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lunes, 29 de abril de 2013

El brujo

El sol corona el cielo y quema sin piedad la vasta llanura de la sabana africana. Tierra ardiente, pastizales amarillentos, matorrales y árboles espinosos dominan aquel paisaje, y en medio de esa vastedad se encuentra la aldea; y en ella está sucediendo un drama. Dentro de una choza primitiva agoniza el hijo del jefe. Es un muchacho de quince años. Se encuentra tendido sobre unas pieles de animales; a su izquierda está su padre; y del otro lado, arrodillado en el suelo, moviendo el torso hacia adelante y hacia atrás mientras repite algunas frases, se encuentra un viejo y poderoso médico brujo.  
El muchacho no se mueve y apenas respira: esa mañana lo mordió una víbora mortal, una mamba negra.
Fuera de la choza, los aldeanos realizan sus rutinarias tareas y voltean hacia ésta cada tanto. Algunos pasan frente a la choza, curiosos y algo asustados a la vez, ya presintiendo una desgracia.
Cuando el jefe ordenó que trajeran al brujo, amenazó diciendo que si éste no sanaba a su hijo lo iba a matar.  La gente de allí le temía al brujo, pues solían poseerlo espíritus malignos. Nadie quería que el jefe cumpliera su palabra por temor a la venganza del brujo, aunque se inclinaban a creer que el curandero podía salvar al muchacho; pero la duda siempre encuentra un lugar en la mente, y enseguida ésta le abre la puerta al miedo.

Dentro de la choza, el viejo extiende las manos sobre el pecho del agonizante, después levanta la mirada hacia el jefe y le dice:

- No puedo hacer nada. El veneno que corre por sus venas tiene una energía muy poderosa y ya se ha adueñado de su espíritu.
- ¡No! -grita el jefe, y apunta su adornada lanza hacia el anciano curandero-. ¡Tienes que curarlo, brujo! ¡Es mi hijo! ¡Te lo exijo!

En ese momento el convaleciente deja de respirar, y su padre lo nota. ¡No! -grita enfurecido el dolido padre. Y seguidamente descarga toda su furia en el anciano, y el lanzazo es certero y mortal.    
El jefe llama después a los guardias y ordena que arrojen el cuerpo del brujo fuera de la aldea. La gente mira como sacan al vetusto cuerpo a rastras. Al observar la mirada del brujo se cubren la cara horrorizados, pues ahora exhibe una mirada extraña, maligna.  Abandonan el cuerpo a unos cien metros de la empalizada espinosa que rodea y protege la aldea.
Pasan unas horas. El sol empieza a bajar por un cielo que se volvió púrpura. En las cercanías resuenan gritos de hienas. Algunas se asoman entre los pastos, olfatean el aire, gritan como si lanzaran carcajadas y se van arrimando al cuerpo de a poco, intimidadas por la cercanía de la aldea. Después de algunos acercamientos y huidas repentinas, las bestias se animan, se amontonan en torno al cuerpo y, entre gritos y gruñidos hacen su trabajo. Después algunas huyen cargando trozos de carne entre sus poderosas mandíbulas. 

La noche cubre ahora la sabana. En la aldea hay fogatas, repiquetean tambores primitivos y la gente danza y canta; el ritual es en honor al hijo fallecido del jefe.  Con el éxtasis del ritual pretenden olvidar el miedo que sienten por el brujo asesinado, y danzan en círculo, y repiquetean los tambores, crecen las llamas de las fogatas, y continúa el ritual.  Pero de pronto unos gritos aterradores hacen que todos se callen y se silencien los tambores. Los gritos vienen del exterior de la aldea, la rodean, están por todos lados. No son gritos animales ni humanos. Los aldeanos, llenos de terror, se acercan más a las fogatas. Algunos guerreros toman sus lanzas, pero el enemigo no se muestra, y el terror crece.
El jefe, que está dentro de la choza, al lado del cuerpo de su difunto hijo, advierte los terroríficos gritos, pero éstos cesan de repente.  Asustado, sale de la choza y encuentra una escena de terror: todos están en el suelo, como muertos, y sobre ellos flota la aparición del médico brujo. Y para aumentar el terror que paraliza al jefe, repentinamente todos se incorporan, giran la cabeza hacia él, lanzan alaridos de furia y corren en su dirección.
Unas horas después los aldeanos despiertan de un trance profundo, miran hacia todos lados, se interrogan unos a otros; no recuerdan qué pasó después de los gritos horripilantes. La noche está silenciosa. Unos guardias buscan al jefe, no lo encuentran, entonces se suman todos a la búsqueda, y al hallar unos huesos humanos visiblemente roídos, rápidamente concluyen que aquello fue obra del brujo y de los demonios que asolaron la aldea.   

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Jorge, excelentes tus cuentos tienes mucha imaginación porque nunca se limitan a un tema o a una región específica. Siempre los leo pero no siempre comento sin embargo gracias por compartir estas historias en este espacio. Saludos desde Colombia

Anónimo dijo...

Muy bien Jorge, me gustò mucho.

Desde Mèxico

ValeAnny Alvarez dijo...

Ooo! Genial, estuvo fantástica. Saludos desde Caborca,Sonora México

Jorge Leal dijo...

Gracias Vale. Saludos para toda la gente de México.

Anónimo dijo...

Buena historia

Anónimo dijo...

Excelente historia amigo. Saludos desde Paraguay. Cris

Anónimo dijo...

bueno legal que este estuvo de lujo no buenisimo buena nota desde costa rica

Anónimo dijo...

muy buenos.felicidades desde la pampa.argentina

Anónimo dijo...

ace unos dias volvi a leer tus relatos.. son tan buenos que me hacen entrar ala historia.. los leo cada ves antes de dormir y aveces hasta me dan pesadilla.. me encanta tu imaginacion.. saludos desde Peru. Isaias

karla dijo...

necesitaba una inventada :(

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