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martes, 29 de octubre de 2013

En halloween

La algarabía de halloween había quedado atrás, junto con las luces de la ciudad. Habíamos tomado un camino de tierra que pasaba por zonas de monte y pastizales y esa noche todo estaba oscuro. Yo iba conduciendo. La camioneta vibrada y saltaba con las irregularidades del camino, pero a pesar de eso Mónica igua dormía porque iba muy cansada.

jueves, 24 de octubre de 2013

El tren nocturno

Chirriaron los frenos del tren y la maquina se fue deteniendo.  El chirrido y la súbita sacudida despertaron a Ramón, que dormía sentado en un compartimiento del tren.
Se limpió la comisura de la boca con una mano, y descubrió que la saliva había llegado hasta el cuello del abrigo. En ese momento se alegró de ser el único ocupante del compartimiento. Desempañó el vidrio de la ventanilla y miró hacia afuera.  Árboles altos y arbustos entrelazados con la oscuridad de la noche fue lo que alcanzó a distinguir. Era obvio que por allí no se encontraba ninguna estación ni parada. Pensó que si se habían detenido allí era por alguna emergencia.
Descorrió la puerta del compartimiento. Otros pasajeros también se asomaron en el angosto pasillo.
Un guarda cruzaba apresuradamente por él, y Ramón aprovechó para preguntarle:

- ¿Sabe por qué nos hemos detenido aquí, señor?
- No lo sé. Alguien accionó el freno de emergencia. Voy hasta el frente a ver qué pasa. Usted no se preocupe. Vuelva a sentarse que ya regreso a informarles a los de este vagón.
- Gracias.

El guarda fue detenido por las preguntas de otros pasajeros, les contestó casi lo mismo y consiguió llegar al siguiente vagón, donde lo asaltaron con más preguntas.
Ramón regresó a su asiento, pero ahora presentía algo malo. Siempre se había considerado muy intuitivo, y la experiencia lo corroboraba.
Siempre viajaba liviano, solo con un bolso, pero con cosas útiles en él, una buena costumbre que provenía de su pasado, cuando fuera niño explorador. Bajó su bolso del portaequipaje y lo dejó sobre sus piernas.
Al escuchar el primer grito se puso de pie. Casi al instante sonaron otros gritos. Eran gritos de terror y agonía. Algo muy malo estaba ocurriendo en los primeros vagones.
Siguiendo la naturaleza del ser humano, y como no sabían de qué se trataba, muchos intentaron llegar a los primeros vagones, pero los detuvo la gente aterrada que huía en dirección contraria. Entonces el miedo controló la situación. El griterío creció. Entre los gritos de terror se escuchaban ahora gruñidos extraños y órdenes que se gritaban en una lengua desconocida.

Ramón reaccionó más fríamente que los otros. Por largo que fuera el tren no servía de nada huir hacia el último vagón.  Intuyó que las puertas estaban obstruidas de alguna forma, o bloqueadas por los causantes de aquel desorden, o lo que fuera aquello.
Abrió la ventanilla, arrojó su bolso y saltó después hacia afuera. Cayó rodando para minimizar el impacto y utilizar ese impulso para escabullirse rápidamente entre la maleza que crecía al lado de la vía. Tras la maleza había una canaleta. Desde allí vio que otro pasajero intentaba ahora salir por la misma ventanilla que utilizara él, pero algo lo detuvo y lo jaló hacia adentro, para seguidamente atacarlo con rápidas y voraces mordidas. El ser que atacaba al hombre era un vampiro, y su cara lucía horribles rasgos de murciélago.  En todo el tren se desataba ahora una horrible carnicería.

El hombre que intentó seguir a Ramón fue el que lo salvó, pues si el vampiro hubiera encontrado la ventanilla abierta sin alguien intentando salir por ella, concluiría inevitablemente que alguien había escapado por allí, y después vendría la persecución.
Ramón se escabulló entre las sombras y se alejó bosque adentro. Esa noche caminó sin parar.
Su odisea no fue corta, pero gracias a que iba bien preparado y sus conocimientos en supervivencia eran muchos, consiguió llegar a una ciudad.  Apenas comenzó a transitar las calles buscó información sobre el tren. ¿Sería el único sobreviviente? ¿El mudo estaría enterado ahora de la existencia de los vampiros?  Al encontrar un diario de unos días atrás confirmó algo que presentía: los vampiros encubrieron la masacre con un descarrilamiento y posterior incendio del tren, quemando en él todas las evidencias.   

