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lunes, 27 de enero de 2014

Gente de circo (4)

Unos gritos y carcajadas que venían de la calle despertaron de pronto a Fernando. Los gritos se fueron alejando junto al ruido de un motor, pero no se perdieron del todo.
Fernando abrió los ojos y escuchó en la oscuridad de su habitación. “Malditos borrachos”, pensó “Están dando vueltas en la manzana”.
En realidad las carcajadas le habían parecido bastante aterradoras “¿Serán borrachos o algunos vándalos?”.
Cuando el griterío se fue acercando de nuevo Fernando se levantó y fue a espiar por la ventana.
Andaban en una camioneta, y eran cinco payasos de aspecto aterrador. Fernando cerró la persiana de golpe, temiendo que lo hubieran visto.  Había escuchado algo sobre unos disturbios y un accidente que involucraba payasos acontecidos en una ciudad vecina. Ahora el circo aquel estaba allí, en su ciudad.
Al revivir mentalmente la escena recién vista de los payasos pasando frente a su casa, los vio voltear rápidamente hacia la ventana.

Quedó levantado un buen rato, escuchando. Ahora todo estaba en silencio. No tenía caso seguir levantado.  Se acostó y trató de dormir.
Al rato, el ruido de un vehículo que se estacionaba cerca, y sonaba igual al motor de la camioneta de los payasos. Después, pisadas sordas rodeando la casa.
Fernando no podía creer la mala suerte que tenía, ¿por qué a él?  Súbitamente lo invadió un temor: ¿había cerrado todo? Haciendo un esfuerzo recordó que sí. Los pasos seguían rodeando la casa.
El teléfono estaba en la cocina. Se deslizó por la oscuridad tratando de no hacer ruido. Cuando tomó el teléfono descubrió que no tenía tono; habían cortado la línea.
El asunto se iba tornando más aterrador. Aquellos payasos tenían muy malas intenciones.
Uno enorme y ancho pasó frente a la ventana, dibujando su silueta deforme en la cortina.

Fernando se agazapó tras la mesada y, asomándose apenas los vio desfilar frente a la abertura.
Pensó en hacerse de un arma, de un cuchillo, pero como nunca cocinaba solo tenía de los pequeños de mesa. Enseguida recordó su taller de electricidad. Un destornillador era mejor que nada. Fue hasta la habitación que le servía de taller, siempre agazapado, y buscó en la oscuridad. Como era muy prolijo sabía dónde tenía todo. Sobre una mesa estaba una vieja lámpara de luz ultravioleta que había reparado ese día. Una pantalla metálica cóncava cumplía la función de enfocar hacia una dirección la luz. Pensó que si los iluminaba repentinamente con aquello podía cegarlos por un momento. Enchufó la lámpara y esperó.
La puerta del taller se abrió violentamente y apareció un payaso de contorno monstruoso.

- ¡Hola! ¡Vinimos a jugar! ¡Jajaja! -gritó el payaso. Detrás de él sonaron otras carcajadas. De alguna forma todos habían logrado entrar.

Fernando encendió la lámpara, y lo que pasó después lo sorprendió enormemente.  La cara del payaso echó una gran cantidad de humo, y en un instante comenzó a derretirse, lanzando un grito espantoso. Algo de luz alcanzó a los otros, y se alejaron de esta como si fuera un rayo mortal, y salieron de la caza chillando y a los gritos. Después se escuchó el motor de la camioneta, y el ruido se alejó entre chirridos de neumáticos.
En la casa Fernando quedó frente a un charco asqueroso y humeante que empapaba unas ropas de payaso.
No eran humanos, y la luz ultravioleta era mortal para ellos: eran criaturas de la noche.
Ese mismo día el circo se retiró de la ciudad, pero por las dudas Fernando instaló lámparas ultravioleta que podía encender desde varios puntos de la casa; y hacía bien, porque aquellos monstruos no iban a olvidar aquello.

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