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domingo, 22 de diciembre de 2013

Terror en navidad

Esa navidad la pasamos en la casa embrujada de unos asesinos.
Como estábamos peleados con casi todos nuestros parientes, mis padres aceptaron la invitación de un matrimonio conocido, y fuimos pasar la noche buena en su casa, que se encontraba en una zona rural. 
Al dejar la ruta atrás y adentrarnos en un camino polvoriento, el paisaje se hizo monótono, pues solamente era campo, y el auto comenzó a vibrar por las irregularidades del camino.
Iba mirando por la ventanilla cuando un manotazo me golpeó la cabeza. Me volví hacia mi hermano, que me miraba con cara de burla, y lo acusé:

- ¡Mamá! ¡Carlos me pegó en la cabeza!
- ¡Mentira! Yo no le hice nada -se defendió Carlos, y me miró amenazante.
- ¡No empiecen ustedes dos! ¡Si se portan mal en la casa… me van a desconocer! -nos amenazó mamá, y mirando a papá le dijo-. También son tus hijos, ¿no le vas a decir nada?
- Pórtense bien o damos vuelta y pasamos la navidad solos en casa, ¡ah! Y no les doy los regalos.
- Me voy a portar bien -prometí.
- Yo también -dijo Carlos-. Fue Fernando el que empezó.
- ¡Fuiste vos! -grité, y le di un puñetazo en el hombro. Cuando intentó responder al ataque, mamá, que había girado hacia nosotros, lo detuvo con un grito-. ¡No sigan! ¡Ya basta, no importa quién empezó!

El resto del camino nos amenazamos con señas, mas cuando mi madre volteaba los dos estábamos quietos, pero ni bien ella volvía a mirar hacia adelante, seguíamos en lo nuestro.
Apenas el auto se detuvo frente a la casa nos precipitamos hacia afuera.

- ¡Mira que grande que es! -exclamó mi hermano.
- ¡Y que alta! -grité-. Si uno cae del techo se hace m…
- ¡Fernando! No digas esas cosas aquí porque me vas a sacar de quicio, ¡por favor! -exclamó mi madre. 

La puerta se abrió y el matrimonio dueño del lugar salió a recibirnos. Entramos a la sala. Sobre una mesa había bocadillos. Enseguida nos pusimos a mirar todo girando la cabeza sin el menor disimulo. Mi hermano y yo nunca habíamos visto una casa tan elegante y antigua, nunca habíamos visto un retrato, sillones tan grandes ni muebles tan finos.
Mientras nuestros padres conversaban con los anfitriones vaciamos varias bandejas, después, al empezar a aburrirnos, observamos nuevamente lo que allí había. Éramos muy inquietos como para estar mucho tiempo en un lugar. Conocía tan bien a mi hermano que esperé a que él lo dijera:

- Queremos salir a jugar, ¡mamá! ¡papá!
- No, afuera ya está de noche -le contestó mamá-. Si quieren andar aquí adentro está bien, pero tienen que pedirle a ellos.
- Yo no tengo ningún problema, pero… -repuso el dueño de la casa- como el lugar es grande y viejo puede ser que se asusten.
- Mira -le dijo mi padre-, estas sabandijas (así nos llamaba papá a veces, bromeando) están “curadas”, ý capaz que si ven un fantasma le quitan la sábana y se la pintarrajean, ¡jajaja!

La mujer de la casa fue a decir algo, pero Carlos y yo salimos disparados hacia un corredor.
Si el lugar nos había parecido grande desde afuera, desde adentro nos parecía vastísimo. Iluminaban el corredor unas lámparas mortecinas, muy separadas entre si, haciendo que las sombras se disputaran el lugar. Después de pasar bajo una ventana, creímos que empezaron a arañarla desde afuera, pero era una rama que rozaba el vidrio.  Aunque no teníamos permiso, abríamos las puertas de las habitaciones, encendíamos la luz y mirábamos dentro. La mayoría se encontraban vacías, algunas tenían camas y muebles.
Al abrir una habitación y encender la luz, vimos a una anciana sobre la cama. La anciana volteó hacia nosotros y nos sonrió dulcemente; nosotros estábamos paralizados por la sorpresa, porque no esperábamos encontrar a alguien. De repente la anciana lució aterrada; una mano peluda surgió de debajo de la cama, en el lado opuesto al que estábamos. La anciana medio se enderezó mirando con horror a la mano monstruosa que tanteaba rápidamente las sábanas. Abrió la boca como si estuviera gritando pero no escuchábamos nada. Y se presentó algo más aterrador. El dueño de la mano peluda tenía cabeza de cerdo, y salió rápidamente de debajo de la cama y se abalanzó hacia la anciana sacudiendo la cabeza. En ese momento se abrió la puerta de un ropero enorme, y salió corriendo de él una especie de bruja horrorosa, e iba rumbo a la cama tirando manotazos.