domingo, 20 de octubre de 2013

Una maldición

Parecía que la casa se iba a derrumbar en cualquier momento. La tormenta era terriblemente intensa.
Estallaba un rayo y al instante otro. La noche se iluminaba con aquellos fuegos ensordecedores, y las paredes de la vivienda temblaban, y un chaparrón estruendoso golpeaba contra el techo con mucha fuerza.  Las luces blancas de los relámpagos entraban al cuarto donde me hallaba, y al venir desde distintos puntos del cielo, cada una creaba sombras ligeramente diferentes en la habitación, formando la ilusión de movimiento.   Una tormenta así es desagradable en cualquier lado, pero lo es más en una casa ajena.
Me encontraba en un establecimiento rural, en la casa de un peón. Durante el día trabajé cambiando la instalación eléctrica del lugar junto a Ernesto, mi socio. Como todavía quedaba mucho trabajo y el lugar está en una zona muy apartada tuvimos que quedarnos. Apenas se hizo noche empezó la tormenta.
No me podía dormir. Me levanté y fui hasta la ventana.  El enorme patio estaba lleno de charcos crispados por la lluvia. En el otro extremo estaba la casa principal, la del dueño del lugar.
Sentía que mis pupilas se dilataban de golpe y volvían a contraerse al mirar aquel escenario donde luchaban la oscuridad y la luz de los relámpagos.

Súbitamente, de ser observador pasé a ser observado. Apareció no sé cómo en un costado de la ventana. Era una mujer muy vieja con acentuados rasgos de bruja. Estaba cubierta con una capa negra. ¡Nunca vi un rostro tan grotesco! Supongo que durante el día no luce así. Su rostro debía estar transformado con magia negra; o por el contrario, aquel era su verdadero aspecto y lo cambiaba durante el día. Sin dudas era una bruja, y me observaba tras el vidrio.
Se llevó la mano al rostro, y extendiendo el dedo índice delante de su ennegrecida boca hizo un gesto claro que me resultó aterrador. Aquel gesto decía que no hablara sobre ella, que no le contara a nadie. Con otro gesto lento y  horrible dejó claro que si hablaba me iba a matar, y sonrió con infinita malicia.
Aterrado, duro de miedo, la vi avanzar hacia el centro del patio. Sacó algo de su abrigo, escarbó el suelo con su huesuda mano y lo enterró, tapándolo luego con tierra. Desde allí me recordó que no hablara, con la misma seña del dedo frente a la boca, y se marchó para desaparecer en un instante de oscuridad.

La tormenta se disipó al amanecer. Cuando íbamos a retomar nuestra tarea vi que partieron raudamente en una camioneta.  Un peón nos informó. La esposa del dueño del lugar había enfermado por la madrugada.   Seguramente fue obra de la bruja, de la cosa que enterró.
Luego me enteré de algo que me indignó. Antes de partir, el patrón de lugar le dijo a su capataz que nos pagara menos de lo acordado, alegando un retraso.

- Si no les sirve se pueden ir -dijo el capataz-. Pero si lo hacen no van a cobrar nada.
- Y si fuera así, ¿usted va a asumir las consecuencias por su patrón? -le pregunté, acercándome más a él.
- Yo solo sigo órdenes,  no es que esté de acuerdo con lo que él dice -aclaró el capataz, bajando el tono.

Si me metía en un lío solo iba a empeorar todo, pero el asunto no iba a quedar así.
Terminamos el trabajo ese día y nos marchamos de aquel lugar maldito (ahora literalmente maldito gracias a lo que plantó la bruja).
Días después supe que la esposa del dueño del establecimiento murió, que el mismo se enfermó misteriosamente, y, que un incendio arraso con casi todo el lugar.
Opino que el tipo se merecía lo que le hizo la bruja, como también se merecía que su propiedad se incendiara debido a una “falla” eléctrica de la instalación.

martes, 15 de octubre de 2013

Solo

Maximiliano notó al otro peatón al doblar en una esquina. En una zona lejana del cielo nocturno se estaba formando una tormenta, y un viento cargado de humedad recorría aquella calle desolada.
Sucesivas inundaciones habían alejado a la gente de allí, y las viviendas se hallaban vacías y estragadas.
Maximiliano pensó que había tomado una mala decisión al cortar por esa zona, pero igual siguió.
El otro peatón iba detrás de él.  Cuando el desconocido apuró el paso para alcanzarlo, Maximiliano se volvió rápidamente.

- Hola -lo saludó el tipo, sonriendo-. Disculpe, señor, ¿tiene hora?
- Son las dos y media -le contestó, acercando el reloj a su cara, para no perder de vista las manos del otro.
- Gracias.

