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martes, 19 de marzo de 2013

Terror en el cementerio

El entierro de Marina fue terriblemente triste. Era muy joven, se había casado hacía poco y murió violentamente en circunstancias misteriosas incluso para la policía.
Todos sentían pena por Fernando, su esposo, ahora viudo. Él, con la mirada hacia el suelo, contemplaba la tierra negra que estaba sobre el ataúd donde se encontraba ella.
De a poco la gente se fue retirando. Se despedían de Fernando. Algunos le decían alguna frase consoladora y se marchaban; otros le apoyaban la mano en el hombro dándole fuerzas en silencio. Él agradecía asintiendo con la cabeza pero sin despegar la mirada del suelo donde se hallaba ella.
Se acercaba el final del día. Unos nubarrones gigantescos se fueron asociando en el cielo hasta que lo cubrieron todo.  Bajo aquella luz de ocaso, opacada más por la tormenta que se acercaba, el cementerio, ya desolado, lucía mucho más lúgubre que al comienzo del entierro.
Fernando consideró que ya era hora de despedirse, pero, ¡que amargo era aquel momento! Ella iba a quedar allí, sola, entre tantos muertos… en un lugar tan horripilante. Pensando en eso, él desparramó su mirada por el campo santo.  No estaba listo, debía quedarse con ella unas horas más, una noche más.  Pero vio que su plan no iba a ser tan sencillo de ejecutar, porque recorriendo el lugar con la mirada, vio al viejo enterrador caminando entre las tumbas. Si lo descubría iba a hacer que se marchara.

Cuando dejó de ver al viejo salió caminando en dirección contraria, rumbo al fondo del cementerio, con la intención de permanecer oculto hasta bien entrada la noche, para luego volver a la sepultura de su amada.
El cementerio era enorme. Alcanzó una zona donde nunca había estado. . Abundaban allí los panteones y las estatuas de personas, de ángeles, y de unas criaturas monstruosas parecidas a gárgolas. Todo estaba renegrido, los árboles desparramaban ramas hacia todos lados indicando que nunca los podaban, mientras los pastos estaban altos y crecían abriendo grietas a su antojo. Era claro que se encontraba en la parte más antigua del lugar.
En otras circunstancias no hubiera permanecido allí por más de un minuto, pero su sufrimiento era mayor que el pavor que inspiraba aquella metrópolis de muertos.

No tuvo que esperar mucho para que cayera la noche, mas con ella vino la tormenta. Empezó a relampaguear, cosa que Fernando agradeció, pues sin la luz fugaz de la tormenta no veía nada. Viendo solamente imágenes fugaces de lo que lo rodeaba, avanzaba en los momentos de total oscuridad con los brazos extendidos; y en uno de esos momentos de oscuridad escuchó que caminaban hacia él.  Los pasos sonaban pesados como los de una vaca, eran lentos, pausados, e intentaban interceptarlo. 
Para aumentar su terror, la tormenta relampagueó de nuevo, y lo que se acercaba a él era una de las estatuas monstruosas, pero ahora parecía viva y lucía mucho peor, como un demonio repugnante. La criatura se apoyaba en cuatro patas y avanzaba agazapada.  Fernando quedó paralizado de terror, e incapaz de moverse quedó esperando horrorizado que la criatura le saltara. Pero el monstruo se detuvo a un paso de él. Un relámpago iluminó algo parecido a una sonrisa en la cara repulsiva de la bestia. Retrocedió un poco y se alejó para desaparecer tras un panteón.  Entonces Fernando reaccionó, dio media vuelta y, antes de que pudiera dar un paso quedó paralizado ante una nueva imagen.  Vio a Marina, estaba parada frente a él.  Fernando sintió que iba a enloquecer ¿¡Qué era aquello!? ¿Una aparición de su amada muerta? ¿Acaso su espíritu lo había salvado? ¡Sí, eso era, ella lo había salvado!

- ¡Marina! -exclamó al dejar de verla, la oscuridad se había cerrado nuevamente.
- Sí, soy yo -contestó ella.

Un nuevo relámpago la iluminó de nuevo y lo siguió otro, y él pudo ver que ella estaba toda sucia de tierra y que su cara lucía algo diferente: unas arrugas y protuberancias en la frente la hacían lucir como si estuviera furiosa, y de su boca asomaban unos colmillos.  Al volver la oscuridad Fernando sintió que ella se abalanzaba sobre él y gritó de terror por primera vez. En ese preciso instante la tormenta arrojó un aguacero estruendoso sobre el cementerio, ocultando los gritos de Fernando, que era atacado por su esposa, ahora convertida en vampiro.

  


20 comentarios:

EvaBSanZ dijo...

Como a mi me gustan. Maravilloso relato.

Un saludo

Gastón Brizuela dijo...

Exelente Amigo como siempre!!!

No olvides de pasar por mi humilde blog!! ;)

Anónimo dijo...

Exelente!!

Jorge Leal dijo...

¡Hola Gastón! Estabas deaparecido. Ya leí tu nuevo cuento, muy bueno. Saludos.

Anónimo dijo...

Está muy bueno

Anónimo dijo...

Me sirvio para lo q me habian dejado

Gastón Brizuela dijo...

Gracias amigo!!!

Anónimo dijo...

Chido cuento

Anónimo dijo...

Buenisimo

Anónimo dijo...

Gracias. mmm ok.

Anónimo dijo...

Ok..

Anónimo dijo...

Me gusto muy bonito jorge ya los lei todos.te deceo lo mejor.

Jorge Leal dijo...

Gracias. Saludos.

Anónimo dijo...

Q chevere son todas estas historias

francisco villagran dijo...

Genial
Excelente cuento igual que los otros

hugoveyron16 dijo...

Muy buen relato y que valor el de Fernando si que amaba a su Marina,saludos!!

Anónimo dijo...

Me dio miedo,,,,:(

Anónimo dijo...

Excelente, en verdad muy pocos escritores son tan buenos, y Jorge Leal es uno de ellos, te hace quedarte pegado a la pantalla a leer la historia hasta el final, una vez que empiezas a leer una de sus historias no paras hasta terminar. Es un excelente escritor, tiene mucho talento, saludos desde cancun, mexico

Jorge Leal dijo...

Muchas gracias por tan generoso comentario. Qué puedo decir, tienes razón ¡Jaja! En serio, agradezco tu opinión. Te aseguro que el esfuerzo y las ganas que he puesto en este blog son enormes, y me alegra ver que ha dado sus frutos. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Genial 😎 te felicito el cuento me dejo asombrada 😲 bravo 👏

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