Ante tanto terror la anciana se llevó las manos al pecho y quedó con la boca abierta y los ojos muy grandes, tiesa.  Entonces el monstruo con cabeza de cerdo le tanteó el cuello, miró a la bruja y se apartó del cuerpo de la pobre anciana. Después se sacó la cabeza, más bien, se quitó la máscara que llevaba, y no era otro que el actual dueño de la casa; y cuando la bruja se desenmascaró, era la mujer.
Repentinamente toda aquella escena de terror desapareció ante nuestros ojos, y la habitación estaba vacía.
Llegamos corriendo a la sala donde estaban nuestros padres, y tuvimos que mentir que jugábamos una carrera. Con Carlos nos entendimos solo con una mirada. No íbamos a contar lo que vimos. Todavía faltaba la cena, y prometía ser buena.
Durante la cena los anfitriones mencionaron que la casa antes era de su tía, la que desafortunadamente había muerto de un ataque al corazón

 

sábado, 21 de diciembre de 2013

Los demonios de mis vecinos

“Hicieron un exorcismo”, fue lo primero que pensé. Todo sucedió en la casa de mis vecinos. Como tres semanas atrás me había enterado que el hijo menor de mis vecinos había caído enfermo. Después de unos días de internación en el hospital lo trajeron para la casa, aunque no había mejorado.
Como mi vivienda está muy próxima escuchaba perfectamente lo que pasaba en la de al lado. Todas las noches había gritos, y aquella voz no se parecía a la del niño ni a la de ninguno de los integrantes de la familia. Cuando no insultaba agresivamente decía cosas que no se entendían, parecía hablar una lengua extraña. Pero creí que solo se trataba de problemas de salud, tal vez ataques de nervios.
Un día, al salir al patio, vi que al lado llevaban entre dos a un cura, pues este apenas podía caminar. Uno de los hombres era mi vecino. Después de dejar al cura debilitado en una camioneta atravesó el patio sin notarme, estaba visiblemente nervioso. Ahí fue cuando se me ocurrió lo del exorcismo.
Como los gritos nocturnos no pararon era lógico pensar que había fallado.
Con el pasar de los días mis vecinos estaban cada vez más ojerosos, lucían cansados, y noté que trataban de evitarme, seguramente porque era obvio que yo escuchaba los gritos que venían de su hogar.  También dejé de ver a los hermanos de afectado, seguramente no los dejaban salir, supuse.
Una noche, ya de madrugada, golpearon frenéticamente la puerta. Era mi vecina:

- Discúlpeme por despertarlo, Javier -me dijo-. Mi esposo no está y no tengo quién me ayude. Franco, el menor, está bastante enfermo, y, salió de su dormitorio y no quiere volver a él. Mis otros hijos no pueden, Franco es fuerte, y él… él no reconoce a nadie cuando anda nervioso, es un problema que tiene. Le pido por favor que me ayude.
- Sí, por supuesto. Vamos -afirmé, aunque por dentro maldije mi suerte.

¿Y si realmente aquel niño estaba poseído? Al pensar en sus hermanos indefensos y en aquella pobre mujer tomé coraje de repente.  Entramos a la casa y lo hallamos intentando forzar la puerta de un cuarto. Tras esa puerta estaban sus hermanos. Al advertirnos me miró y sonrió diabólicamente. Nunca olvidaré aquella sonrisa retorcida que mostraba unos dientes ensangrentados con su propia sangre. Su aspecto era increíble. ¿Cómo una carita tierna podía transformarse así? No me quedaron dudas: estaba poseído.  Cuando me acerqué intentó huir pero lo tomé por debajo de los brazos. Intenté ser delicado, pero tenía tanta fuerza que para someterlo tuve que usar toda mi energía. Chillaba y pataleaba, sus talones golpeaban mis piernas, intentaba arañarme con sus manitos… Después de una verdadera lucha conseguí llevarlo al cuarto, y con la ayuda de mi vecina lo amarramos a la cama.  

