¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

martes, 25 de marzo de 2014

El pasajero (2)

Damián cenó algo liviano. Aún estaba cansado por el viaje. El susto que le diera aquel ser con cuerpo de bebé y cara de viejo le había descontrolado los nervios, y todavía sentía una sensación rara en las entrañas.  Pensó que a partir de ese momento le iba a resultar desagradable viajar en su auto por la noche; con solo recordar la cara y la malicia con que lo mirara aquel ser revivía casi el mismo susto.
Damián ignoraba que el terror ahora lo asechaba en su propia casa.
Concluida su cena miró televisión un rato y luego fue a acostarse.  Se durmió rápido, descendiendo después al mundo de los sueños. A ese mundo pueden acceder también otros seres.
Se encontró de pronto avanzando hacia una multitud iracunda que se agolpaba en la callejuela de un pueblo rural. La gente vestía con ropas antiguas; aquello era el pasado.   En la calle venían dos bueyes tirando de un carro, y sobre dicho carro había una jaula, y dentro de ella una bruja. La gente le arrojaba cosas y la maldecía a los gritos, levantando hachas, orquillas y azadones. Algunos niños se abrían paso entre el gentío, todos querían ver, pero tras el primer vistazo a la bruja se ocultaban detrás de un mayor.   La bruja iba maldiciendo a todos y pronunciaba algunas palabras que nadie entendía.

Aquella mujer era flaca, pero tenía el abdomen notoriamente hinchado, rasgo físico que se sumaba a otros más desagradables, pues era grotesca por dónde se la mirara.
Detuvieron el carro en una plaza, y los tipos más fuertes del pueblo fueron a sacarla de la jaula.
Los hombres tuvieron que usar todas sus fuerzas para conseguir someterla, y mientras duró el forcejeo algunos se apartaron porque temieron que la bruja se soltara, y los gritos decrecieron en la expectativa.  Pudieron controlarla pero no inmovilizarla del todo. La bruja se retorcía entre gritos y maldiciones. Por instantes ella pasaba la mirada por los presentes más próximos como queriendo memorizar sus caras, y cuando sus ojos grises se fijaron en Damián, este sintió como un impacto de terror.
En el centro de la plaza había un poste enterrado verticalmente en el suelo. La ataron al poste y a continuación le arrimaron leña y ramas secas. La iban a ejecutar en la hoguera.
Cuando las llamas crecieron y envolvieron a la bruja la gente lanzó gritos de victoria. Pero unos minutos después comenzaron a asustarse de su propio acto, pues ella se seguía moviendo, y cuando los más débiles huyeron provocaron un desbande general.

Como en todo sueño, el tiempo estaba distorsionado, y de un momento a otro se hizo noche. La hoguera aún humeaba, y al soplar el viento algunas brasas voladoras se alejaban danzando y se apagaban en la noche.  De la bruja no quedaba mucho, mas entre aquellos pocos restos resaltaba el vientre hinchado, ahora negro y humeante.
Obedeciendo a un impulso que no pudo controlar, Damián se acercó más. El bulto del vientre se sacudió y después se abrió de golpe, y el bebé aterrador saltó hacia la cara de Damián, y este gritó en el sueño y despertó sobresaltado en su cama.      Sin que él lo notara, lo observaban desde un rincón oscuro del cuarto.
Fue al baño y se lavó la cara. “¡Vaya pesadilla!”, pensó. Al mirarse en el espejo vio que ya se le formaban ojeras.
Soñar con aquel ser después de tenerlo como pasajero en la ruta no le resultó nada extraño a Damián.
Volvió a la cama pero ya no pudo dormir. Tenía miedo de soñar de nuevo.
Le vinieron ganas de dormir al llegar la mañana, pero tenía que ir a trabajar.   En el trabajo se despejó un poco, y por momentos olvidó al engendro aquel.  Sus compañeros lo notaron cansado, y todos bromearon con que su fin de semana fue muy movido; Damián sonreía sin ganas. Si supieran lo que le había pasado… pero de contarles lo tomarían por loco o mentiroso.

