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sábado, 25 de mayo de 2013

La lechuza

Era de noche y estábamos en el patio de mi propiedad; era mi cumpleaños. Como ya era tarde los que vivían lejos ya se habían marchado, quedando sólo un pequeño grupo. Hablábamos de todo un poco, saltando de un tema a otro.  Fuera del alcance de las luce del patio era todo oscuridad (vivo en una zona rural), y noté que Franco, un conocido, volteó de pronto hacia esa oscuridad, como si hubiera escuchado algo. Y un instante después yo lo escuché también: una lechuza chistaba cerca de allí.

- No se asuste compañero, que es sólo una lechuza -dije alzando un poco la voz, para llamar la atención de Franco, que seguía escudriñando la oscuridad. Él volteó hacia mí, después miró a los otros.
- Supongo que esta sí es una lechuza. Eso quiero creer, aunque para ser sincero, igual me asusta, porque pasé mucho terror por una cosa que chistaba como una lechuza. Fue hace mucho tiempo, cuando estuve unos días en la casa de unos parientes que viven en un lugar como este.
- ¿Una cosa que chistaba como uno de esos bichos pero era otra cosa? -preguntó Andrea, una prima, y se encogió de hombros como si hubiera sentido frío de pronto.
- Sí, aunque no me crean. Aquello no era una persona ni un bicho.
- ¿Entonces no es un cuento? -preguntó el marido de Andrea.
- No, no es un cuento de terror, es algo que me pasó, y que deseo que nunca me hubiera pasado.
- Ahora nos dejaste con la intriga -le dije a Franco-. ¿Qué fue lo que te pasó? Cuenta.

Franco giró la cabeza nuevamente hacia la oscuridad, todos lo hicimos, después se volvió hacia nosotros y nos narró lo siguiente:

“Me estaba quedando en un cuarto que tenía una ventana grande que daba hacia el fondo, donde había una arboleda. Las primeras noches, estando acostado allí sentí algo extraño, sentía que me observaban, y que era algo que estaba afuera y podía verme por la ventana. La tercer noche escuché un chistido ¡Chist…! Al escucharlo se me erizó la piel de terror. Sonó varias veces más. Cada vez era diferente; me parecía producido por un humano, luego por un animal. Trataba de convencerme de que solamente era una lechuza, pero volvía a sonar y me aterraba nuevamente.
Por la mañana se lo comenté a mis parientes, aunque no dije que me había asustado. Me dijeron que esos pájaros nocturnos eran muy comunes allí, que si me molestaba lo que tenía que hacer era abrir la ventana y tirar algo hacia los árboles para espantarla.

"Cuando llegó la noche dejé un par de piedras sobre la mesa de luz. Al rato de acostarme volvió el chistido. Dudé al abrir la ventana, me temblaban las piernas. El mismo miedo me hizo arrojar las piedras con fuerza. Una chocó contra una rama, escuché algo que sonó como un aleteo, y una sombra cruzó por el cielo estrellado.  Entonces creí que era sólo un animal y que lo había espantado; pero al cerrar la ventana y darle la espalda, chistaron desde muy cerca, al lado del vidrio, y lo golpearon para que volteara, pero no lo hice, y empezó a arañar la ventana y seguía chistando, y dijo mi nombre con la voz más terrorífica que puedan imaginarse.  Quedé paralizado de terror pero pude gritar. Cuando entraron a mi cuarto aquella cosa, lo que fuera, ya se había ido. Obviamente no me quedé ni un día más en aquella casa” -concluyó Franco.

Aquella historia me inquietó bastante, seguramente a los otros también. No mucho después se marcharon todos juntos, y quedé solo. Esa vez amanecí sin acostarme, porque esporádicamente creí escuchar un chistido lejano, tal vez de una lechuza.

lunes, 13 de mayo de 2013

Efectos secundarios

Marisol caminaba hacia el ancianato donde trabajaba de enfermera. El viento que soplaba esa noche jugaba con su cabellera larga y negra, mas Marisol no le prestaba atención, pues iba sumida en sus pensamientos.  Le preocupaba el efecto negativo que pudiera tener el medicamento experimental que estaban suministrando a los residentes. 
Llegó al lugar. Mientras cerraba con llave prestó atención a un sonido; era la televisión del salón, aún estaba encendida.  Al llegar al salón no había nadie, y vio que había mucho desorden. Apagó la televisión, y en ese momento escuchó el zumbido de un motor eléctrico: era la silla de ruedas de la señora Fernández.   La anciana parecía dormida, tenía la cabeza hacia un lado. La silla de ruedas avanzó hasta chocar contra un sofá, rebotó hacia atrás y volvió a pecharlo.

