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viernes, 5 de abril de 2013

Gente de circo (2)

Era de noche y Hugo se encontraba dentro de la enorme carpa de un circo, mezclado entre el público. A su lado estaba su esposa, y ésta, como casi toda la concurrencia, se reía del espectáculo que ofrecían unos payasos en el centro del escenario. Hugo observaba atento. Un truco de magia aparentemente sencillo que había realizado uno de los payasos consiguió captar toda su atención, pues no se explicaba cómo lo había hecho, y él era un mago muy bueno...
  Los payasos se movían de una forma muy fluida, muy ágil para el volumen que tenían. Un observador descuidado deduciría apresuradamente que bajo el disfraz de los payasos había alguna especie de relleno que los hacía aparentar aquella figura de tonel; pero Hugo, observando detenidamente, concluyó que su cuerpo era así, y que por lo tanto tenían que tener una fuerza enorme para moverse como lo hacían.

Un nuevo acto de magia lo desconcertó completamente. Un payaso tomó la cabeza de otro con las dos manos y se la arrancó, dejándola luego sobre un banquito, lo que no impidió que el cuerpo ahora acéfalo siguiera haciendo su acto, ni que la cabeza continuara a las carcajadas.  Ante aquella escena el público enmudeció, pero de a poco empezó a brotar un aplauso que se fue extendiendo por las gradas hasta que todos festejaron el increíble truco. 
Terminado el espectáculo, cuando todos se marchaban, Hugo le dijo a su esposa que se fuera sin él:

- Pero, ¿a dónde vas a ir? -le preguntó ella.
- A ningún lado. Voy a quedar por aquí un rato. Tal vez converse con alguno de los payasos, que como has visto, son colegas.
- ¿Crees que te dejen andar por aquí? Ya están apagando algunas luces.
- Claro, en cuanto les diga a qué me dedico… Tú ve yendo, nos vemos luego.

Él había mentido, tampoco creía que lo dejaran andar por el lugar. Sentía tanta curiosidad que su plan era espiar por allí y tratar de revelar aquel misterio.  Al pasar cerca de un remolque se escondió un rato detrás éste, luego se desplazó agazapado entre las sombras. Alcanzó la parte trasera de la carpa y espió hacia adentro. Una luz mostraba parte del escenario, el centro de este, todo lo demás estaba oscuro. Bajo esa claridad estaban los payasos. Se movían como fieras inquietas, y como estas emitían un gruñido sordo. De pronto todos miraron hacia un lugar y lanzaron una especie de alarido espantoso. Un hombre pequeño surgió de la oscuridad (Hugo ya lo había visto, era el enano que presentaba los actos). Venía tirando de una cuerda, en el otro extremo de esa cuerda había una oveja. El animal presintió el peligro y quiso huir, mas el enano se lo impidió a fuerza de tirones, e inclinado hacia adelante consiguió arrastrarla y la ató en uno de los postes de la carpa. Lo que siguió después llenó de terror a Hugo.
El enano se apartó rápidamente, y ni bien lo hizo los payasos se lanzaron hacia la oveja y la atacaron a mordiscos. Mordían, gruñían entre dientes, tragaban trozos enormes de carne y volvían a abrir sus enormes bocas, ahora plagadas de dientes puntiagudos.

Aquel horrible espectáculo fue demasiado para Hugo. Cuando giró para alejarse de allí, vio fugazmente que alguien encorvado y ancho estaba a su lado, y más fugas fue la imagen de esa persona blandiendo un palo hacia él.  Después el mundo se le apagó: lo habían golpeado en la cabeza.
Cuando volvió en si ya estaba amarrado a un poste. Frente a él había un jorobado que sostenía un palo en la mano, y al lado de éste estaba el enano. El jorobado sonreía repulsivamente; el hombre pequeño estaba serio y se fue de allí cabizbajo. Hugo iba a hablar cuando escuchó unos gruñidos, seguidamente los payasos fueron saliendo de la oscuridad y empezaron a abrir sus enormes bocas a medida que se le acercaban.   


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