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martes, 30 de julio de 2013

Suerte terrorífica.

Durante la noche las calles de aquella zona eran deprimentes y oscuras. La basura se acumulaba en las esquinas, volaba con el viento, y la gente que mal vivía allí dormía entre ella. Las sombras bajaban desde los edificios, ocultaban las inmundicias de los callejones, y a veces se desplazaban siguiendo a algún vagabundo de andar lento y desparejo.
Por una de esas calles caminaba Walter. El frío se le había metido hasta los huesos, y un viento helado, inclemente, le hacía arder las mejillas ahora huesudas.
Seguía avanzando porque presentía que si pasaba otra noche entre cartones iba a morir de frío.
Él no era de aquella ciudad y ya había transvasado la zona que conocía. Caminaba ahora por una calle donde las casas estaban más apartadas y parecían más viejas. Eran los restos de una zona residencial abandonada. Antiguos jardines eran ahora matorrales oscuros. Algunos terrenos tenían rejas oxidadas en  las entradas, otros, muros agrietados por donde trepaban plantas.
Aquellas viviendas, iluminadas por la luna, lucían aterradoras; mas Walter las veía como un probable refugio salvador. En ese momento hubiera hecho cualquier cosa para escapar del frío que lo estaba matando.

Eligió una casa cuyo sendero de piedras pálidas aún resaltaban entre los pastos y malezas que habían tomado el terreno. Unos pinos de gran altura silbaban horriblemente en aquel lugar, y sombras oscilantes se atravesaban en el sendero.   Cuando alcanzó la puerta vio que se encontraba entornada.
Adentro sólo había oscuridad. Las manos entumecidas de Walter apenas pudieron accionar un encendedor que llevaba.  De pronto se iluminó parte de un salón vasto, y escudriñando hacia todos lados pudo vislumbrar una chimenea.  En ella había una pila de leña reseca, agrietada y retorcida por el tiempo.  Siempre guardaba papeles en sus bolsillos, y le sirvieron para encender la leña.
Cuando crecieron las llamas Walter extendió sus manos hacia ellas para calentar sus palmas. Después se acostó sobre el suelo y se acomodó de costado para contemplar el fuego. Estaba así cuando escuchó una voz cavernosa que sonaba como la de una anciana:

- Veo que se ha puesto cómodo en mi hogar -dijo la voz con un tono malévolo-, pero pronto se arrepentirá de entrar aquí ¡Jaja! Se lo aseguro.

Walter se sentó y giró la cabeza hacia donde parecía provenir la voz. Una anciana espectral, con rasgos de bruja, mirada y sonreía maligna. Estaba sentada en lo alto de un armario oscuro.  
La terrorífica imagen de la anciana extendió una mano delgadísima y por demás arrugada y lo señaló:

- Cuando te duermas voy a succionar tus ojos ¡Jajaja…! Y te voy a sacar la lengua de un mordisco… ya verás ¡Jajaja…! Ya verás intruso. Mejor corre, ¡vete de aquí! ¡Vete…! -y la anciana espectral se lanzó hacia él volando. Walter no pudo hacer otra cosa que cerrar los ojos. El terror lo había apresado, y ya casi no le quedaba fuerza en el cuerpo.

Pero tras un instante de terror casi mortal, no pasó nada, y cuando abrió los ojos, la anciana nuevamente estaba sentada en la cima del armario. Lo miró de la misma manera, volvió a señalarlo y repitió las mismas palabras.
Venciendo parcialmente el terror que lo dominaba, Walter entendió que aquel fantasma no podía hacerle daño. La aparición siguió amenazándolo pero él no se movió de donde se hallaba. Poco después amaneció, y la aparición se disipó como un humo.  Entonces Walter, con precaución, fue hasta el armario aquel, intuyendo algo, y cuando revisó unos cajones, éstos estaban llenos de joyas.
Aun en la muerte la anciana custodiaba sus joyas.
Al vender aquellas reliquias Walter pudo enderezar su vida, aunque siempre detestó la forma en que encontró las joyas, pues prefería no haber pasado tanto terror.

