¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

lunes, 29 de abril de 2013

El brujo

El sol corona el cielo y quema sin piedad la vasta llanura de la sabana africana. Tierra ardiente, pastizales amarillentos, matorrales y árboles espinosos dominan aquel paisaje, y en medio de esa vastedad se encuentra la aldea; y en ella está sucediendo un drama. Dentro de una choza primitiva agoniza el hijo del jefe. Es un muchacho de quince años. Se encuentra tendido sobre unas pieles de animales; a su izquierda está su padre; y del otro lado, arrodillado en el suelo, moviendo el torso hacia adelante y hacia atrás mientras repite algunas frases, se encuentra un viejo y poderoso médico brujo.  
El muchacho no se mueve y apenas respira: esa mañana lo mordió una víbora mortal, una mamba negra.
Fuera de la choza, los aldeanos realizan sus rutinarias tareas y voltean hacia ésta cada tanto. Algunos pasan frente a la choza, curiosos y algo asustados a la vez, ya presintiendo una desgracia.
Cuando el jefe ordenó que trajeran al brujo, amenazó diciendo que si éste no sanaba a su hijo lo iba a matar.  La gente de allí le temía al brujo, pues solían poseerlo espíritus malignos. Nadie quería que el jefe cumpliera su palabra por temor a la venganza del brujo, aunque se inclinaban a creer que el curandero podía salvar al muchacho; pero la duda siempre encuentra un lugar en la mente, y enseguida ésta le abre la puerta al miedo.

Dentro de la choza, el viejo extiende las manos sobre el pecho del agonizante, después levanta la mirada hacia el jefe y le dice:

- No puedo hacer nada. El veneno que corre por sus venas tiene una energía muy poderosa y ya se ha adueñado de su espíritu.
- ¡No! -grita el jefe, y apunta su adornada lanza hacia el anciano curandero-. ¡Tienes que curarlo, brujo! ¡Es mi hijo! ¡Te lo exijo!

En ese momento el convaleciente deja de respirar, y su padre lo nota. ¡No! -grita enfurecido el dolido padre. Y seguidamente descarga toda su furia en el anciano, y el lanzazo es certero y mortal.    
El jefe llama después a los guardias y ordena que arrojen el cuerpo del brujo fuera de la aldea. La gente mira como sacan al vetusto cuerpo a rastras. Al observar la mirada del brujo se cubren la cara horrorizados, pues ahora exhibe una mirada extraña, maligna.  Abandonan el cuerpo a unos cien metros de la empalizada espinosa que rodea y protege la aldea.
Pasan unas horas. El sol empieza a bajar por un cielo que se volvió púrpura. En las cercanías resuenan gritos de hienas. Algunas se asoman entre los pastos, olfatean el aire, gritan como si lanzaran carcajadas y se van arrimando al cuerpo de a poco, intimidadas por la cercanía de la aldea. Después de algunos acercamientos y huidas repentinas, las bestias se animan, se amontonan en torno al cuerpo y, entre gritos y gruñidos hacen su trabajo. Después algunas huyen cargando trozos de carne entre sus poderosas mandíbulas. 

La noche cubre ahora la sabana. En la aldea hay fogatas, repiquetean tambores primitivos y la gente danza y canta; el ritual es en honor al hijo fallecido del jefe.  Con el éxtasis del ritual pretenden olvidar el miedo que sienten por el brujo asesinado, y danzan en círculo, y repiquetean los tambores, crecen las llamas de las fogatas, y continúa el ritual.  Pero de pronto unos gritos aterradores hacen que todos se callen y se silencien los tambores. Los gritos vienen del exterior de la aldea, la rodean, están por todos lados. No son gritos animales ni humanos. Los aldeanos, llenos de terror, se acercan más a las fogatas. Algunos guerreros toman sus lanzas, pero el enemigo no se muestra, y el terror crece.
El jefe, que está dentro de la choza, al lado del cuerpo de su difunto hijo, advierte los terroríficos gritos, pero éstos cesan de repente.  Asustado, sale de la choza y encuentra una escena de terror: todos están en el suelo, como muertos, y sobre ellos flota la aparición del médico brujo. Y para aumentar el terror que paraliza al jefe, repentinamente todos se incorporan, giran la cabeza hacia él, lanzan alaridos de furia y corren en su dirección.
Unas horas después los aldeanos despiertan de un trance profundo, miran hacia todos lados, se interrogan unos a otros; no recuerdan qué pasó después de los gritos horripilantes. La noche está silenciosa. Unos guardias buscan al jefe, no lo encuentran, entonces se suman todos a la búsqueda, y al hallar unos huesos humanos visiblemente roídos, rápidamente concluyen que aquello fue obra del brujo y de los demonios que asolaron la aldea.   

sábado, 27 de abril de 2013

Desde la ventana

Se acercaba una tormenta y no estábamos en una zona buena.  En esa ocasión me acompañaba Vicente, un amigo, y andábamos de caza.  El monte en donde nos hallábamos estaba apenas por encima del nivel del río que corría a nuestra izquierda; y por todos lados se veían indicios de que esa zona se inundaba fácilmente. Oscuros nubarrones cubrieron rápidamente todo el cielo, y bajo la fronda del monte la tarde se oscureció más.
Aún no habíamos escuchado ningún trueno, pero la tormenta se sentía muy próxima, y calculamos que si volvíamos sobre nuestros pasos la lluvia nos iba a agarrar en aquella zona baja.  Creímos conveniente avanzar de forma transversal al río, y así alejarnos de allí.
Repentinas ráfagas de viento, un viento fuerte, cargado de humedad, sacudían las copas de los árboles, y se detenían de pronto, y el monte quedaba silencioso, para luego volver a llenarse de rumores con otra ráfaga repentina.

