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viernes, 21 de febrero de 2014

El sirviente

- … Que no los asustan ni un poco los cuentos de terror -les dije a mis dos invitados. Estábamos en la sala de mi casa.
- A mí no. Yo la paso mirando películas de terror, por eso los cuentos no me producen nada -dijo uno de ellos.
- Y a mí menos. Daniel, tal vez si fuéramos niños… Pero no me entiendas mal, la historia era buena y narras bien, con pausas y todo -aclaró el otro.
- Está bien… que no se asustan, bien, vamos a ver. Esto que les voy a contar ahora es real, es algo que me pasó, y son los primeros en escucharlo -y busqué la hoja donde lo tenía escrito.

“El cura de la iglesia fue a mi casa a pedirme un favor, cosa que me sorprendió.  Sin salir de mi sorpresa pero disimulándola muy bien, enseguida acepté. Me dejó con unos datos y una dirección escrita en un papel, y en otro, en un papel que parecía cartón, algo escrito en latín.   El favor consistía en que fuera a reparar el vidrio roto de una ventana. De quién era la casa no me dijo, solo que era de una familia que por el momento no podía pagarle a alguien.
Aquello me pareció extraño, sobre todo porque hacía muchos años que no iba a la iglesia. Supuse que no debía tener a nadie más con mis conocimientos.
Un par de horas después fui a la vivienda mencionada. El cura me había pedido que fuera al otro día por la mañana o temprano de la tarde, pero consideré mejor repararla antes de la noche, aunque ya no me quedaba mucho tiempo. Tenía las medidas del vidrio, y un pedido bastante raro en el papel donde también estaba la dirección.
La casa se hallaba bastante apartada de la calle, y solo pude ver una parte de ella asomando tras un tupido jardín descuidado. Según el cura allí no había nadie, solo debía empujar el portón y pasar. Por las dudas igual golpee las manos, nadie respondió.

“El jardín estaba ensombrecido. En sus buenos tiempos tal vez aquel jardín fue hermoso, pero en ese atardecer lucía como un bosque embrujado, y al atravesarlo me pareció que oscurecía más rápido allí.
Llevaba envuelto cuidadosamente en diarios el vidrio que debía poner en la ventana, y siguiendo las instrucciones del cura le había pegado el papel acartonado.
Inevitablemente pensé que debía tratarse de gente muy religiosa, y también muy supersticiosa. Sin dudas lo escrito en el cartón era una especie de protección. Tal vez si viviera en un lugar con un jardín así yo también haría lo mismo.   Además de lo rápido que oscurecía allí, el sendero que atravesaba el jardín era mucho más largo de lo que supuse.
Todavía faltaba para llegar a la casa cuando se me escapó el vidrio de las manos, lo dejé caer, un susto repentino me petrificó. Entre la maraña oscurecida de las plantas apareció una cara blanca, casi sin rasgos, y me miraba sonriente, pero aquello era una sonrisa terrible. No sé cuánto rato demoré en darme cuenta que veía a una estatua de yeso. Suspiré hondo y sentí mi corazón golpeando fuerte contra mi pecho.
El vidrio no resistió la caída, se hizo pedazos. ¿Qué hacer entonces? Creí que por lo menos debía ver la ventana, al otro día traería un nuevo vidrio.  Aquel favor ya me estaba saliendo caro.
La ventana era baja y daba a la calle. Era de suponer que fue rota de una pedrada. Solo algunos vidrios puntiagudos sobresalían del marco. Lo que había adentro era un misterio, porque estaba todo oscuro. Cuando giré para irme, me llamaron por mi nombre desde adentro. No creo que sean muchos los humanos que han escuchado una voz así, tan terrorífica, tratar de describirla sería inútil, pero diré que era susurrante, llena de malicia, y sentí que sonaba tanto en la casa como en mi cabeza:

- ¡Daniel… Daniel!
- ¿Quién es? -pregunté, volteando con rapidez.
- Soy el que te vio arrojar a tu amigo por una barranca. Sonreíste al verlo todo torcido allá abajo. ¿Recuerdas lo que sentiste en el hombro? Fue mi mano.