- ¡Señora Fernández! -exclamó Marisol, y corrió hacia la anciana.

Al apagar la silla notó que la mano de la anciana estaba muy fría, y el brazo estaba algo rígido. Extrañada, le tomó el pulso, no tenía, estaba muerta. Aún sostenía la mano de la anciana cuando ésta abrió los ojos súbitamente, enderezó la cabeza con un movimiento rápido y abrió la boca al tiempo que emitió un grito espantoso. Seguidamente la anciana muerta intentó agarrarla lanzando manotazos y se estiró con la intención de morderla, y sus dientes postizos castañearon en el aire. Tenía los ojos rojos, inyectados de sangre, y abría la boca desmesuradamente al gritar.
Marisol, horrorizada, se apartó bruscamente. Entonces la muerta se levantó de la silla y avanzó temblorosamente hacia ella, sin dejar de dar manotazos al aire tratando de agarrarla.
“¡¿Qué es esto, Dios mío?!”, pensó Marisol al ir retrocediendo. Al girar rumbo a la puerta casi choca con un anciano que se había acercado por detrás sin que ella lo notara. Éste también tenía los ojos rojos, y había otros. Todos los residentes del lugar, convertidos en zombies, avanzaban ahora hacia el salón, hacia Marisol, que al verlos dejó escapar un grito de terror.

Todos estaban manchados de sangre: algunos iban masticando, otros sostenían partes humanas y succionaban la carne e intentaban sacar trozos sacudiendo la cabeza.    Unos jirones de tela que todavía tenían partes blancas, indicaban que aquellos restos eran del doctor del lugar y de la otra enfermera.
Marisol, completamente aterrada, retrocedió ante aquel grupo de zombies; mas entre tanto terror pudo razonar igual: se acordó de la otra salida y corrió hacia ella. Los zombies empezaron a seguirla, avanzando entre gritos y gemidos.
Ya frente a la puerta buscó las llaves dentro del bolso. En su apuro se le cayeron al suelo. Los zombies ya estaban cerca.  El terror le entorpecía las manos, no podía meter la llave. Cuando finalmente la abrió, uno de los zombies ya estaba a su lado, y con un movimiento rápido le mordió el brazo.
Marisol se deshizo del zombie de un empujón y consiguió salir, aunque en su apuro dejó la puerta abierta.
Ya completamente dominada por el terror, lo único que atinó a hacer fue correr hacia su casa, que estaba a unas cuadras de allí.
En su hogar estaban sus tres hijos y su esposo; estaban mirando la televisión. Al escuchar que golpearon el esposo de Marisol se levantó y fue a espiar por la mirilla de la puerta; ella miraba hacia abajo y su cabellera negra cubría gran parte de su cara.

- ¡Marisol! ¿Qué te pasó? ¿Tuviste un accidente? -le preguntó el esposo al abrir y ver el brazo ensangrentado.

Ella levantó la cabeza rápidamente; su piel morena ahora estaba pálida, tenía los ojos rojos, y al abrir la boca lanzó un grito espantoso y se abalanzó hacia su familia…  

domingo, 12 de mayo de 2013

El jinete fantasma

Ese día estuve a punto de no salir, tal vez presintiendo algo. Además era un poco tarde, pero después
de vacilar varias veces me calcé los deportivos y salí a la ruta.
Caminando a paso ligero doblé hacia una carretera que solía evitar por tener muchas subidas.   Un viento sur algo cálido me llegaba de frente, la carretera subía y bajaba por largas y empinadas cuestas, que casi me quitaban el aliento.
A ambos costados el campo ascendía hasta la cima de cerros redondeados y agrestes.  A la distancia se amontonaban unos nubarrones oscuros. Yo seguía caminando sin prestarle mucha atención a lo que me rodeaba, pero una quietud creciente me hizo observar con atención el paisaje. Entonces noté la ausencia de pájaros en los alrededores. La naturaleza estaba como expectante; era la clásica calma que antecede a las tormentas.

