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viernes, 31 de enero de 2014

Cuentos cortos

Andrés ya empezaba a aburrirse de aquel bar cuando un amigo le sugirió algo:

- Aquel veterano, el que está en el otro extremo de la barra, narra unos cuentos fantásticos. Son cuentos cortos pero te imaginas todo lo que va contando. Invítale una copa y vas a ver.
- Bueno, pero llámenlo ustedes, que son los que lo conocen.
- Lo conocemos de aquí nomás, ni sabemos cómo se llama. Le decimos, “el cuentero“.

Uno de los muchachos que estaba en la mesa giró el torso hacia el veterano, y levantando el brazo lo llamó:

- ¡Ey!, don, arrímese. 

El hombre se levantó y fue hasta ellos muy sonriente. Era muy alto, pero como andaba algo encorvado y era delgado no impresionaba mucho. Tenía pelo largo, canoso, y una nariz aguileña.

- ¿Cómo andan, muchachos? -saludó el cuentero.
- Bien, don. Siéntese con nosotros y tómese algo -lo animó uno de los muchachos.
- ¿Qué va a querer? -le preguntó Andrés.
- Un vino tinto.
- Háganos un cuento, don, que nuestro amigo aquí quiere oír uno.
- Como no, con mucho gusto, que soy un cuentero de ley.

Cuando sirvieron al veterano este levantó el vaso y le agradeció a Andrés con un gesto. Sorbió un buen trago y miró a su pequeño público, todos estaban atentos, entonces comenzó su relato: 

“En ese tiempo yo estaba en Portugal, y acababa de salvar mi pellejo por poco, pero esa es otra historia. La noche que les voy a narrar se había presentado fría, bastante oscura, y a veces soplaba un viento fuerte repentinamente. Transitaba a pie un camino encajonado por bosques, no muy lejos de una serie de montañas de cimas nevadas que resaltaban allá arriba a pesar de la noche. Por el cielo no dejaban de pasar unas nubes blancas, a veces difusas y muy rápidas, que bien podrían tomarse por un desfile de fantasmas. Una luna creciente asomaba y se ocultaba entre los árboles. Algunos lobos aullaban a la distancia, y un sonido menos reconocible llegaba del lado de las montañas, producto del viento, supongo. Y yo seguía caminando por aquel paisaje tétrico.
Aquellos bosques estaban llenos de ruidos, y cada tanto algo corría hacia la oscuridad cerrada de la fronda, o se movía y quedaba quieto, oculto en la sombra, y unos ojos brillantes me veían pasar.
Cuando divisé la luz de una cabaña, la única que había visto en la zona, consideré que aquella era una buena oportunidad para alimentarme, algo que no hacía desde dos días atrás.
Llamé a la puerta, y desde adentro me preguntaron qué quería.

- Soy un viajero cansado. Solo busco un lugar donde descansar. Soy gente buena.
- Pase -me autorizó una voz de hombre.

“Cuando estuve adentro los miré a todos al saludar, era una familia: dos mozuelos, una muchacha y sus padres. Enseguida me di cuenta de lo que eran, pero por su mirada supuse que no eran muy observadores.  El hombre trancó la puerta y se volvió hacia mí sonriendo.

- Es hora de la cena, muchachos -dijo el sujeto, y todos sonrieron con malicia.
- ¿Qué hay de cenar? -pregunté, aunque sabía la respuesta.
- La cena es… usted -dijo la mujer.

“Entonces me eché a reír francamente, y eso pareció confundirlos, pues se miraron unos a otros.

- Oigan -les dije, una vez contenida mi risa-, es obvio que ustedes son nuevos como vampiros, pues de otra forma hubieran reconocido que soy uno de ustedes, uno muy poderoso y antiguo.

