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lunes, 26 de agosto de 2013

La cuna que se mueve

El bebé se quejó incómodo. La habitación estaba oscura, pero Luciano, que había escuchado el quejido de su hijo, no encendió la luz porque la cuna estaba al lado de la cama. Estiró el brazo para mecerla un poco, mas apenas pudo arañar el borde de la cuna.
Había hecho eso medio dormido, pero al notar que no la alcanzaba despertó completamente, un poco alarmado incluso. Se sentó en la cama y encendió la veladora. En efecto, la cuna estaba más apartada.
En ese momento la esposa de Luciano también se despertó, y al ver a su marido meciendo la cuna le preguntó en voz baja:

- ¿Se despertó?
- No, pero casi, se estaba quejando. Parece que alejé la cuna sin querer, porque no la alcanzo desde la cama, pero ya la acomodo. Mejor sigue durmiendo que en cualquier momento se despierta enserio.

Ella siguió su consejo, se dio media vuelta y quedó dormida. Él se acostó y apagó la luz. Ahora no tenía sueño, y con los ojos cerrados escuchaba la respiración de su hijo.
Pasaron los minutos, media hora, una hora, y él seguía despierto, aunque estaba inmóvil y con los ojos cerrados. Algo lo mantenía alerta, era el asunto de la cuna; aunque la hubiera empujado muy fuerte sólo la hubiera mecido, no podía haberla movido, pero, ¿qué otra cosa podía ser?

De pronto escuchó un ruido apenas perceptible, después un leve chirrido. Estaban corriendo la cuna, la estaban acercando a la ventana. Luciano encendió la veladora y se levantó al mismo tiempo, y fue tan rápido que lo que intentaba robar a su hijo enganchando la cuna con un dedo larguísimo que había estirado desde la ventana entornada, aún se asomaba tras el vidrio, y era una anciana espeluznante de cabellos electrizados y ojos completamente negros, diabólicos: era una bruja. La bruja, al verse descubierta retrajo el dedo que había alargado con su magia, para inmediatamente desaparecer hacia atrás y perderse en la oscuridad.   

miércoles, 21 de agosto de 2013

Tramando algo

Era una de esas noches tempestuosas que ocurren pocas veces al año. Relampagueaba, tronaba, y un viento fuerte que cambiaba constantemente de dirección sacudía los árboles del ornamento público, y pasaba entre las casas rigiendo horriblemente e intentaba arrancar techos; todo esto bajo una cortina asfixiante de lluvia torrencial.
Lucas atravesó la ciudad sumida bajo la tormenta en su choche, con el limpiaparabrisas luchando pesadamente contra el agua. Algunas calles ya empezaban a inundarse, pero con todo, llegó al fin al colegio que era su destino. Él trabajaba de conserje allí. El director del lugar, muy preocupado por la tormenta, lo había llamado para que fuera a cerciorarse de que todo estaba bien.

Aunque atravesó el patio corriendo, igual se mojó bastante, entonces, antes de encender la luz del corredor se secó las maños con la parte interior del abrigo, y mientras hacía eso en la oscuridad, escuchó un murmullo de voces muy distintas entre si, de timbres extraños y palabras incomprensibles; pero escuchó ese murmullo entre el estruendo de dos truenos, y eso lo hizo dudar. ¿Qué había escuchado? Al encender la luz, silencio, el ruido se cortó en ese instante.
Avanzó hacia el lugar donde salieron las voces. Se detuvo frente a la puerta de un salón. Allí guardaban los juguetes, y la mayoría eran muñecos.  Dudó por un momento, pues no desidia, ¿entrar de golpe o hacerlo con cautela? Finalmente dio un empujón a la puerta, encendió la luz y, con el primer vistazo se aterró. Los muñecos estaban quietos, no se movían, pero todos tenían la cara vuelta hacia él.  La impresión fue fea. Apagó la luz y cerró de un portazo. Desanduvo el corredor a grandes pasos. Cuando apagó la luz de este para marcharse, de nuevo escuchó las voces aterradoras murmurando, y ahora se mezclaban algunas risitas espantosas. 

martes, 20 de agosto de 2013

Un caminante

Un grupo de cinco senderistas acampaba bajo un árbol, ya entrada la noche. Rodeaban una fogata pequeña, e iluminando un mapa con sus linternas planeaban la caminata del día siguiente.
La conversación se cortó de golpe cuando una figura salió de la oscuridad. Era un hombre que aparentaba una edad bastante avanzada. El visitante inesperado eligió una roca para sentarse, después saludó:

- Buenas noches. Discúlpenme por aparecer así. Supuso que si hablada desde la oscuridad se iban a sobresaltar. Me llamo Antonio y… vivo por estos rumbos.
- Buenas noches -le contestaron a la vez los sorprendidos senderistas.