Cruzamos un par de arroyuelos turbios, con el agua por el pecho. Nos abrimos paso entre las ramas de la espesura, atravesamos una zona fangosa, y por fin el terreno comenzó a elevarse, aunque la vegetación siguió igual de tupida.   Los rifles que llevábamos se nos hacían cada vez más pesados, al igual que nuestras mochilas; pero teníamos que seguir avanzando lo más rápido que pudiéramos. 
Nuestra situación apenas había mejorado, pues en esos terrenos inclinados corren fuertes corrientes cuando llueve mucho; teníamos que llegar a la cima.
En una parte donde el suelo estaba bastante inclinado, estábamos por salir del monte cuando, al levantar la vista divisé una casa,  detuve a Vicente con el brazo y señalé hacia arriba. Observamos la casa por un rato, llegando a la misma conclusión:

- Es una casa abandonada -afirmó Vicente.
- Parece que sí -le dije. Pero por precaución la observamos otro poco.
Varios tipos de plantas trepaban por las paredes hasta coronar el techo. Casi todo su revoque había caído y se veían los ladrillos. 

Desde nuestra posición, veíamos la casa y, como un telón de fondo, la tormenta que iba creciendo, y de repente unos relámpagos resquebrajaron el cielo, y un trueno estruendoso los siguió, y otros relámpagos, haciendo que la fachada de la casa luciera aterradora.
Seguimos subiendo hasta llegar al patio. Al mirar hacia atrás, vimos la imponente vista que se dominaba desde allí.  Se veía, allá abajo,  una enorme extensión de monte negro, y más allá el cause zigzagueante del río, que a esa hora y con el cielo nublado estaba gris oscuro. Después del río se extendía otro monte, luego unos cerros arredondeados, tapizados de vegetación.
Un nuevo trueno nos hizo estremecer, y a la vez volteamos hacia la casa y vimos que una niña pequeña nos observaba desde una de las ventanas. Sin darnos tiempo a reaccionar ni a movernos, otras personas aparecieron en la ventana; una mujer y un hombre. Un instante después de aparecer de la nada, miraron hacia atrás, como si hubiera algo dentro de la casa, y desaparecieron ante nuestros aterrados ojos.
Entonces vimos algo mucho más aterrador, que enseguida nos arrancó un grito de terror. Era algo difícil de describir, pues parecía no ser sólido, y no tenía facciones definidas, solamente era una enorme cabeza fantasmagórica que nos miraba desde a través del vidrio.
Otro estruendo nos estremeció y reaccionamos; volteamos hacia otro lado y huimos de allí.
Apenas nos alejamos comenzó a llover torrencialmente. Pasamos una noche espantosa, soportando la tormenta bajo una lona que llevábamos, pero fue mucho peor el instante de terror que pasamos frente a aquella ventana.

jueves, 25 de abril de 2013

El hombre de negro

Javier recogía nueces en el bosque. Entre los árboles había caminos que doblaban aquí y allá, subían, bajaban, atravesando tanto zonas dominadas por una luz crepuscular como claros luminosos. Cuando el muchacho encontraba nueces las recogía y las guardaba en un bolso, para enseguida seguir su búsqueda.
De pronto sintió que algo había cambiado. Se detuvo y miró hacia todos lados. No se escuchaba ni un ruido; los pájaros se habían ido, y arriba, entre las copas de los árboles, unas nubes grises cruzaban presurosas por el cielo.  Entonces emprendió el regreso, pero en su apuro se confundió de camino y se perdió por un buen rato.   El bosque es un lugar muy distinto cuando se aproxima una tormenta. Los animales lo presienten, huyen, se esconden, y el silencio se acentúa. Basta que disminuya un poco la luz para que los senderos luzcan diferentes.

La tormenta crecía. El cielo se nubló completamente, y entre los árboles estaba más oscuro, casi como si fuera de noche.  Repentinamente se escucharon truenos. Javier comenzó a asustarse. Un viento empezó a agitar el bosque, los árboles se retorcían, volaban hojas y caían ramas, y de pronto todo quedaba quieto, para luego volver el desbarajuste de ramas, de hojas volando por todos lados, de crujidos, rechinidos, y la oscuridad que crecía.
Súbitamente empezó a llover. Un aguacero macizo descendió del cielo chocando contra el bosque con estruendo. Pronto Javier estuvo empapado y no veía casi nada. Aunque logró volver al sendero correcto, la falta de luz y el aguacero que borroneaba todo lo hicieron dudar. Al pasar al lado de un árbol inmenso, alguien cubierto de negro hasta la cabeza salió de atrás de éste. Una especie de capucha mantenía su cara en la oscuridad. Apareció tan rápido que arrancó un grito a Javier, y en ese preciso momento estalló un rayo en el cielo, y la luz del fogonazo iluminó un instante el rostro del encapotado, y era la cara del padre de muchacho. Javier sonrió nerviosamente y tuvo que gritar para hacerse oír sobre el estruendo de la tormenta:

- ¡Papá! ¡Que susto me diste! ¡estaba medio perdido, y esta tormenta…!
- Vamos a casa -dijo el encapotado. Javier apenas lo escuchó, aun así le resultó un poco extraña la voz de aquel, y no recordaba que su padre tuviera una capa de aquel color; pero había visto su rostro, así que lo siguió.