De regreso a su casa, en el auto, no paraba de bostezar, y por poco no pasó una luz en rojo. Esa noche debía descansar sí o sí.
Como era invierno los días eran cortos. No tenía sentido acostarse al llegar, era mejor dormir toda la noche.  Al acostarse creyó que iba a despertar recién por la mañana. Primero sintió que el cuerpo se le alivianaba, después su cabeza parecía enorme. Recuerdos desordenados pasaban uno tras otro, a la vez que lo envolvía una especie de vaivén apenas perceptible.
Ahora caminaba por el sendero de un bosque, y no estaba solo. Llevaba a un bebé en brazos, y a su lado caminaba una mujer. Era un día radiante y la luz filtraba por todos lados entre las ramas. De pronto el paisaje cambió radicalmente, y el bosque ahora no tenía ni una hoja, y se hamacaba y gemía por todos lados. Al mirar a la mujer, esta se había transformado en la bruja de la pesadilla de la noche anterior. Una mano pequeña y rugosa le tocó la cara, y ahora el bebé lucía espantoso, y era lo que andaba en la ruta.  Al despertar bruscamente le pareció que retiraban algo de su cara, y era aquella mano diminuta y arrugada. Ya no pudo conciliar el sueño.
Por la mañana, otra vez al trabajo. Pensó en pedir un taxi, pero estaba tan cansado que se olvidó, y como un autómata subió a su auto.  A las pocas cuadras, en un cruce, pasó muy lento y lo envistió un camión.  Dentro de la cabina Damián se golpeaba y se sacudía al girar con el vehículo. Cuando todo quedó quieto, sintió que la vida se le escapaba por varias heridas. Y entre frenadas y las voces de algunas personas que acudían al lugar, escuchó la risita burlona de su pasajero, ahora invisible.


lunes, 24 de marzo de 2014

El pasajero

En los costados de la ruta se congregaban las tinieblas. Damián conducía su vehículo por esas soledades. Por momentos la luna apartaba las nubes, y gran parte de la desolación del paisaje se mostraba, y las sombras huían hacia los árboles, o quedaban tras rocas inmensas.  Pero la luz triunfaba poco tiempo, y las sombras se apresuraban para cubrir todo.
Frente al vehículo se extendía monótonamente la ruta iluminada por los faros, se sucedían carteles indicadores, mojones, y las interminables líneas blancas.
Repentinamente Damián pisó el freno a fondo, se fue hacia adelante bruscamente y casi se golpeó la cabeza con el volante. En esa acción cerró los ojos un instante, y al mirar hacia adelante nuevamente, lo que lo hizo detenerse ya no iba por el costado de la ruta. Había visto caminando por el borde a un niño muy pequeño, a un bebé, pero, ¿dónde estaba ahora? ¿Realmente lo vio?  Como iba en su misma dirección no logró ver su rostro, pero con aquel tamaño solo podía ser un niño pequeño.
Damián después pensó que no podía ser, ¿qué iba a estar haciendo un niño solitario en un lugar como aquel?  Pero al pensar que por allí podría haber algún auto siniestrado, se bajó con una linterna y comenzó a buscar. Iluminando los pastos buscó largo rato, pero no halló nada.
No quería marcharse, “Y si realmente es un bebé”, pensó, mas al hacerlo surgió la otra posibilidad: “Y si era una aparición o algo peor?”

Volvió a su vehículo y siguió conduciendo. Un poco más adelante creyó escuchar una risita apagada, en el asiento de atrás. Al acomodar el retrovisor le tembló la mano. No logró ver nada, solo el asiento vacío.
Ahora Damián deseaba llegar cuanto antes a algún lugar. Ya pensaba detenerse y esperar el amanecer fuera del auto cuando vio que otro vehículo se le acercaba por detrás.
Por lo menos ahora no estaba del todo solo. Las luces del otro auto inundaban la parte trasera del suyo.  Tras unos kilómetros, en una recta el otro se abrió hacia la izquierda, lo iba a sobrepasar. Al pasar frente a él vio que el otro conductor le hacía señas para que bajara la ventanilla. La bajó y el otro le gritó:

- ¡Señor! ¡Su hijo va parado en el asiento de atrás! -y aceleró y lo pasó.

Damián quedó lleno de terror. Había algo detrás de él y no era un niño. Ya no podía conducir así.
Quiso bajarse sin mirar el retrovisor, pero fue inevitable, y allí estaba, un ser pequeño y horrible de cara avejentada y sonrisa maligna.
Salió del auto lo más rápido que pudo. Se mantuvo como a cincuenta metros del auto hasta que amaneció. Con el sol ya pegando fuerte en la ruta se acercó a examinar. Estaba vacío.
Supuso que aquello se había retirado al amanecer.
Cuando finalmente llegó a su casa se acostó a dormir, rendido de sueño. Durmió toda la tarde. Despertó cuando ya estaba de noche. Cuando se encontraba pensando en levantarse para comer algo, de repente escuchó una risita apagada. Su terror fue aún mayor que en la ruta. Mas un instante después se dio cuenta de que venía de afuera. Al escuchar que su vecina llamaba a sus hijos para cenar, suspiró hondo y se sonrió. Seguramente la risa era de uno de los niños de al lado.      En el momento no se acordó que dejó su auto afuera, la risa venía de allí. El bebé maligno, con la cara apoyada en la ventanilla, miraba hacia la casa mientras sonreía malignamente.


viernes, 21 de marzo de 2014

Que solo sean un cuento... (2)

Lo que leí en aquella libreta que hallé en mi nuevo hogar realmente me inquietó. Tenía dos relatos de terror: uno sobre una muñeca embrujada y otro sobre la casa donde me encontraba ahora.