- ¡Muchas gracias! -me agradeció-. Mi esposo ya debe estar por venir, él va a traer ayuda. Gracias.
- De nada. si quiere me quedo hasta que venga.
- No, ya ayudó bastante, gracias, en serio.

Al pasar frente al cuarto de los otros niños noté que ella miró muy preocupada la puerta, y la tanteó para asegurarse que estuviera cerrada. ¿Qué pasaba allí, no iba a fijarse si sus otros hijos estaban bien?
Le iba a decir algo cuando del cuarto aquel brotaron unos gritos que me erizaron la piel. ¡Ahora los otros también estaba poseídos! Eran tres, y sus gritos me ahuyentaron de la casa. La mujer esperó a su esposo en el patio. Yo quedé en el mío. No pensaba volver a acostarme esa noche.
No mucho después llegaron varios vehículos, y bajaron de ellos unos monjes que vestían hábitos largos; también llegaron otras personas que no sé si eran curas.  Entraron al hogar, aumentaron los gritos, y luego fueron sacando a los niños. Pude ver que les habían colgado unas cruces enormes en el cuello, y ahora los niños parecían paralizados. Cuando se fueron todos la casa quedó vacía. Unos días después vino un camión de mudanza y se llevaron todo. Nunca más supe algo de mis vecinos, aunque a veces creo oír voces que vienen de su casa.



jueves, 19 de diciembre de 2013

No acampes con extraños

“Hay que salir a acampar solo con amigos”, me aconsejó un día un veterano. Debí hacerle caso, y no salir con unos conocidos que me invitaron a pescar. Conocidos es un decir, prácticamente eran unos extraños.
Eran dos, y en el campamento discutí con uno de ellos, y el otro salió a apoyarlo. El asunto fue una tontería, y cuando partimos del lugar creí que ya no les importaba, pero me equivoqué.
Ya estaba de noche. Yo iba en el asiento trasero de la camioneta. En cierto momento tuve la impresión de que nos habíamos desviado.
De pronto cruzamos sobre un pozo o alguna irregularidad del camino. El conductor enseguida detuvo la camioneta, se volvió hacia mí y me dijo:

- Parece que pinchamos, bájate y mira.
- Para mí que pasamos por un pozo nomás -opiné.
- A mí también me parece que pinchamos -dijo el otro.
- Esperen, ¿quieren que salga para dejarme aquí? -sospeché.
- No, solo te pedí que te fijes, yo no voy a bajar -afirmó el que conducía.

Me resultó obvio que pretendían abandonarme. No eran tan astutos como para mentir bien, pero como era su camioneta, tomé mi bolso y bajé.  Como sospechaba, arrancaron a toda prisa y se marcharon.
“Esto me pasa por salir con gente así”, pensé. No iba a ser la primer caminata larga de mi vida. Nunca había recorrido aquel camino pero estaba bastante seguro que sabía dónde salía. La noche estaba oscura mas se distinguía lo suficiente como para caminar tranquilo.
La situación extraña empezó cuando avisté una casa. No tenía ninguna luz encendida pero de todas formas se revelaba su contorno. Por lo que llegaba a ver, por la distancia que la separaba del camino, por un gran árbol que tenía a la derecha, un pequeño galpón a su izquierda, me resultó una imagen muy familiar. Se parecía mucho a una casa ubicada en un camino que conozco bien, pero que está muy lejos de allí. Al cruzar frente al lugar me resultó aún más parecido. 

De pronto vi cuatro siluetas humanas que estaban en el patio. Por la altura y el contorno supuse que se trataba de una familia; un hombre alto, su esposa, y un niño y una niña. Estaban vueltos hacia el camino, hacia mí, y sentí que me siguieron con la mirada hasta que me alejé.
Más adelante, después de pasar al lado de una arboleda, había otro lugar que creí reconocer. Aquello ya era extraño. Se parecía a otra vivienda situada muy lejos de allí. ¿Qué estaba pasando? Distinguí hasta la casa de un perro que solía salir a ladrarme. ¡No podía ser casualidad! Hasta un viejo tractor en desuso estaba ubicado en el mismo lugar. Cuando de pronto vi nuevamente a las cuatro siluetas tuve ganas de correr. Si se hubieran movido hacia mí aunque solo fuera un poco hubiera huido de allí como alma que se lleva el Diablo, pero solo me observaron desde la oscuridad.
No quería ni pensarlo, pero era algo obvio: me encontraba en un camino embrujado.
Después divisé un vehículo volcado. Enseguida desconfié, ¿sería algo real…?  Supe que sí lo era cuando sentí olor a nafta.  Era la camioneta de los que me abandonaron, se encontraba con las ruedas hacia arriba. Los dos estaban atrapados pero estaban vivos.