Al llegar a la cima de una subida vi que una tormenta avanzaba rápidamente desde el sur.  Se elevaba desde el horizonte y tenía un tono verdoso, unas franjas de nubes iban a la vanguardia, características de las tormentas impulsadas por fuertes vientos. Había caminado hacia la tormenta, al volver la tenía a mi espalda, rugiendo ferozmente. El sol ya estaba muy bajo, al cubrirlo la tormenta el paisaje se oscureció repentinamente, la vez que el viento se hizo más fuerte.
Los pastizales de los cerros se aplanaban por los azotes del vendaval, los relámpagos comenzaron a surcar el cielo embravecido, algunos rayos hicieron temblar la tierra. Luego, una cortina de lluvia, maciza, compacta y estruendosa, bajó de golpe sobre el campo que se conmocionaba bajo la furia de los elementos.  La lluvia era tan intensa que me dificultaba ver. Completamente empapado y calado de frío hasta los huesos, seguí avanzando a través de la sofocante cortina de agua que caía muy inclinada por el viento fuertísimo que la acompañaba.

Algo reluciente me hizo mirar hacia un costado, entonces vi entre aquel caos, en aquel oscurecido paisaje erizado de lluvia, iluminado por momentos por terribles rayos, la aparición fantasmal y luminosa de un jinete cabalgando por encima del campo sin pisarlo, pues las patas del caballo se agitaban en el aire. La crin del fantasmal animal ondulaba lentamente; el jinete tenía una espada en la mano y la apuntaba hacia adelante, como si estuviera guiando a un ejército invisible hacia la batalla.
Vi la aparición sólo por un instante, después desapareció en la tormenta. Al llegar a casa sentí un gran alivio, pero la caminata bajo la tormenta ya me había afectado. Durante la madrugada me envolvió la fiebre, y hasta el amanecer estuve tiritando y sufriendo de pesadillas, en donde veía una y otra vez al jinete fantasma galopando en la tormenta.
    


   

viernes, 10 de mayo de 2013

El hijo del fantasma

Los sueños extraños comenzaron cuando me mudé de casa. No eran pesadillas pero me inquietaban profundamente, pues en esos sueños veía gente que nunca conocí y recorría lugares desconocidos, y veía todo con tanta claridad que no parecían ser creaciones de mi mente, sino recuerdos. Soñaba también con aquella casa, pero al recorrerla lucía diferente, más nueva...

martes, 7 de mayo de 2013

Un cuento de cazadores

Era de madrugada y caminábamos por un campo helado. La noche estaba clarísima. Los pastos, blancos de helada, reflejaban la luz lunar y todo se veía perfectamente. Hernán y yo cargábamos una especie de camilla que improvisamos en el monte con ramas gruesas y mucha cuerda. En la “camilla” iba un jabalí que cazamos por la tarde. Seguíamos de cerca a Romero, el experto del grupo. Entre él y nosotros iban los perros, que eran tres.
Los pastos congelados crujían al pisarlos. Todo estaba inmóvil, silencioso. Cruzamos por algunas arboledas; no se movía ni una hoja, como si todo estuviera congelado, aunque la helada no daba para tanto: era la falta de viento lo que provocaba aquella quietud y aquel silencio.
Vi a Romero hacer unas pausas breves y girar la cabeza como buscando algo. Volteó hacia nosotros y esperó a que lo alcanzáramos.

- Muchachos -nos dijo-. Nos desviamos mucho.
- ¿Y por dónde andamos? -le pregunté.
- Creo, Héctor, que andamos en el campo de los Acuña, si no me equivoco -me contestó.
- ¿No dejan andar por aquí? -preguntó Hernán.
- No es que no dejen, esa gente hace mucho que no vive por aquí, no hay nadie cuidando este campo. La casa de los Acuña, que calculo debe estar ahí adelante, después de esa loma, es la casa embrujada que les conté una vez.

Enseguida recordé la historia que nos narrara Romero en una ocasión, mientras rodeábamos un fogón. La había tomado por un cuento de terror que inventó para entretenernos. Pero ahora, según él, estábamos cerca de dicha casa, y sentí mucha curiosidad, además de no tener ganas de dar un gran rodeo para esquivar aquel lugar; estaba muy cansado.  Hernán también sintió curiosidad (me lo dijo después), y evidentemente estaba tan cansado como yo.  
Romero no quería ir por allí. Tuvimos que insistir un poco y prometerle una botella de su bebida favorita para que aceptara seguir en el mismo rumbo. Volvimos a caminar por el campo blanco de helada. Empezamos a subir la loma, que resultó más larga de lo que aparentaba. Por la mitad de ésta Hernán y yo estábamos casi sin aliento. El jabalí parecía pesar cada vez más.  Debido al aire frío nuestros alientos parecían bocanadas de humo. Al llegar a la cima vimos la casa. Nos hallábamos como a unos treinta metros de ésta. Desde allí se notaba que se encontraba abandonada; poco le faltaba para ser una ruina.
   