En un campo cercano al bosque, en una casa solitaria, los padres de Javier estaban preocupados porque éste aún no regresaba, y afligidos observaban desde la ventana la tormenta que crecía furiosa afuera.     

martes, 23 de abril de 2013

Terror en el desierto

Su unidad sobrevolaba en helicóptero el desierto de Afganistán, cuando la cola de la máquina
fue alcanzada por un misil.  El helicóptero comenzó a girar vertiginosamente mientras se precipitaba.
En uno de los giros Eliot fue despedido, amortiguo su caída una duna de arena, mas enseguida empezó a rodar colina abajo. Rodó envuelto en arena largo trecho. Cuando se detuvo estaba inconciente, y así estuvo hasta el atardecer.
Al recuperar la conciencia se levantó, aunque algo mareado aún, y giró en todas direcciones,  no encontrando ni rastro de su unidad ni del helicóptero; estaba solo y perdido en el desierto. 
Ahora el enemigo era el menor de sus problemas. Cargaba en el uniforme algo de agua y alimentos, pero sabía que en el desierto le iban a durar poco, sobre todo el agua.
Subió a lo alto de una duna. El sol se iba poniendo tras unas montañas escarpadas, y cerca de ese horizonte de picos elevados el cielo estaba rojizo debido al polvo que el desierto desparrama. En el
otro extremo iba ascendiendo la luna llena, y las dunas también se habían vuelto rojas.
Eliot consultó su brújula y partió rumbo a la dirección elegida.

Las dunas eran como olas gigantescas de un mar lento y denso, subordinado a la voluntad del viento,
que con el paso de los siglos tallaba las rocas y extendía el desierto. Ese viento, dueño de aquel lugar,
comenzó a soplar con fuerza de huracán, y densas nubes de polvo eclipsaron  la luna, oscureciendo
el paisaje.  Eliot se acurrucó tras una colina, y con la cabeza cubierta por un pañuelo esperó a que
pasara la tormenta de arena, la cual aullaba furiosa, cambiando el paisaje a su paso.
Cuando volvió la calma Eliot siguió avanzando. La luna estaba ahora muy alta en el cielo.
De repente divisó un pequeño valle, y en él las formas de unas construcciones humanas; casas de piedra. 
Si un arma, sintió un hondo terror a ser capturado, bien sabía lo que le esperaba si le sucedía eso.
Se echó a tierra, y como estaba en una zona elevada, observó lo que parecía ser un pequeño pueblo.
No vio movimiento alguno, ni escuchó más sonido que el silbido distante del viento.  Concluyó al
fin que se trataba de ruinas y no de un pueblo abitado.  Igual se acercó con precaución. Aquel lugar
podía servirle como refugio en el cual descansar durante el día; caminar bajo el sol lo mataría rápido.
Ya en el lugar empezó a explorar. Aquellas ruinas eran sumamente antiguas, en gran parte estaban
derrumbadas y no eran más que un montón de rocas.  Otras viviendas en cambio conservaban su paredes, y sus puertas en arco daban hacia la oscuridad del interior.

Todo estaba semienterrado, y Eliot creyó muy probable que la tormenta hubiera desenterrado las ruinas esa misma noche, y que tal vez recorría un pueblo olvidado por los siglos, un pueblo que
sucumbió bajo el desierto, y del cual ya nadie se acordaba.
Pensaba en quiénes pudieron habitar aquel lugar, cuando vio que algo se levantó de la arena; con terror reconoció en aquel bulto a un cuerpo humano, casi un esqueleto.  Pronto se levantaron otros,
irguiéndose hasta quedar sentados, girando la cabeza luego como buscando algo.
Eliot intentó escapar, pero hacia donde volteara había momias levantándose, surgiendo de la arena, arrastrándose
para librarse de ésta, y con movimientos tambaleantes se iban poniendo de pie con dificultad. Estaba rodeado y pronto comenzaron a avanzar hacia él extendiendo los brazos en su dirección.
Nada pudo hacer contra aquella multitud de muertos vivientes, y tras unos alaridos de terror, Eliot fue
Devorado por la horda creciente.
Antes del amanecer volvió a soplar el viento con furiosa intensidad, sepultando nuevamente a la ciudad de los muertos andantes.
  

lunes, 22 de abril de 2013

Los tres

La camioneta había quedado muy atrás y caminábamos bajo algunas estrellas y una luna tímida. El camino, lleno de guijarros sueltos, sólo aumentaba nuestro enfado. Éramos tres, mi amigo Horacio, su padre, que es como un tío para mí, y yo.  Regresábamos de un negocio fallido, del intento de comprar un campo que al final no era lo que esperábamos. Y como para aumentar nuestra frustración, la camioneta se averió y se detuvo.  La revisamos inclinados sobre el motor e iluminándolo con linterna pero, ninguno sabía nada de mecánica, y después de intercambiar hipótesis decidimos caminar hasta la ruta.
En el cielo algunas nubes gigantescas se turnaban para tapar la luna, dejando que ésta iluminara de a ratos los solitarios campos que nos rodeaban.
No recuerdo de qué veníamos hablando; callamos de pronto al escuchar un grito desesperado, desgarrador, que claramente era de mujer. Volteamos hacia la cima de una colina situada a nuestra derecha, y nuevamente escuchamos el grito.

- ¡Es una mujer! -exclamó Horacio-. ¡Le pasa algo, o le están haciendo algo…! ¡Vamos!
- ¡Espera!, quién sabe qué pasa ahí. Puede ser cualquier cosa… -le dije, pero ya era muy tarde, ya se precipitaba hacia la cima. Miré a su padre; él, evidentemente impresionado, quiso correr también, pero lo detuvo extendiendo el brazo.
- Deje, don, yo voy con Horacio -y corrí colina arriba.

Para ser franco, me arrepentí de hacerlo. Algo en mí gritaba que no fuera: quiero pensar que fue mi instinto de conservación.  A mi pesar, subí la colina a la carrera. Llegué a la cima jadeando. Horacio ya estaba allí, mirando en derredor sin hallar nada, pues solamente había una pradera rala, sin un árbol.  Al distinguir algo entre el pasto se lo señalé con el brazo a Horacio, y él me preguntó:

- Julio, ¿qué será eso? ¿Y la mujer dónde estará?
- Me parece que es el cimiento de una casa. Eso ahí parece la base de una pared  -respondí.