“Y en ese momento recordé, o me hizo ver, a mi amigo muerto en el fondo de una barranca, y cuando sentí un peso en el hombro, era una mano renegrida y enorme con garras la que se posaba en él.
Pero todavía no terminaba el terror. Por la ventana asomó un ser pesadillesco, algo como un jabalí deforme y sin pelos, y el grito que emitió fue espantoso. Luego se retrajo hacia la oscuridad. Entonces huí con todas mis fuerzas.  Al desandar el sendero la estatua apareció detrás de mí y me persiguió largo trecho mientras arañaba el aire con manotazos. En ese momento enloquecí, y ahora soy un sirviente del Diablo.
En la casa habían realizado un exorcismo, y se hallaba deshabitada y a cargo de la iglesia porque el mal no se había retirado de ella. Los que conocían la historia no se atrevían a ir, por eso el cura me lo pidió a mí”.

- ¿Y, qué les pareció? -les pregunté.
- Este sí me asustó -reconoció uno de mis invitados.
- A mí también. Pero, Daniel, un amigo tuyo murió en una barranca, ¿no?
- Así es. Les dije que realmente me pasó. Ahora soy un sirviente del Diablo.

Y tras decir eso me levanté, cerré la puerta con llave, la guardé en mi bolsillo y voltee muy serio hacia ellos.  Me miraron con los ojos muy grandes, y los vi palidecer.
Después de unos segundos empecé a reírme, y ellos parecieron librarse de un gran peso, y rieron también.

- Nos convenciste por un rato ¡Jaja!
- Buena esa, pusiste una mirada fatal, ¡pufff…! Que susto.
- Vieron como si se puede asustar con cuentos.

Me despedí de ellos y los dejé ir. La voz me dijo que aún no les llegaba la hora.

martes, 18 de febrero de 2014

En el matadero (2)

No pensaba liquidarlos esa noche, pero tuve que adelantar mis planes.  Por el momento los tres, Sergio, Silvia y Rosa, estaban aterrados, pero seguramente después vendrían las preguntas. La advertencia del fantasma primero les parecería sin sentido, después se darían cuenta, ¿qué sabían de mí?, nada. Pero por supuesto, no podrían culparme de nada, mas cabos sueltos son cabos sueltos.
Salimos del matadero en el vehículo y me detuve en el patio. Ellos insistieron en que siguiera, pero los convencí que no era seguro continuar con aquel clima, y que el fantasma no podría salir del matadero.
Siempre fui un admirador del buen acero, y soy algo obsesivo al afilar, pero lo justifica lo mucho que facilita las tareas.
Desde el asiento de atrás, Sergio y Silvia, si es que vieron el movimiento, habrán creído que le sequé una lágrima a Rosa (estaba llorando de miedo). Cuando se tomó el cuello y parecía ahogada preguntaron qué pasaba, y Silvia se asomó detrás de mí. Otro corte rápido y limpio. Esta vez Sergio se dio cuenta de lo que pasaba. Silvia cayó sobre él y empezó a teñirlo de rojo.  Sergio pudo atacarme por detrás, pero prefirió salir del auto y correr hacia la tormenta. Aquello iba a ser aburrido.

Corrió unos metros y resbaló en el lodo, intentó levantarse y cayó de nuevo, mala suerte. Cuando volvió a pararse ya me encontraba encima de él. Mi navaja volvió a hacer estragos.  Aproveché la lluvia para que la hoja quedara limpia, y la vi brillar tras un relámpago.
Lo arrastré hasta el auto y lo metí adentro. Cuando subí el piso estaba pegajoso. Rosa Y Silvia ya no se movían. Antes de marcharme miré hacia el matadero; el fantasma estaba en el umbral, mirándome.
Esa noche confirmé mis sospechas sobre los fantasmas, cosa que no me gustó nada. Ya había tenido experiencias, pero creí que eran cosas de mi mente, tal vez de un rastro de conciencia que intentaba atormentarme. Mas ahora los otros también lo habían visto, y el fantasma hasta había hablado, toda una novedad para mí. Intuí que aquel ente sacaba energía de la tormenta.
Desanduve el camino unos kilómetros, luego doblé hacia la derecha. La tormenta no aflojaba ni un poco. No demoré en toparme con otro puente sobrepasado por el agua. Nuevamente doblé hacia la derecha en otro camino. Si seguía así no iba a llegar a ninguna parte, todavía seguía en la zona.
Mi disgusto fue grande cuando vi que ese camino también doblaba a la derecha.

