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martes, 7 de mayo de 2013

Un cuento de cazadores

Era de madrugada y caminábamos por un campo helado. La noche estaba clarísima. Los pastos, blancos de helada, reflejaban la luz lunar y todo se veía perfectamente. Hernán y yo cargábamos una especie de camilla que improvisamos en el monte con ramas gruesas y mucha cuerda. En la “camilla” iba un jabalí que cazamos por la tarde. Seguíamos de cerca a Romero, el experto del grupo. Entre él y nosotros iban los perros, que eran tres.
Los pastos congelados crujían al pisarlos. Todo estaba inmóvil, silencioso. Cruzamos por algunas arboledas; no se movía ni una hoja, como si todo estuviera congelado, aunque la helada no daba para tanto: era la falta de viento lo que provocaba aquella quietud y aquel silencio.
Vi a Romero hacer unas pausas breves y girar la cabeza como buscando algo. Volteó hacia nosotros y esperó a que lo alcanzáramos.

- Muchachos -nos dijo-. Nos desviamos mucho.
- ¿Y por dónde andamos? -le pregunté.
- Creo, Héctor, que andamos en el campo de los Acuña, si no me equivoco -me contestó.
- ¿No dejan andar por aquí? -preguntó Hernán.
- No es que no dejen, esa gente hace mucho que no vive por aquí, no hay nadie cuidando este campo. La casa de los Acuña, que calculo debe estar ahí adelante, después de esa loma, es la casa embrujada que les conté una vez.

Enseguida recordé la historia que nos narrara Romero en una ocasión, mientras rodeábamos un fogón. La había tomado por un cuento de terror que inventó para entretenernos. Pero ahora, según él, estábamos cerca de dicha casa, y sentí mucha curiosidad, además de no tener ganas de dar un gran rodeo para esquivar aquel lugar; estaba muy cansado.  Hernán también sintió curiosidad (me lo dijo después), y evidentemente estaba tan cansado como yo.  
Romero no quería ir por allí. Tuvimos que insistir un poco y prometerle una botella de su bebida favorita para que aceptara seguir en el mismo rumbo. Volvimos a caminar por el campo blanco de helada. Empezamos a subir la loma, que resultó más larga de lo que aparentaba. Por la mitad de ésta Hernán y yo estábamos casi sin aliento. El jabalí parecía pesar cada vez más.  Debido al aire frío nuestros alientos parecían bocanadas de humo. Al llegar a la cima vimos la casa. Nos hallábamos como a unos treinta metros de ésta. Desde allí se notaba que se encontraba abandonada; poco le faltaba para ser una ruina.
   
Romero quiso seguir avanzando, pero necesitábamos una pausa para recuperar el aliento, entonces dejamos el jabalí en el suelo, a pesar de la insistencia de Romero; mas al observar la actitud de los perros, miré a Hernán y vi que él también estaba asombrado.  Los perros, erizados hasta la cola, mostraban los colmillos y gruñían sordamente hacia la casa.  De pronto se abrió una de las puertas y una luz tenue, vacilante (un fuego fatuo), salió de la oscuridad del lugar, y al ver que avanzaba hacia nosotros, hombres y perros nos echamos a correr, completamente aterrorizados   A nuestra presa la dejamos en aquel lugar, solamente atinamos a huir.
De haber llevado el jabalí a nuestras casas, tal vez hubieran creído nuestra historia, pero creyeron que era un cuento que inventamos por no haber cazado nada.

1 comentario:

  1. no manches si da miedo en mi casa pasa lo mismo

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