Aunque el pasto la interrumpía en varias partes, al acercarnos más lo confirmamos, pero ¿Y la mujer?
El grito había venido de allí y no de más lejos, mas ante la insistencia de Horacio recorrimos los alrededores describiendo un círculo, sin encontrar nada.  Cuando regresamos al punto de partida lo convencí para que bajáramos de allí.   Al instante de darle la espalda a los escasos restos de la casa, sonó nuevamente el grito. Y escuchamos que se nos iba acercando, y en un instante estuvo a nuestro lado.
Resistí al impulso de voltear; Horacio hizo lo mismo. Bajamos a gran velocidad. Tuvimos suerte: de rodar en aquel lugar nos hubiéramos roto algo.  Al alcanzar el camino el veterano nos preguntó qué le pasaba a la mujer y por qué habíamos huido corriendo, dejándola sola en aquella cima: Desde el camino él había visto tres siluetas
  

miércoles, 17 de abril de 2013

La víctima

La luna que a tempranas horas de la noche iluminó la fechoría de Franco, desapareció tras un relieve lejano y todo quedó oscuro.
Poco se distinguía de las ruinas en las que se encontraba Franco. Éste, desde el umbral de la ruina principal (que era lo que quedaba de una vieja casona), escudriñaba hacia el camino que pasaba por allí, y esperaba, deseaba distinguir de un momento a otro el relieve del carruaje del doctor , y de los empleados de aquel que lo conducían. Ellos tenían que llevar el muerto que él había ocultado dentro de la ruina; muerto que desenterrara del cementerio esa misma noche, cuando aún la luna prestaba su luz. 
Aquel doctor, limitado por las leyes de su época, secretamente compraba cadáveres frescos para analizarlos; Franco era su proveedor.

Al no distinguir nada entre las tinieblas, y como el silencio del paisaje era profundo, dedujo que el carruaje todavía estaba lejos; entonces el profanador de tumbas fue a fijarse en el muerto, pues temía que lo mordisqueara alguna rata u otra alimaña, bajando el valor del ejemplar: el doctor los quería en buen estado.
Encendió una vela y, interponiendo su mano entre la llama y una brisa que amenazaba apagarla. Atravesó unas habitaciones sin techo, llegó al lugar donde dejara al muerto y, éste ya no estaba. Halló la manta con que lo envolviera; estaba extendida como si el muerto se hubiera destapado.
A Franco lo fulminó un terror repentino, y cuando escuchó una voz que vino desde un rincón oscuro el terror lo petrificó:

-¡Tengo sed! ¡Necesito beber… sangre! Su sangre.

Y tras esas palabras una figura se abalanzó hacia Franco, y cuando la luz de la vela iluminó el rostro del atacante, éste tenía rasgos de murciélago. Una hora más tarde el un carruaje se detuvo frente a la ruina. En ella iban dos hombres; eran los empleados del doctor. Llamaron varias veces a Franco, en voz baja, y como no les respondía dudaron:

- ¿Qué hacemos? -preguntó uno.
- Entramos y revisamos el lugar. Tal vez aquel rufián dejó el muerto y se marchó -opinó el que conducía el carruaje. Ató las riendas, escudriñó en derredor, y con el brazo le indicó al otro que lo siguiera.

Después, en una mansión no muy lejana a aquellas ruinas, el doctor se paseaba inquieto por una sala.
"Ya deberían estar aquí", pensaba. y al recorrer nuevamente la habitación, escuchó que golpeaban la ventana y volteó hacia ésta. Sus dos empleados, Franco y el vampiro que desenterrara éste, estaban amontonados tras el cristal y lo miraban mientras se relamían los colmillos.



Bajo la laguna

Gilberto observaba el campo desde el patio de su casa. Al escuchar una voz infantil que venía gritando giró la cabeza hacia la voz. Era su hijo y se acercaba corriendo por el campo:

- ¡Papá! ¡La laguna creció! ¡Papá…!
- ¿Cómo que la laguna creció, si hace días que no llueve? -preguntó Gilberto.
- No sé, pero está mucho más crecida que ayer. ¡Vamos a ver!

La esposa de Gilberto, que había escuchado el alboroto del niño, salió de la casa limpiándose las manos en el delantal y preguntó:

- ¿Qué pasó en la laguna, o escuché mal?
- Que creció la laguna mami. Desbordó no sé cuánto para afuera. Vamos y les muestro.
- Tengo que seguir cocinando. Ve con tu padre -dijo ella, y miró sonriendo a su esposo, intuyendo que él pensaba lo mismo que ella: suponían que el niño estaba exagerando.

Padre e hijo salieron rumbo a la laguna. Ya desde lejos Gilberto vio que su hijo no exageraba. La laguna desbordaba por todos lados. Los juncos de la orilla apenas asomaban las puntas sobre la superficie del agua.   Ante aquel hallazgo Gilberto se rascó la cabeza pensando. ¡Viste como era cierto, papá! -dijo muy alegre el niño, poniéndose delante de su padre, y volteando después hacia el agua, imitó la cara de desconcierto de aquel.
Rodearon toda la laguna, que ahora tenía unos doscientos metros de diámetro, y examinaron los riachuelos que llegaban hasta ella. No había pruebas de por dónde había llegado el agua. Un misterio.
Al otro día Gilberto volvió solo. Se encontró con una sorpresa aún mayor. El nivel del agua había descendido notablemente. Se hallaba ahora a varios metros de la lodosa orilla. No había rastros de desagüe.  Volvió a la casa más desconcertado que el día anterior.