El desconocido no tenía apariencia de ser un malviviente. Maximiliano lo evaluó con la mirada. El tipo parecía ser un debilucho de carácter tímido. Maximiliano intuyó que aquel joven quería alcanzarlo para no atravesar aquella zona solo. Por eso le dirigió otras palabras mientras avanzaba nuevamente, como invitándolo a que lo acompañara:

- Creo que anunciaron lluvia, y por este vientito parece que no le erraron.
- Cierto. El aire está enrarecido, debe ser la humedad, y en esta parte de la ciudad la sensación parece más fea. No sabía que esta parte estaba tan así, tan abandonada; es como un barrio fantasma.
- Es un barrio fantasma -afirmó Maximiliano-, y seguramente dentro de esas casas andan algunos.
- ¿Usted ha visto alguno hoy? -preguntó el muchacho, y miró hacia varias casas.
- No. Dije eso en broma.
- ¿No cree en fantasmas? 
- No, francamente no.
- Yo estoy empezando a creer, porque hasta la esquina sentía que me seguían, pero no había nadie. Ahora esa sensación se fue, creo.
- La apariencia del lugar lo habrá sugestionado.
- Puede ser. Espero que fuera eso -y echó otra mirada en derredor mientras caminaba.

Siguieron juntos unas cuadras. Maximiliano doblaba en la próxima esquina, y al llegar a ella se despidió de su casual compañero de caminata:

- Aquí doblo yo. Que le vaya bien, joven. Adiós.
- ¿Dobla aquí…? Bueno, que le vaya bien, señor -dijo el joven, evidentemente sorprendido, y sin ganas de seguir solo.

A Maximiliano le dio algo de pena: “Pobre tipo. Tiene miedo”, pensó. Cuando se había separado unos pasos, volteó, y vio que detrás del otro se deslizaba la aparición de una niña toda blanca. En ese mismo momento la aparición giró la cabeza hacia él, luego desapareció. 
Después sintió que algo lo seguía, y esa sensación aterradora lo acompañó hasta que salió del barrio fantasma.

lunes, 7 de octubre de 2013

El cuento

Se encontraban bebiendo y jugando a las cartas. Ya era de madrugada y el bar estaba casi vacío. El cantinero pasaba un paño por la barra, limpiando las marcas de los vasos. Un reloj de pared viejo que se empeñaba aún en funcionar emitía un sonoro tic tac que era parte del ambiente, así como lo eran el olor a cigarro y alcohol.
Cuando los integrantes de aquel grupo de veteranos se aburrieron de jugar a las cartas empezaron a contar anécdotas y cuentos, para dilatar la noche.
El mejor narrador de cuentos era Rómulo, y generalmente contaba cuentos de terror. 
La mesa que rodeaban estaba cerca de la barra. Cuando el cantinero advirtió que don Rómulo iba a comenzar una de sus historias de terror, dejó lo que estaba haciendo y prestó atención.

“A este me lo contó un tipo que fue policía muchos años -comenzó su historia Rómulo-, se apellidaba Rosales, el nombre no recuerdo, ya es muerto él. Según él realmente le pasó esto, y fue lo siguiente: En esa época trabajaba en una comisaría rural, y andaban investigando una matanza de ovejas. El comisario del lugar no era muy suspicaz que se dijera, y quiso resolver el asunto con una simple vigilancia a las ovejas que quedaban vivas. Un método directo pero que en ese caso podía ser muy eficaz.
Cuando llegó el ocaso dejaron a Rosales y otro policía en el borde de un campo. Desde ahí siguieron a pie. Al encontrar el rebaño buscaron donde esconderse. Eligieron un pequeño matorral, se agazaparon y comenzó la espera. 
Por un buen rato creyeron que aquel plan iba a fracasar, porque las ovejas no dejaban de mirar hacia donde estaban ellos, pero después los animales se acostumbraron a los espías y dejaron de prestarles atención. 
  
“Apenas se hizo noche salió la luna llena. La vieron asomar detrás de un cerro bajo, y cuando la luna se despegó del todo del horizonte, desparramó cerro abajo una claridad que ahuyentó a las sombras hasta acorralarlas en unas arboledas que se elevaban no muy lejos de allí.
Y la noche fue avanzando, y los pastos se cubrieron de rocío. Una bruma blanca que merodeaba en las zonas bajas parecía ser sólida bajo la pupila lunar, y bien podría tomarse por un ente gigantesco que ocultaba algo. Y desde esa bruma resonó de pronto un aullido largo y escalofriante.
Los policías se miraron en silencio y desenfundaron sus pistolas. Las ovejas se agruparon más y empezaron a balar inquietas.  Un animal salió al trote de la bruma, y parecía ser un perro. Era grande, de pelaje desordenado, avanzaba con la cabeza gacha, con la vista puesta en sus asustadas presas.