domingo, 28 de julio de 2013

Bajo el agua oscura

El grupo abandonó el comedor y se instaló en un salón donde había sillones grandes.  La noche ya estaba bastante avanzada, pero el dueño de la casa insistía en alargar la velada, y como además llovía intensamente, nadie quería retirarse todavía.  
Tomando café las mujeres, coñac los hombres, hablaron de todo un poco, y como la noche era ideal para encarar temas sombríos, empezaron a narrar cuentos e historias de terror.
López, un señor mayor de pelo blanco como la nieve, empezó así su relato:

- La situación más aterradora que pasé en mi vida, la viví (y apenas sobreviví a ella) cuando era bombero voluntario, una noche de tormenta.  Estaba en el cuartelillo cuando recibimos la llamada. No nos sorprendió, porque con una tormenta tan furiosa como aquella ya anticipábamos alguna tragedia. No era una tormenta nocturna de esas que te dan sueño, sino de las que te mantienen en vela con relámpagos y truenos que hacen temblar todo.
Alguien había caído en un arroyo. Cuando llegamos, un grupo de gente intentaba en vano rescatar a un tipo que, en medio de la corriente oscura, se aferraba a la rama de un árbol medio sumergido. El arroyo estaba irreconocible por lo tumultuoso de su caudal desbordado. Las luces de dos autos iluminaban al tipo y al agua marrón que intentaba arrastrarlo. Enseguida nos hicimos cargo de la situación. Me situé arroyo arriba, con una cuerda que sostenían mis compañeros atada a la cintura, y me arrojé a la corriente. En ese momento empezó a llover más fuerte, y entre el ruido del arroyo y el de la tormenta, apenas escuchaba el griterío de la gente y los de mis compañeros, y apenas podía ver. Pero con todo, igual pude llegar nadando hasta el tipo. Estaba paralizado de miedo y no cooperaba. Entonces usé mi cuerda para amarrarlo, y con señas le indiqué a mis compañeros que tiraran. Y de esa forma lo rescataron. Ahora el que estaba en apuros era yo.

Arroyo arriba se debe haber roto alguna presa, o alguna laguna grande se desbordó de pronto, porque el caudal aumentó sorpresivamente, y al quedar sumergida la rama donde me aferraba, el agua furiosa me arrastró con gran velocidad. Los que vieron aquella escena creyeron ver mi muerte. Mis compañeros se precipitaron arroyo abajo, gritando mi nombre y enfocando con linternas el agua negra erizada de lluvia.
Después de un momento confuso, de oscuridad ahogante y ruido ensordecedor, asomé la cabeza fuera del agua y pude respirar. Luchar contra aquella corriente era inútil. Me dejé arrastrar con los pies para adelante, como me habían enseñado, y así derivé arroyo abajo, sumergido del todo a veces y aguantando la respiración en medio del torrente embravecido.
Calado de frío hasta los huesos, fatigado por respirar poco, estuve por rendirme varias veces, pero al pensar en mi familia seguí sobreviviendo. De esa forma fui a dar en un tramo donde la corriente se amansaba. Allí recobré el aliento. Había desembocado en una laguna. Los relámpagos me mostraron la orilla más cercana, y hacia ella empecé a nadar. En ese momento sentí que me aferraban un tobillo, y se sentía como una mano. El peso de lo que arrastraba ahora me sumergió, y me llené de terror.

Imagínense, una cosa que estaba en la oscuridad del agua, una cosa desconocida me estaba sujetando. Y sentí más terror cuando a esa mano se le sumó otra que me agarró más arriba. En mi desesperación, pateé con mi pierna libre y alcancé a golpear algo, y al doblarme en la oscuridad del agua tratando de alcanzar a lo que me agredía, palpé un rostro blanduzco y asqueroso.  En ese instante de supremo terror me liberé, y nadando por mi vida alcancé la orilla. Poco después llegaron mis compañeros.
La laguna donde había desembocado, era conocida en la zona por estar embrujada -afirmó López al concluir su relato.

