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martes, 26 de noviembre de 2013

El monte embrujado

Había caminado casi toda la tarde, y cuando ya se había hecho noche me senté a un costado del camino a descansar.  No estaba solo, me acompañaba Rufo, mi perro.
Al sacarme la mochila sentí que estaba mucho más liviano y fue un alivio. Rufo se acostó a mi lado después de dar vueltas y vueltas sobre el pasto como es la costumbre de los perros. Estaba casi todo oscuro pero se distinguían algunas cosas.  A unos diez metros del solitario camino empezaba a elevarse un monte pequeño, poco más que una arboleda. No estaba muy lejos de una zona poblada, mas desde allí no se veía ni una casa, ni una luz, y por el camino hacía rato que no pasaba ningún vehículo, soledad y silencio hacia todos lados.

jueves, 14 de noviembre de 2013

El peso del monstruo

El cielo ya se había oscurecido y llovía copiosamente. El agua se deslizaba por la pared de vidrio del consultorio; la pared cristalina separaba un patio interior donde algunas plantas temblaban bajo la lluvia.
Dentro del consultorio estaba Ortiz y su paciente. El paciente estaba recostado en un diván de esos que usan los psicólogos; Ortiz tomaba notas tras su escritorio escribiendo en una libreta. Se sacó los lentes, dejó la libreta en el escritorio y le dijo al paciente:

- Le aseguro que lo suyo es solo una perturbación del sueño -afirmó nuevamente Ortiz-. Usted se despierta cuando aún está paralizado, como ya le expliqué, y por eso no puede moverse por un instante. No es que haya algo sentado sobre su pecho, nada de eso.
- Sí, sí, pero, ¿y si lo mío es algo diferente? No solo siento que no puedo moverme, también siento las patas de lo que me aplasta con su peso. Nunca me atreví a abrir los ojos, pero siento que esa cosa aproxima su cara a la mía. No oigo que respire, pero está ahí, a centímetros de mi rostro, seguramente sonriendo asquerosamente, y…
- No siga -lo interrumpió Ortiz-. Todo eso que se imagina solo contribuye a su confusión. Tiene que creer en mí, de otra forma las sesiones no servirán, ¿entiende?
- Comprendo, doctor, pero, ¿cómo usted puede estar tan seguro si no está ahí cuando duermo, cuando esa cosa aparece?
- Bueno, confío en lo que me han enseñado y en mi experiencia. Sabe, me ha dado una idea. Usted es el último paciente. Hoy pensaba quedarme algunas horas aquí leyendo un libro que publicó un amigo. Quédese y duerma un rato, yo lo vigilo. No le voy a cobrar nada extra, claro. ¿Qué le parece?
- No sé si podré dormir aquí… mas me parece buena idea. Si aparece algo usted tendría que verlo, ¿no?
- Si hubiera algo, sí, pero no lo hay. Cierre los ojos y trate de dormir.

Ortiz comenzó a leer el libro. Fuera seguía lloviendo monótonamente, y el agua se deslizaba sin cesar por el vidrio. El ruido de la lluvia era un susurro que invitaba a dormir, y contra lo que el paciente suponía, se rindió ante un sueño que lo dominó rápidamente.
Ortiz lo vigilaba cada tanto mirando por encima de sus lentes. El libro resultó ser bastante aburrido. Se acomodó mejor en el sillón e hizo un esfuerzo por mantenerse concentrado.
De pronto le pareció que el texto no tenía sentido. Cuando miró hacia el paciente, había un monstruo peludo sobre su pecho. Tenía una apariencia simiesca, pero su cara era demoníaca, tenía dos cuernos retorcidos y el rostro oscuro. El monstruo volteó hacia Ortiz y sonrió repulsivamente.