- ¿Están bien? -les pregunté, aunque era obvio que no, acababan de volcar.
- Respiro con dificultad -me contestó uno de ellos.
- Fue en esa maldita curva cerrada, cuando la vi ya era tarde -comentó el conductor.
- ¿Dónde está la gente que andaba aquí? ¿Fueron a pedir ayuda? -me preguntó el otro.
- ¿Qué gente?
- No sé, solo les vimos las piernas, eran cuatro. ¡Ay! Mis costillas.

Los había engañado el camino embrujado, porque en aquel tramo no había ninguna curva.
Antes de dejarlos les prometí que les iba a encontrar ayuda. Por suerte la carretera no estaba muy lejos.  Cuando estuve seguro que aquello realmente era una carretera me senté a descansar. Algunos vehículos pasaron por mí pero no intenté detenerlos. Lo hice como dos horas después. Cuando fueron a socorrer a los accidentados ya estaban muertos. Eso les pasó por salir a acampar con alguien que apenas conocían.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Las patas de la cama

Don Álvaro estaba regando su jardín cuando algo despertó su curiosidad, que no era poca. Por encima de la valla que limitaba su terreno, vio a su nuevo vecino atravesando el patio, y este cargaba en sus brazos cuatro patas de cama.  “Le cortó las patas a su cama”, pensó enseguida Álvaro. “Pero, ¿por qué?”.
Seguramente, al ver eso la mayoría supondría que se le rompió una pata y cortó las otras para emparejar, pero don Álvaro, muy afecto a la lectura de cuentos de terror, pensó: “Tal vez se le apareció algo bajo la cama”. Además de su imaginación muy activa, Álvaro tenía otras razones para creer aquello, pues antes de ser ocupada por su nuevo vecino la casa había estado desabitada por años, y sus últimos dueños habían sufrido una gran tragedia.
El vecino dejó las patas en el tacho de basura. No mucho después Álvaro fue a revisar disimuladamente. Comprobó que habían sido cortadas con sierra, y ninguna estaba quebrada o astillada. “Interesante…”.
Unos días después su vecino se estaba mudando, un camión llevaba sus cosas. Aquella era su oportunidad para averiguar algo.

- ¿Se muda, vecino? -le preguntó Álvaro.
- Sí, me mudo, ya ve, hoy mismo, si podemos cargar todo.
- ¡Ah, que lástima! Pero bueno, supongo que será para mejorar. Esa casa ya está muy vieja, y las casas viejas tienen sus cosas, sus ruidos y eso, ¿no?
- Y esta no es la excepción -afirmó el vecino, mirando de reojo la vivienda.
- ¿A qué se refiere? -preguntó Álvaro, seguro de que el otro le iba a contar algo.
- A nada, a que es vieja nomás -evadió la pregunta el tipo, y empezó a ayudar a los de la mudanza para no hablar más.

Se llevaron todos los muebles menos la cama. Después pusieron un cartel de “Se vende”.
Si bien Álvaro no había obtenido su respuesta, el comentario de su vecino y la propia evasiva lo estaban convenciendo de que aquella casa estaba embrujada, que había algo en ella.
Pocas cosas son más fuertes que la curiosidad de un hombre. Como tenía mucho dinero ahorrado compró la propiedad vecina sin que su cuenta se redujera mucho. Cuando ya era el dueño del lugar fue hasta la casa por la tarde, con el sol bien alto (por las dudas), e ingresó a ella con pasos lentos.
A pesar de que era vieja se mantenía bien conservada, y no tenía un aspecto que inquietara. Revisó un cuarto, luego otro, y allí encontró la cama, pero, esta tenía patas. Tenía puesto el colchón y unas sábanas blancas que rozaban el suelo.