sábado, 27 de julio de 2013

Otro cuento de escuelas embrujadas

Supuse que aquel día electoral iba a ser como otros, sin ningún incidente importante, pero después descubrí que estábamos en un local aterrador.
Transcurrían las elecciones nacionales. Yo era delegado de un partido político. El local donde debía trabajar era una escuela (las mesas de votación siempre están en edificios del gobierno).
Contando con otros delegados y el presidente de la mesa éramos cinco. La mesa con la urna se encontraba en un salón grande que daba a la entrada de la escuela.  El “cuarto secreto” se hallaba siguiendo un corredor, era la primer puerta a la izquierda.
El día transcurrió normalmente. Al llegar la hora fijada, como ya no había votantes dentro de la escuela, cerramos la puerta y comenzamos a contar los votos.  Poco después se hizo noche.

Ya habíamos cerrado la urna, y un militar había llegado para llevarla, cuando un delegado recordó que debíamos retirar del cuarto oscuro las listas sobrantes. En ese momento me llamaron por teléfono, por eso no fui con ellos. Cada uno trajo las listas de su partido, y quedaron las del mío. Cuando fui a recogerlas, apenas entré al salón sentí algo sumamente raro. Tomé el montón de listas apresuradamente. Como había dejado la puerta abierta y tenía sólo una mano libre, apagué la luz estando aún dentro del salón, dándole la espalda a la mesa, que en realidad era un escritorio. Y desde aquel escritorio sonó una voz profunda y aterradora. Sonaba como si alguien de voz muy grave y algo ronca intentara imitar una voz femenina, además reverberaba extrañamente en todo el salón. La voz dijo:

- ¿A dónde va, alumno? ¡Nadie sale de aquí sin mi permiso!

El susto fue tan grande y repentino que me hizo saltar, después corrí hacia donde estaban los otros, que al verme entrar precipitadamente se asombraron. Pero antes de que me preguntaran algo, se apagaron las luces del corredor, y la voz terrorífica sonó ahora desde allí, y era más amenazante, más potente, y se parecía menos a la de un humano:

- ¡Nadie se va de aquí! ¡No podrán escapar de mi, porque yo soy…! -el nombre que dijo era tan extraño y largo que no lo recuerdo bien, no creo que fuera en un idioma humano.

El militar fue el primero en salir disparado hacia la calle. Yo salí de último, cuando la luz del salón se había apagado también.
Si los que estuvimos allí hubiéramos escuchado aquella voz en otro contexto, si no fuera un día electoral, tal vez hubiéramos contado abiertamente lo que pasó allí, pues éramos varios testigos; mas dadas las circunstancias decidimos no hacerlo, y pactamos en el momento que si alguno salía a contar su versión, los otros lo desmentirían. Por eso en este relato no incluyo nombres ni revelo la ubicación de la escuela, aun a riesgo de que lo escrito aquí sea tomado como otro cuento de terror de los tantos que se cuentan sobre escuelas embrujadas. 

miércoles, 24 de julio de 2013

Apariciones

“El medicamento estaba adulterado”, eso dijo el médico, aunque no aclaró qué tenía. Como no hice una denuncia y me recuperé rápido, el asunto terminó ahí.
Tenía un mal menor y me habían dado una medicina. Tomé una pastilla antes de acostarme y allí empezó todo.  Ya acostado, de pronto estuve inmerso en una oscuridad cerrada, absoluta. Estaba completamente conciente, aunque no pensaba en nada. Era como si la conciencia se hubiera despojado de todo lo que la rodea normalmente. Después, la sensación de descender, y de un momento a otro estaba en un cementerio, y no me encontraba solo.   Todo el cementerio palidecía bajo la luz de una luna llena. Unas apariciones horrendas se deslizaban entre panteones y lápidas. Se movían lento, iban, venían, cruzaban delante de otras apariciones. Yo me movía como si también fuera una aparición. Me desplazaba con la voluntad de hacerlo, no daba pasos.
Aterrado, quise huir de allí a toda prisa, pero no podía, y cuanto más ansioso estaba me deslizaba más lento. Miré mis manos, estaban esqueléticas, y suponiendo que mi cara lucía como la de los que estaban allí, no me atreví a palparla.

