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sábado, 29 de junio de 2013

La promesa aterradora

Uno de los obreros fue a abrir la puerta con la llave, pero Alejandro lo apartó y dijo:

- Deja, que yo la voy a abrir. Siempre quise hacer esto -y abrió la puerta de una enérgica patada hacia atrás.
- ¡Alejandro el demoledor! -victoreó uno de sus compañeros. Ese era su apodo y su oficio. La compañía para la que trabajaba iba a demoler aquella casa.

Entraron y miraron en derredor. Antes de demoler la casa con maquinaria pesada, debían quitar de su interior todo lo que pudiera tener valor. Generalmente sólo podían hacerse de la instalación eléctrica, de las aberturas, algunas losas de los baños; mas la casa en cuestión estaba completamente amueblada, lo que era extraño.

- No se llevaron nada, y los muebles parecen antiguos -observó uno de los compañeros de Alejandro, mientras tocaba uno de los muebles.
- Estos ricos se dan el lujo de abandonar cosas así -dijo Alejandro-. Bueno, vamos a ver cómo cargamos estos armatostes.
- ¡Pero que cosa más horrible…! -exclamó de pronto uno de los presentes. Todos se volvieron hacia él. Estaba mirando un gran armario, y en su interior, tras un vidrio, había una muñeca antigua que tenía una expresión aterradora en la cara, mezcla de mirada maligna y sonrisa aterradora.
- ¡Válgame Dios! Que muñeca más fea -opinó Alejandro, y empezó a bromear-. Era de la hija de Drácula. No, tal vez antes las usaban para curar el hipo ¡Jaja…! En las cosas que gastan los ricos, no se puede creer. Miren sus ojos, son… ¡Los movió!
 
Cuando Alejandro dijo eso, los otros, que reían ruidosamente, callaron de golpe y se apartaron: todos habían visto lo mismo. Permanecieron en silencio un momento, mirando fijamente a la horripilante cara de la muñeca, hasta que Alejandro dijo:

- No pasa nada. Sus ojos deben ser como unas canicas, se deben mover fácilmente. Tal vez fue por nuestras pisadas… o se aflojaron justo ahora por la humedad o algo así. Que alguien traiga una bolsa, o una caja. La metemos ahí y después la llevamos, que probablemente valga algo, si los que vivían aquí la tenían…

Uno de los obreros apareció luego con un saco de tela. Alejandro tuvo que forzar el armario, pues estaba cerrado. Cuando agarró a la muñeca resultó que ésta era más pesada de lo que creía. La metió en el saco y la dejó en un rincón; cuando cargaran las otras cosas la pondrían arriba. Mientras hacía eso sus compañeros lo observaban con atención: la muñeca los había impresionado profundamente, pues al mover los ojos su mirada maligna había pasado por la de todos, aunque fue por un momento muy breve.
Estaban cargando los muebles cuando una voz espeluznante, agria, profunda y aguda a la vez, gritó desde otra habitación:

- ¡Los voy a visitar una noche, cuando estén dormidos, aunque van a saber que estoy ahí, parada al lado de su cama, pero no van a poder hacer nada, no podrán moverse! ¡Jijiji…!

Y la voz calló de pronto, dejando a todos mudos de terror. Después se escuchó unos pasitos que se alejaban apresuradamente. Alejandro miró hacia el saco, éste estaba vacío. Cuando el terror los soltó un poco se atrevieron a recorrer la casa, pero la muñeca ya no estaba.

lunes, 17 de junio de 2013

Nuestro amigo muerto

Estábamos en la casa de un amigo que acabábamos de enterrar. Éramos cinco. El salón donde nos hallábamos era sumamente amplio y frío, y estaba mal iluminado. En el exterior de la casa hacía un tiempo horrible: era una noche tormentosa, llovía y había viento.  No muy lejos de allí, después de un jardín bastante extenso que se veía en parte desde la ventana del salón, se encontraba la cripta familiar donde se hallaba ahora el cuerpo inerte de Mauricio.
El sacerdote que había oficiado el entierro nos acompañó un buen rato luego de que se marcharan los otros, eso fue al final del día.  Lo noté algo turbado, preocupado tal vez, y antes de irse nos dijo que no nos quedáramos mucho allí, aunque no supo explicarnos por qué. Seguramente él no estaba seguro, pero probablemente presentía algo, o había sentido algo extraño, porque mientras pronunciaba unas oraciones miraba de reojo el ataúd de Mauricio.
Habíamos encendido la chimenea y conversábamos frente a ella:

- ¿Y la mujer que andaba con Mauricio, no se habrá enterado…? -preguntó Ramón, dirigiéndose a mí.
- Ni idea -le contesté-. Apenas la vi un par de veces, y no se acercó ni a saludar. La primera vez fue hace poco, una noche de carnaval, y la segunda fue hace unos días, la iluminé con el auto cuando venía por este camino. No le habrá hecho mucha gracia, porque se cubrió el rostro y volteó como si la hubiera encandilado, aunque andaba con las luces bajas. Supongo que había andado por aquí, ya era tarde de la noche.
- Esteban, ¿era tan linda como dice Ramón o no? -me preguntó esta vez Pablo, otro de mis amigos.
- ¡Oh sí!, pero también era extraña, muy pálida para mi gusto, y sus ojos eran tan negros como su pelo.
- Pálido estaba Mauricio estos últimos días -comentó Javier, y todos asintieron con la cabeza -. Sería por la anemia esa que le dio.  

Después quedamos en silencio, recordando a nuestro amigo. Todos miraban las llamas de la chimenea.  Mauricio no tenía parientes vivos, sólo tenía a sus amigos, y su última voluntad fue que nos quedáramos con su propiedad, un gesto típico de él; aunque sus últimos días estuvo bastante distanciado de todos. Se debilitó rápidamente por una anemia cuya causa no pudo explicar el único médico que vio, y murió repentinamente.  Pensando en eso se me ocurrió algo que me hizo estremecer:

- Muchachos -les dije-. Todo esto me hace recordar un cuento de terror que leí, y varias películas que vi. No importa si se ríen, pero, a veces la realidad supera a la ficción y…
- Deja de andar con vueltas -dijo de pronto Sebastián, que hasta el momento había permanecido en silencio-. Creo que todos estamos pensando en lo mismo: que aquella mujer era una vampira.
- Es lo que iba a decir -confesé. Evidentemente los otros también estaban pensando en eso, pues quedaron completamente serios y con los ojos muy grandes.

La noche iba empeorando, la tormenta creció. Retumbó un trueno que hizo que mi corazón se acelerara de golpe, y que los otros reaccionaron con movimientos bruscos de sobresalto. Siguieron al trueno unos relámpagos, estalló un rayo no muy lejos de allí, y toda la casa tembló. Las pocas luces del salón empezaron a titilar, y en medio de aquella emoción, de aquel terror que iba creciendo y que alimentábamos entre todos, Ramón lanzó un grito y señaló hacia la ventana, y a la vez vimos que un par de siluetas humanas se desplazaban por el jardín: una era de mujer; y la otra parecía ser la de Mauricio. Desaparecieron en la oscuridad y no los vimos más. Cuando la tormenta amainó nos marchamos de allí. 
Pasados unos días nos reunimos para hablar del asunto. Ninguno ha vuelto a la casa, la dejamos abandonada, y hasta ahora no nos atrevemos a revisar la cripta donde colocamos a nuestro amigo.


martes, 11 de junio de 2013

Algo en la oscuridad

Rubén caminaba siguiendo la línea blanca de la ruta, que era lo único que se veía en aquella oscuridad. Cuanto más avanzaba la noche, menos vehículos cruzaban por él, y ninguno se detenía para llevarlo.
Viajar así era parte de su vida: trabajaba en una cosecha, viajaba hasta otra, vivía un tiempo en un pueblo, o en algún establecimiento rural, partía nuevamente… Pero a pesar de haber andado en incontables ocasiones por numerosas rutas, muchas veces de noche, nunca había atravesado una zona tan vasta y despoblada, ni había visto una noche más oscura y silenciosa que aquella.  La línea de la ruta era su única guía, no se veía ni las manos. Avanzaba lentamente, con pasos inseguros. Inútil era levantar la vista hacia el cielo o buscar el horizonte, pues todo era oscuridad. Era angustioso caminar así, mas no quería detenerse, porque sentía que cierto temor, vago aún, iba a aumentar si dejaba de caminar. Al marchar podía concentrarse en seguir la línea blanca, y de esa forma no pensar; pero su temor igual fue creciendo de a poco. ¿A qué le temía? No lo sabía, ¿Qué podía haber en aquella oscuridad?, ¡nada!, sólo campos solitarios iguales a otros que había atravesado, pero, ¿qué era aquella sensación que sentía cada vez más fuerte? ¿Sería por estar solo? No, él no le temía a la soledad, era otra cosa, sentía que… algo iba a su lado.