Me detuve un momento a pensar. La situación se iba complicando. Me arrepentí de haber parado al lado del matadero. Golpeé el volante con las dos manos, ya furioso, y cerré los ojos unos segundos. Los abrí en el momento del estallido de un rayo, y Rosa, que estaba a mi lado, sonreía con malicia mientras me miraba. Por el retrovisor vi que Silvia y Sergio También me miraban sonriendo.   No voy a mentir, se me erizaron los pelos de terror. Pero tras un instante volvieron a estar muertos.
Continué con la esperanza de encontrar un camino que me sacara de la zona.  No mucho después las luces del auto enfocaron una construcción, y unos relámpagos aclararon qué era: de nuevo estaba frente al matadero. Era la parte trasera del edificio, y también tenía un portón enorme que estaba abierto, y allí estaba el fantasma. Su silueta blancuzca parecía temblar y hamacarse con rapidez.

En ese momento sentí un escalofrío espantoso.  Tenía que irme de allí, tomar lo que pudiera de mis pasajeros y enfrentar la tormenta a pie, ya no podía seguir en aquel auto.  Pensaba en eso cuando sentí algo muy particular. ¿Aquello sería el filo de mi navaja, en mi cuello?  La sostenía la mano de Silvia, su fantasma.  Salí del auto agarrándome el cuello y caminé bajo la tormenta. Recuerdo rodear el edificio, salir al patio donde estacionara primero el auto, y que al llegar al camino me encandiló una luz, después fue todo una confusión de recuerdos a media entre sombras y cosas desdibujadas.  
Desperté horas más tarde en un hospital. Irónicamente, la herida que casi me mató desvió la investigación, y pasé a ser otra víctima de un asesino que le describí vagamente a la policía, y se creyeron mi cuento.
Esa noche fue tan particular que sentí la necesidad de contarla, y la narré en esta pequeña crónica.
Una de las enfermeras que me atendía me sonríe mucho, y siempre me habla hasta que la llaman. Creo que voy a invitarla a un viaje, eso si sobrevivo al hospital, pues ahora que no estoy medicado he percibido que aquí está lleno de fantasmas.
Ya casi es de noche, y el hospital empieza a quedar silencioso…

lunes, 17 de febrero de 2014

En el matadero

Un rayo convirtió la noche en día al darle a un árbol, y gran parte del árbol estalló. Vimos aquello desde el auto, y el estremecimiento y el susto fueron grandes.  El vehículo era viejo y el piso no estaba bien aislado; si caía un rayo sobre nosotros sería nuestro fin.
Éramos cuatro los que viajábamos: Sergio, Silvia, Rosa y yo. La tormenta era infernal, y la actividad eléctrica ensordecedora, pues caían rayos aquí y allá.   Yo iba condiciendo. Resbalaba tanta agua por el parabrisas que a duras penas veía el camino.  Las luces de la tormenta anunciaban los estallidos de los rayos, pero igual uno se estremecía.
Al llegar a un tramo que reconocí a pesar de la confusión que provocaba la tormenta, apareció de pronto en un costado del camino una fachada enorme llena de ojos cuadrados y con una enorme boca: era el viejo matadero, un frigorífico abandonado.
Yo luchaba por ver qué había adelante. Me pareció distinguir una correntada y frené de golpe, y todos se fueron hacia adelante bruscamente, y enseguida Rosa me reprochó:

- ¿Qué fue eso? Casi me doy de cara contra el tablero.
- Disculpa, pero tuve que frenar. Mira lo que hay ahí.

Donde debía estar un puente solo había una correntada turbulenta, y no se veían ni las barandas. El arroyo había desbordado.

- ¿Y ahora qué hacemos? -me preguntó Sergio.
- Lo primero es salir de aquí, porque dentro de un rato el agua va a llegar a donde estamos.
- ¿Será? -dudó Silvia -que ahora miraba la correntada casi asomándose por sobre mi hombro.
- Sí, he visto muchas crecientes -le contesté-, y con todo lo que está lloviendo ahora…

Retrocedí unos metros y doblé. El camino era muy angosto, y no quería parar allí. El lugar más próximo que había era el patio del matadero. Al detenerme en el patio Rosa preguntó:

- ¿Vamos a quedarnos aquí hasta cuando?
- Supongo que toda la noche. Volver a la ciudad con este tiempo es muy peligroso, y quién sabe si no se cortó otro tramo. Lo que queda es tratar de dormir. ¿A alguien se le ocurre algo mejor?
- ¿Y si metemos el vehículo ahí? Eso está abandonado, ¿no? -propuso Silvia.