Al levantar la sábana para mirar debajo a Álvaro le tembló la mano; no había nada, mas algo era extraño, aquellas parecían ser las mismas patas que su vecino tirara a la basura. ¿Cómo podía ser?
Repentinamente la cortina de la ventana se cerró sola, dejando la habitación en penumbras. Cuando Álvaro giró hacia la puerta para salir, varias risitas infantiles resonaron bajo la cama, y esta empezó a andar como si fuera un animal, y avanzó hacia él como lo haría una araña gigantesca.  Álvaro escapó por poco, y salió de la casa tambaleándose y con una mano en el pecho, y a duras penas alcanzó la suya. Tomó una medicina y empezó a calmarse.  Dentro de la casa vecina la cama seguían andando por toda la habitación, y el ruido de sus patas resonaban en todas las piezas.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

En la ciudad fantasma

Aquella era una ciudad fantasma. Atravesábamos en camioneta una zona devastada por un huracán hacía ya unos años, pero que debido a la magnitud del hecho todavía seguía desabitada.
Mi amigo Jeff me invitó a recorrer aquel lugar; un conocido de él llamado Stephen era nuestro guía.
Me asombró la gran extensión de la zona afectada, ahora abandonada a la naturaleza. Cuadras y cuadras de casas vacías. Ventanas rotas, puertas abiertas a interiores sombríos y malolientes, fachadas que comenzaban a resquebrajarse, eso era lo que se veía hacia donde se volteara. Y había algo más que creí que solamente era una impresión causada por el aspecto del lugar: aunque no veía a nadie igual me sentía observado.
Ya tenía ganas de irme de allí y estaba por decírselo a Jeff cuando, repentinamente en el tablero de la camioneta empezó a parpadear una luz roja.

- Es el motor -observó Stephen.
- No me diga que se está por descomponer -le dije.
- No, tal vez no, a veces los censores exageran. Seguramente nos da para salir de aquí.
- Eso espero -deseó Jeff-. Porque no creo que una grúa venga hasta aquí.
- No, no vienen, pero va a aguantar -afirmó Stephen, aunque no creo que estuviera convencido.

A esa hora el sol ya estaba muy bajo, y las sombras se extendían por las calles. 
Anduvimos unas cuadras más y la camioneta se detuvo. Nos bajamos y fuimos a revisar el motor, que apenas quedó al descubierto nos cubrió con un humo espantoso.

- Está liquidado -sentenció Stephen, evidentemente asombrado. Según él mantenía a su vehículo en perfecto estado, lo que me hizo pensar si aquello solo sería mala suerte.

Para empeorar el asunto, los celulares no tenían señal, algo que me resultó muy extraño. No quedaba otra cosa, debíamos caminar por aquel lugar inquietante.
Aunque apuramos el paso la noche nos atrapó cuando todavía estábamos en el corazón de aquella ciudad fantasma. La oscuridad se apoderó del lugar. Mis compañeros no estaban acostumbrados a la oscuridad, y los veía avanzar inclinados, tratando de distinguir lo que tenían por delante. Años de cacerías nocturnas (mayormente de animales cuya caza estaba prohibida) me habían dado una excelente visión nocturna, aunque hubiera preferido no tenerla, porque empecé a notar cosas que los otros no veían.  Algunas figuras humanas cruzaban delante de nosotros; otras estaban frente a las casas y se desplazaban de un lado para el otro, como alguien inquieto a punto de estallar. 

No dije nada porque era obvio que no eran personas, y temí que mis compañeros se echaran a correr.
Desde muy niño he escuchado historias y cuentos de terror, y en muchas se afirma que huir es peor, a no ser que puedas alejarte del lugar de influencia del fantasma o aparición, y nosotros nos encontrábamos en medio de aquella ciudad fantasma.
Me erizó la piel un fantasma que salió de pronto de la oscuridad de una casa y se abalanzó hacia nosotros como para atraparnos, pero se detuvo en último momento y retrocedió hacia la oscuridad de donde saliera. ¡La situación era insoportablemente terrorífica!
Repentinamente se encendió una luz a mi lado. Era Jeff con su celular, quería verificar si ya había señal. Entonces Jeff notó algo, y extendió el celular hacia un bulto, y a su lado caminaba la aparición de una mujer de rostro hinchado y pálido, una ahogada.  En ese momento le manoteé el celular y lo tomé del cuello de su abrigo.

- ¡No vayas a correr! -le dije-. Están por todos lados.

Stephen también vio a la aparición, y se echó a correr sin que pidiera detenerlo. Le gritamos pero fue inútil, y en el momento que alzamos la voz unas siluetas se acercaron a nosotros. Entonces sentí un impulso casi incontrolable de huir, pero por suerte no lo hice, y Jeff confió en mí. El resto de la caminata nos pareció interminable.
De Stephen no supimos más nada, desapareció en la ciudad fantasma, y cuando le avisamos a la policía no parecían sorprendidos.