Se detuvo y escuchó, todo estaba silencioso. Fue a extender un brazo pero lo contuvo un terror repentino y atroz. “Y si tanteo algo”, pensó, y sintió más terror. Experimentó de pronto el miedo instintivo y profundo a lo desconocido, el verdadero terror, y al borde de la desesperación, de huir gritando hacia cualquier lado, extendió su brazo derecho y lo movió en la oscuridad. Lo hizo porque creyó por un instante que allí no había nada, y que si lo comprobaba su terror iba a disminuir; pero se equivocó, pues de pronto su mano tanteó algo peludo y frío, y una cosa lanzó un grito agudo frente a su cara, y después Rubén sintió que le mordían la cabeza.


lunes, 10 de junio de 2013

El despertar

El despertar de Aníbal no fue nada corriente, pues estaba de pié y se hallaba en el bosque.
Desconcertado, confundido, giró la cabeza en todas direcciones. A pesar de su confusión supo enseguida donde se encontraba; no estaba muy lejos de su casa.  El sol brillaba en lo alto y su luz atravesaba el follaje descendiendo hasta el suelo en forma de haces. Una brisa refrescante agitaba levemente las hojas produciendo un rumor que por momentos se intensificaba, y algunas ramas secas caían desde las copas.  No había nada extraño en el lugar, sólo no recordaba cómo había llegado hasta allí.

domingo, 9 de junio de 2013

Miedo al mar 2

Mucho tiempo después de mi aterradora experiencia en el mar, decidí regresar a él para enfrentar mi miedo. Después de todo sólo había visto que algo agitaba el agua iluminada por la luna, y lo que me pareció algo absurdamente grande, bien pudo ser un grupo de animales. Estar pensando en monstruos marinos en ese momento seguramente contribuyo con el repentino terror que sentí esa noche. Esos razonamientos son los que me hicieron volver al mar.
Tras un día entero de viaje llegué a una ciudad costera, y veinticuatro horas después partí en un barco repleto de turistas.  
Las dimensiones del barco me daban algo de seguridad, aunque seguía mirando el mar con aprensión, y alguien lo notó. Un viejo barbudo vestido de marinero se acercó a saludarme y, apoyado despreocupadamente en la baranda de la nave empezó una conversación:

- El tiempo está bueno -comenzó diciendo el marinero-. El mar está calmado.
- Sí, hace buen tiempo -afirmé.
- Pero igual a usted no le gusta -observó el veterano de mar, y sonrió bajo su barba.
- Usted es observador -le dije-. Es cierto, no me gusta el mar. Soy un hombre de tierra firme, de andar en el campo, en el monte. Esto es algo muy ajeno a lo que conozco, es… no sé, no le encuentro la belleza, me resulta inquietante, tanta profundidad, tanta vastedad… Francamente, le tengo bastante miedo. No me avergüenza decirlo porque estoy seguro que muchos se aterrarían en los montes donde yo duermo tranquilamente. Respeto a los que aman el mar, pero a mí no me gusta.
-  No tiene que gustarle a todos, y no es vergonzoso temerle. Tontos son los que no lo respetan. Todos estos turistas -dijo el viejo mirando a algunos pasajeros que pasaban- creen que viajar en barco es divertido, creen que la tecnología los mantiene a salvo, creen que pueden cruzar por estas aguas sin tener un mínimo de respeto. Antes los marineros vigilaban el horizonte con preocupación, ahora vigilan sus radares y aparatos, pero no pueden verlo todo, el mar aún guarda muchos misterios…

Y dicho aquello el viejo marinero se despidió con un gesto, levantó un poco su gorra, se alejó y se perdió entre los turistas que deambulaban por la cubierta.
Tras esa conversación miré hacia el horizonte, y vi que una montaña de nubes oscuras y amenazadoras se iba elevando de a poco. Después empezó a soplar un viento por demás cálido, el mar empezó a picarse, se oscureció, y en cuestión de minutos la tormenta estaba sobre nosotros.
El personal del barco hizo que todos fueran a sus habitaciones, y noté miradas alarmadas.
Cuando entré a mi camarote la tormenta rugía ferozmente. A pesar del enorme tamaño del barco, el mar enfurecido empezó a sacudirlo, e inevitablemente me asusté bastante. Retumbaban truenos, el viento silbaba horriblemente, y el ruido del mar enloquecido era ensordecedor. Entonces  maldije mi decisión de volver al mar, y no sé por qué miré repentinamente hacia la ventana redonda del camarote. El viejo marinero me miraba desde el otro lado del grueso vidrio, pero ahora tenía rasgos monstruosos: tenía dientes puntiagudos y una sonrisa descomunalmente grande, y lo iluminaron unos relámpagos, y aquel instante de intenso terror me pareció eterno, hasta que finalmente desapareció de pronto.