Romero quiso seguir avanzando, pero necesitábamos una pausa para recuperar el aliento, entonces dejamos el jabalí en el suelo, a pesar de la insistencia de Romero; mas al observar la actitud de los perros, miré a Hernán y vi que él también estaba asombrado.  Los perros, erizados hasta la cola, mostraban los colmillos y gruñían sordamente hacia la casa.  De pronto se abrió una de las puertas y una luz tenue, vacilante (un fuego fatuo), salió de la oscuridad del lugar, y al ver que avanzaba hacia nosotros, hombres y perros nos echamos a correr, completamente aterrorizados   A nuestra presa la dejamos en aquel lugar, solamente atinamos a huir.
De haber llevado el jabalí a nuestras casas, tal vez hubieran creído nuestra historia, pero creyeron que era un cuento que inventamos por no haber cazado nada.

lunes, 6 de mayo de 2013

Los vecinos

Rubén paseaba por su nueva propiedad.  Caminaba por un sendero que comenzaba en el jardín de la casa, se adentraba en el bosque y serpenteaba entre aquellos árboles añosos.  En algunas partes el  sendero desaparecía bajo una capa de hojas secas, y a Rubén, un hombre de ciudad (como el mismo se calificaba) le costaba volver a
encontrarlo. 
En un momento de su caminata se detuvo y miró extrañado su entorno próximo: no recordaba haber cruzado por allí. Esa parte del bosque era más tupida, más intrincada.
Tras voltear y volver a mirar lo que lo rodeaba, aceptó que estaba perdido. No sabía hacia dónde estaba la casa, aunque intuía que no era muy lejos de allí.
El sol del medio día brillaba entre las copas de los árboles. Rubén siguió avanzando, en procura del sendero.     Cada tanto soplaba una ráfaga de viento, y volaban hojas, y se agitaban las ramas; entonces aquel lugar se llenaba de crujidos, de rechinidos de ramas que rozaban entre si. Después el viento calmaba y el silencio volvía a reinar allí.

Llegó a una parte donde el bosque se habría en un claro. Rubén caminaba mirando hacia el suelo, para evitar tropezar con las incontables raíces y otros obstáculos que encontraba a cada paso.  De pronto, al levantar la vista se encontró frente a una construcción que lo dejó estupefacto, con la boca abierta. Ante él se erguía una cripta. La cripta estaba construida en piedra, y todo en ella indicaba que era muy antigua. Unas enredaderas ya secas cubrían las paredes entrecruzándose entre ellas. Tenía aquella cripta una gran puerta de hierro que estaba rojiza de tanto herrumbre. 
Rubén contemplaba aquella cripta cuando una nueva ráfaga de viento sacudió todo, y entonces, creyó escuchar ahora, entre el rumor del bosque, un, ¡aahhh…! Largo y cavernoso que salió del interior de la cripta.  Aquel sonido lo asustó tanto que inmediatamente quiso alejarse de allí; mas apenas le dio la espalda a la construcción, rechinó lastimosamente la puerta de hierro, y unos pasos presurosos salieron de allí rumbo a él; y a esos pasos se sumaron otros, y todos corrían hacia Rubén que, desesperado por el terror repentino que lo invadió se echó a correr como un loco, sin atreverse a voltear.
De milagro alcanzó el sendero que partía de su casa, y al verse cerca de ésta se atrevió a mirar sobre su hombro pero no vio nada.
Aquella experiencia fue sumamente aterradora para Rubén, pero iba a vivir una peor, pues se encontraba solo, se aproximaba una tormenta, y esa noche sus vecinos de la cripta lo iban a visitar.