En ese momento pensé que hubiera sido mejor no preguntar. No quería entrar al matadero, pero la tormenta eléctrica era muy intensa, y en aquel vehículo…
Hice un semicírculo en el patio y entramos por la enorme boca del matadero, un portón que ahora permanecía siempre abierto.   El edificio estaba completamente desmantelado, y ya no había ventanas ni puertas, solo huecos cuadrados.  Las luces del vehículo descubrieron un lugar muy amplio, vacío, sucio.  En la vastedad del lugar había unas columnas que se elevaban hasta unas vigas que atravesaban el ancho del lugar, eso mostraron los relámpagos que entraban por las altas aberturas, y mi mente me hacía ver cómo fue el lugar en el pasado, porque lo conocía.

- Este lugar da miedo -comentó Silvia-. ¿Y si lo recorremos?
- Mejor nos quedamos dentro del auto. Seguro que hay cosas donde tropezar, debe estar goteando, el techo debe estar todo mal… No hay que salir -opiné, y esperé que fueran sensatos.
- Vamos, puede ser divertido -dijo Sergio.
- Voy también -se unió Rosa. Ahora tenía que acompañarlos.

Tenía dos linternas en la guantera, le di una a Sergio y empezamos a avanzar. Los relámpagos seguían mostrando fugaces imágenes del lugar.

- Es todo muy precario -les dije-. Quién sabe cuándo se va a venir algo abajo. Mejor volvamos.
- ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo? -me preguntó Sergio, y alcancé a escuchar que Silvia ahogaba una risa. A Rosa la delató un relámpago, también le parecía gracioso.
- Sergio, te lo voy a contestar otro día.
- Amigo, no era para que te enojaras.
- ¿Enojarme? ¡Jajaja! No, para nada, no me conocen enojado.

Creo que Rosa quiso cortar el asunto allí, y salió comentando una historia que conocía del lugar:
- Dicen que aquí mataron a un tipo, que lo hicieron pedazos, lo cortaron todo, como a la carne de las vacas.
- Habladurías -le dije-. Cuentos de terror que surgen quién sabe de qué mentiroso.
- No, esto pasó, porque mi madre lo escuchó en la radio. Raúl, Tú tienes bastante edad, ¿No recuerdas nada del asunto? -me interrogó Rosa.
- Como que me estás llamando de viejo. Eso que dice tuyo, ¿e? ¡Jaja! No, no recuerdo nada.

Por suerte dejó de preguntar y seguimos. Pasamos frente a una de las viejas cámaras. Sergio la iluminó y vimos que estaba vacía, pero cuando desvió el haz de luz hacia otro lado, de la oscuridad de la cámara surgió una especie de ronquido, una respiración de fuelle, y reconocí el sonido que emite un degollado, y una silueta blancuzca avanzó hacia nosotros extendiendo un brazo hacia adelante.  Y aquella respiración se convirtió en una voz, y dijo entre ronquidos:

- ¡Aléjense de él, no confíen en él! ¡Aaagggh!

Apenas la voz calló las mujeres gritaron, creo que Sergio también. Después corrieron despavoridos hacia el vehículo, y yo iba atrás de ellos, maldiciendo en silencio al fantasma delator que casi arruinó mis planes.  

domingo, 16 de febrero de 2014

La casa del Diablo

Luciano iba mirando el paisaje por la ventanilla de la camioneta. Ya estaban cerca del poblado y empezaron a pasar frente a las primeras casas. Una de las viviendas llamó la atención de Luciano. Era muy grande, de un estilo aparentemente gótico, aunque no parecía tan vieja, pero sí lucía muy descuidada, y todo indicaba que nadie la habitaba.

- ¿Y esa casa? -le preguntó Luciano a su tía; ella estaba a su lado, en el asiento de atrás. Quien conducía la camioneta era su tío.
- Esa casa, es la que aquí todos conocen como “la casa del Diablo” -le contestó la tía, y se santiguó, casi como un acto reflejo.
- ¿La casa del Diablo? ¿Por qué? -preguntó ahora Luciano, enderezándose hacia ella. El tío los miraba por el retrovisor y sonreía.
- Según escuché, la familia que vivía ahí (de esto hace mucho) practicaba rituales satánicos. Ahora la gente rumorea que está embrujada, o poseída, diría yo, y… dicen que cada tanto, cuando por las noches hay mucha “actividad” en la casa y se sienten ruidos, algunos vecinos le hacen una ofrenda (van de día, por supuesto, al atardecer a más tardar) y los ruidos paran por varias noches.
- Luciano, no dejes que tu tía te llene la cabeza con esas tonterías -intervino su tío.
- No son tonterías, todos lo dicen. Él fue el que preguntó.