La tempestad duró toda la noche. Por poco el barco no zozobró, y de milagro no terminamos en las oscuras profundidades del mar.   Unas horas después alcanzamos un puerto. En ese tramo del viaje busqué al viejo marinero con la esperanza de comprobar que era alguien real, y que lo que vi fue una especie de alucinación provocada por el miedo, pero no lo encontré, y aunque pregunté a varias personas nadie lo recordaba.
  

miércoles, 5 de junio de 2013

El muñeco

Esa noche Gerardo estaba atendiendo la emergencia del hospital donde trabajaba.
De pronto se abrió la puerta de dos hojas y un par de enfermeros entraron empujando una camilla; sobre ésta iba acostado un tipo que estaba abrazado de un muñeco.  Gerardo había visto de todo, pero aquello lo sorprendió. Uno de los enfermeros se acercó para decirle en voz baja:

- Doctor, el paciente tiene síntomas de haber sufrido un infarto. Lo atendimos en el teatro donde estaba dando una función. Como ya habrá notado, es ventrílocuo, y no se quiere apartar del muñeco.
- Está bien, yo me encargo. Buen trabajo -le dijo Gerardo al enfermero.

Al ver al paciente de cerca notó que estaba a punto de perder el conocimiento. Escuchó el pecho del tipo con el estetoscopio y enseguida ordenó:

- Hay que llevarlo urgentemente a cardiología, está por tener otro infarto y… -Gerardo no terminó la frase porque el enfermo lo tomó fuerte del brazo, y con la voz ronca le pidió:
- Quiero ir con mi muñeco… no deben apartarlo de mi lado… por favor… es un muñeco…
- Quédese tranquilo. Se lo voy a cuidar personalmente. Ahora tiene que preocuparse por usted.

El hombre fue a decir algo más pero quedó inconciente. Los enfermeros lo llevaron a otra sala y Gerardo quedó con el muñeco.
El muñeco era del tamaño de un niño pequeño, tenía la boca articulada, los ojos eran muy realistas, y mientras Gerardo lo sostenía se cerraron solos, lo que lo impresionó un poco. Después recordó que esos muñecos tienen un mecanismo interno con el cual los ventrílocuos  manipulan los ojos y la boca de la marioneta. Entonces creyó que lo había accionado sin querer al sostenerlo.
En la habitación había un armario que estaba casi vacío, lo abrió y metió el muñeco allí, cerrándolo enseguida.
No mucho después llegó un accidentado. Mientras Gerardo suturaba una herida abierta, estando de espalda al armario, tuvo la impresión de escuchar algo, un ruido apagado que parecía venir del interior del mueble; pero siguió haciendo su tarea sin voltear. Miró sí a la enfermera que lo ayudaba ahora, pero ésta parecía no haber escuchado el ruido, pues estaba atenta al herido.

Cuando quedó solo miró hacia el armario. La puerta del mueble se encontraba entornada, y parte de la cara del muñeco se asomaba por la abertura, y resaltaba un ojo bien abierto que estaba mirando a Gerardo.  Al notar el ojo espía del muñeco se asustó tanto que al retroceder chocó una mesa donde había instrumentos quirúrgicos, y éstos cayeron al suelo con estruendo, haciendo que Gerardo dejara de ver hacia el armario. Cuando lo miró nuevamente estaba bien cerrado.
Después de eso no se atrevió a abrirlo, y como no llegaba más nadie salió al pasillo para tratar de tranquilizarse.  Volvió a la sala acompañado del doctor que lo iba a relevar, y al no estar solo se animó a abrir el armario, y cuando lo hizo el muñeco ya no estaba, y su colega notó que habían dejado una ventana abierta.
       

