no era el único prisionero allí. Lo supo por los gritos desgarradores que venían de un lugar que se hallaba cerca de donde él se encontraba. Junto con los gritos se escuchaba el sonido de una máquina, y sonaba como la sierra sin fin de los carniceros. Cuando el sonido de la máquina aumentaba, aumentaban también los gritos, que eran más bien alaridos de dolor.
Vio como llevaban a varias personas al pasar frente a su celda, poco después empezaban los alaridos, y pronto le iba a tocar a él.  Experimentaba un creciente terror, y le parecía que el tiempo pasaba lentamente para él.  Luchaba contra el sueño para no dormirse, pero solamente consiguió retrasar lo inevitable.  Quedó profundamente dormido, y en ese dormir tan profundo la mente no se despierta aunque a su alrededor pasen cosas.
De pronto estaba en el asiento trasero de un auto. En la cabina de adelante iba un hombre y una mujer. Circulaban por un camino de tierra y los envolvía una nube de polvo levantada por otros vehículos que marchaban adelante. La mujer volteó hacia él, sonrió y lo saludó:

- Hola. Hasta que al fin despertaste.
- Hola. ¿Dónde estamos? -preguntó William, confundido.
- Te recatamos de una nave invasora que estaba en tierra; también rescatamos a otros -le respondió el hombre, que era el que manejaba.
- Gracias.
- De nada. Entre los humanos tenemos que ayudarnos.

De a poco el auto comenzó a marchar más lento hasta que se detuvo.

- ¿Qué le pasa a esta cosa? ¡Justo ahora! -protestó el que conducía-. No podemos quedarnos aquí.

Se bajó y fue a revisar el motor. William, que entendía de autos, se bajó también y le echó un vistazo.

- Creo que sé lo que le pasa -dijo William-. Trata de encenderlo ahora.

El hombre entró a la cabina y lo encendió. El ruido que produjo sonó sumamente extraño. “Un auto no debería sonar así”, pensó William “Ese sonido, ¿dónde lo he escuchado antes?”, y pensando se acordó, y se dio cuenta que aquello era un sueño, entonces despertó al horror de la realidad: le había llegado su turno.




lunes, 4 de marzo de 2013

El visitante nocturno

Sucedió esto cuando estuve internado en un hospital para niños. La infección de una cortada me había producido fiebre. Me internaron por la mañana. Después que limpiaron la herida de mi pierna fui llevado a una sala donde había otros niños. Me acompañaba mi madre. Me tocó una cama situada cerca de la pared donde se encontraba la puerta. En la cama siguiente estaba una niña que tosía seguido, mas cuando respiraba bien sonreía simpáticamente y hablaba con su madre con una vocecita algo ronca. De los otros niños que estaban allí no recuerdo casi nada.
Al mediodía trajeron una comida de aspecto desagradable que ni quise probar. La tarde pasó lenta, aburrida. Recibí la visita de unos parientes que se compadecieron de mí un buen rato, después  una enfermera entró y los hizo salir, si mal no recuerdo.
Con la llegada de la noche volvió la fiebre. Una doctora me dio una inyección después de consultar el termómetro. Me sumergí varias veces en sueños incoherentes, totalmente extraños y algo aterradores. Cuando despertaba lo hacía a medias.

Habían apagado las luces de la sala, pero como las paredes eran blancas y entraba algo de claridad por el ventanal, podía distinguirse bien todo lo que había allí. Mi madre estaba dormitando en una silla. Volteé la cabeza y me erguí un poco; los otros niños dormían inmóviles, y las madres de éstos también.  Escuché que abrían la puerta lentamente. Cuando miré, ésta se hallaba entornada, entonces algo pequeño entró corriendo rápidamente. Parecía una persona diminuta. Se detuvo frente a mi cama y quedó mirándome, y pude verlo bien: era un muñeco de trapo. Sentí que la piel se me erizó y experimente una sensación espantosa: sentí terror, un terror tan súbito que mi mente no lo soportó, las fuerzas me fallaron y fue como si cayera en un pozo. Después vi una imagen fugaz, y su recuerdo es menos nítido aún; creí ver al muñeco trepando en la cama de la niña de la tos.
Me despertó mi madre cuando ya estaba de día. Al acordarme del muñeco mi primer reacción fue mirar hacia todos lados, pero mamá tomó mis mejillas entre sus manos y lo impidió:

- Ahora que estás mejor vamos al salón de juegos -me dijo. Mientras ella hacía eso, dos enfermeras se ubicaron al lado de la cama, y a la vez me animaron a seguirla.
- En el salón de juegos te vas a divertir -dijeron.

Enseguida sospeche algo. Me di cuenta que no querían que mirara hacia la cama siguiente. Ya de pie eludí a una de las enfermeras y miré: terminaban de cubrir a la niña con una sábana: había muerto. No puedo describir todo lo que sentí en aquel instante, fue algo horrible. ¡La había matado el muñeco!, pensé. Y por mucho tiempo estuve seguro de ello, porque cuando me llevaron al salón de juegos vi al muñeco, realmente existía. Pero varios años después tuve mis dudas, pues si le creo a mi madre, más bien, si confió en su memoria, lo del muñeco bien pudo ser una pesadilla, porque según ella (yo no lo recuerdo) estuve en el salón de juegos (y por lo tanto vi al muñeco) antes de la noche en que falleciera la niña.  

domingo, 3 de marzo de 2013

El muro de la prisión

Actualmente sólo quedan ruinas de lo que antes fuera una prisión. Dichas ruinas están cerca de una carretera; no hay casas cerca, solamente campo. Por las noches se eleva de la zona una niebla fantasmal, baja, que se muebe lentamente y se disipa de pronto antes del amanecer. También se ven cosas más atemorizantes por allí, y la gente que pasa por la carretera se persigna, y hay muchas historias de terror sobre aquel lugar. Esta es una de ellas:

Por esa carretera caminaba Ricardo, una noche de luna llena. Al cruzar frente a las ruinas vio que una luz se paseaba por ellas. Viéndola a la distancia, la luz parecía ser una esfera. No iluminaba su entorno como lo haría una luz común, era como un manchón de claridad entre la niebla que flotaba sobre los restos de la prisión. Avanzaba lentamente al lado de lo que quedaba de una pared. Se movía oscilando; bajaba, subía, se hamacaba hacia los lados.
Enseguida Ricardo pensó que estaba viendo una “luz mala”, un fuego fatuo.  Empezó a correr para alejarse cuanto antes de aquella zona, y al hacerlo la luz comenzó a avanzar hacia él rápidamente.
Por la velocidad con que se movía, Ricardo, aterrado, supuso que lo iba a alcanzar; mas en determinado punto la luz mala se detuvo y se movió hacia un costado como si intentara flanquear un obstáculo.
Ricardo siguió corriendo un buen trecho. Al voltear ya no vio la luz mala; había desaparecido tan repentinamente como surgió.
Volvió a pasar por el lugar unos días después, pero bajo la luz del sol, y al cruzar mirando rumbo a las ruinas, se dio cuenta que la luz mala se había detenido en una línea de ladrillos, que era lo único que quedaba del viejo muro de la prisión.