¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

sábado, 28 de septiembre de 2013

Gente de circo (3)

Francisco salió a la calle y consultó su reloj. Era más de media noche. El aire estaba frío, helaba, y en aquella parte de la ciudad no andaba casi nadie.
Pensó que si caminaba rápido no iba a sentir frío. Metió las manos en los bolsillos del abrigo y partió.  Avanzó unos cuadras y llegó a una avenida con árboles en las veredas.
Escuchó a un vehículo que avanzaba en el mismo sentido que él. Al pasar a su lado gritaron desde el vehículo; Francisco se sobresaltó por la sorpresa y lo fuerte del grito, y al voltear vio que eran dos payasos. Tenían la cara completamente pintada y unas narices rojas, enormes.
Al ver la reacción de Francisco los payasos se echaron a reír grotescamente, aceleraron y doblaron imprudentemente dos calles más adelante.
“¡Payasos idiotas!”, pensó Francisco. Creyó que debían andar de parranda, y que seguramente pertenecían al circo que estaba en la cuidad desde hacía unos días.

Más adelante, reconoció el ruido del vehículo. Los payasos habían girado hasta volver a la avenida.
Pero esta vez no lo iban a sorprender. Antes de que cruzaran por él giró hacia ellos y les hizo un gesto con la mano, mas inmediatamente se arrepintió, porque los payasos lo miraron con una fiereza endiablada.
Por un momento creyó que iban a detenerse, pero siguieron, aunque el que iba de pasajero evidentemente no estuvo de acuerdo, y Francisco vio que se alejaron forcejeando.
Por culpa del forcejeo el vehículo aceleró, se desvió hacia un costado subiendo a la vereda y se estrelló ruidosamente contra un árbol.
Francisco pensó que aquellos dos se merecían lo que les pasó, mas como era un tipo correcto, sacó su celular y llamó a emergencias. Luego corrió hacia el auto accidentado.

Uno de los payasos había salido despedido por el parabrisas y se hallaba tirado bocabajo; el otro estaba entre las chapas retorcidas del auto. Al que estaba tirado se le había desprendido en parte la piel de la cara, y cuando se levantó rápidamente todo el rostro de payaso se le cayó al suelo, era una máscara, su verdadera cara era monstruosa, no era humana.  A Francisco le recorrió un escalofrío de terror por la espalda.   
Ahora el otro payaso aterrador intentaba salir de los restos retorcidos, y el que estaba en la vereda caminaba hacia Francisco, que ya no era capaz de huir.

- Has visto demasiado. Este es tu fin -dijo el monstruo que perdiera su disfraz.
- ¡Atrápalo! -gritó el otro-, que te has dejado ver. ¡Atrápalo!

En ese momento se escuchó una sirena, venía por una calle transversal. El monstruo se detuvo y miró al otro. Ya no tenían tiempo. Levantó su máscara, se la puso como pudo y se acostó bocabajo en el lugar donde había caído; el otro se echó hacia atrás y quedó quieto.
Francisco, temblando de miedo, vio como un médico los revisaba, para después declararlos muertos.  La policía no lo retuvo mucho tiempo; solo era un peatón que fue testigo de un accidente.
Llegó a su casa aterrado y confundido. ¿Qué eran aquellos payasos? ¿Qué descubrirían al hacerles la autopsia?, pero… si no estaban muertos.
Al otro día escuchó la noticia: los cuerpos de los payasos habían desaparecido.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Entre cuentos de terror

Esa noche los integrantes de un club de lectura comentaban un libro de cuentos de terror.
El más fanático de ese género era Rubén, el dueño de la casa donde se encontraban.

- Lo importante es la atmósfera, y en todos estos cuentos fue bien lograda -afirmó Rubén, mientras enseñaba el libro. Después miró a cada uno de los presentes que rodeaban la mesa, buscando una mirada de desacuerdo.
- Hoy en día solo la atmósfera no es suficiente para que sea de terror -objetó Cecilia, que también era adepta al género de terror, pero pensaba diferente a Rubén.
- La atmósfera es tan importante como el lugar donde se lean los cuentos -siguió defendiendo su punto Rubén-. No es lo mismo leerlos por la tarde en un jardín soleado que de noche en una casa vieja y grande como esta, ¿no?
- Pues a mí tu casa no me impresiona de esa forma, incluso me parece linda.