Amaneció un nuevo día. Esta vez el agua había crecido nuevamente. Para intentar resolver el misterio Gilberto arrastró su bote hasta la orilla. Remó hasta el medio y miró en derredor, luego observó su distorsionado reflejo. Tal vez el misterio estaba bajo el agua.
Tiró el ancla, la cuerda de ésta apenas se hundió un par de metro y se detuvo, Tocó el fondo mucho antes de lo que él esperaba.  Tenía que ver qué había allí abajo. Se quitó la camisa y se sumergió.  Abajo estaba bastante turbio. Algunas plantas acuáticas, arrancadas de raíz, flotaban y se mecían con lentitud. Salió a respirar aire. Inspiró hondo y se sumergió de nuevo. Vio a un pez que nadaba de lado, y a otro que ya muerto iba subiendo hacia la superficie con la panza hacia arriba.

En una nueva inmersión tanteó el fondo con las manos. Era una superficie lisa. La seguía examinando cuando parte de esa superficie se deslizó hacia un lado, brotó una luz de ella; Gilberto reaccionó a la luz cerrando los ojos, y cuando volvió a abrirlos, un ser monstruoso que parecía una mezcla de insecto y humano lo estaba mirando desde una especie de ventana. Gilberto soltó una bocanada de aire que se convirtió en varias burbujas que subieron rápidamente. Agitando los brazos desesperadamente subió él también. Alcanzó el bote, subió en él y se puso a remar frenéticamente.  De pronto el agua comenzó a golpear en las orillas, la superficie se crispó horriblemente, como si vibrara al ser impulsada por una energía descomunal.
El bote se inclinó como impulsado por una ola que rompe en la playa. Gilberto casi cayó de él al tocar tierra, y en ese instante escuchó un ruido fuertísimo de agua que caía, y ante él se había formado una catarata. Pero aquello duró solamente unos segundos. Cuando casi toda el agua terminó de caer, una enorme nave extraterrestre quedó a la vista. Y el hombre sintió un hondo terror al contemplarla. Aquella nave colosal flotaba sin hacer el menor ruido, y de pronto se elevó a una velocidad increíble, desapareciendo entre unas nubes.  

martes, 16 de abril de 2013

Cerca de la muerte

Era una noche ventosa, con lluvia intermitente, fría, y con ese mal tiempo, muy a mi pesar,
 atravesé a pie un sinuoso camino que se pierde entre campos y bosques.
Sólo diré que discutí con la dueña de la casa en donde pensaba dormir, y por orgullo me
rehusé a que me llevara en su vehículo.
El camino estaba lleno de barro. Por momentos aumentaba la oscuridad y a duras penas
veía por dónde iba.  El viento que soplaba constantemente aullaba entre los árboles, o
silbaba sordamente en el campo.  Por momentos la noche se hacía más clara, y al mirar hacia
el cielo veía la luna, pero enseguida las nubes, moviéndose rapidamente volvían a eclipsarla.
Cuando la lluvia arreciaba el frío me calaba hasta los huesos, y al detenerse la caminata me
devolvía algo de calor.  Mi aliento parecía una bocanada de humo, y chapoteaba sobre el barro
casi líquido del camino, que indiferente a mi apuro seguía zigzagueando y perdiéndose en
la noche.

Un resplandor en el horizonte me indicó que no estaba lejos del pueblo. Mi hogar estaba
muy lejos aún, demasiado para seguir a pie; pero en aquel pueblo podría encontrar algún
resguardo donde esperar el amanecer y un transporte que me llevara hasta mi hogar.
Ya veía algunas casas cuando el cielo se volvió a despejar, y unos enormes árboles, iluminados
por la luna, me dejaron bajo su sombra, y al salir a la claridad vi que a mi derecha comenzaba
el muro del cementerio.   Caminé unos pasos más y empecé a escuchar un murmullo de terror
que venía de aquel campo santo. Me pareció similar a los cantos gregorianos. Sonaba como un coro
cantando en un lugar con mucha acústica, un coro de voces graves y melancólicas. Entonaban
algo en un idioma que desconozco; pero aún sin entenderlo sentía que estaba asociado a la muerte.

Enseguida experimenté un increíble bajón de energía, como si mis fuerzas se desvanecieran.
Y el coro seguía entonando su aterradora melodía. Era triste, lenta, y el sonido reverberaba como su estuviera en un templo, y era el sonido de la muerte, de procesiones fúnebres, de discursos al pie de un ataúd, de cuerpos inertes con los brazos cruzados sobre el pecho, de deudos llorando… Y
en medio de todo eso, unas cabezas asomaron sobre el muro, y en el portón se estiraron uno
brazos y me llamaron haciendo señas con las manos.
Me tambalee, casi caí, pero seguí andando. Estaba seguro que si me quedaba allí sería mi fin.
Al superar el muro del cementerio dejé de escuchar al espectral coro, y recobré la energía, entonces
seguí sin voltear. En el pueblo encontré un bar que todavía estaba abierto, y me alegré al ver que en un rincón ardía una chimenea.   Por lo que demoré en calentarme sé que estuve a punto de morir de frío.