El psicólogo nunca había sentido tanto terror en su vida, era como una descarga de locura, del miedo más puro.  Pero como era un hombre fuerte de espíritu reaccionó ante aquel terror, tomó el libro y se lo arrojó al monstruo. Y en ese mismo instante se sacudió en el sillón como si hubiera caído en él, y al mirar hacia el paciente ya no había ningún monstruo; el libro que creía haber arrojado estaba sobre sus piernas. ¿Había sido solo una pesadilla? Nunca lo supo con certeza, siempre le quedó una duda, porque desde esa noche el paciente no volvió a experimentar aquella sensación horrible.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La cabellera

Iba a pie por un camino desolado que apenas podía distinguir debido a la oscuridad que dominaba esa noche. Forzando la vista lograba entrever los oscuros contornos de los árboles y arbustos que se agitaban en el costado del camino. El viento no dejaba de gemir sobre los árboles. Crujían y rechinaban ramas que se mecían en la oscuridad. Sobre el fondo completamente negro del cielo cruzaban nubes más claras y ligeras que parecían disolverse y formarse espontáneamente mientras las arrastraba con rapidez el viento.
En noches tan convulsionadas como esa es difícil distinguir el origen y la naturaleza de algunos sonidos. Me detuve y volteé. ¿Había sentido un sonido metálico seguido de un golpe? ¿Escuchaba ahora unos quejidos?  El viento sopló más fuerte como queriendo despistarme.
Recordando lo antes percibido me imaginé alguien cayendo de su bicicleta.  ¿Algún insensato se atrevería a pedalear en aquella oscuridad? De ser así debía poseer una vista más aguda que la mía.
Permanecí quito tratando de escuchar algo más.
Aquella silueta apareció de pronto, asustándome. Forcé la vista. Era, a juzgar por la cabellera, una mujer, y su voz me hizo estar seguro de eso:

- Buenas noches -saludó, sorprendiéndome nuevamente.
- Buenas -llegué a decir, mas reponiéndome un poco del susto le pregunté.
- ¿Se ha caído usted de la bicicleta?
- No, vengo a pie. ¿Me acompañaría?
- Por supuesto, vamos.

Y seguimos caminando. A pesar de que estaba cerca no podía distinguirle ni un rasgo, su cara era una sombra. Cuando intenté conversar sobre el tiempo y la noche que hacía, noté que sofocaba una risa con la mano, y ya no era un tono de mujer. Me iba apartando cuando no pudo detener su carcajada y salió corriendo rumbo a unos arbustos. Aquella carcajada no era de mujer ni era humana, parecía emitida desde el fondo de un pozo, y se me erizó la piel y un escalofrío subió por mi espalda.   El resto del camino lo hice completamente aterrado.
Al otro día escuché las noticias. En el camino encontraron una ciclista muerta, y no había sido un accidente, pues le habían cortado completamente el cuero cabelludo, y no lo hallaron en el lugar.

martes, 12 de noviembre de 2013

La madre

Clara salió a la vereda del hospital cargando el bebé en sus brazos. La noche se había presentado bastante fría. Envolvió mejor al bebé y procuró un taxi con la vista, pero solo había autos de particulares estacionados en aquella cuadra.  Entró de nuevo al hospital y le pidió a una enfermera que le llamara un taxi.  La enfermera, que estaba tras una ventanilla, llamó con desgano y volvió a ojear una revista. Clara le agradeció, sonriendo con falsedad, y volvió a esperar en la vereda.

lunes, 11 de noviembre de 2013

La madera

Una amiga que es maestra en una escuela me pidió un favor bastante curioso. El municipio había donado unos pupitres (de esto hace muchos años, aún se usaban pupitres) que fueron a dar en el salón donde ella daba clases, y creía que aquellos asientos de alguna forma estaban embrujados.  Quería que averiguara de dónde los habían sacado. 
Anticipándose a mi escepticismo me invitó al salón aquel, al atardecer, después que los alumnos se fueron, y ante los pupitres aludidos me contó más o menos lo siguiente:

“Cuando llegaron, personalmente quedé muy agradecida -empezó a contarme mi amiga, mirando de reojo los bancos-; eran nuevos y desprendían un aroma agradable; veía que los niños se inclinaban a oler la madera. Pero no demoraron en empezar las cosas raras. Un alumno se pinchó con la punta de un compás y sangró un poco sobre el pupitre, y, presencié asombrada como la madera absorbía completamente toda la sangre en un instante, sin que quedara una mancha. Lógicamente, inventé algo para convencer a los que vieron aquello, pero no era algo normal. Unos días después, un olor asqueroso que enseguida asocié con la muerte invadió repentinamente el salón, aunque enseguida desapareció. Los días siguientes todos empezaron a desconcentrarse fácilmente, y se acusaban unos a otros por algún jalón que sentían o un pupitre que se inclinaba de golpe como si lo empujaran de atrás. Pero lo más horrible me pasó a mí. ¡Ay…! Hasta me cuesta contarlo… disculpa. Fue así: Olvidé mis llaves y volví un poco más tarde que ahora, ya prácticamente estaba de noche. El salón ya estaba oscurecido, pero como solo son unos pasos e igual distinguía el manojo de llaves no encendí la luz. Cuando fui a marcharme, estaban… en los pupitres había gente, y por sus contornos se notaba que estaban muertos”.