La conversación terminó allí. Entraron al poblado y pronto llegaron a destino.  Luciano iba a pasar unas semanas allí.
Como el lugar era muy pequeño enseguida se hizo de un montón de conocidos. Por las tardes iba al arroyo donde se bañaban familias enteras.  Así, socializando, fue que consiguió que lo invitaran a un cumpleaños.
El cumpleaños se celebró en una vivienda que estaba bastante apartada del resto. Era noche desde hacía unas horas cuando Luciano volvía a pie por uno de los caminos.   Súbitamente tomó conciencia de que iba a cruzar frente a la supuesta casa embrujada.
Como la noche era clara el caserón resaltaba en el paisaje. Unos árboles que estaban en el frente se agitaban moviendo sus sombras por la fachada de la construcción abandonada. Cuando una de las sombras descubrió momentáneamente la puerta del lugar, Luciano se estremeció de golpe, y siguió caminando con pasos rígidos, con ganas de echarse a correr. Al deslizarse la sombra vio una cabeza alargada hacia el frente que tenía cuernos.

Un sonido conocido lo hizo detenerse, y recordó lo que había visto, riendo nerviosamente después. El sonido era un balido de cabra. Volvió sobre sus pasos y miró bien. Era una cabra. El animal se encontraba atado con una cuerda muy corta a la perilla de la puerta.
Entonces recordó el asunto de las ofrendas.    Como era un muchacho de mucha conciencia no iba a permitir que aquel pobre animal quedara allí.
El portón de rejas de la propiedad estaba entornado. Entró al patio y pasó al lado de los árboles que se mecían de un lado al otro.  La cabra se asustó al verlo, pero tras hablarle calmadamente el animal confió. La desató y la cabra salió corriendo a los balidos.  Al mirar al animal escapar, Luciano le dio la espalda a la puerta, y ni bien lo hizo escuchó con terror que esta empezaba a abrirse con un largo rechinido. No tuvo tiempo ni de gritar.
Por la mañana, un tipo de la zona vio a una cabra que andaba en el campo y quedó boquiabierto. Llamó a su esposa, y le dijo mirando al animal, señalándolo con un dedo:

- Esa es la cabra que le ofrecimos a la casa del Diablo, ¿no?
- ¡Por Dios! Es la misma, debe haberse escapado.
- Pero, si se escapó, ¿por qué anoche no hubo alboroto en la casa?


sábado, 15 de febrero de 2014

Gente de circo (5)

Hola. Recomiendo leer primero estos, empezando por arriba:

http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2013/01/circo-de-terror.html

http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2013/02/gente-de-circo.html

http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2013/04/gente-de-circo-2.html

http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2013/09/gente-de-circo-3.html

http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2014/01/gente-de-circo-4.html



Fernando sobrevivió a los payasos pero desde entonces vivió con terror. Por las noches, ante el menor ruido encendía las lámparas de luz ultravioleta (arma eficaz contra aquellos payasos sobrenaturales que descubrió por suerte en el momento justo), y quedaba en suspenso, escuchando. Cuando podía dormir tenía pesadillas con payasos, y los veía pasar frente a su ventana, o los payasos rodeaban su cama y se iban inclinando hacia él con sus sonrisas aterradoras.
Pasaron las semanas, los meses, y de a poco se fue confiando. Pero el miedo lo había soltado un poco solo para después jalarlo con más fuerza: el circo volvió a la ciudad.
La noticia lo dejó helado. Seguramente los payasos lo iban a buscar. Si no hacía algo le esperaba un destino terrible. Entonces Fernando se armó de valor y se puso a pensar en un plan.
Intuyó que no lo iban a buscar los primeros días, sino cuando el circo estuviera por retirarse de la ciudad, eso le daba tiempo para tomar la iniciativa.  Su oficio de electricista y sus conocimientos en electrónica lo iban a ayudar.

