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lunes, 25 de marzo de 2013

Un mal augurio

En esa época yo era monaguillo de la iglesia del pueblo donde vivía.  El padre Gilberto se preparaba para dar una misa nocturna al cumplirse el aniversario del fallecimiento de un señor de la congregación.
Dos seminaristas, el padre Gilberto y yo, nos encontrábamos en la sacristía. Los dos jóvenes escuchaban atentamente unos consejos que el veterano párroco les regalaba, y yo escuchaba también aunque sin entender casi nada pues era un adolescente.  
Ya había caído la noche sobre el pueblo. Los perros del lugar aullaban en coro por momentos, y uno de los seminaristas hizo esa observación:

- ¿Por qué estarán llorando esos perros? -preguntó.
- No lloran -aclaró el padre Gilberto-. Aúllan, que no es lo mismo. Es un hábito instintivo de cuando eran lobos y la manada se mantenía comunicada así.
- Si pero, ¿por qué esta noche aúllan tanto? -preguntó el otro seminarista, volviendo la cabeza en dirección del coro de perros.
- ¿Será un mal augurio de algo…? -planteó el primero a modo de pregunta.
- Nada de eso, sólo aúllan. Tal vez alguna perra en celo los está alborotando, quién sabe. Ahora vamos a terminar de prepararnos -y volviéndose hacia mí el padre dijo-. Ve a tocar la campana, Miguel.

Salí de la sacristía. Atravesé el templo, que estaba vacío y silencioso, y salí por una puerta que daba a un corredor exterior. El corredor estaba formado por el alto muro del templo y la pared de una casa de retiro espiritual que estaba al lado. El corredor se encontraba oscuro. La lámpara que normalmente lo iluminaba se hallaba apagada. En el otro extremo de aquel túnel de oscuridad estaba la soga de la campaña.  Dudando ante la oscuridad, escuché el lastimoso coro de perros; habían redoblado sus aullidos, eran largos y los repetían una y otra vez, y me imaginé a los perros con el hocico hacia arriba, las orejas hacia atrás, y recordé lo del mal augurio.
Todavía estaba allí, dudando, cuando sin previo aviso una voz potente sonó clara en aquel lugar:

- ¡Llama al padre Gilberto! -dijo la voz, y al escucharla se me erizó la piel y experimenté un escalofrío espantoso.

En la oscuridad se movía algo, o era la misma oscuridad, no sé. Huí a toda prisa y así llegué a la sacristía.  Con la voz temblorosa apenas pude hacerme entender, mas el padre Gilberto pareció comprender enseguida. Sin dar explicaciones buscó un libro en un armario, y poniéndose una estola que también guardaba allí, nos dijo que no saliéramos, que nos quedáramos en el templo, y que rezáramos por él. Después salió al corredor.
Los seminaristas no entendían nada o estaban tan aterrados como yo, pues sólo se miraban con los ojos muy grandes sin decir palabra. Después de unos minutos empezó a sonar la campana, haciendo que nos estremeciéramos al tomarnos por sorpresa. Finalmente uno de los jóvenes se armó de valor, fue a buscar algo y volvió de la sacristía con una linterna. Luego los dos fueron hacia el corredor de afuera. Lamentablemente los seguí sin que lo notaran, no sé por qué, tal vez temí más quedarme solo.
Cuando la linterna iluminó el lugar, el padre Gilberto colgaba de la soga de la campana, atado por el cuello, haciendo que ésta sonara al balancearse su cuerpo como un péndulo.
Aunque no encontraron pistas de que alguien más anduviera allí, y la policía cerró el caso como un suicidio, yo no lo creía. Y cuando años después me enteré que el padre Gilberto había hecho varios exorcismos, concluí que su asesino fue un demonio.

2 comentarios:

  1. Tus cuentos son muy entretenidos, y lo mejor es que tenes una forma particular de relatarlos que producen al lector meterse en tus cuentos,saludos nicolas

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