Las apariciones eran la imagen más espantosa que puede adquirir un cuerpo en descomposición.
Después de un tiempo que no sabría precisar bien, porque sentía demasiado terror, me di cuenta de que las apariciones no me daban importancia, solamente vagaban por el cementerio, aunque seguramente me veían. Y en ese instante surgió el terror a que me descubrieran.
Hasta ese momento, el cementerio no me era familiar, todo parecía antiguo, descuidado, mas tras avanzar otro trecho llegué a una parte más nueva y la reconocí: era el cementerio de mi ciudad.
Con un temor creciente a que me descubrieran, me desplacé no sé cuánto tiempo entre las apariciones.

Al cruzar al lado de un panteón, una de las almas en pena salió de atrás de éste y casi me intercepta, y lo que le quedaba de rostro se arrimó al mío, y al mirarme a los ojos me descubrió. Retrocedí, y cuando miré a mi alrededor, todos aquellos rostros espantosos se habían vuelto hacia mí, e increíblemente lucieron más aterradores todavía, y fue tanto el terror que sentí, que de pronto nuevamente estaba en mi cama. No digo que me desperté, porque aquello no fue una simple pesadilla, no fue un sueño. El primer indicio lo descubrí a la noche siguiente, cuando vi que la luna estaba en su fase llena, como en la “pesadilla”, algo por demás curioso, pues antes de aquella noche terrible no sabía qué luna había, aunque podía ser mera coincidencia. Pero lo segundo que descubrí me convenció del todo. Tuve que ir a un entierro, y después que terminó me adentré en la parte más antigua del cementerio, donde nunca había estado. Resultó que todo lo visto en la “pesadilla” existía, y reconocí varios de los panteones y otras cosas del lugar.  

lunes, 15 de julio de 2013

La mirada del gato

Pablo dejó de leer el libro de cuentos de terror que tenía entre las manos y, girando la cabeza observó otra vez las cosas que se hallaban en aquella habitación. Algo lo inquietaba, pero no sabía qué. Un enorme reloj colgado en la pared marcaba las once y media de la noche. Todavía no tenía sueño.
Por fin había adquirido una casa con las características que deseara durante años. Ahora tenía los muebles antiguos que tanto le gustaban, estaba rodeado de ellos, pero se sentía incómodo en aquel lugar.  Pensó que tal vez leía demasiada literatura de terror, y que de alguna forma lo estaba influenciando, mas enseguida descartó esa teoría. Siempre le había gustado leer cosas así, no iba a dejar de hacerlo ahora, además le pareció que no era eso, era algo más, tal vez aún no se había adaptado a su nuevo hogar.

Tras un largo suspiro volvió a concentrarse en el libro. Apoyaba sus antebrazos en una mesa redonda de ébano, detrás de él había una cómoda enorme, de esas de dos puertas. El resto de la habitación estaba ocupado por unas repisas llenas de libros, y en la pared que estaba frente a él se encontraba una gran ventana, situada a más de dos metros de altura.
Cuando pasaba una hoja del libro, Pablo creyó ver que algo se movía en la ventana. Al levantar la vista vio que había un gato en ella. El gato lo estaba mirando. De pronto el animal encorvó el lomo, se erizó, y con las orejas hacia atrás abrió la boca mostrando los colmillos, para luego saltar hacia un muro y desaparecer en la oscuridad.
La reacción del gato lo dejó sorprendido. “¿De qué se asustó tanto ese gato?”, pensó Pablo “¿De mí? No puede ser. Es el de la casa de al lado, ya me conoce, además un gato no reacciona así por cualquier cosa…”. y al revivir la imagen del felino, se dio cuenta que éste, un instante antes de asustarse, dejó de mirarlo al desviar los ojos levemente. Lo que asustó al gato estaba detrás de él. Y cuando pensó eso, un ruido leve delató que la puerta del armario que tenía atrás se iba cerrando.