Los otros no opinaban para no interrumpir aquella contienda verbal que les parecía divertida, y alternaban la mirada de un contendiente a otro como quien mira un partido de tenis.

- No te impresiona porque no estás sola -contragolpeó Rubén-. Te propongo algo que te hará cambiar de opinión. Entra en aquel pasillo y ve recorriendo una por una las habitaciones. ¿Te animas?
- ¿Están vacías? ¿En serio…?
- Tienes mi palabra.

Los ojos de todos estaban ahora fijos en Cecilia. Ella sintió la presión. Se levantó y se alejó por el corredor como si nada.
Regresó un rato después, y lucía muy enojada:

- Rubén, tu palabra no vale ni… no vale nada. Tu abuela, o tu madre, quien sea esa señora, se enojó conmigo cuando entré a su habitación, y me dijo que no la molestara.
- Aparte de nosotros en la casa no hay más nadie. Ningún integrante de mi familia vive ni vivió acá.
- ¿Y quién es esa señora mayor que está acostada allí?
- Será uno de los fantasmas que rondan por aquí. Acompáñenme y se los demuestro.

Y todo el grupo fue hasta la habitación. Cecilia iba detrás, pues no quería que la señora le reprochara nuevamente.  Cuando los otros dijeron que allí no había nadie ella fue a verificarlo, y era así.
Cecilia quedó tan asustada que se marchó sin decir una palabra más.  Para los otros integrantes del club la situación fue demasiado extraña como para permanecer más tiempo allí.
Cuando Rubén quedó solo, fue hasta su biblioteca y eligió otro libro de terror. Luego de un rato de lectura hizo una pausa y escuchó. Desde varios puntos de la casa salían ruidos: pasos, susurros, puertas que se cerraban o se abrían.  Después volvió a su lectura.
Le gustaba tanto la literatura de terror que se compró una casa embrujada, porque el lugar donde se lee es importante.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Espiando desde la ventana

Mauricio odiaba el apartamento donde vivía. Estaba ubicado en el tercer piso de un edificio, y desde la ventana del cuarto de Mauricio se veía casi todo el terreno de un cementerio.
Desde que su familia se mudó a ese apartamento sus noches ya no tuvieron paz, y como la curiosidad es algo muy fuerte y a veces es insana, algunas noches espiaba hacia el cementerio, y casi siempre creía ver algo que se movía entre los panteones, y después del susto se metía en la cama y se tapaba hasta los ojos.
Con el tiempo aquellos sustos se volvieron adictivos, y pasaron a ser lo más importante de su día.
Aunque las noches estuvieran oscuras algo de la luz de la calle sobrepasaba el muro y mostraba una parte del cementerio. Las noches de luna los mármoles del campo santo reflejaban parte de los rayos lunares, y una bruma que siempre estaba suspendida sobre el suelo parecía encenderse. 
Un día Mauricio reveló a su abuela lo que hacía, creyendo que ella era la mejor confidente, pero esta enseguida pareció asustarse, y mientras se santiguaba le dijo:

- No vuelvas a hacer eso. Puede que sin querer perturbes a alguien, aunque Dios no lo quiera…
- ¿Y qué me puede pasar?
- No sé, no quiero ni imaginarme, pero no lo hagas más. Tienes que prometérmelo.
- Está bien, abuela.