No parecía alguien peligroso; tenía un aire de esos tíos bonachones que tienen todas las familias, y hablaba con la voz pausada de los que han vivido mucho y le dan tiempo al tiempo. 
Repuestos del susto inicial que les causara, recordaron sus buenos modales y le ofrecieron café y algo de comer, mas Antonio rechazó la invitación amablemente:

- Gracias, pero no quiero nada, sólo compañía, por un rato, si no les molesta la presencia de un viejo charlatán, claro.
- Para nada, no es molestia, don -dijo uno de los acampaba allí.
- Por lo que veo andan de caminata -observó Antonio-. Cosa buena. Debe ser como una pequeña aventura. Hace mucho también me gustaban las aventuras, tal vez demasiado, y la última que viví dio un giro a mi existencia, pero ya es una historia antigua.
- Pues me ha dejado intrigado -comentó sinceramente uno-. Estaría bueno si la contara, ¿verdad muchachos?

Los otros dijeron que sí, y como era obvio que Antonio quería contarla, se acomodaron rumbo a él.
La noche estaba por demás oscura, y la luz de la fogata resistía temblando el asedio de las sombras.

- Con la excusa de luchar por algo justo -empezó así su relato Antonio-, me lancé a una aventura sumamente peligrosa: a la guerra.  Me uní a las fuerzas que luchaban contra Franco, y aunque ya no era joven sé que fui útil a esa causa. Participé en varios enfrentamientos y escaramuzas.
En una ocasión tuvimos que replegarnos hacia un pueblo abandonado que estaba en ruinas.  Cuando nos vimos ampliamente superados, el instinto de supervivencia prevaleció en la mayoría, lo que ocasionó una retirada a como diera lugar. Recuerdo atravesar el pueblo bajo una lluvia de balas que silbaban en el aire y picaban aquí y allá en las paredes y en la calle. Favoreció un poco nuestra huida la noche que ya dominaba casi todo el cielo. Alcancé a ver que algunos seguían por el camino que abandonaba el pueblo, pero yo tomé otro rumbo, y cuando me di cuenta había ingresado al cementerio.
No sabía si me seguían de cerca o no. Al pasar al lado de la entrada de una cripta, el viento, o vaya a saber qué, entornó la reja que la protegía, y al ver que podía entrar allí me zambullí en su sombra y esperé.   Si el enemigo me había visto me iba a servir de trinchera, y si no, de escondite. ¡Pobre de mí por elegir aquel lugar!

Me tendí en la escalera fría que bajaba hacia la más cruda oscuridad, y espiando hacia afuera esperé, mirando por encima del caño del fusil. 
La claridad que quedaba del día terminó de desvanecerse, pero enseguida asomó la luna y mostró toda la decadencia inquietante del cementerio. Desde ese momento no supe más nada del enemigo, pues un silencio aterrador dominaba ahora todo el lugar. Creí que tal vez buscaban sigilosamente, por eso permanecí inmutable, escudriñando. Pero pasaban los minutos y no escuchaba nada. No me parecía lógico que abandonaran aquel lugar solamente para perseguir a unos pocos. Ahora deduzco que los de Franco sabían algo que yo ignoraba.

Seguía tendido en la entrada de la cripta cuando escuché un ruido, y lo que lo hizo más aterrador fue su origen, pues no venía de afuera, venía del interior de la cripta, de la oscuridad cerrada que tenía a mi espalda. El sonido era claro: una tapa de ataúd acababa de caer al suelo. Después escuché el ruido sordo de pies descalzos corriendo hacia mí, subiendo la escalera de piedra rápidamente, y cuando volteé una figura decrépita se abalanzaba hacia mí lanzando un grito espantoso.
Sentí tanto terror en un instante tan breve que me desmayé; en ese momento creí que había muerto.
Desperté por la mañana. Me habían mordido en varias partes del cuerpo pero apenas si había rastros de mi sangre en el suelo. Cuando quise marcharme de allí, no pude, el día ya no era para mí, y tuve que esperar que cayera la noche -concluyó Antonio, dejando a sus oyentes asombrados. Pero después de sonreír les dijo-: No se lo crean, muchachos, que es sólo un cuento de terror que inventé.

Luego de la aclaración todos sonrieron. No mucho más tarde Antonio se retiró, se perdió en la noche.

