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sábado, 27 de abril de 2013

Desde la ventana

Se acercaba una tormenta y no estábamos en una zona buena.  En esa ocasión me acompañaba Vicente, un amigo, y andábamos de caza.  El monte en donde nos hallábamos estaba apenas por encima del nivel del río que corría a nuestra izquierda; y por todos lados se veían indicios de que esa zona se inundaba fácilmente. Oscuros nubarrones cubrieron rápidamente todo el cielo, y bajo la fronda del monte la tarde se oscureció más.
Aún no habíamos escuchado ningún trueno, pero la tormenta se sentía muy próxima, y calculamos que si volvíamos sobre nuestros pasos la lluvia nos iba a agarrar en aquella zona baja.  Creímos conveniente avanzar de forma transversal al río, y así alejarnos de allí.
Repentinas ráfagas de viento, un viento fuerte, cargado de humedad, sacudían las copas de los árboles, y se detenían de pronto, y el monte quedaba silencioso, para luego volver a llenarse de rumores con otra ráfaga repentina.

Cruzamos un par de arroyuelos turbios, con el agua por el pecho. Nos abrimos paso entre las ramas de la espesura, atravesamos una zona fangosa, y por fin el terreno comenzó a elevarse, aunque la vegetación siguió igual de tupida.   Los rifles que llevábamos se nos hacían cada vez más pesados, al igual que nuestras mochilas; pero teníamos que seguir avanzando lo más rápido que pudiéramos. 
Nuestra situación apenas había mejorado, pues en esos terrenos inclinados corren fuertes corrientes cuando llueve mucho; teníamos que llegar a la cima.
En una parte donde el suelo estaba bastante inclinado, estábamos por salir del monte cuando, al levantar la vista divisé una casa,  detuve a Vicente con el brazo y señalé hacia arriba. Observamos la casa por un rato, llegando a la misma conclusión:

- Es una casa abandonada -afirmó Vicente.
- Parece que sí -le dije. Pero por precaución la observamos otro poco.
Varios tipos de plantas trepaban por las paredes hasta coronar el techo. Casi todo su revoque había caído y se veían los ladrillos. 

Desde nuestra posición, veíamos la casa y, como un telón de fondo, la tormenta que iba creciendo, y de repente unos relámpagos resquebrajaron el cielo, y un trueno estruendoso los siguió, y otros relámpagos, haciendo que la fachada de la casa luciera aterradora.
Seguimos subiendo hasta llegar al patio. Al mirar hacia atrás, vimos la imponente vista que se dominaba desde allí.  Se veía, allá abajo,  una enorme extensión de monte negro, y más allá el cause zigzagueante del río, que a esa hora y con el cielo nublado estaba gris oscuro. Después del río se extendía otro monte, luego unos cerros arredondeados, tapizados de vegetación.
Un nuevo trueno nos hizo estremecer, y a la vez volteamos hacia la casa y vimos que una niña pequeña nos observaba desde una de las ventanas. Sin darnos tiempo a reaccionar ni a movernos, otras personas aparecieron en la ventana; una mujer y un hombre. Un instante después de aparecer de la nada, miraron hacia atrás, como si hubiera algo dentro de la casa, y desaparecieron ante nuestros aterrados ojos.
Entonces vimos algo mucho más aterrador, que enseguida nos arrancó un grito de terror. Era algo difícil de describir, pues parecía no ser sólido, y no tenía facciones definidas, solamente era una enorme cabeza fantasmagórica que nos miraba desde a través del vidrio.
Otro estruendo nos estremeció y reaccionamos; volteamos hacia otro lado y huimos de allí.
Apenas nos alejamos comenzó a llover torrencialmente. Pasamos una noche espantosa, soportando la tormenta bajo una lona que llevábamos, pero fue mucho peor el instante de terror que pasamos frente a aquella ventana.

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