Mas la noche siguiente volvió a espiar hacia el cementerio. La bruma que siempre emanaba del lugar estaba más espesa, se había elevado más, y súbitamente aparecieron en ella unas figuras borrosas que avanzaban hacia el muro.   Mauricio cerró la persiana y se llevó las manos al pecho. El corazón le latía desbocado. Cuando fue a meterse en la cama, escuchó que detrás de él la persiana se abría completamente, y al voltear, el terror le arrancó un grito que hizo que sus padres se despertaran sobresaltados.  Un grupo de apariciones espeluznantes se amontonaban en la ventana, y con la cara recostada al vidrio lo miraban con malicia.
Cuando sus padres irrumpieron en el cuarto en la ventana no había nada. Le preguntaron qué había pasado, pero Mauricio no les contestó; estaba mudo de miedo. Y así quedó, porque después ya no volvió a hablar, y no pudo contar que desde esa experiencia aterradora empezaron a espiarlo todas las noches, y que unas siluetas decrépitas cruzaban levitando frente a la ventana.

jueves, 12 de septiembre de 2013

La foto

Mi estadía en Norteamérica no fue como esperaba, y terminó siendo aterradora. 
Estaba gozando de mi licencia cuando fui a visitar a unos parientes que viven allá. La zona rural donde está la casa no es muy diferente al lugar donde vivo, y como mis parientes trabajaban casi todo el día comencé a aburrirme desde el primer día.

- Ve a pescar al arroyo -me dijo un día mi tía-, pero no vengas muy tarde, que aquí no es como allá.

“Aquí no es como allá”, no comprendí su advertencia. La poca gente que había visto era tan saludadora y servicial como la gente que conozco, y las pocas zonas de la región que no estaban plantadas eran campos agradables y bosques, que, comparados con los montes que frecuento eran jardines.
Sin muchas esperanzas de una pesca buena, partí con una caña al hombro, silbando despreocupadamente. “Sus bosques son un paseo para mí”, pensé.  Llevaba en un bolso, además de agua y algo de comer, una cámara de fotos; me habían pedido que devolviera los peces que atrapara, pero que les sacara una foto para mostrarles y como recuerdo.  Y siguiendo instrucciones bordeé una plantación de maíz, después atravesé una pradera, y al final de esta se encontraba el bosque. Encontré fácilmente un sendero ancho que serpenteaba entre los árboles, y caminé por él algunos cientos de metros. Al llegar a una parte baja y sombría escuché el rumor de una corriente, tal como me habían dicho. No mucho más allá estaba el arroyo.

Minutos después observaba una boya que apenas se movía en el agua turbia. Me senté con la espalda recostada a un árbol y esperé.
El sol fue cruzando por los árboles que se erguían en la otra orilla. Todo estaba calmo, tan sereno como el agua, y no había indicios de peces; pero como soy muy paciente seguí esperando.
Al final de la tarde, cuando unos rayos verticales del sol atravesaban el bosque penumbroso, la boya se hundió repentinamente, y, tras una lucha corta saqué un bagre pequeño.
Igual le tomé una foto. Lo devolví al agua y seguí intentando. Pero pronto los rayos verticales desaparecieron, y tuve que desistir.
Al tomar el sendero ancho ya estaba de noche, mas como era tan limpio, sin ramas caídas ni nada que me hiciera tropezar, la poca luz que aportaban las estrellas y la luna creciente era suficiente para mí.

Pero de un momento a otro sentí una sensación aterradora. No había escuchado pasos ni visto movimiento entre los árboles ni en el sendero, pero sentía claramente que había alguien detrás de mí, avanzando conmigo. No podía ser alguien que me hubiera sorprendido, todo estaba silencioso y tengo muy buen oído.   Por alguna razón supe, que además de aterradora aquella situación era peligrosa, y con la vida en juego pensé rápido. Sin detenerme, saqué disimuladamente del bolso la cámara de fotos. Mi plan era encandilar con el flash a lo que estuviera detrás de mí, y con esa pequeña ventaja voltear y defenderme como pudiera.   Apreté el botón apuntando sobre mi hombro y cerré los ojos, giré inmediatamente y, no había nada.  En el resto del camino no sentí nada extraño.
No comenté nada por orgullo; contar que me había asustado en aquel bosque, jamás. Pero de todas formas mis parientes se enteraron, porque al revelar el rollo de la cámara, salió una foto que mostraba mi hombro, parte de mi cara y cuello, y detrás de mí estaba un hombre sin rostro, era alto y por demás delgado, y vestía de traje.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Los vigilantes

