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domingo, 5 de mayo de 2013

Después de la batalla

Un humo tenue como niebla cubría el campo de batalla.  Sobre lo que hasta la mañana fuera
una simple pradera, se desparramaban cuerpos de soldados y caballos. A la distancia sonaban disparos de mosquetes; un bando huía y el otro le daba caza.
Tendido sobre el pasto, boca arriba, estaba Oliver, herido en una pierna pero aún vivo.
Tras recibir un balazo cayó del caballo, quedando inconciente por el golpe recibido. Después de una hora de inconciencia las sensaciones fueron volviendo a él lentamente. El olor a pólvora que inundaba el aire le recordó dónde estaba. También escuchó pasos, y desde arriba llegaba el graznido de los cuervos.
Abrió los ojos y ladeó la cabeza.  Soldados de ambos bandos se arrastraban por los pastos o
caminaban lentamente, con los brazos colgando y la boca medio abierta.

Oliver observó a uno de los soldados y se estremeció súbitamente. Un sable lo atravesaba
de lado a lado, y la punta salía a la altura del corazón.  Enseguida observó a los otros: Uno tenía
un gran hueco en el abdomen, otro un tajo que le abría el uniforme y la carne desde el hombro
hasta la cintura, mientras uno que no tenía piernas ni abdomen caminaba apoyado sobre las manos.
Aquellos hombres no podían estar vivos, estaban muertos, aun así andaban: eran zombies.
Uno de los zombies lo miró, y abriendo más la boca lanzó un largo gemido. Los que le daban
la espalda voltearon y comenzaron a buscar con la mirada.  En un instante varios zombies
iban hacia Oliver, abriendo más la boca y extendiendo sus brazos o muñones como señalándolo.
Intentó levantarse pero no pudo.  Ya estaba rodeado completamente y algunos ya se inclinaban
sobre él, cuando de repente volvieron a tronar los cañones, y enormes bolas de hierro silbaron
por el aire, y los zombies volaron hecho pedazos.
Oliver no salió ileso, pero no le importó; aquella muerte era mejor que ser devorado por zombies.
Cerca de allí, un hombre observaba la devastación con un pequeño telescopio; a su lado  otro
esperaba sus órdenes:

- Parece que eliminamos a la mayoría de los zombies -dijo el que sostenía el telescopio-. Hay que
ir y asegurarse.  Recuerde: hay que destruir el cerebro.
- Sí señor -dijo el que esperaba sus órdenes, haciendo una seña después para que los demás
hombres avanzaran. 

Aquel grupo trabajaba en secreto. Lo habían formado luego de que un puñado de soldados, muertos en un cementerio prohibido, se reanimaran como zombies por causa de una maldición que protegía dicho cementerio.
Hasta ahora cumplían con su trabajo sin mayores inconvenientes, pero pronto iban a enfrentar a su mayor desafío, pues todo un ejército de zombies se había levantado en otro campo de batalla.
  

3 comentarios:

Anónimo dijo...

joder! si, recuerdo tu anterior historia "zombies en el campo de batalla" esta seria la continuacion de la misma, no? vale suerte y sigue escribiendo como siempre!
J. Salazar

Jorge Leal dijo...

Sí, esta historia surgió de la otra. Me alegra que alguien se dé cuenta. Saludos J. Salazar.

J. Salazar dijo...

joder! pues me encanta todo lo que escibes aqui!, esta esta entre tus mejores obras, pero ojala que tembien saques secuelas de otras historias! como la de "Del Infierno" o "el cazador de lobos" leer esta ultima fue como estar viendo la pelicula de la misma!! con efectos especiales y todo! jaja.. mucha suerte!!
J. Salazar.

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