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miércoles, 17 de abril de 2013

Bajo la laguna

Gilberto observaba el campo desde el patio de su casa. Al escuchar una voz infantil que venía gritando giró la cabeza hacia la voz. Era su hijo y se acercaba corriendo por el campo:

- ¡Papá! ¡La laguna creció! ¡Papá…!
- ¿Cómo que la laguna creció, si hace días que no llueve? -preguntó Gilberto.
- No sé, pero está mucho más crecida que ayer. ¡Vamos a ver!

La esposa de Gilberto, que había escuchado el alboroto del niño, salió de la casa limpiándose las manos en el delantal y preguntó:

- ¿Qué pasó en la laguna, o escuché mal?
- Que creció la laguna mami. Desbordó no sé cuánto para afuera. Vamos y les muestro.
- Tengo que seguir cocinando. Ve con tu padre -dijo ella, y miró sonriendo a su esposo, intuyendo que él pensaba lo mismo que ella: suponían que el niño estaba exagerando.

Padre e hijo salieron rumbo a la laguna. Ya desde lejos Gilberto vio que su hijo no exageraba. La laguna desbordaba por todos lados. Los juncos de la orilla apenas asomaban las puntas sobre la superficie del agua.   Ante aquel hallazgo Gilberto se rascó la cabeza pensando. ¡Viste como era cierto, papá! -dijo muy alegre el niño, poniéndose delante de su padre, y volteando después hacia el agua, imitó la cara de desconcierto de aquel.
Rodearon toda la laguna, que ahora tenía unos doscientos metros de diámetro, y examinaron los riachuelos que llegaban hasta ella. No había pruebas de por dónde había llegado el agua. Un misterio.
Al otro día Gilberto volvió solo. Se encontró con una sorpresa aún mayor. El nivel del agua había descendido notablemente. Se hallaba ahora a varios metros de la lodosa orilla. No había rastros de desagüe.  Volvió a la casa más desconcertado que el día anterior.

Amaneció un nuevo día. Esta vez el agua había crecido nuevamente. Para intentar resolver el misterio Gilberto arrastró su bote hasta la orilla. Remó hasta el medio y miró en derredor, luego observó su distorsionado reflejo. Tal vez el misterio estaba bajo el agua.
Tiró el ancla, la cuerda de ésta apenas se hundió un par de metro y se detuvo, Tocó el fondo mucho antes de lo que él esperaba.  Tenía que ver qué había allí abajo. Se quitó la camisa y se sumergió.  Abajo estaba bastante turbio. Algunas plantas acuáticas, arrancadas de raíz, flotaban y se mecían con lentitud. Salió a respirar aire. Inspiró hondo y se sumergió de nuevo. Vio a un pez que nadaba de lado, y a otro que ya muerto iba subiendo hacia la superficie con la panza hacia arriba.

En una nueva inmersión tanteó el fondo con las manos. Era una superficie lisa. La seguía examinando cuando parte de esa superficie se deslizó hacia un lado, brotó una luz de ella; Gilberto reaccionó a la luz cerrando los ojos, y cuando volvió a abrirlos, un ser monstruoso que parecía una mezcla de insecto y humano lo estaba mirando desde una especie de ventana. Gilberto soltó una bocanada de aire que se convirtió en varias burbujas que subieron rápidamente. Agitando los brazos desesperadamente subió él también. Alcanzó el bote, subió en él y se puso a remar frenéticamente.  De pronto el agua comenzó a golpear en las orillas, la superficie se crispó horriblemente, como si vibrara al ser impulsada por una energía descomunal.
El bote se inclinó como impulsado por una ola que rompe en la playa. Gilberto casi cayó de él al tocar tierra, y en ese instante escuchó un ruido fuertísimo de agua que caía, y ante él se había formado una catarata. Pero aquello duró solamente unos segundos. Cuando casi toda el agua terminó de caer, una enorme nave extraterrestre quedó a la vista. Y el hombre sintió un hondo terror al contemplarla. Aquella nave colosal flotaba sin hacer el menor ruido, y de pronto se elevó a una velocidad increíble, desapareciendo entre unas nubes.  

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