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miércoles, 6 de marzo de 2013

Terror extraterrestre

Después de una tremenda conmoción, William creyó que lo habían matado los extraterrestres. Al despertar en una celda diminuta y fría comprendió que su situación era mucho peor, y se llenó de terror: los extraterrestres lo habían capturado.

Desde hacía ya varios terribles años, una civilización extraterrestre había invadido la Tierra, y la estaba arrasando como una plaga devastadora. El primer ataque fue sorpresivo y letal. Cuando sus incontables naves aparecieron en lo radares ya era tarde, y tan devastadora era esta fuerza que, aunque los gobiernos hubieran tenido más tiempo para reaccionar, el resultado hubiera sido el mismo porque eran muy superiores en varios aspectos.

Pero los pobladores de este planeta, los humanos, obligados a luchar por sus vidas como fuera, no por política, tierras ni petróleo, como en otras guerras, sino por la existencia de la especie, ofrecieron una heroica resistencia, aunque en muy desiguales condiciones. William luchó también en esa guerra por la supervivencia, y lo hizo tan bien que hasta liquidó a varios extraterrestres, cosa que era muy difícil. Él no tenía miedo a morir; pero ser capturado, apresado por aquellas cosas, era otra cosa, porque la horripilante especie invasora era ingeniosamente cruel (mucho más que los humanos), y practicaban todo tipo de horribles experimentos y pruebas crueles con los humanos. Caer en aquellas manos-garras era el terror de todos los combatientes. 

Lo combatientes humanos, los pocos que iban quedando, sólo especulaban sobre qué tipo de crueldad y experimentos practicaban aquellos seres a los que caían en sus manos; solamente algunos restos de cuerpos daban algún indicio terrible, y al verlos la gente se horrorizaba. El resto de la información solo eran rumores.

Después de un confuso momento de oscuridad, empezó a recordar. Ya completamente consciente, y aterrado, el pobre William se arrastró como pudo hasta una esquina, y haciendo un esfuerzo supremo se sentó recostando su espalda a la pared, que era metálica y muy fría. En esa posición notó con horror y espanto, que un extraterrestre había observado atentamente todos sus movimientos. Aquel se repulsivo estaba fuera de la celda, y la puerta de ésta era transparente como un cristal. El extraterrestre, era calvo, de cabeza alargada, ojos pequeños y negros llenos de malicia, nariz larga y flácida, y sonreía mostrando unos dientes metálicos, amenazantes y puntiagudos. Estaba vestido todo de blanco, como un doctor aterrador, y siempre sonriendo aterradoramente miró a William a los ojos, sonrió más fieramente todavía, y accionó un control que tenía en la mano.

 Inmediatamente el prisionero sintió una poderosa descarga eléctrica en la espalda que le arrancó un grito y lo hizo doblar. Las paredes metálicas estaban electrificadas ahora, y lo que era peor, comenzaban a desplazarse lentamente achicando la celda. El pobre prisionero se puso de pie a duras penas en su desesperación y debilidad. La ya pequeña celda se hacía más y más reducida a una velocidad mayor. Cuando quedó del ancho de un ataúd, uno de paredes terribles, William no pudo evitar que su cuerpo tocara una. La inmediata descarga lo hizo chocar con otra, y esta nueva descarga lo impulsó a recostarse en la pared opuesta, y así continuó unos segundos, que para él fueron horas, hasta que la celda empezó a ensancharse. El extraterrestre de blanco lanzó una especie de carcajada y se marchó; ya se había divertido. William se desmayó.

Al despertarse nuevamente después de otro tiempo de confusión, se enteró de que no era el único prisionero en aquel lugar de terror. Lo supo por los gritos desgarradores que venían de un lugar que no se encontraba muy lejos de donde él se encontraba, a juzgar por la potencia de los gritos. Junto con los gritos y sonidos guturales se escuchaba el sonido de una máquina, ¡y esta sonaba como la sierra sin fin de los carniceros! Cuando el horrible y aterrador sonido de la máquina aumentaba, a la par aumentaban también los gritos y su intensidad, que eran más bien alaridos desesperados de dolor y agonía.

Completamente presa del terror, vio como llevaban a rastras a varias personas cuando estas pasaban frente a su celda. Poco después empezaban los alaridos, y dentro de poco le iba a tocar a él.  Experimentaba un creciente terror, y le parecía que el tiempo pasaba lentamente para él, como si hasta este quisiera castigarlo, o fuera parte de algo manipulado por los extraterrestres.  Se encontraba terriblemente cansado, sin energía, y luchaba contra el sueño para no dormirse, pero contra ese adversario solo se consigue retrasar lo inevitable. Y se quedó profundamente dormido, muy a pesar suyo, y en ese dormir tan profundo la mente no se despierta aunque a su alrededor pasen cosas.

De repente se encontraba en la parte trasera de un vehículo, una camioneta grande. Adelante, en la cabina iba un hombre y una mujer. El vehículo cruzaba por un camino rural de tierra, y los envolvía una nube de polvo levantada por otros vehículos que marchaban adelante. La mujer de pronto volteó hacia él, sonrió y lo saludó:

-Hola. No te inquietes. Hasta que al fin despertaste, muchacho. Nos tuviste preocupados, pero yo les dije que era solo sueño, mucho cansancio. ¿Estás mejor?
-Hola. sí, gracias, pero, ¿dónde estamos, hacia dónde vamos? ¿Cómo llegué aquí? -preguntó William, confundido.
-Un grupo de sobrevivientes te recatamos a ti y a otros más, a duras penas, de una nave invasora que estaba en tierra-le respondió el hombre, que era el que manejaba.
-Gracias, muchas gracias.
-De nada, amigo. Entre los humanos tenemos que ayudarnos en estos tiempos, sino estamos perdidos.

Más adelante, de a poco la camioneta comenzó a marchar más lento, como si perdiera fuerza, hasta finalmente se detuvo.

-¿Qué le pasa a esta condenada camioneta? ¡Justo ahora! -vociferó enojado el que conducía-. Ahora no, por favor, no podemos quedarnos aquí, ¡arranca!

Se bajó enfadado y de mala gana fue a ver qué tenía el motor. William, que sabía bastante de vehículos y ahora se sentía mejor, se bajó también y le echó un vistazo, tratando de ser útil.

-No estoy seguro pero creo que sé lo que le pasa. Fíjate ahí -dijo William-. Ya ves, creo que era eso, ahora trata de encenderlo a ver qué pasa.

El hombre volvió a la cabina y giró la llave, encendía. Pero el ruido que salió de aquel motor fue sumamente extraño. “Este motor no debería sonar así”, pensó William “Este no es el ruido de él y, ese sonido, me recuerda a uno que he escuchado antes, ¿pero dónde?”, y pensando recordó de pronto, y al mismo tiempo se dio cuenta de que aquello era un sueño. Entonces despertó al terror de la terrible realidad: Todavía era prisionero y ahora era su turno.




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