“Los primeros días todo fue normal -comenzaba así el relato-. Después de la semana empecé a experimentar algo extraño, ya no me sentía cómodo. Una noche me despertó un ruido, era en el baño. Escuché atentamente y me di cuenta que la ducha estaba abierta. Quise creer que solo era algún desperfecto en la llave o algo así. Al salir del cuarto empecé a sentir miedo. ¿Por qué me asustaba el ruido de la ducha? ¿Estaría presintiendo algo? No sabía si abrir la puerta de golpe o hacerlo despacio. La abrí de golpe y encendí la luz de un manotazo. La ducha estaba abierta pero no había más nada. cerré la llave y la apreté bastante, unas gotas cayeron por un momento pero después se detuvo. Esperé por si de alguna forma se aflojaba, mas seguía igual. Aquello fue extraño.

“Cuando volvía a mi cuarto, otro ruido: acababan de cerrar la puerta de la heladera. Tenía una grande y vieja y el sonido al cerrarla era inconfundible. La cocina estaba a unos pocos pasos, pero mi corazón se aceleró como si hubiera corrido varias cuadras. Me detuve en la entrada y encendí la luz.    Con un temor creciente, me agaché lentamente para mirar bajo la mesa. Fui hasta la heladera. La mano me tembló al abrirla. Nada raro.
De haber encontrado a un ladrón o a un intruso no me hubiera asustado tanto. Desconocía lo que pasaba allí, y eso es lo que más asusta. Ya estaba seguro que era algo sobrenatural, pero, ¿qué pretendía esa cosa, qué era, fantasma, demonio…? La incertidumbre, eso es lo peor.
Fui hasta el cuarto para terminar de vestirme e huir de allí. Cuando estuviera de día volvería por mis cosas.   Estaba por salir del cuarto cuando sorpresivamente algo se aferró a mí por detrás, y unos brazos rechonchos, flácidos y por demás arrugados rodearon mi pecho. Más que grito lancé una especie de alarido. Después, una voz arrastrada, despareja, reverberante y aguda, que recordaba en algo a la de una anciana pero era infinitamente repulsiva, sonó detrás de mi nuca:

- ¡No me dejes, amor! -me dijo, y se echó a reír con una carcajada espeluznante.

“Sería imposible describir la desesperación y el terror que me invadió en ese momento. Solo puedo decir que grité mucho, que giré tratando de zafarme de aquel abrazo, y que tras unos segundos que me parecieron larguísimos mi corazón no soportó tanto terror y me desmayé profundamente.
Debo haber estado muy cerca de la muerte, si no tuviera un corazón fuerte no lo habría contado.
Reaccioné cuando estaba amaneciendo, y salí de la casa arrastrándome.
Creo que aquel ser en realidad debe ser muy débil, porque después me di cuenta que no pude librarme de su agarre porque era algo muy liviano, casi sin peso. Presumo que su poder es el terror, y que pretendió matarme de un susto.  
Dejo mi diario personal aquí por si no demuelen la casa, y si alguien lo encuentra espero que me crea, esto fue real. Hay algo malo en la casa”.

Ahora comprenderán mi inquietud. El relato me impresionó, pero debía verificar si realmente hablaba sobre la casa donde me hallaba, tenía que saber si aquel tipo realmente vivió allí.  En el librillo traía su nombre, averiguarlo sería fácil.   Consulté a la inmobiliaria que me vendió la vivienda, y efectivamente, aquel tipo vivió allí.
¿Qué hacer? No podía irme de allí por algo que bien podía ser solo un cuento, una broma pesada de un escritor aficionado.  Hasta el momento no pasaba nada raro. Ya no me sentía cómodo, pero bien podía ser por lo que pensaba del lugar.
Una noche, desperté al escuchar algo. ¡Era la ducha abierta! Me levanté de un salto, agarré de pasada unas prendas que tenía dobladas en una silla y salí por la ventana, salté al jardín y de allí a mi auto.
Volví de día con un primo y un amigo. Al entrar descubrimos que la ducha todavía seguía abierta. Mi primo la revisó; para él era un problema de la llave.
De todas formas me mudé del lugar. Al final, nunca sabré si me salvé de una casa embrujada, o abandoné una casa normal con un problema de grifería, problema que tal vez inspiró a un escritor bromista.