“No había dudas de que aquel era el culpable de las matanzas. Atraparlo vivo no era una opción razonable, debían sacrificarlo.
Desde donde estaban no tenían un buen tiro. Acordaron levantarse al mismo tiempo con señas. Saltaron del matorral y corrieron hacia el perro. Este quedó sorprendido un instante, para luego salir corriendo rumbo a una arboleda. Los policías corrían detrás, apuntando pero sin disparar. En medio de la arboleda había una gran roca, y en ella un hueco, una cueva pequeña, y vieron que el animal se metió allí.
Al acercarse escucharon unos gruñidos, después unos sonidos extraños que se mezclaban con quejidos.  Iluminaron la entrada de la cueva para descubrir que tenía un recodo, y el animal estaba más allá de este, pero de todas formas estaba atrapado. 
Rosales propuso sacarlo con humo. Cuando estaban por encender unas matas de pasto, una voz salió de la cueva:

- Si me matan van a quedar malditos -afirmó una voz ronca.

¡Imagínense la sorpresa y el susto de Rosales y el otro! Y la cosa pasó a ser más extraña todavía. Algo salió del recodo y se arrastró hasta salir de la cueva, levantando los brazos después indicando que se rendía: como deben suponer, era un hombre, estaba como vino al mundo, y el perro había desaparecido”.     
 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Desenterrada

Caminábamos por el bosque buscando huellas de animales. Éramos cuatro amigos, y fue Santiago el que hizo el descubrimiento.

- Ahí enterraron algo -dijo Santiago de pronto, señalando el suelo con la mano.
- Parece que sí -observó Carlos, otro amigo-. Seguramente ahí hay algún bicho muerto.
- ¿Y por qué enterrar a un animal aquí, en medio de la nada? -pregunté, y miré a todos.
- Puede ser el perro de un cazador -opinó Aníbal.
- ¿Vos dejarías a tu perro aquí, o te lo llevarías? -le pregunté a Aníbal.

Ninguno de nosotros enterraría a su perro allí, y nos costaba creer que algún cazador lo hiciera.
Curiosos por saber qué era, escarbamos la tierra recién removida. Primero asomó un trozo de tela, y al tirar de él, sufrí por un instante una impresión sumamente desagradable; por los gestos de sus rostros diría que a mis amigos les pasó lo mismo. Pero después nos dimos cuenta, y fue Carlos el primero que lo dijo:

- ¡Es una muñeca!
- Una bien fea -agregó Aníbal.

Tenía el tamaño de un bebé grande y era muy realista. ¿Por qué alguien había enterrado una muñeca allí? Era un misterio. Hicimos varias conjeturas, bromeando, y finalmente la dejamos tirada sobre el pasto. Cuando íbamos a marcharnos les dije a los otros sino sería mejor volverla a enterrar, pero ninguno quería hacerlo. Miré el hueco en la tierra y a la muñeca, dudé, pero como mis amigos ya iban desapareciendo en el bosque corrí para alcanzarlos, dejándola como estaba.
Después colocamos unas trampas en la zona y acampamos no muy lejos de allí.
Cuando se hizo noche y rodeábamos una fogata retomamos el tema de la muñeca, hablando luego de brujerías y contando algunos cuentos de terror.  En ese entorno de sombras intranquilas, de penumbras que parecían mostrar cosas que temblaban en el límite de la oscuridad cerrada, las ideas que resultaban graciosas por la tarde ahora causaban inquietud.  Esa noche dormí poco.
Al amanecer salí de mi sobre de dormir para revivir el fuego. Estaba colocando ramas sobre las cenizas humeantes cuando la vi; estaba parada contra un árbol, recostada a él, era la muñeca que desenterramos.  Desperté a mis amigos y les señalé la muñeca. Observé sus reacciones intentando descubrir quién la había arrimado hasta allí. Los tres se veían realmente sorprendidos.

Yo estaba despierto desde antes del amanecer. Que alguno se hubiera internado en el bosque para buscar a la muñeca cuando estaba oscuro, después de aquellas historias y cuentos de terror, me pareció poco probable. Cuando los tres juraron por sus madres que no lo habían hecho les creí. Yo juré también, pues reconozco que era el principal sospechoso, ante los ojos de los otros.
Obviamente, era posible que algún extraño la hubiera colocado allí, mas lo que sucedió después me hace creer que la muñeca llegó sola.
Ya sin ninguna gana de permanecer en aquel bosque, levantamos el campamento rápidamente, sin perder de vista a la muñeca. Pero esta vez no pensaba marcharme así nomás. Si alguien la había enterrado era por algo. Empecé a cavar con una pala plegable que llevábamos. Los otros la vigilaban, aunque debieron descuidarla un instante, y al volverla a mirar, la muñeca ahora tenía la boca medio abierta y enseñaba unos dientes retorcidos y rojizos que terminaban en una delgada punta.
Hasta ahí llegó nuestra valentía; solo éramos unos muchachos, ninguno era mayor. Salimos corriendo, despavoridos, y por suerte nunca más vimos a la muñeca.