Casi todo el inmenso y viejo edificio del colegio estaba oscuro. Afuera también dominaban las tinieblas, y las delgadas siluetas de los pinos que había más allá del patio apenas se distinguían en la oscuridad de aquella noche sin luna.
Dentro del colegio, en una pequeña pieza, tres vigilantes jugaban a las cartas.  El más joven de ellos se llamaba Luciano, y era su primer noche trabajando allí.
Habían llegado casi al mismo tiempo, y aún no habían recorrido el lugar, entonces Luciano creyó que debía tomar la iniciativa. Apartó los ojos de las cartas y, mirando a sus compañeros les dijo:

- Voy a hacer la primer recorrida, si les parece… No sé cómo nos vamos a organizar…
- No te apures, muchacho -dijo el más veterano-. No es necesario que hagamos ningún recorrido. ¿Has visto los muros que rodean todo el predio, y el tejido de alambre que hay sobre este? Nadie va a entrar aquí.
- Sí, los he visto, pero igual nuestro trabajo es recorrer el edificio, ¿no? Nos pagan para eso.
- Nos pagan para sentir que su colegio está más seguro, pero para hacer que recorramos este edificio de noche, el sueldo que nos dan no alcanza, créeme.

Luciano no insistió. No quería enemistarse con sus compañeros. El que había permanecido callado era un tipo canoso, de ojos claros, y lo miraba sobre las cartas con una mirada de, no sigas con el tema, y el veterano que había dado sus razones ahora se abocaba a tomar café.   Luciano intuyó también, por lo que dijo su compañero, que temían recorrer el lugar. “¡Vaya vigilantes que son!”, pensó.
Pasada la medianoche, Luciano giró de pronto la cabeza y prestó atención. Los otros demostraron haber escuchado lo mismo que él, pero no se alarmaron y enseguida trataron de desviar su atención hacia otra cosa; mas Luciano se puso de pié tras unos segundos de escuchar atento.

- Esa música viene de aquí adentro -afirmó Luciano, mirando a sus compañeros. 
- Sí, hay noches que se la escucha -comentó el canoso aparentando indiferencia, pero el esfuerzo que hacía él y su compañero para restarle importancia al asunto era, a pesar suyo, revelador: tenían miedo.
- ¿Y qué es, quién toca esa música? ¿Qué hacemos…? ¿Es un violín?
- Mira, estamos seguros que no es una persona, no necesitamos ir a ver para saberlo. Crees que alguien va a venir a tocar el violín a la media noche, ¿te parece? Hemos entrado a ese salón cuando ya está de día y no hay nada.  El edificio está embrujado, o como quieras llamarlo. También se escuchan otras cosas, que de solo contártelas te asustarías. Te acostumbras o renuncias, tú decides, o, si quieres, ve y recorre el lugar, ve ahora a ver qué hay en ese salón.

Luciano se tomó en serio el desafío. Eligió la linterna más grande que tenían y salió al corredor.
Con cada paso que daba la melodía se escuchaba más fuerte, resonaba en todo el lugar y reverberaba en los corredores más lejanos.
Las palabras de sus compañero le parecían ahora muy sensatas, pero igual siguió andando.
Al pasar frente a una puerta esta se abrió de golpe. Desde el interior oscuro de aquel salón se deslizó rápidamente hacia él la aparición de una monja que lucía enfadada. Al estar más cerca la aparición empezó a sonreír diabólicamente. Luciano estaba paralizado. De pronto lo tomaron por un brazo y el cuello del abrigo y lo jalaron violentamente hacia un costado; era su compañero canoso, el más veterano también estaba allí.

- No corras -le advirtió aquel-. Y no voltees.

Mientras los tres desandaban el pasillo Luciano sintió que los seguían, pero no volteó. Cuando llegaron a su pieza le ofrecieron café mientras le palmeaban el hombro.