jueves, 20 de marzo de 2014

En un hospital

Habían agrandado y modificado tanto al hospital que Sergio pronto se sintió en un laberinto. Hacía muchos años que no entraba a aquel lugar.  Cuando creía que iba por el corredor correcto, este llegaba a su fin o desembocaba en alguna sala que no conocía.  Le preguntó a un limpiador dónde se donaba sangre y el tipo se lo indicó señalando con el brazo. Para estar seguro quiso preguntárselo también a una enfermera que pasaba, pero apenas la mujer lo vio se apartó como espantada, y siguió caminando con pasos rígidos, volteando levemente la cabeza como para escuchar mejor si él iba rumbo a ella. Era la actitud que podría esperarse de alguien que ve una fiera, y con temor se aleja para no molestarla.
Sergio quedó desconcertado, ¿qué le pasaba a aquella enfermera?
Las indicaciones del limpiador le sirvieron. Atravesó una puerta y salió a una sala bastante pequeña que tenía sillas en los bordes. Encontró el lugar pero el banco de sangre estaba cerrado. Sergio leyó un cartel que tenía el horario y consultó su reloj. Ya faltaba poco, era mejor esperar.

Eligió una silla y descubrió que era muy cómoda, hasta tenían apoyabrazos.  Desde el otro lado de la puerta (donde sacaban sangre) no llegaba ni un sonido. Supuso que aún no había nadie. La sala ahora le parecía más grande. Si por lo menos hubiera alguien más allí… Comenzó a sentir una sensación fea en el estómago: eran nervios.  Unos minutos más y ya no estaba tan convencido. Y la sala le pareció lúgubre en su blancura. ¿Y por qué diablos aquella enfermera había reaccionado así?
La idea de irse ya cruzaba por su mente cuando la puerta de la entrada se abrió de golpe, y un tipo enorme vestido con bata blanca entró en ella. El tipo lo miró con los ojos muy grandes, volteó rápidamente hacia alguien que iba por el pasillo y gritó:

- ¡Está aquí, vengan rápido!
- ¿Qué sucede? -le preguntó Sergio.

Otro tipo enrome vestido igual que el primero irrumpió en la sala. Se miraron y empezaron a acercarse a Sergio con los brazos medio extendidos, como para atraparlo; Sergio se levantó rápidamente:

- ¿Qué hacen, quienes son ustedes? ¡Aléjense!

Evidentemente los tipos consideraban que no valía la pena hablarle. Un tercer sujeto (este bastante menudo) se asomó a la puerta, y Sergio vio que tenía una aguja en la mano.  
Los tipos se abalanzaron hacia él al mismo tiempo e intentaron someterlo.

- ¡Suéltenme, desgraciados!

Le acertó un puñetazo a uno, pero eran tipos duros. Lo voltearon y lo controlaron contra el suelo. Sergio gritaba que lo soltaran, preguntaba por qué le hacían aquello, mas sus captores no le respondían.   Cuando estuvo firmemente aplastado contra el suelo por el peso de los dos tipos, el más pequeño, el de la aguja, entró en acción y le inyectó una buena cantidad de un líquido transparente. Lo que le administraron actuó rápido; las fuerzas se le iban.

- Ya pueden soltarlo -dijo el que lo inyectó.
- Doctor, creí que iba a ser más difícil controlarlo, por la fama de este -comentó uno de los tipos, el otro asintió con la cabeza.
- Bueno, es mejor así -opinó el doctor de la aguja, y sacó unos lentes que guardara en el bolsillo de su camisa -. Ahora hay que llevarlo a la sala para prepararlo.

Aquello fue lo último que Sergio escuchó antes de quedar sin sentido.
Cuando volvió en si se hallaba sobre una camilla, atado firmemente a esta. Se encontraba en una sala junto a unos aparatos electrónicos enormes, que por estar en un hospital asustarían a cualquiera. Quiso gritar pero estaba paralizado, solo podía mover sus ojos con movimientos pesados. Advirtió que no estaba solo, había dos doctores allí, y una enfermera. Uno de los médicos era el que ayudó a los grandotes; el otro se acercó a mirarlo, con algo de extrañeza en el rostro, y finalmente este preguntó:

- Doctor, yo solo vi una vez a este paciente pero, ¿no le resulta algo cambiado?
- Debe haber perdido musculatura últimamente, lo advertí recién hoy. A estos pacientes es difícil controlarles la alimentación; el tipo está más loco que una cabra.
- Sí, tal vez es eso… puede ser…

Al escuchar la duda del tipo Sergio quería gritar que lo estaban confundiendo, que no era él, mas no podía ni abrir la boca. ¡Aquello era un infierno! Las dudas de aquel doctor aumentaban su desesperación.   El médico se llevó la mano a la barbilla y lo observó con detenimiento de nuevo; el otro seguía programando un aparato.

