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miércoles, 3 de abril de 2013

Las prisioneras

La cabaña se encontraba en la falda de un cerro cubierto por un bosque milenario. Cerca de dicha cabaña, más arriba, entre las sombras de la fronda, cruzaba un sendero estrecho. En sus largas caminatas Javier solía pasar por allí.
En aquella parte del sendero, Javier veía, entre los troncos de los árboles, allá abajo, la fachada de la solitaria cabaña, y a veces a su ocupante; un viejo de barba larga, blanca y espesa. 
Un par de veces, al notar que el viejo lo miraba, Javier levantó su brazo saludando, pero el viejo no respondió.
En una de sus caminatas por esa zona boscosa y sombría, Javier notó que oscureció de pronto, y al levantar la mirada, unas nubes casi negras cruzaban por el oscurecido cielo que se lograba ver entre el follaje. El viento que empujaba esas nubes atravesó el bosque y todo se agitó, rechinaron ramas contra ramas y los árboles crujieron al resistirse a la fuerza de éste.
Entre una lluvia de hojas que volaban por todas partes, Javier divisó la cabaña. Con la intención de guarecerse de la tormenta creciente y del peligroso viento, que en cualquier momento podía voltear un árbol o aventar una rama pesada sobre él, bajó hasta la cabaña y golpeó la puerta, esperando que el ermitaño se compadeciera. Tras un rechinido el viejo barbudo asomó la cabeza:

- ¿Qué quiere? -preguntó el viejo, mirándole con aire de desconfianza.
- ¡Hola! -saludó Javier-. ¿Señor, puedo quedarme en su cabaña hasta que pase la tormenta?
- No -le contestó el viejo, dando un portazo después.

Javier no quiso insistir. El viejo parecía un lunático. Era mejor arriesgarse en el bosque. Pero apenas avanzó por lo que sería el patio de la cabaña, se detuvo y trató de escuchar sobre los bramidos del viento. ¿Había escuchado una voz? Al mirar hacia una ventana pequeña de la cabaña, situada casi a la altura del suelo, escuchó nuevamente la voz y ahora estuvo seguro. Fue hasta la ventana, que era de un sótano. Intentó distinguir algo de lo que había adentro, pero era todo oscuridad.

- ¡Ayúdenos señor! -dijo una voz de niña desde el sótano.
- ¿Qué pasa? -preguntó Javier, ya suponiendo una respuesta que lo iba a impactar.
- ¡Nos tiene encerradas aquí! ¡Él no nos deja salir! -y de pronto varias voces infantiles clamaron-. ¡Ayúdenos señor, por favor!

Al escuchar aquellas voces la imaginación de Javier se encendió; imágines atroces cruzaron por su mente, y pronto estuvo furioso. ¡Maldito viejo! Y sin pensar más fue corriendo hasta la puerta y la golpeó enérgicamente. Cuando ésta se iba abriendo la pateó con fuerza; el viejo cayó hacia atrás y una escopeta se le escapó de una mano y cayó al suelo también.  Sin levantarse, el viejo intentó tomarla nuevamente, mas Javier ya se abalanzaba hacia él y fue más rápido. Ya adueñado del arma Javier le dio al viejo un culatazo en la cabeza, y aquel fue el fin para el ermitaño.
Sin perder más tiempo fue a buscar la entrada del sótano. Halló lo que claramente era un taller de manualidades, a juzgar por todo lo que había allí.  Al encontrar la abertura, la destrabó apresuradamente y habló hacia la oscuridad:

- ¡Ya las voy a sacar! ¿Niñas?
- Estamos aquí, tenemos miedo -respondieron en coro.

Había un farol colgado en la pared. Lo encendió y comenzó a bajar por la escalera. Al terminar de descender movió el farol como queriendo ahuyentar la oscuridad, y vio que había muchas cosas allí, principalmente cajas. Alcanzó el medio del sótano y giró observando lo que había en él. Tras las cajas y demás objetos se movían siluetas pequeñas.
Vengan, no tengan miedo -dijo Javier. Pero cuando avanzaron hacia su voz, el que sintió miedo fue él, porque no eran niñas, eran muñecas horrendas, y sus miradas eran terriblemente malignas. Las muñecas lo rodearon y empezaron a reír a carcajadas mientras se aproximaban más y más. Javier intentó ahuyentarlas con el farol pero si éxito, y sólo logró aterrarse más al ver con más detalles las horrendas caras de las muñecas, sus ojos tan vivos y la maldad que había tras ellos.  De pronto todas saltaron sobre él.
Cuando cayó la noche y la tormenta rugía intensamente, unas figuras pequeñas se desbandaron por el bosque, y desde esa noche habitan en él.
   

4 comentarios:

  1. Gran cuento, jaja, cuando termine de leerlo mire hacia atrás por si aparecía alguna muñeca maligna. Es una historia muy realista y atraparte. Te FELICITO un montón. Saludos desde Argentina.

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  2. Hola! Muy buen cuento, por un momento me imagine parecido a la cancion de hotel california, deberias escribir uno basado en esa gran cancion, ya que tienes la destreza de relatar y mantener un buen suspenso! Felicidades por tus historias cada noche leo unas cuantas. Saludos desde Monterrey, Mexico.

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  3. Hola. Gracias. Saludos desde Uruguay.

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