Tres días hacía ya que el circo estaba en la ciudad. Después de terminar la última función, de noche, la actividad en el circo fue decreciendo, hasta que finalmente no se veía a nadie. Entonces Fernando entró en acción. Armado con un par de linternas ultravioleta, se deslizó con sigilo contra la enorme carpa, entre las sombras. La entrada parecía un túnel y se encontraba completamente oscura. Fernando avanzó tanteando un lado de la lona. Iba a encender las linternas solo cuando estuviera frente a un payaso, de otra forma podía delatarse; en el circo también había otra gente, gente real, pero probablemente de la peor calaña, eso parecía ser un jorobado que rondaba por el lugar.
Extendiendo los brazos en aquella oscuridad sintió que había salido a un lugar más amplio, y palpó las maderas de las gradas.
Avanzó unos pasos más y creyó distinguir algo entre las tinieblas, y el brazo adelantado palpó la cara fofa y enorme de un payaso.  Fernando retrocedió espantado y quiso tomar las linternas, pero unas manos frías y arrugadas se lo impidieron, y sintió como lo despojaban de las linternas y las arrojaban contra el suelo. Ahora estaba en problemas.

Se encendió una luz en el medio de la pista, para que viera cuán mala era su situación.     Había dos payasos al lado de él y empezaron a reír con malicia, ya transformados en unos monstruos con maquillaje blanco.  Pero los payasos no lo atacaron. Fernando empezó a caminar hacia atrás, rumbo al centro de la pista. Otros payasos se sumaron al “comité de bienvenida” y se fueron acercando. Fernando seguía retrocediendo hacia el lugar con más luz.

- Hermanos, este es el que destruyó a uno de los nuestros -dijo uno de los payasos-. Ahora conoce nuestra debilidad. ¿Qué opinan? ¿Qué debemos hacer con él, hermanos?
- ¡Comerlo! -gritó uno, y los otros empezaron a relamerse con una lengua enorme.
- ¡Sí, comámoslo vivo!
- Claro que lo vamos a comer -afirmó el que habló primero-, pero antes vamos a darle un espectáculo de terror ¡Jajaja! ¡Tiene que sufrir, rogar por su vida! ¿Qué opinas, hombrecito?
- Contaba con eso, con que no me liquidaran enseguida en la oscuridad -le contestó Fernando-. Supuse que primero querrían darme un susto. Después de todo, son unos payasos.
- ¿¡Qué!? ¿¡Contabas con esto!?

Todos los payasos estaban cerca del centro de la pista. Fernando sacó un control remoto pequeño del bolsillo de su camisa y presionó un botón. Unos luces potentes se encendieron en lo alto de la carpa, e iluminaron toda la pista inundándola de luz ultravioleta, y los payasos monstruosos lanzaron alaridos de rabia. Habían caído en la trampa. Enseguida empezaron a echar humo y a derretirse entre sonidos espantosos.

- ¡Ahí tienen, malditos monstruos! ¡Se metieron con el tipo equivocado! ¡Váyanse al infierno de donde vinieron! -les gritó Fernando.

Salió de la pista a los saltos, para esquivar los charcos que fueron formando los restos de los monstruos que se hacían pasar por payasos. Cuando estuvo cerca de la entrada apagó las luces con el control.  Fuera de la carpa se topó con el jorobado del circo, y este tenía un hacha en las manos.

- ¡Tú eres el electricista que trabajó aquí! ¿Qué hiciste con las luces? ¡Saboteador!

Y el jorobado se le abalanzó, pero no llegó a atacarlo, pues sonaron unos tiros y el tipo cayó hacia adelante, muerto.
¿Quién lo había salvado? Salió de la sombra de un remolque, era el enano dueño del circo.

- Muchacho, vete de aquí antes de que lleguen otros. Hiciste lo que yo tuve que haber hecho desde hace tiempo, pero no tuve el valor. Pero hoy todo termina aquí, ya no habrá más circo.
Gracias. Ahora vete.