- Que buen cuento de terror que nos narró -comentó el que se encargaba de mantener vivo el fuego.
- No sé si fue un cuento -opinó uno-. Durante todo el día no vimos ni una casa, y que yo sepa no la hay, y como habrán notado, el tipo anda sin mochila ni bolso ni nada, en una zona agreste como esta, ¿no les parece raro? Y creo que más raro es que alguien camine como si nada por una oscuridad tan cerrada como esta.

sábado, 17 de agosto de 2013

Un cuerpo

La morgue estaba repleta. Cubiertos por sábanas algunos, dentro de bolsas plásticas otros, los cadáveres cubrían casi toda la superficie de la sala. También había uno en la mesa de autopsias, y el doctor López se disponía a examinarlo, pero algo que divisó de reojo lo hizo girar rápidamente la cabeza. Una sábana se iba elevando a medida que un cuerpo se erguía hasta quedar sentado.
López quedó inmóvil. Muchas veces vio un cuerpo moverse, pero no de aquella forma. Después de un instante de azoramiento, fue hasta el cadáver que se había sentado de pronto y le quitó la sábana. Era el cuerpo de un hombre, tenía los ojos abiertos y ya lucían opacos. Los primeros signos de descomposición comenzaban a evidenciarse, por lo tanto López descartó que estuviera vivo.
De pronto el cadáver pareció aflojarse y cayó hacia atrás quedando nuevamente tendido.
Aquello sí que era raro. El doctor lo volvió a cubrir. “Que espasmo muscular tan particular”, pensó “Si estuviera aquí algún practicante se llevaría un buen susto”. pero un instante después el que se llevó un susto fue él. El cuerpo que estaba en la mesa de autopsias había levantado levemente la cabeza y lo miraba. Luego de un instante la cabeza cayó pesadamente sobre la mesa.

López se acercó con prudencia y dudó varias veces antes de examinarlo. Sin dudas estaba muerto. ¿Qué pasaba allí? Al observar la sala notó que otro cuerpo se movía. Nuevamente, tras un momento de actividad inusual quedó inerte, como si la energía que lo animaba lo abandonara de golpe.
Ahora López miraba hacia todos lados ¿Qué muerto se movería ahora? Detuvo su mirada en una especie de humo que formaba un contorno humano no muy bien definido. La figura espectral avanzaba entre los muertos y desapareció al atravesar una pared, dejando en la sala a un López terriblemente asustado.
Al reponerse un poco, se quitó los guantes, los arrojó descuidadamente y se lavó apresuradamente las maños mientras miraba sobre su hombro. Tenía que marcharse de allí lo antes posible. Las piernas le temblaban. Salió al corredor caminando lo más rápido que podía y, en su apuro casi chocó con un hombre que se iba prendiendo la camisa. El hombre lo miró y sonrió extrañamente, para luego saludarlo con un gesto y seguir su camino. Detrás del tipo corría un doctor, y al ver que no lo iba a alcanzar se detuvo y gritó:

- ¡Señor! ¡No se vaya aún! ¡Tenemos que hacerle algunas pruebas…! -pero era inútil, el sujeto se marchó sin voltear-. Increíble, se fue -dijo el doctor dirigiéndose a López, y seguidamente le preguntó-. ¿Usted lo conoce? Vi que el tipo lo saludó.
- No… no lo conozco -contestó algo inseguro López, pues aunque no recordaba la cara del tipo, de alguna forma sentía que lo había visto antes.
- Ingresó con un paro cardíaco -le informó el colega-. Intentamos reanimarlo pero no pudimos, y cuando lo iba a declarar muerto, se levantó como si nada y ya ves, se marchó.

Al escuchar aquello, conjeturó rápidamente, recordando detalles de lo que acababa de sucederle en la morgue y en aquel pasillo, que lo que andaba recorriendo la morgue buscaba un cuerpo fresco, sólo logrando reanimar a medias a los que no lo estaban, pero al buscar en otro lugar halló a uno, y al marcharse en su cuerpo nuevo cruzó por él y le sonrió.


viernes, 9 de agosto de 2013

El poder del terror

¿Un grupo de gente que empieza a asustarse puede atraer involuntariamente a un ser paranormal? Yo creo que sí. Lo descubrí una noche ventosa cuando asistí a una reunión.
La reunión era de carácter político, pero como el tema que nos convocaba se trató rápidamente, luego seguimos charlando de todo un poco. Éramos doce, siete hombres y cinco mujeres. Nos encontrábamos en un salón bastante amplio.  Sentados en torno a una mesa grande, tomábamos café en tasas generosas. En el fondo del salón había una puerta que daba a un pequeño patio. De noche el patio quedaba completamente oscuro porque estaba encajonado por los altos muros de otras edificaciones vecinas, además, como no lo usábamos no encendíamos la luz. El patio nos parecía tan inaccesible desde otros terrenos que nunca cerrábamos con llave la puerta que daba a él.
Estábamos narrando todo tipo de anécdotas.  Tras comentar lo fuerte que estaba el viento afuera, uno de los presentes dijo recordar de pronto una historia de terror que le habían contado, una historia sobre una tormenta con viento.  Después cada uno empezó a narrar cuentos de terror. Hasta las mujeres sabían varios cuentos y leyendas.