domingo, 14 de abril de 2013

Casi enloquecí en el bosque


Aún no sé cómo no enloquecí después de pasar por aquella situación. Aunque el recuerdo de aquella horrible jornada de caza me produce un hondo desasosiego, puede narrar con lujo de detalles lo que me pasó, pues aunque fue una experiencia terriblemente aterradora, no afectó ninguna de mis facultades ni mi agudo poder de observación.
Fui a estrenar mi nueva escopeta. Estacioné la camioneta a un lado de un camino que corta un extenso bosque. La tarde estaba radiante. Entré al bosque sigilosamente, evitando pisar sobre ramas caídas. Las hojas del suelo estaban húmedas porque había llovido el día anterior, condición favorable para quien no quiere delatar su presencia. En algunas partes los pájaros saltaban de rama en rama, llenando de trinos y de vuelos repentinos al bosque. Maté algunos para entrar en calor, además alertaban a la palomas. Una enorme víbora pasó zigzagueando delante de mí; me detuve bruscamente y la observé: no era venenosa. Tomé una rama gruesa y me puse a golpearla con fuerza. Cuando le deshice la cabeza seguí . El reptil quedó retorciéndose pero ya estaba acabado.   Atravesé claros luminosos, zonas ensombrecidas y silenciosas, y en un pastizal bastante extenso, donde centenares de pequeños saltamontes se espantaban a mi paso,  saltando hacia todos lados, le disparé en vuelo a una perdiz pero sin suerte, y la vi alejarse a los silbidos.     La primer paloma se delató con su canto. Después del estampido del arma el pichón cayó chocando con varias ramas hasta que tocó el suelo. No mucho después tenía cuatro más.

Llegué a un pequeño prado que era atravesado por un arroyo cristalino. La orilla estaba salpicada de florcillas de distintos colores que resaltaban entre el verde del pasto. El agua del arroyo, por demás cristalina, se deslizaba sobre un fondo de arena y rocas. Cardúmenes de pequeños peces nadaban cerca de la superficie, cambiando bruscamente el rumbo todos a la vez.  La sombra de un árbol inmenso llegaba hasta la orilla. Después de mojarme la cabeza me senté bajo esa sombra a respirar hondo. Lugares así fácilmente inducen al espíritu a entrar en un estado contemplativo. Observé por un rato a una libélula roja que posaba en la punta de una rama, volaba, se suspendía en el aire y volvía a posarse.   De pronto escuché un crujido, al voltear vi a un ciervo que iba saliendo del bosque. El animal no me notó. El ciervo sacudió las orejas, miró hacia un extremo del arroyo y, cuando creí que me iba a descubrir, bajó la cabeza y se puso a pastar. 
Había ido a cazar palomas, pero no iba a desperdiciar una oportunidad así, aunque los cartuchos que tenía no eran para una presa tan grande. Tomé la escopeta y, con lentos movimientos me acomodé para dispararle. El ciervo saltó hacia arriba tras el fogonazo y se internó en el bosque como una flecha. Me levanté rápidamente y lo seguí. Escuché que se alejaba abriéndose paso entre una maraña de ramas. Observando cuidadosamente el suelo hallé algunas gotas de sangre. “¡Ya es mío!”, pensé.

Empecé a rastrearlo con paciencia. Divisaba alguna pisada, unas manchas rojas en las ramas, y seguía tras mi presa, suponiendo que en cualquier momento la iba a hallar muerta.
En una parte que el terreno ascendía, me di cuenta de lo mucho que había bajado el sol, y que me había desviado mucho. Lo pensé un poco y decidí seguir; no podía estar lejos.
El bosque se saturó de sombras. Los últimos rayos del sol traspasaron la barrera vegetal disminuidos a delgados haces de luz horizontales.  A esa altura ya estaba empeñado en obtener aquella pieza. Las sombras terminaron por cubrirlo todo. El bosque enmudeció como si nada viviera allí.        Como siempre voy preparado, seguí mi búsqueda a punta de linterna.  Cuando terminé de atravesar una enramada asfixiante perdí todo rastro. Busqué en círculo desde la última pista que vi pero fue inútil: lo había perdido.   Ya resignado, consulté la brújula y calculé dónde se encontraba el camino.
Sabía que esa noche no iba a salir la luna, pero no esperaba que estuviera tan oscuro. Mirando hacia arriba en un pequeño claro, me di cuenta que estaba nublado.  Seguía avanzando cuando súbitamente la linterna se apagó, y de pronto escuché pasos que corrían hacia mí. Sonaban como si fueran los pasos de un niño o alguien muy pequeño. Intenté alejarme de su camino pero los pasos me siguieron, para después detenerse a mi lado. Me aparté, apuné la linterna apretando fuerte su botón, y ésta volvió a encenderse, y a mi lado no había nada.
Enfoqué la luz hacia todos lados, revisé detrás de algunos troncos, nada. Pero cuando volví a marchar, los pasos sonaron detrás de mí. Me volví rápidamente mas no vi nada.

En un instante, toda mi experiencia en el bosque, mi escepticismo y mi valentía se disolvieron en el terror, en un terror atroz que me produjo un desagradable escalofrío que subió lentamente por mi espalda. Y en ese momento escuché una risita burlona, chillona y aguda. Y la risa horripilante se desplazaba entre los árboles como si la cosa que la emitía estuviera volando en círculo, rodeándome. 
Disparé hacia un lugar cualquiera y salí corriendo. La risa, vuelta carcajada estridente, me iba siguiendo de cerca.  En mi alocada huída esquivé árboles y salté por encima de raíces y troncos caídos, impulsado por el terror, por el golpe de energía que lo acompaña; mas la carcajada no dejaba de seguirme. Nadie puede imaginarse lo que se siente en una situación así. Las ramas me azotaban, tropecé varias veces pero sin caer. Grité como un loco pidiendo auxilio, y a lo que me seguía pareció divertirle, y la carcajada sonaba más burlona, y resonaba en todos lados como si fuera el bosque mismo el que me atormentaba.