Esa noche el circo se incendió completamente: carpa, remolques, todo fue consumido por las llamas, y como nadie sobrevivió pasó a ser un misterio, lo único claro era que el incendio fue provocado


martes, 11 de febrero de 2014

En el agua

Salimos del agua con las manos y los pies arrugados, y algunos rasguños. Éramos cuatro amigos: Luciano, Pedro, Mario y yo, y después de aquel largo chapuzón en el río nos echamos sobre una lona grande, bajo la sombra del monte. El agua estaba estupenda, pero todos nos quejamos de la corriente que arrastraba cosas que nos rozaban, y cada uno terminó con algunas rayas en la piel.
Ni playas llenas de bañistas ni arena, aquello era mejor: sombra fresca de monte, cantos de pájaros, cigarras, y como invariable fondo el silencio apaciguador de los campos cercanos.
Por más lejanos que sean los caminos que recorro, cada vez que llego al monte me siento como en casa.   Allí siento que mi espíritu entra en un estado contemplativo. Los pensamientos que normalmente se agolpan en mi mente moderna retroceden ante un estado de calma concentración; un estado sin dudas primitivo, de cuando el ser humano tenía que vigilar su entorno salvaje y peligroso.
Por eso el monte me brinda mucha calma, y sus noches llenas de crujidos y ruidos de correrías nunca me inquietaron; pero bastó una noche de terror, un momento de terror más bien, para que  ahora lo mire de reojo, como se mira a un adversario. Pero igual sigo yendo a las orillas de los ríos, porque siento que lo que nos pasó está unido solo a aquel lugar, que sin temor a la habladuría afirmo que está embrujado.


Volviendo a la narración de lo que pasó ese día: después de nadar tomamos una siesta. Nos levantamos al atardecer, con un río de oro ondulante frente a nosotros y el sol medio oculto entre las copas de los árboles de la otra orilla.
Revivimos la fogata y comenzamos a aprontar la comida. Cuando cayó la noche en el caldero de hierro bullía una comida que podría llamarse un guisado, pero que en realidad era, lo que saliera.
Desde los primeros momentos de la noche me sentí bastante inquieto. ¿Qué era aquello? ¿Dónde estaba la calma que siento en el monte? Era el lugar, tenía algo…
Mis amigos estaban menos conversadores, evidentemente tampoco se sentían bien allí. Como en todo campamento, rodeábamos la fogata, y alrededor nuestro la fronda se cerraba de sombras.


- La verdad, tengo ganas de estar en mi casa -dijo de pronto Mario.
- Yo también, es como que, no tengo ganas de estar aquí -confesó Pedro, volteando hacia los árboles.
- ¿Qué pasa? ¿Los nenes extrañan a sus mamitas? ¡Jajaja! -bromeó Luciano.
- ¿Entonces vos no sentís nada?  -le pregunté a Luciano-. Porque yo tampoco estoy a gusto, no sé por qué.
- Fue por bromear nomás, también siento algo raro.


Quedamos escuchando, mirando en derredor. Allí fue cuando sonó la carcajada. Cada uno miró hacia un lado distinto, porque pareció venir de todos lados, como si fuera el monte mismo el que riera horriblemente. ¡La carcajada era profunda, masculina, llena de ecos, de malicia…! Se calló por un instante, y después la voz habló:


- ¡Los acompañé en el agua! ¡Jajajaja…!


Y la carcajada recorrió el monte como si atravesara troncos y ramas, y repentinamente se apagó. 
Cada uno tenía una linterna, y fue con lo único que huimos de allí. Y las palabras de aquella cosa resonaban en mi mente, y recordaba todas las veces que algo nos había rozado en el agua por la tarde.

domingo, 9 de febrero de 2014

La fiesta del Diablo

Aquella noche sí que fue inusual: viví en ella un cumpleaños alegre y luego un susto espantoso.
Me levanté para irme cuando ya se habían retirado casi todos. Solo el padre de la quinceañera y un puñado de conocidos formaban un pequeño grupo. Cuando fui a despedirme me propusieron que permaneciera con ellos.  Dudé un instante, pero como no tenía ni un poco de sueño me quedé.
Nos hallábamos en un salón que en un lado tenía unos ventanales enormes y bajos. La propiedad donde se encontraba dicho salón era muy grande, y estaba retirada de la ciudad. En el predio había un bosquecillo y una pequeña pradera, que esa noche era invisible en las tinieblas. Solo el gran patio que estaba frente al salón se hallaba iluminado.
Retomaron una conversación bastante liviana. En un momento dado, una mujer que estaba hablando sobre el negocio de un pariente terminó su frase así: “…Y se fue todo al Diablo”,  entonces un tipo que hasta el momento solo había escuchado dijo:

- A ese es mejor no nombrarlo ni en broma. Sé que solo es una expresión, claro, pero opino que hay que evitarla -aclaró el tipo, mirando a todos al tiempo que sonreía.
- ¿Te refieres al Diablo? -preguntó la mujer.
- Sí, a ese.
- Ahora me acuerdo -intervino otro, y se enderezó un poco en la silla-. Tú escribiste un libro sobre el Diablo.
- Sí, más bien sobre demonología, sobre experiencias de posesión y maldiciones, historias que investigué y recopilé.
- ¿Historias, o cuentos de terror que inventaste? ¡Jeje! -le preguntó el padre de la quinceañera, que parecía conocer bien al hombre.
- Son historias -contestó el tipo, muy serio.
- ¿Entonces, alguna vez se topó con el Diablo? -le pregunté, seguramente anticipándome a los otros.

Ahora todas las miradas estaban fijas en el supuesto experto en demonios.

- A ese que se refieren nunca lo vi, y de haberlo hecho no creo que ahora pudiera estar aquí. No creo que el espíritu humano pueda soportar tal aparición, y hay pruebas sobre el asunto. Lo que se ve en algunos casos solo son demonios, esbirros de “aquel”, pero de todas formas, estar ante uno de esos seres siempre va a ser una experiencia terriblemente terrorífica. 
Hace muchos años vi a una muchacha poseída, y miren, solo con recordarlo se me eriza la piel.

Todos vimos que tenía la piel del brazo completamente erizada. En ese momento escuchamos un trueno, y unas goteras comenzaron a resbalar por los ventanales. Todos pusieron cara de sorprendidos; nadie se había dado cuenta que había tormenta. Durante la fiesta estuve afuera un buen rato, y recuerdo que el cielo estaba estrellado. Enseguida de aquel trueno empezaron los relámpagos, y por instantes el patio quedaba blanco. 
Con tormenta y todo yo quería escuchar la historia del hombre, y seguramente los otros también.
Tras algunos comentarios sobre la tormenta, uno de los presentes animó al tipo a contar su historia, y este continuó así:

“Estaba investigando una supuesta posesión. Era en un pequeño pueblo rural. La familia de la afectaba se mostró reacia hacia mí, y no querían hablar, y mucho menos dejarme ver a la muchacha. Como soy hombre de paciencia decidí esperar. Conseguí alquilar una pieza en una casa vecina, y allí me instalé a ver qué pasaba.
Desde la ventana de aquel cuarto podía ver la vivienda de la poseída, que estaría a unos sesenta metros, más o menos, casi todo el resto del paisaje era campo.
Durante la segunda noche se desató una tormenta como esta, y el estruendo no me dejaba dormir. Me puse a mirar por la ventana y vi que en la casa de la posesa había luz, y entre truenos creí oír unos gritos.  De pronto la puerta de esa vivienda se abrió y la claridad del interior escapó hacia la noche tormentosa, y algo más salió al trote ligero por la abertura. En un primer instante creí que era un perro grande, o un ternero. Lo que fuera iba a pasar frente a mi ventana. Como la oscuridad se cerró en ese momento no pude seguirle la carrera, y cuando unos relámpagos iluminaron todo iba pasando frente a mí, y era la muchacha corriendo en cuatro patas, y era tan rápida y tan anormales los movimientos de sus miembros que me aterré al instante. Pero lo peor fueron sus ojos, pues había volteado hacia mí, y aquellos solo podían ser ojos de demonio”.

Apenas concluyó su historia, cuando todavía me imaginaba a la muchacha corriendo como un perro, estalló un rayo muy cerca, y le arrancó un grito a varios. El estruendo hizo retumbar el salón, y las ventanas traquetearon. Pero nuestros corazones todavía tenían que soportar otro sobresalto.
Surgiendo de la oscuridad, un caballo atravesó el patio al galope, y aumentando más su carrera saltó hacia el ventanal, y el vidrio estalló en mil pedazos, y el ruido fue horrible. El impulso lo hizo seguir unos metros más, y cuando finalmente se detuvo empezó a relinchar horriblemente. En ese momento fue cuando todos huimos hacia la salida.
Después supe que era un caballo de la propiedad, y que murió por los cortes recibidos al atravesar la ventana.  Se supone que el rayo le cayó cerca y eso lo hizo desbocarse, algo perfectamente posible, y lo más probable, pero fue raro que ocurriera justo después de aquella historia.