“Uno de los muchachos parecía ser algo lento para entender, y ya me mostraba sus colmillos cuando su padre lo detuvo. Luego se disculparon y se mostraron algo asustados.  Entonces me senté como si aquel fuera mi hogar.
La casa era un buen punto para emboscadas. Escuchamos el rechinar de una carreta, y luego como esta se accidentaba en un pozo del camino (pozo que había agrandado la familia). Unos minutos después tres viajeros golpeaban la puerta. Ahora sí era la hora de cenar. Cuando estuve satisfecho liquidé también a toda la familia, pues vampiros como esos son un peligro para la especie, sobre todo por su torpeza”, concluyó su relato el veterano. Los que lo escuchaban dijeron que era muy bueno, asintiendo con la cabeza, y levantaron las copas en honor al cuentista. Andrés quiso agregar algo, a modo de broma:

- Don, ¿si usted es un vampiro, cómo es que puede tomar vino igual?
- Yo no, el personaje de mi cuento era vampiro -aclaró el veterano, pero mirando a todos por encima del vaso, tras otro sorbo, agregó, con una mirada que a Andrés le pareció extraña:
- No soy yo, pero si lo fuera, sí podría tomar vino, o lo que quiera ¡Jajaja!


lunes, 27 de enero de 2014

Gente de circo (4)

Unos gritos y carcajadas que venían de la calle despertaron de pronto a Fernando. Los gritos se fueron alejando junto al ruido de un motor, pero no se perdieron del todo.
Fernando abrió los ojos y escuchó en la oscuridad de su habitación. “Malditos borrachos”, pensó “Están dando vueltas en la manzana”.
En realidad las carcajadas le habían parecido bastante aterradoras “¿Serán borrachos o algunos vándalos?”.
Cuando el griterío se fue acercando de nuevo Fernando se levantó y fue a espiar por la ventana.
Andaban en una camioneta, y eran cinco payasos de aspecto aterrador. Fernando cerró la persiana de golpe, temiendo que lo hubieran visto.  Había escuchado algo sobre unos disturbios y un accidente que involucraba payasos acontecidos en una ciudad vecina. Ahora el circo aquel estaba allí, en su ciudad.
Al revivir mentalmente la escena recién vista de los payasos pasando frente a su casa, los vio voltear rápidamente hacia la ventana.

Quedó levantado un buen rato, escuchando. Ahora todo estaba en silencio. No tenía caso seguir levantado.  Se acostó y trató de dormir.
Al rato, el ruido de un vehículo que se estacionaba cerca, y sonaba igual al motor de la camioneta de los payasos. Después, pisadas sordas rodeando la casa.
Fernando no podía creer la mala suerte que tenía, ¿por qué a él?  Súbitamente lo invadió un temor: ¿había cerrado todo? Haciendo un esfuerzo recordó que sí. Los pasos seguían rodeando la casa.
El teléfono estaba en la cocina. Se deslizó por la oscuridad tratando de no hacer ruido. Cuando tomó el teléfono descubrió que no tenía tono; habían cortado la línea.
El asunto se iba tornando más aterrador. Aquellos payasos tenían muy malas intenciones.
Uno enorme y ancho pasó frente a la ventana, dibujando su silueta deforme en la cortina.

Fernando se agazapó tras la mesada y, asomándose apenas los vio desfilar frente a la abertura.
Pensó en hacerse de un arma, de un cuchillo, pero como nunca cocinaba solo tenía de los pequeños de mesa. Enseguida recordó su taller de electricidad. Un destornillador era mejor que nada. Fue hasta la habitación que le servía de taller, siempre agazapado, y buscó en la oscuridad. Como era muy prolijo sabía dónde tenía todo. Sobre una mesa estaba una vieja lámpara de luz ultravioleta que había reparado ese día. Una pantalla metálica cóncava cumplía la función de enfocar hacia una dirección la luz. Pensó que si los iluminaba repentinamente con aquello podía cegarlos por un momento. Enchufó la lámpara y esperó.
La puerta del taller se abrió violentamente y apareció un payaso de contorno monstruoso.

- ¡Hola! ¡Vinimos a jugar! ¡Jajaja! -gritó el payaso. Detrás de él sonaron otras carcajadas. De alguna forma todos habían logrado entrar.

Fernando encendió la lámpara, y lo que pasó después lo sorprendió enormemente.  La cara del payaso echó una gran cantidad de humo, y en un instante comenzó a derretirse, lanzando un grito espantoso. Algo de luz alcanzó a los otros, y se alejaron de esta como si fuera un rayo mortal, y salieron de la caza chillando y a los gritos. Después se escuchó el motor de la camioneta, y el ruido se alejó entre chirridos de neumáticos.
En la casa Fernando quedó frente a un charco asqueroso y humeante que empapaba unas ropas de payaso.
No eran humanos, y la luz ultravioleta era mortal para ellos: eran criaturas de la noche.
Ese mismo día el circo se retiró de la ciudad, pero por las dudas Fernando instaló lámparas ultravioleta que podía encender desde varios puntos de la casa; y hacía bien, porque aquellos monstruos no iban a olvidar aquello.