De repente salí en un lugar despejado y distinguí que era el camino. Desplacé el haz de luz de la linterna y vi mi camioneta, pero en ese instante, lo que me seguía se subió a mi espalda, se aferró a mí mientras lanzaba carcajadas, y gritando como un loco giré para sacármelo de encima, y aquella cosa no me soltaba, y se aferraba a mí con fuerza, y su risotada sonaba cerca de mi oreja. No sé cuánto duró aquello, debo haberme desmayado de terror. Recuerdo que después de despertarme me arrastré hasta la camioneta y que luego conduje como un demente hasta mi hogar; por milagro no tuve un accidente.
Si bien sé que aquella experiencia no me dejó secuelas, siento que el recuerdo está metido en mi cabeza, no como otros recuerdos, sino como algo que se incrustó en él, como una espina. Está ahí, lo siento ahora, es el terror que sentí, es casi sólido. A veces lo siento moverse, tal vez con la intención de llegar a otras partes de mi cerebro. ¡Pero no lo voy a dejar! Ni voy a dejar que se expanda, no señor, lo voy a sacar de mi mente, sí, lo haré; pero, ¿cómo?… ¡Ah!, ya sé, la escopeta…
 
   


martes, 9 de abril de 2013

Lobos

Un pastor dirigía su rebaño entre unos cerros. El ocaso ya inundaba de sombras al paisaje.
Desde una arboleda salió caminando un hombre y se acercó al pastor. Resultó ser un conocido de éste. Tras saludar el hombre hizo una observación sobre el rebaño:

- Vaya, tu rebaño se ha reducido bastante.
- Es cierto -reconoció el pastor-. Son los lobos, me están diezmando el rebaño.
- ¿Lobos? Hace tiempo que no veo lobos por esta región.
- Yo tampoco los he visto. Atacan al rebaño por la noche, algunas noches, cuando hay luna llena; pero siempre estoy durmiendo cuando vienen, y no me despierto. Cuando amanece veo el estrago que han hecho.
- ¿Dices que siempre estás durmiendo y no te despiertas?
- Sí -admitió el pastor bajando la cabeza. La sombra de su sombrero le ocultaba la cara. El otro tipo se agarró la barbilla y le echó otra mirada al rebaño. El pastor seguía con la mirada baja, como avergonzado. 
Ya caía la noche pero el paisaje se mantenía bastante claro. Entonces el hombre giró levemente y miró sobre su hombro. En el horizonte se iba elevando la luna llena entre unas nubes delgadas.
Le pareció escuchar un gruñido sordo, y al volverse hacia el pastor vio que éste ya tenía hocico alargado, y lo miraba con unos ojos encendidos de furia animal.

Voces en la niebla

A la noche oscura se le sumó una niebla que vino de pronto.  Me acompañaba Gabriel, un amigo, habíamos caminado casi todo el día buscando piedras semipreciosas, que pensábamos venderlas a un orfebre.
Bordeamos las faldas de los cerros, seguimos varios arroyuelos, y hacia el final de la tarde dimos con un arroyo cuyas orillas estaban llenas de diferentes tipos de cuarzo.
Partimos del lugar con las mochilas pesadas, con la noche casi encima nuestro. Poco rato después, apenas veíamos algún indicio que nos indicara dónde estábamos. Entre la oscuridad del paisaje escudriñábamos a duras penas el contorno de los cerros, alguna oscura arboleda, y no mucho más que eso. Cuando llegó la niebla ya no vimos nada. Con las linternas apenas iluminábamos nuestros pies y un pequeño tramo de campo. Sin referencias para orientarse, no tuvimos más alternativa que parar.

- Si seguimos nos vamos a perder -dijo Gabriel, al tiempo que apuntaba la linterna hacia todos lados. 
- Si es que ya no estamos perdidos -le comenté.
- ¿Será…?
- Tengo la impresión de que sí. En todo caso cuando amanezca lo vamos a averiguar.

La niebla era tan espesa y la oscuridad tan impenetrable, que tenía la sensación de estar encerrado, a pesar de estar en un lugar abierto.
Comenzamos a prepararnos para pasar la noche. Mientras yo cortaba pasto con el cuchillo, Gabriel me iluminaba muy de cerca con su linterna y la mía. Planeábamos hacer un colchón de pasto para soportar mejor el frío de la noche, que hacia la madrugada se iba a hacer más intenso.
Estando inclinado sobre una gran mata de pasto, cuando fui a sujetar la hierva para cortarla, toqué algo frío y blando, e inmediatamente una enorme víbora se retorció agitando los pastos, y sentí que me mordió la mano.   Se me escapó un grito y salté hacia atrás. Gabriel, que estaba atento, iluminó al reptil y enseguida me dijo:

- ¡No es venenosa! ¡Mírala! Es grande sí pero no es venenosa.
- ¡Ah! Menos mal -dije aliviado al mirarla y distinguir que realmente no era venenosa.

Me limpié con agua las gotitas de sangre que salían de mi mano y quedé observando la herida.

- No fue nada pero casi me mató del susto -le dije a Gabriel-. No quiero quedar en esta zona, mejor buscamos una arboleda o cualquier otro lugar.
- Sí, mejor nos vamos.

Como suele pasar después del encuentro con una víbora, cada paso que dábamos lo hacíamos con el temor de pisar a una.   La oscuridad se cerraba más sobre nosotros, la niebla dificultaba la respiración, y la sensación de no saber hacia dónde íbamos era por demás inquietante.
De repente escuchamos voces. Eran las voces de varias personas, se escuchaban cerca pero no se entendía lo que decían. Escuchamos atentos, parecía que también había niños, por lo que supuse que a metros de nosotros había una casa, aunque me pareció un poco raro que no hubiera ningún perro ladrándonos; nunca vi una casa rural sin perros.

- Una casa -le susurré a Gabriel.
- ¿Qué hacemos, nos alejamos?
- Ya estamos muy cerca. ¿Y si hay algún corral por aquí y los animales arman un alboroto cuando pasamos? Si salen a ver qué pasa, ¿cómo explicamos que estábamos perdidos y no robando?
- Cierto. Entonces, ¿nos anunciamos?
- Yo digo que sí.