  

domingo, 5 de mayo de 2013

Después de la batalla

Un humo tenue como niebla cubría el campo de batalla.  Sobre lo que hasta la mañana fuera
una simple pradera, se desparramaban cuerpos de soldados y caballos. A la distancia sonaban disparos de mosquetes; un bando huía y el otro le daba caza.
Tendido sobre el pasto, boca arriba, estaba Oliver, herido en una pierna pero aún vivo.
Tras recibir un balazo cayó del caballo, quedando inconciente por el golpe recibido. Después de una hora de inconciencia las sensaciones fueron volviendo a él lentamente. El olor a pólvora que inundaba el aire le recordó dónde estaba. También escuchó pasos, y desde arriba llegaba el graznido de los cuervos.
Abrió los ojos y ladeó la cabeza.  Soldados de ambos bandos se arrastraban por los pastos o
caminaban lentamente, con los brazos colgando y la boca medio abierta.

Oliver observó a uno de los soldados y se estremeció súbitamente. Un sable lo atravesaba
de lado a lado, y la punta salía a la altura del corazón.  Enseguida observó a los otros: Uno tenía
un gran hueco en el abdomen, otro un tajo que le abría el uniforme y la carne desde el hombro
hasta la cintura, mientras uno que no tenía piernas ni abdomen caminaba apoyado sobre las manos.
Aquellos hombres no podían estar vivos, estaban muertos, aun así andaban: eran zombies.
Uno de los zombies lo miró, y abriendo más la boca lanzó un largo gemido. Los que le daban
la espalda voltearon y comenzaron a buscar con la mirada.  En un instante varios zombies
iban hacia Oliver, abriendo más la boca y extendiendo sus brazos o muñones como señalándolo.
Intentó levantarse pero no pudo.  Ya estaba rodeado completamente y algunos ya se inclinaban
sobre él, cuando de repente volvieron a tronar los cañones, y enormes bolas de hierro silbaron
por el aire, y los zombies volaron hecho pedazos.
Oliver no salió ileso, pero no le importó; aquella muerte era mejor que ser devorado por zombies.
Cerca de allí, un hombre observaba la devastación con un pequeño telescopio; a su lado  otro
esperaba sus órdenes:

- Parece que eliminamos a la mayoría de los zombies -dijo el que sostenía el telescopio-. Hay que
ir y asegurarse.  Recuerde: hay que destruir el cerebro.
- Sí señor -dijo el que esperaba sus órdenes, haciendo una seña después para que los demás
hombres avanzaran. 

Aquel grupo trabajaba en secreto. Lo habían formado luego de que un puñado de soldados, muertos en un cementerio prohibido, se reanimaran como zombies por causa de una maldición que protegía dicho cementerio.
Hasta ahora cumplían con su trabajo sin mayores inconvenientes, pero pronto iban a enfrentar a su mayor desafío, pues todo un ejército de zombies se había levantado en otro campo de batalla.
  

sábado, 4 de mayo de 2013

Entre amigos y fantasmas

Al terminar las clases algunos compañeros de estudio decidimos salir a acampar.
Todos sentimos alguna vez esa nostalgia que se mezcla con la alegría de terminar un curso.
Esa acampada iba a ser nuestra despedida, concientes que nuevos quehaceres y ocupaciones
nos distanciarían inevitablemente.
Éramos doce en total. En bicicleta, partimos en pelotón rumbo a una laguna.  Fuimos por
una carretera agotadora, llena de subidas y curvas. Finalmente llegamos, empapados en
sudor pero alegres. El sol ya estaba alto en el cielo y hacía mucho calor.
La laguna era casi redonda, de cientos de metros de diámetro, muy honda en algunas partes.
Acampamos en la orilla donde hay árboles, allí armamos nuestras carpas. La idea era pasar
el día con su noche, y regresar en el próximo atardecer.
El lugar era hermoso. Unos repechos bastante grandes cubiertos por pastos bajos llegaban
hasta la orilla, y varios senderos serpentean por ellos. En la cima, por aquí y por allá se veían casas de veraneo.  Más allá, unos cerros lejanos se recortan en el horizonte, y en ellos se podía ver pequeños bosquecillos, que a la distancia parecían sólo unos manchones negros salpicados sobre un verde opaco.

