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martes, 23 de abril de 2013

Terror en el desierto

Su unidad sobrevolaba en helicóptero el desierto de Afganistán, cuando la cola de la máquina
fue alcanzada por un misil.  El helicóptero comenzó a girar vertiginosamente mientras se precipitaba.
En uno de los giros Eliot fue despedido, amortiguo su caída una duna de arena, mas enseguida empezó a rodar colina abajo. Rodó envuelto en arena largo trecho. Cuando se detuvo estaba inconciente, y así estuvo hasta el atardecer.
Al recuperar la conciencia se levantó, aunque algo mareado aún, y giró en todas direcciones,  no encontrando ni rastro de su unidad ni del helicóptero; estaba solo y perdido en el desierto. 
Ahora el enemigo era el menor de sus problemas. Cargaba en el uniforme algo de agua y alimentos, pero sabía que en el desierto le iban a durar poco, sobre todo el agua.
Subió a lo alto de una duna. El sol se iba poniendo tras unas montañas escarpadas, y cerca de ese horizonte de picos elevados el cielo estaba rojizo debido al polvo que el desierto desparrama. En el
otro extremo iba ascendiendo la luna llena, y las dunas también se habían vuelto rojas.
Eliot consultó su brújula y partió rumbo a la dirección elegida.

Las dunas eran como olas gigantescas de un mar lento y denso, subordinado a la voluntad del viento,
que con el paso de los siglos tallaba las rocas y extendía el desierto. Ese viento, dueño de aquel lugar,
comenzó a soplar con fuerza de huracán, y densas nubes de polvo eclipsaron  la luna, oscureciendo
el paisaje.  Eliot se acurrucó tras una colina, y con la cabeza cubierta por un pañuelo esperó a que
pasara la tormenta de arena, la cual aullaba furiosa, cambiando el paisaje a su paso.
Cuando volvió la calma Eliot siguió avanzando. La luna estaba ahora muy alta en el cielo.
De repente divisó un pequeño valle, y en él las formas de unas construcciones humanas; casas de piedra. 
Si un arma, sintió un hondo terror a ser capturado, bien sabía lo que le esperaba si le sucedía eso.
Se echó a tierra, y como estaba en una zona elevada, observó lo que parecía ser un pequeño pueblo.
No vio movimiento alguno, ni escuchó más sonido que el silbido distante del viento.  Concluyó al
fin que se trataba de ruinas y no de un pueblo abitado.  Igual se acercó con precaución. Aquel lugar
podía servirle como refugio en el cual descansar durante el día; caminar bajo el sol lo mataría rápido.
Ya en el lugar empezó a explorar. Aquellas ruinas eran sumamente antiguas, en gran parte estaban
derrumbadas y no eran más que un montón de rocas.  Otras viviendas en cambio conservaban su paredes, y sus puertas en arco daban hacia la oscuridad del interior.

Todo estaba semienterrado, y Eliot creyó muy probable que la tormenta hubiera desenterrado las ruinas esa misma noche, y que tal vez recorría un pueblo olvidado por los siglos, un pueblo que
sucumbió bajo el desierto, y del cual ya nadie se acordaba.
Pensaba en quiénes pudieron habitar aquel lugar, cuando vio que algo se levantó de la arena; con terror reconoció en aquel bulto a un cuerpo humano, casi un esqueleto.  Pronto se levantaron otros,
irguiéndose hasta quedar sentados, girando la cabeza luego como buscando algo.
Eliot intentó escapar, pero hacia donde volteara había momias levantándose, surgiendo de la arena, arrastrándose
para librarse de ésta, y con movimientos tambaleantes se iban poniendo de pie con dificultad. Estaba rodeado y pronto comenzaron a avanzar hacia él extendiendo los brazos en su dirección.
Nada pudo hacer contra aquella multitud de muertos vivientes, y tras unos alaridos de terror, Eliot fue
Devorado por la horda creciente.
Antes del amanecer volvió a soplar el viento con furiosa intensidad, sepultando nuevamente a la ciudad de los muertos andantes.
  

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