Seguíamos escuchando las voces. Golpee las manos y esperé. Nada, supuse que no habían escuchado. Golpee más fuerte y Gabriel hizo lo mismo.
¡Hola a los de la casa! -grité- ¡Andábamos juntando piedras lejos de aquí y medio nos perdimos por la niebla! -esperé nuevamente una respuesta pero no hubo ninguna.
De pronto sopló un viento, y tan rápido como apareció, la niebla se fue desvaneciendo, y el mismo viento abrió unas nubes en el cielo, y entre ellas asomó media luna; y al alejarse las tinieblas, vimos que estábamos frente a las ruinas de una casa, que conservaba sólo una de sus paredes, y nos dimos cuenta que las voces eran fantasmales. 
 

viernes, 5 de abril de 2013

Gente de circo (2)

Era de noche y Hugo se encontraba dentro de la enorme carpa de un circo, mezclado entre el público. A su lado estaba su esposa, y ésta, como casi toda la concurrencia, se reía del espectáculo que ofrecían unos payasos en el centro del escenario. Hugo observaba atento. Un truco de magia aparentemente sencillo que había realizado uno de los payasos consiguió captar toda su atención, pues no se explicaba cómo lo había hecho, y él era un mago muy bueno...

miércoles, 3 de abril de 2013

Las prisioneras

La cabaña se encontraba en la falda de un cerro cubierto por un bosque milenario. Cerca de dicha cabaña, más arriba, entre las sombras de la fronda, cruzaba un sendero estrecho. En sus largas caminatas Javier solía pasar por allí.
En aquella parte del sendero, Javier veía, entre los troncos de los árboles, allá abajo, la fachada de la solitaria cabaña, y a veces a su ocupante; un viejo de barba larga, blanca y espesa. 
Un par de veces, al notar que el viejo lo miraba, Javier levantó su brazo saludando, pero el viejo no respondió.
En una de sus caminatas por esa zona boscosa y sombría, Javier notó que oscureció de pronto, y al levantar la mirada, unas nubes casi negras cruzaban por el oscurecido cielo que se lograba ver entre el follaje. El viento que empujaba esas nubes atravesó el bosque y todo se agitó, rechinaron ramas contra ramas y los árboles crujieron al resistirse a la fuerza de éste.
Entre una lluvia de hojas que volaban por todas partes, Javier divisó la cabaña. Con la intención de guarecerse de la tormenta creciente y del peligroso viento, que en cualquier momento podía voltear un árbol o aventar una rama pesada sobre él, bajó hasta la cabaña y golpeó la puerta, esperando que el ermitaño se compadeciera. Tras un rechinido el viejo barbudo asomó la cabeza:

- ¿Qué quiere? -preguntó el viejo, mirándole con aire de desconfianza.
- ¡Hola! -saludó Javier-. ¿Señor, puedo quedarme en su cabaña hasta que pase la tormenta?
- No -le contestó el viejo, dando un portazo después.

Javier no quiso insistir. El viejo parecía un lunático. Era mejor arriesgarse en el bosque. Pero apenas avanzó por lo que sería el patio de la cabaña, se detuvo y trató de escuchar sobre los bramidos del viento. ¿Había escuchado una voz? Al mirar hacia una ventana pequeña de la cabaña, situada casi a la altura del suelo, escuchó nuevamente la voz y ahora estuvo seguro. Fue hasta la ventana, que era de un sótano. Intentó distinguir algo de lo que había adentro, pero era todo oscuridad.

- ¡Ayúdenos señor! -dijo una voz de niña desde el sótano.
- ¿Qué pasa? -preguntó Javier, ya suponiendo una respuesta que lo iba a impactar.
- ¡Nos tiene encerradas aquí! ¡Él no nos deja salir! -y de pronto varias voces infantiles clamaron-. ¡Ayúdenos señor, por favor!

Al escuchar aquellas voces la imaginación de Javier se encendió; imágines atroces cruzaron por su mente, y pronto estuvo furioso. ¡Maldito viejo! Y sin pensar más fue corriendo hasta la puerta y la golpeó enérgicamente. Cuando ésta se iba abriendo la pateó con fuerza; el viejo cayó hacia atrás y una escopeta se le escapó de una mano y cayó al suelo también.  Sin levantarse, el viejo intentó tomarla nuevamente, mas Javier ya se abalanzaba hacia él y fue más rápido. Ya adueñado del arma Javier le dio al viejo un culatazo en la cabeza, y aquel fue el fin para el ermitaño.
Sin perder más tiempo fue a buscar la entrada del sótano. Halló lo que claramente era un taller de manualidades, a juzgar por todo lo que había allí.  Al encontrar la abertura, la destrabó apresuradamente y habló hacia la oscuridad:

- ¡Ya las voy a sacar! ¿Niñas?
- Estamos aquí, tenemos miedo -respondieron en coro.

Había un farol colgado en la pared. Lo encendió y comenzó a bajar por la escalera. Al terminar de descender movió el farol como queriendo ahuyentar la oscuridad, y vio que había muchas cosas allí, principalmente cajas. Alcanzó el medio del sótano y giró observando lo que había en él. Tras las cajas y demás objetos se movían siluetas pequeñas.
Vengan, no tengan miedo -dijo Javier. Pero cuando avanzaron hacia su voz, el que sintió miedo fue él, porque no eran niñas, eran muñecas horrendas, y sus miradas eran terriblemente malignas. Las muñecas lo rodearon y empezaron a reír a carcajadas mientras se aproximaban más y más. Javier intentó ahuyentarlas con el farol pero si éxito, y sólo logró aterrarse más al ver con más detalles las horrendas caras de las muñecas, sus ojos tan vivos y la maldad que había tras ellos.  De pronto todas saltaron sobre él.
Cuando cayó la noche y la tormenta rugía intensamente, unas figuras pequeñas se desbandaron por el bosque, y desde esa noche habitan en él.