domingo, 5 de enero de 2014

Algo espantoso

Empezaron hablando de películas de suspenso y siguieron con cuentos de terror. Con cada historia la reunión se volvía más interesante, y ya nadie consultaba su reloj. Se hallaban en un salón vasto, de rincones ensombrecidos. Algunos todavía disfrutaban el postre, mientras otros se recostaban al espaldar de las sillas buscando con esa postura que el cinto les apretara menos. Mas  todos prestaban atención al narrador de turno.
Waldemar aprovechó el final de un cuento, y mirando a todos empezó a narrar lo siguiente:

“¿Ustedes creen que necesitan ver algo realmente espantoso para asustarse? Les aseguro que no es así, porque un objeto tomado por simpático en una situación cotidiana, puede volverse aterrador en otras condiciones.
Sucedió cuando estuve en la escuela militar. Estábamos en medio de un entrenamiento de supervivencia. Andábamos en un bosque que parecía interminable. Integraba un grupo de cinco. Todos sabíamos orientarnos, pero eso no evitó que nos confundiéramos, y nos sorprendió la noche en medio de una fronda espesa.  Decidimos acampar pero no hallábamos un lugar propicio.
Marchábamos juntos, apuntando nuestras linternas aquí y allá, enfocando enramadas, troncos, matorrales... Cuando iluminé una cara pequeña que me miraba mi corazón bombeó fuerte, y la impresión no disminuyó al darme cuenta que se trataba de una muñeca. En un lugar así no te sorprende (aunque puede sobresaltarte) ver a un animal escapando, ni es raro escuchar un aleteo repentino y seco que se eleva hacia la oscuridad de pronto; pero enfocar a una muñeca de golpe es bastante feo, y uno demora en entender, porque no es algo que se espere en un lugar así.  Cuando les dije a mis compañeros todos sumaron sus aces de luz, y los ojos de la muñeca brillaron.  Se encontraba sentada en una rama, como a tres metros de altura, y estaba ubicada de tal manera que parecía mirarnos desde allí.

- ¿Quién habrá puesto esa cosa ahí? -preguntó uno de mis compañeros.
- Quién dice que la pusieron ahí -bromeó otro-. Puede ser que haya subido sola. 

“Nos reímos con la ocurrencia, creo que todos intentábamos disimular nuestro asombro.
Como aún estábamos desorientados seguimos hacia adelante, o hacia donde fuera; ya estábamos perdidos.  El silencio dominante en las pausas que hacíamos nos indicaba que estábamos en una zona muy apartada.  Atravesamos bosque y más bosque, enramadas, arbustos, subiendo cuestas, bajando pendientes, siempre entre aquella oscuridad.  De pronto, otra muñeca igual a la primera. Esta se encontraba en una rama más baja, y tenía la cabeza ladeada hacia nosotros. Ahora no hubo bromas. Uno de mis compañeros sacó su cuchillo y, estirando el brazo la pinchó con él, acción que volteó a la muñeca. Quedó bocabajo en el suelo. Tuve la intención de agarrarla pero me dio un escalofrío; los otros tampoco se atrevieron.
Nuevamente seguimos nuestra marcha. No mucho más adelante, el que estaba a mi lado se detuvo de golpe y nos hizo parar, indicando con una seña que escucháramos. Todos sentimos el ruido, eran pasos muy cortos, rápidos, y atravesaba el bosque como si ninguna enramada fuera obstáculo. Al instante me imaginé a la muñeca corriendo. Todos imaginaron eso, pues sin decir palabra apuramos la marcha, juntándonos más y girando cada pocos pasos para iluminar nuestra retaguardia.  Los que corría en el bosque daba un gran rodeo como si quisiera adelantársenos.
Como una hora más tarde, una angustiante hora, salimos a campo abierto. No mucho después nos volvimos a orientar.
¿Qué si realmente era una muñeca embrujada? No lo sé. Tal vez fue cosa de algún loco o bromista que colocó algunas muñecas en el bosque. Los pasos bien pudieron ser de un mapache que cargaba algo con sus manos y andaba solo sobre sus patas traseras, como hacen a veces, puede ser; pero todas formas, cuando el terror te muerde de nada sirve razonar”.