martes, 4 de junio de 2013

El último amanecer

Alfredo estaba algo mareado por la fuerza del impacto. Cuando se recompuso salió del auto a evaluar los daños. El paragolpes estaba torcido pero lo demás estaba bien.
Era de madrugada y se encontraba en una zona donde no había casas. Una momentánea distracción lo hizo salir del camino y chocar con un terraplén.
Volvió al auto y lo encendió; sonaba bien. Después retrocedió un poco hasta enderezarlo para seguir su camino; pero al ver unas luces por el retrovisor detuvo el vehículo. “Un policía, ¡es lo único que me faltaba!”, pensó Alfredo. 
La patrulla se detuvo detrás de él, se escuchó un portazo, y por uno de los espejos vio que un agente caminaba en su dirección.

- Buenas noches -saludó el agente-. Vi que estaba maniobrando su auto, ¿se salió del camino?
- Buenas noches. Sí, me salí del camino, pero fue poco, no había otro vehículo, choqué apenas contra ese terraplén de tierra. No fue nada, por suerte, ¡jeje!

El uniformado enfocó el terraplén con su linterna, luego se inclinó sobre la ventanilla:

- Le informo que va a tener que acompañarme hasta el hospital, tienen que revisarlo.
- Pero estoy bien, no fue nada, no tengo ningún corte ni nada… -repuso Alfredo.
- Igual tiene que acompañarme, señor, es por su bien.
- ¿Es para ver si he tomado? ¿No puede hacerme una prueba aquí, esa de caminar en línea recta o algo así?
- Señor, tiene que acompañarme. Lo revisa un doctor y ya está.
- Mire -dijo Alfredo, y sacó unos papeles de la guantera-. Tengo todos los documentos. ¿No los va a revisar?

El uniformado los tomó y los miró por unos segundos.

- Está todo bien, pero igual tiene que venir conmigo. No haga que se lo repita. Salga de ahí y suba a la patrulla.
- Pero, puedo ir en mi auto, está funcionando bien.
-Suba a la patrulla. Acaba de accidentarse, tiene que dejarlo ahí. Ahora salga y acompáñeme, y no de más problemas.
- No quiero dar problemas, sólo preguntaba porque estoy bien, y no veo que sea necesario ir al hospital.

Aunque aquella situación le pareció muy extraña, igual obedeció pues no quería problemas con la ley. Consideró que si aquel policía estaba abusando de su poder, podría denunciarlo después, al otro día, pues si la cosa empeoraba allí tal vez no le iban a creer. Pensando en eso, cuando ya estaba dentro del vehículo, consideró también que tal vez aquel tipo no era lo que aparentaba, y desconfiando comenzó a interrogarlo a medida que avanzaban por un camino oscuro:

- Disculpe oficial, ¿a qué hospital va a llevarme? ¿Está muy lejos, en qué ciudad está?
- Cuando llegue lo va a saber. No falta mucho. Haga silencio, voy conduciendo.
- Sé que tengo derechos, además no hice nada. Si no me dice a dónde vamos va a ser mejor que se detenga y me deje ir. ¿Escuchó?

El tipo siguió conduciendo sin contestarle. Entonces Alfredo sintió que estaba en peligro, y su instinto de conservación surgió con fuerza.  Cuando iban doblando lentamente en una curva se abalanzó hacia el conductor, lo tomó por el cuello y lo sacudió con todas sus fuerzas. El falso policía lanzó una especie de chillido similar al grito de un cerdo asustado, y de un instante al otro Alfredo estaba agarrando el cuello de un monstruo horripilante con rasgos de murciélago y nariz de cerdo: era un vampiro.   Enseguida el vampiro le mordió la mano, Alfredo lanzó un grito y luchó con más fuerza, con esa fuerza que surge en raras ocasiones, y que es capaz de hacer que una madre levante un pesado vehículo para rescatar a un hijo; y Alfredo era un hombre fuerte. Presionó tanto el cuello del monstruo que consiguió enterrarle los dedos, después tiró y lo desgarró, y el chillido del vampiro se volvió ronco, al tiempo que una sangre negra y espesa se le escapaba por la gran e irregular herida.
El auto se había detenido en medio de la lucha. En cuestión de segundos el vampiro comenzó a deteriorarse, a derretirse. Alfredo escapó de allí y llegó a donde estaba su auto al amanecer. Y ese fue el último amanecer que vio, porque por causa de la mordida que tenía en la mano, a la noche siguiente se convirtió en vampiro.