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jueves, 14 de marzo de 2013

La isla


Mi nombre es Jerónimo, y navegaba en un bote pequeño cuando una tormenta me sorprendió por la noche. Cada vez que relampagueaba aparecían las olas que me golpeaban desde todas direcciones.  Con el bote cabalgando en el lomo de olas blancas, hice lo que pude para no ser tragado por el mar, pero todo empeoró cuando la vela tomó una ráfaga violenta y poderosa. Entonces perdí en control del timón y el mástil de mi pequeño bote se quebró, dejándome a merced del mar enfurecido. Llovía copiosamente. El estruendo de la tormenta era infernal, y los fuegos de ésta me mostraban un mar que se levantaba cada vez más. Y cada vez que bajaba de una cresta se alzaba otra ola inmensa delante de mí.

Creí que ese iba a ser mi fin. “Hasta aquí llegué”, pensé, y de alguna manera me resigné. Después de todo el mar me había dado mucho, y lo había desafiado tantas veces que no era extraño ni deshonroso morir en él. Prefiero que mi tumba sea el mar y no un hueco de tierra en un cementerio triste.
Pero de pronto surgió la esperanza, cuando unos relámpagos iluminaron todo y divisé una isla. Mas enseguida otros relámpagos mostraron que la costa de dicha isla estaba crispada de rocas angulosas que emergían entre la espuma. ¡Esta la hiciste buena! -le grité al mar, y me eché a reír como un loco.

La corriente me arrastró hasta las rocas y mi bote se hizo pedazos con un terrible estruendo. No sé como pude sobrevivir a ese choque. La misma rompiente que pudo despedazarme me arrojó hasta la playa. Cuando toqué tierra me arrastré entre la espuma hasta que me sentí a salvo.
Tras recuperarme un poco me puse de pié y caminé isla adentro. La tormenta se alejó mar adentro. Las nubes que estaban sobre la isla se abrieron y asomó la luna llena, iluminando unas dunas de arena. No tenía ni la menor idea de dónde me hallaba. Atravesé las dunas y vi el otro extremo de la isla y, al voltear hacia la izquierda divisé el contorno de las casas de un pequeño pueblo.
Al acercarme escuché voces. No se veía ninguna luz. Las sombras de las casas mantenían al pueblo sumergido entre penumbras, sólo los techos se veían claramente al reflejar la luz lunar.

Al caminar entre las construcciones las voces callaron de pronto, y luego de un profundo silencio, desde varios puntos sonaron varias voces al mismo tiempo. “¡No es bienvenido aquí!”, dijeron. Mirando hacia todos lados, vi unas figuras claras pasar frente a las ventanas, y entre la oscuridad distinguí algunos rostros sin cuerpo que me miraban. Entonces experimenté un espantoso escalofrío, y azuzado por el terror me alejé corriendo de aquel lugar lleno de fantasmas.
Poco después amaneció. Volví al pueblo cuando el sol estaba bien alto. No me quedaron dudas de que era un pueblo fantasma que estaba embrujado. En el lugar no había nadie, todo indicaba que lo habían abandonado hacía mucho tiempo. Tuve que sobrevivir en aquella isla de terror un par de días más hasta que me rescataron.

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