En ese momento a mi amiga se le quebró la voz y se tapó la boca. Me dejó completamente impresionado. Cuando intenté analizar fríamente aquello, del salón emanó un olor nauseabundo que recordé inmediatamente. Cuando salimos de allí le prometí que iba a averiguar todo lo que pudiera.
Después de sentir aquel olor, lo que descubrí no me sorprendió, aunque igual me hizo estremecer: Los pupitres estaban hechos con las maderas de unos cipreses talados de la parte vieja del cementerio.
Después de cobrar algunos favores y quedar debiendo otros en el municipio, hice que retiraran aquellos bancos, y un tiempo después que los destruyeran.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Los muñecos

Sebastián me contó que sus hermanos eran diferentes. Cuando llegué a la casa los dos estaban jugando en el suelo, haciendo ruidos guturales que solo ellos entendían, pues parecían comunicarse con ellos; eran gemelos.
Había entablado amistad con Sebastián en la escuela, y en esa ocasión me invitó a pasar el día en su casa.  Ambos teníamos nueve años; sus hermanos seis.
Su casa era enorme, y a esa edad me pareció un palacio. Cuando entramos a la habitación donde tenían los juguetes quedé con la boca abierta. Tenían estantes y estantes repletos de juguetes de todo tipo, también había cajas donde se amontonaban algunos. Los hermanos de Sebastián se entretenían “hablando” entre si con aquellos sonidos incomprensibles para los demás.

- ¿Ellos no juegan? -le pregunté a Sebastián, con la imprudencia y falta de tacto que tenía a esa edad.
- Antes jugaban -me contestó-, pero últimamente no, ya no les gustan estos juguetes.
- Nos gustan los muñecos de la ventana -dijo uno de ellos, volviéndose hacia nosotros.
- Sí, los muñecos de la ventana -afirmó el otro, señalando la abertura.

Sebastián se notó algo sorprendido, evidentemente creía que no estaban prestando atención a lo que hablábamos, y creo que no escuchaba muy seguido la voz de sus hermanos.

- ¿Los muñecos de la ventana? -pregunté, y miré hacia la única ventana que tenía la habitación.
- Es algo que inventaron -me susurró Sebastián.

Jugamos casi toda la tarde. Después tomamos té junto a sus padres en un salón inmenso. Aquello no estaba mal, comparado con comer un trozo de pan con manteca sentado en un escaloncillo del fondo de mi casa, sin embargo, no cambiaría el familiar escenario donde el sol descendía filtrando rayos de luz entre los naranjos, por la vastedad fría de aquel salón.
Les caí tan bien a los padres de mi amigo que me invitaron a cenar. Cuando acepté fueron hasta mi casa (porque no teníamos teléfono) para avisarle a mis padres.
Bajo las sombras de la noche aquel inmenso hogar me resultaba ahora algo inquietante. Cualquier ruido se amplificaba y deformaba al pasar por las inmensas habitaciones. 
Mirábamos televisión cuando los hermanos de mi amigo voltearon a la vez hacia un corredor, como si los hubieran llamado, se levantaron y fueron rumbo al salón de los juguetes.  Poco rato después tuve que ir al baño. Cuando volvía por el corredor recordé lo de los muñecos de la ventana.

La puerta donde se hallaban los gemelos estaba entornada. Los dos estaban sentados en el suelo, con la vista levantada hacia la ventana, y sonreían.  Entonces entré a la habitación y también vi a los “muñecos”. Eran dos monstruos pequeños, como duendes, tenían la cara ennegrecida y lucían rasgos demoníacos, pues tenían cuernos y cabeza alargada. Se movían como si estuvieran danzando o representando algo. Estaban tras el vidrio. Al verme se desvanecieron, pero antes dijeron algo incomprensible. Inmediatamente los gemelos me miraron disgustados.
Después de aquel susto ya no quería quedarme allí, pero de todas formas esperé la cena.
Nunca más volví a pisar aquella casa, y no mucho después toda la familia se mudó de ciudad, y desde esa época la casa está abandonada.