El agua reflejaba el cielo, y ese día era de un azul profundo. Mas entre toda aquella belleza, hay muchas historias de ahogados, suicidios y accidentes, pues varios autos terminaron en el fondo de la laguna.
Durante la noche, conversábamos animosamente bajo la luz de un farol que pendía
de una rama.  De repente escuchamos un ruido en el agua, un ruido fuerte, como si
alguien se hubiera arrojado desde la orilla.  No habíamos visto a nadie más acampando
por allí, y la noche había enfriado bastante,  por lo que nos pareció un poco raro que
alguien se arrojara al agua. 
Uno de mis compañeros había llevado un foco potente, y con su luz barrió la superficie
de la laguna.  El agua estaba sumamente calma. Nos miramos sin decir nada, todos
sabíamos que allí había muerto gente. Apenas apagó el foco, nuevamente escuchamos
ruidos en el agua, como si alguien nadara.
La luz del foco reveló una superficie calma, inmóvil.  El resto de la noche seguimos
escuchando ruidos ,y hasta voces que venían del agua, sin que pudiéramos ver algo, y eso asustó a todos.
Nos marchamos temprano por la mañana. Gracias a esos hechos sobrenaturales, sé que ninguno va a olvidar esa acampada por más que pasen los años.

      

viernes, 3 de mayo de 2013

Invasión a la tierra

Mario escuchaba las terribles noticias por la radio pero le costaba creerlas. La tierra estaba siendo invadida por extraterrestres. Naves gigantescas cruzaban los cielos. Ejércitos de extraterrestres avanzaban arrasando con cuanto humano veían, y esos ejércitos eran muy superiores a los terrestres.
La casa de Mario estaba ubicada en un lugar remoto, y de esa apocalíptica situación, llegaba hasta allí solamente algún lejano sonido de explosión, y las noticias que escuchaba por la radio.
Después de varios días todas las señales se apagaron, y con la radio sobre la mesa buscó inútilmente alguna emisión, pero sólo escuchó estática.

- La cosa está realmente fea, Tony. Vamos a tener que refugiarnos -le dijo Mario a su amigo. Éste lo miró, meneó la cola y ladró como aprobando la idea de su dueño.

Lo primero que el viejo consideró como escondite fue el aljibe; un pozo para contener agua que estaba vacío. El aljibe tenía cinco metros de profundidad, y en el fondo una gran cámara, varias veces más ancha que el diámetro de su boca; era como un pequeño búnker.
En el pretil del aljibe hizo unos huecos para que entrara aire, y con unos caños diseño un  sistema de ventilación simple.  
Siempre tenía mucho alimento enlatado, porque iba a la ciudad lo menos que podía, y cuando iba compraba bastante.  Utilizando cuerdas y un sistema de poleas fue bajando los víveres y las cosas que creía necesarias, incluyendo dos baterías de auto, y de esa misma forma bajó a su perro; él utilizó la escalerilla que tenía el aljibe, y tras bajar los primeros peldaños cerró la tapa.
Los primeros días los pasó mayormente en la oscuridad, tratando de escuchar qué pasaba afuera, y pensando que en cualquier momento podían aparecer los extraterrestres. Tony se adaptó a la oscuridad, y Mario lo escuchaba caminar por el lugar como si anduviera por la casa.    A veces trataba de convencerse de que no iban a llegar hasta allí, que tal vez los extraterrestres sólo atacaban ciudades y concentraciones grandes de humanos; pero enseguida volvía a sentir miedo y a escuchar atentamente.

Dormía muchas horas y solía despertar sin saber si era de noche o de día. La acumulación de desechos lo obligó a subir para arrojarlos. Primero asomó la cabeza, como una marmota tímida, echó una mirada en derredor y comprobó que todo seguía igual, después arrojó la basura.
Tras varias incursiones a la superficie fue tomando confianza, y convenciéndose de que los invasores no estaban interesados en ir hasta allí. Comenzó a subir a su perro y a dar paseos con él, aunque sin dejar de vigilar el horizonte y el cielo.
Una noche, en la absoluta oscuridad del aljibe, el viejo despertó al sentir que le sacudieron el brazo.
¡Tony! Aquí Tony, ¿dónde estás? -dijo Mario, mientras tanteaba el suelo buscando la linterna. Tocó algo peludo; era su perro, estaba tendido en el suelo. Al palparlo notó que no respiraba, estaba muerto y su cuerpo ya estaba frío. ¡Pero entonces! ¿Quién lo había tocado? Un terror intenso se apoderó de él ¡Los extraterrestres estaban allí!
En la oscuridad brillaron dos ojos rojos, y enseguida otros, y otros más: estaba rodeado.