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lunes, 7 de octubre de 2013

El cuento

Se encontraban bebiendo y jugando a las cartas. Ya era de madrugada y el bar estaba casi vacío. El cantinero pasaba un paño por la barra, limpiando las marcas de los vasos. Un reloj de pared viejo que se empeñaba aún en funcionar emitía un sonoro tic tac que era parte del ambiente, así como lo eran el olor a cigarro y alcohol.
Cuando los integrantes de aquel grupo de veteranos se aburrieron de jugar a las cartas empezaron a contar anécdotas y cuentos, para dilatar la noche.
El mejor narrador de cuentos era Rómulo, y generalmente contaba cuentos de terror. 
La mesa que rodeaban estaba cerca de la barra. Cuando el cantinero advirtió que don Rómulo iba a comenzar una de sus historias de terror, dejó lo que estaba haciendo y prestó atención.

“A este me lo contó un tipo que fue policía muchos años -comenzó su historia Rómulo-, se apellidaba Rosales, el nombre no recuerdo, ya es muerto él. Según él realmente le pasó esto, y fue lo siguiente: En esa época trabajaba en una comisaría rural, y andaban investigando una matanza de ovejas. El comisario del lugar no era muy suspicaz que se dijera, y quiso resolver el asunto con una simple vigilancia a las ovejas que quedaban vivas. Un método directo pero que en ese caso podía ser muy eficaz.
Cuando llegó el ocaso dejaron a Rosales y otro policía en el borde de un campo. Desde ahí siguieron a pie. Al encontrar el rebaño buscaron donde esconderse. Eligieron un pequeño matorral, se agazaparon y comenzó la espera. 
Por un buen rato creyeron que aquel plan iba a fracasar, porque las ovejas no dejaban de mirar hacia donde estaban ellos, pero después los animales se acostumbraron a los espías y dejaron de prestarles atención. 
  
“Apenas se hizo noche salió la luna llena. La vieron asomar detrás de un cerro bajo, y cuando la luna se despegó del todo del horizonte, desparramó cerro abajo una claridad que ahuyentó a las sombras hasta acorralarlas en unas arboledas que se elevaban no muy lejos de allí.
Y la noche fue avanzando, y los pastos se cubrieron de rocío. Una bruma blanca que merodeaba en las zonas bajas parecía ser sólida bajo la pupila lunar, y bien podría tomarse por un ente gigantesco que ocultaba algo. Y desde esa bruma resonó de pronto un aullido largo y escalofriante.
Los policías se miraron en silencio y desenfundaron sus pistolas. Las ovejas se agruparon más y empezaron a balar inquietas.  Un animal salió al trote de la bruma, y parecía ser un perro. Era grande, de pelaje desordenado, avanzaba con la cabeza gacha, con la vista puesta en sus asustadas presas.

“No había dudas de que aquel era el culpable de las matanzas. Atraparlo vivo no era una opción razonable, debían sacrificarlo.
Desde donde estaban no tenían un buen tiro. Acordaron levantarse al mismo tiempo con señas. Saltaron del matorral y corrieron hacia el perro. Este quedó sorprendido un instante, para luego salir corriendo rumbo a una arboleda. Los policías corrían detrás, apuntando pero sin disparar. En medio de la arboleda había una gran roca, y en ella un hueco, una cueva pequeña, y vieron que el animal se metió allí.
Al acercarse escucharon unos gruñidos, después unos sonidos extraños que se mezclaban con quejidos.  Iluminaron la entrada de la cueva para descubrir que tenía un recodo, y el animal estaba más allá de este, pero de todas formas estaba atrapado. 
Rosales propuso sacarlo con humo. Cuando estaban por encender unas matas de pasto, una voz salió de la cueva:

- Si me matan van a quedar malditos -afirmó una voz ronca.

¡Imagínense la sorpresa y el susto de Rosales y el otro! Y la cosa pasó a ser más extraña todavía. Algo salió del recodo y se arrastró hasta salir de la cueva, levantando los brazos después indicando que se rendía: como deben suponer, era un hombre, estaba como vino al mundo, y el perro había desaparecido”.     
 

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