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miércoles, 17 de abril de 2013

La víctima

La luna que a tempranas horas de la noche iluminó la fechoría de Franco, desapareció tras un relieve lejano y todo quedó oscuro.
Poco se distinguía de las ruinas en las que se encontraba Franco. Éste, desde el umbral de la ruina principal (que era lo que quedaba de una vieja casona), escudriñaba hacia el camino que pasaba por allí, y esperaba, deseaba distinguir de un momento a otro el relieve del carruaje del doctor , y de los empleados de aquel que lo conducían. Ellos tenían que llevar el muerto que él había ocultado dentro de la ruina; muerto que desenterrara del cementerio esa misma noche, cuando aún la luna prestaba su luz. 
Aquel doctor, limitado por las leyes de su época, secretamente compraba cadáveres frescos para analizarlos; Franco era su proveedor.

Al no distinguir nada entre las tinieblas, y como el silencio del paisaje era profundo, dedujo que el carruaje todavía estaba lejos; entonces el profanador de tumbas fue a fijarse en el muerto, pues temía que lo mordisqueara alguna rata u otra alimaña, bajando el valor del ejemplar: el doctor los quería en buen estado.
Encendió una vela y, interponiendo su mano entre la llama y una brisa que amenazaba apagarla. Atravesó unas habitaciones sin techo, llegó al lugar donde dejara al muerto y, éste ya no estaba. Halló la manta con que lo envolviera; estaba extendida como si el muerto se hubiera destapado.
A Franco lo fulminó un terror repentino, y cuando escuchó una voz que vino desde un rincón oscuro el terror lo petrificó:

-¡Tengo sed! ¡Necesito beber… sangre! Su sangre.

Y tras esas palabras una figura se abalanzó hacia Franco, y cuando la luz de la vela iluminó el rostro del atacante, éste tenía rasgos de murciélago. Una hora más tarde el un carruaje se detuvo frente a la ruina. En ella iban dos hombres; eran los empleados del doctor. Llamaron varias veces a Franco, en voz baja, y como no les respondía dudaron:

- ¿Qué hacemos? -preguntó uno.
- Entramos y revisamos el lugar. Tal vez aquel rufián dejó el muerto y se marchó -opinó el que conducía el carruaje. Ató las riendas, escudriñó en derredor, y con el brazo le indicó al otro que lo siguiera.

Después, en una mansión no muy lejana a aquellas ruinas, el doctor se paseaba inquieto por una sala.
"Ya deberían estar aquí", pensaba. y al recorrer nuevamente la habitación, escuchó que golpeaban la ventana y volteó hacia ésta. Sus dos empleados, Franco y el vampiro que desenterrara éste, estaban amontonados tras el cristal y lo miraban mientras se relamían los colmillos.



1 comentario:

  1. me encanta esta pagina x faa publica massss historias :D

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