lunes, 8 de julio de 2013

Payasos

Estábamos festejando no sé qué, era confuso. Me encontraba sentado frente a uno de los extremos de una mesa grande. La mesa estaba rodeada de parientes, amigos y unos conocidos. Todos comían, bromeaban y reían. Era una situación agradable hasta que alguien puso la mano sobre mi hombro, y cuando lo miré, era un amigo que murió hace años.  Aquella presencia me sorprendió enormemente, y todos se echaron a reír al tiempo que me miraban.
¿¡Qué estaba pasando!? ¿Cómo podía ser aquello…? Entonces repentinamente me di cuenta que soñaba: era una pesadilla. Después el muerto se alejó hacia una puerta, y al irse la dejó abierta, y por ella entraron unos payasos grotescamente deformados. Cada uno de los payasos monstruosos me miró con una sonrisa retorcida y malévola. El maquillaje blanco que tenían en la cara resaltaba unas arrugas profundas como tajos, y por pelucas tenían lo que parecían ser cabelleras ajenas.

¡Que situación tan aterradora! Incluso ahora, al evocar el terror que sentí esa vez me siento muy mal.  De un momento a otro todos eran payasos monstruosos. Intenté levantarme pero no pude, la mesa me aprisionaba. Cuando todos empezaron a acercarse, supuse que la pesadilla estaba por terminar, porque no podían hacerme nada. Cerré mis ojos y cuando los volví a abrir estaba en mi cama.  Entonces suspiré hondo, pero el alivio no duró mucho, pues vi algo por el rabillo del ojo, y cuando miré hacia la ventana, ésta se encontraba llena de payasos que me miraban desde afuera, y súbitamente las cabezas de otros salieron de abajo de la cama lanzando carcajadas cavernosas. Después de ese último susto me desperté en la realidad: la pesadilla había terminado. 
Llegó la mañana y seguía pensando en la pesadilla. ¿Por qué había soñado con payasos si no les tengo miedo? Especulaba sobre mi pesadilla cuando Roxana llegó de hacer las compras. Me mostró dos papeles que tenía en la mano y me dijo:

- A que no adivinas qué son.
- No tengo ni la menor idea -le dije.
- Entradas para el circo. Llegaron ayer. ¡Que emoción, hace años que no voy a uno?
- Entradas para un circo… que sorpresa. Un circo… donde siempre hay payasos…
- ¿Les tienes miedo? ¡Jaja!
- ¿Miedo yo?
- Lo dije en broma. Las entradas son para la función de la noche.

En ese momento sentí mucha curiosidad. ¿Sería una coincidencia absurda? Presentía que no lo era, pero de todas formas fuimos al circo.
Ya dentro de la carpa, Roxana me sonreía y se pegaba a mí, pues yo no le soltaba la mano; no quería perderla entre el público: algo me decía que el lugar era peligroso. 
No demoré en ver el primer payaso.  Caminaba entre la pista y las gradas. No era tan grotesco como los de la pesadilla pero parecía ser alguien muy viejo. Tenía puesto los clásicos zapatos de payaso, un calzado extremadamente largo. Lo observé con tanta atención que noté que en la punta del zapato, que estaba algo rota, sobresalía una uña puntiaguda y negra. Ningún humano podría tener el pié tan largo.
En ese mismo instante el payaso se volvió hacia mí y me miró fijo, como si se hubiera dado cuenta de que lo descubrí. Levantó el labio superior como si estuviera gruñendo y se fue caminando rápido.
Después de eso no quería quedarme ni un minuto más allí. Le dije a Roxana que me sentía mal y nos fuimos. ¡Que situación!

Esa noche no dormí, me mantuve vigilante, armado. Varias veces creí escuchar que rondaban la casa, pero no conseguir ver nada. Por suerte trabajo en mi casa y pudo dormir de día, aunque tuve que inventar excusas tontas. El circo se marchó a los cinco días. En ese tiempo desaparecieron de la ciudad tres personas; nunca se supo qué fue de ellas, aunque yo creo saberlo…