¿Por qué contar cosas que nos asustan? Supongo que por motivos similares a los que nos impulsan a subir a una montaña rusa, a vivir una aventura peligrosa o a mirar películas de terror.
Mientras seguían los cuentos, a varios les pareció que la habitación se había puesto más fría, aunque la calefacción funcionaba. La persiana de la ventana que daba a la calle nos impedía ver hacia afuera, pero la ausencia de ruidos de vehículos hacía imaginar que la ciudad estaba dormida, que sus calles se hallaban desiertas, y que solamente el viento deambulaba por la noche llenándola de sus lamentos.
Acababa uno de contar una historia que evidentemente a todos les pareció aterradora y, tras un instante de silencio, golpearon enérgicamente desde afuera la puerta que daba al patio oscuro.  Las reacciones de susto y sorpresa fueron inmediatas: las mujeres gritaron, alguien dijo una palabrota, y yo volteé tan rápido hacia la puerta que sentí una puntada en el cuello. Después nos miramos desconcertados.
Las paredes que rodeaban al patio eran altísimas, ¿cómo podría llegar alguien hasta allí? ¿Bajando por una cuerda? Era absurdo, aunque claro, no era imposible que alguien estuviera allí; mas en aquel momento parecía lógico creer que era algo más.
Bastó que uno corriera hacia la puerta para que los otros lo imitaran.  Doce personas adultas huyendo de unos golpes en una puerta; es increíble el poder que tiene el terror en algunas situaciones.
Volvieron a golpear la puerta, lo que apresuró la salida del grupo. Yo me había levantado pero seguía frente a la mesa, y ante los nuevos golpes pregunté en voz alta:

- ¿Quién golpea, que quiere? -la respuesta me aterró. No fue una respuesta en si, sólo repitieron mis palabras con mi voz, con una voz que sonaba exactamente igual a la mía.
- ¿Quién golpea, que quiere? -entonces huí también hacia la calle.

Regresé al lugar por la mañana junto a varios de los presentes aquella noche. Las mujeres habían olvidado sus carteras en el apuro, y cuando entramos allí estaban, no faltaba nada. Revisamos todo, no habían robado ni roto nada, y en el patio no había indicios de que alguien hubiera andado allí.

domingo, 4 de agosto de 2013

En el galpón

A pesar de que ya se había hecho noche, los niños siguieron jugando a las escondidas.
Mauricio y sus tres hermanos usaban la huerta y el jardín como lugar de juegos. Unas lámparas potentes iluminaban parcialmente el lugar, pero a la vez creaban sombras, haciendo que fuera ideal para jugar a las escondidas. Cuando a uno le tocaba encontrar a los otros corría por aquí y por allá buscando entre las plantas, en las sombras de los árboles frutales, y así hallaba a los otros.
Ahora Mauricio buscaba a sus hermanos. Encontró rápidamente a los dos mayores, pero faltaba el más pequeño. Atravesó todo el huerto sin hallarlo y llegó hasta el viejo galpón que fuera de su abuelo.
Desde el interior del galpón llegaba una risita apagada. Mauricio escuchó con atención. “Que tonto”, pensó “Se metió en el galpón y no puede aguantar la risa. Pero, ¿cómo hizo para meterse ahí? Siempre está cerrado, y adentro está lleno de todas esas cosas que el abuelo coleccionaba”.
Fue hasta la puerta, estaba entornada. Adentro estaba oscuro, mas unos rayos de la luz que evadían los árboles de la huerta se filtraban por una de las paredes de madera del galpón.  Después de un momento de escudriñar en vano, la vista de Mauricio se acostumbró a la oscuridad y distinguió una silueta pequeña. Se abalanzó hacia la silueta y la tomó por los hombros ¡Te agarré!

Pero enseguida se dio cuenta que aquello no era su hermano; estaba sujetando una muñeca espantosa. A la muñeca le brillaron los ojos y lanzó una carcajada chillona y aterradora.
El pobre Mauricio la soltó y salió de allí a los gritos. En el final de la huerta encontró a sus tres hermanos, que al escucharlo gritar habían corrido hacia él. Y cuando estaban todos juntos escucharon las carcajadas terroríficas de la muñeca, y aunque los otros no sabían qué era aquello también huyeron hacia la casa. Después Mauricio les contó lo que había visto.
Los hermanos volvieron al galpón con la luz del día. Allí estaba la muñeca, era espantosa.
No les habían dicho nada a sus padres pues suponían que no les iban a creer. Ellos tenían que encargarse de la muñeca. Usando un rastrillo largo la arrastraron fuera del galpón, y valiéndose de otras herramientas la hicieron pedazos, para luego enterrarla bien hondo. Y con eso creyeron terminar el asunto; pero no sabían que en el galpón había más muñecos, y que éstos habían visto todo.