- ¡Muchacho valiente! Eres el primero que se atreve a investigar después de escuchar algo, pero, como ya has visto, este lugar realmente está embrujado, y es cosa seria -le dijo el veterano-. Acostumbrarse de todo a esto, uno no se acostumbra, para ser franco, todavía me asusta, pero es un trabajo. ¿Te quedas?
- Me quedó -afirmó Luciano, ya algo repuesto del terrible susto que había experimentado. Ahora creía que sus compañeros eran muy valientes. ¡Vaya vigilantes que son!

martes, 3 de septiembre de 2013

Con el terror golpeando mi puerta

Cuando cerré el libro estaba profundamente impresionado. Los cuentos de terror que había leído en él eran realmente aterradores, además me encontraba solo en una cabaña solitaria. Fuera la noche estaba completamente oscura, pero como conozco el lugar de memoria, cualquier mínimo ruido que escuchaba (o creía escuchar) hacía que me imaginara alguna parte del bosque cercano. Y mi imaginación avivada por los cuentos asociaba crujidos con pisadas, el rumor del follaje de los árboles rozando entre si me sonaban a voces susurrantes y malévolas, y el canto lejano de un búho me resultaba aterradoramente humano.
Resuelto a no dejarme impresionar más por ese terror que dominaba mi aliento, fui a acostarme y traté de dormir.
De pronto golpearon desesperadamente la puerta. Salté de la cama y miré por la ventana. Aunque todo lo demás estaba oscuro, vi perfectamente que se trataba de una muchacha aparentemente aterrada por algo. Miró hacia atrás como quien es perseguido, y, mientras se volvía hacia la puerta para golpearla nuevamente, me vio y corrió hacia la ventana.

- ¡Señor! ¡Déjeme entrar señor! ¡Ya vienen, no deje que me atrapen! ¡Por favor…! -me imploró la muchacha.

Inmediatamente me solidaricé con ella. Entró a toda prisa y se acoquinó en un rincón, temblando.
Lucía tan asustada que hacerle preguntas me pareció algo inútil. Se había cubierto el rostro con las manos y sollozaba desesperadamente. 
No se equivocaba al decir que ya venían. Un griterío furioso se aproximaba rápidamente. Nuevamente miré por la ventana. Ahora era un grupo de hombres iracundos los que estaban afuera. Llevaban antorchas y herramientas de mano que esgrimían como armas. Aquella escena me pareció salida de una vieja película de terror. Cuando alguien del grupo gritó a todo pulmón: “¡Sal de ahí, bruja!”, giré la cabeza hacia ella. Noté que me observaba espiando entre sus dedos, después apartó las manos de la cara, y era una bruja horriblemente espantosa, y sentí un terror atroz que nunca olvidaré.
Después, un sobresalto terrible y me enderecé bruscamente en la cama.  Cuando empezaba a sentirme mejor al darme cuenta que solo soñaba. Golpearon enérgicamente la puerta.   Enseguida volví a experimentar el terror que me dominara en la pesadilla (si es que fue una pesadilla común), y permanecí en silencio mientras seguían golpeando. No me atreví a mirar por la ventana por miedo a enloquecer de terror. Golpearon varias veces y luego, silencio, no escuché pasos alejándose de allí, y la noche estaba ahora tan silenciosa que hubiera escuchado incluso una retirada furtiva y cuidadosa, por lo que llegué a creer que permanecía al lado de la puerta; pero cuando amaneció no había nadie.
 

lunes, 2 de septiembre de 2013

La casa de los payasos

Tomás despertó sintiéndose terriblemente mal, y cuando quiso moverse supo que lo habían atado a la cama. Quiso gritar pero no pudo porque también lo habían amordazado. La luz de la habitación estaba encendida, y las fotos, dibujos y retratos de payasos que había en las cuatro paredes, parecían moverse confusamente, todo el cuarto se hamacaba en derredor de Tomás, que no entendía dónde se encontraba ni qué pasaba...