- ¿Y la ropa que llevaba puesta, cómo la consiguió?
- Estuvo un buen rato escapado de psiquiatría, probablemente la robó en una sala a algún internado, tal vez es de un enfermero, no lo sabemos, no lo descubrimos aún.

“¡Tenía puesta otra ropa porqué no soy el loco! ¡Revisen el los bolsillos de mi pantalón, mis documentos!”, se desesperaba pensando Sergio.

- No quiero ser pesado, mas, ¿está seguro cien por ciento de que este tipo es el mismo? -ante la insistencia de este el otro médico dejó lo que estaba haciendo y se arrimó a la camilla donde estaba Sergio:
- Estoy seguro que este es el paciente. Si no fuera él, entonces es su doble idéntico, y este tipo tuvo una soberana mala suerte. Piénsalo: el doble exacto de un enfermo mental peligroso va al hospital donde está su doble justo el día que este se escapó. Y tendría tanta mala suerte que lo confundimos con el otro el día que le íbamos a aplicar un tratamiento experimental peligroso.
- Tienes razón. Qué probabilidades hay. Sigamos.

Por las mejillas de Sergio rodaron unos lagrimones de desesperación e impotencia.
Le colocaron una especie de casco lleno de electrodos y comenzaron el experimento.
A la hora de sufrimiento Sergio tuvo un paro cardíaco y no lo pudieron reanimar. El doctor que se equivocara dictó la hora de la defunción, y unos minutos después se llevaron a Sergio a la morgue. Pero aquel era solo su cuerpo. Ahora estaba parado en aquella sala.  Todo el terror que sintió, toda la impotencia, se volvieron furia.
Cuando el doctor quedó solo sintió de pronto que lo levantaban en el aire, y después una fuerza increíble lo lanzó contra un aparato, y saltaron chispas y volaron pedazos del aparato, y cuando el doctor aún estaba vivo comenzó a incendiarse. Pronto toda la sala estaba envuelta en llamas. Sonó una alarma y algunos intentaron entrar a la sala, pero las lenguas de las llamas los alejaron. Entre esa gente estaba el otro doctor, y creyó ver por un instante a una silueta humana dibujada por el fuego, pero solo fue un instante. Después, en medio del caos que desató el incendio, escuchó que le susurraron al oído:  - Debiste insistir más. Ahora vas a pagar también.


viernes, 14 de marzo de 2014

La zona muerta

Podría decirse que aquella ciudad tenía una parte muerta. Si la viéramos desde el cielo notaríamos con claridad que una cuarta parte de ella difiere del resto. Es que en aquella zona solo hay enormes fábricas abandonadas. Entre las gigantescas barracas verdean terrenos baldíos llenos de pastizales y malezas.  Varias vías de tren separan esa parte abandonada de la ciudad, y cruzarlas es tan peligroso que ya nadie se aventura del otro lado.   En los primeros años de abandono de aquella parte, naturalmente la ocuparon indigentes y otros personajes de las calles, pero cruzar para la parte habitada era tan peligroso (más para gente alcoholizada o intoxicada) que los trenes se “llevaron” a muchos de ellos, y por consecuencia hasta esos moradores oportunistas la abandonaron.   Después, las propias muertes en las vías y la decadencia que pronto se apoderó del lugar se sumaron para que comenzaran a surgir historias de terror sobre la zona mencionada, y con esas historias de miedo revivieron viejos rumores sobre las causas que fueron motivo del cierre de las fábricas.

Richard era un recién llegado allí. Él buscaba trabajo, no era un vagabundo, pero como ya no le quedaba casi dinero y necesitaba un lugar donde dormir, cuando llegó la noche se puso a caminar. No podía ser en las calles de la ciudad, pues podrían tomarlo por un vago; tenía que alejarse un poco.  Tomó una callejuela poco iluminada y al final de esta divisó las vías férreas. Más allá se alzaban unas estructuras enormes y oscuras, la Luna se las mostraba.  Del otro lado de las vías no se veía ni una luz, pero Richard no se desidia.  Lo que menos deseaba era ser sorprendido por algún vigilante o un policía; tenía que estar seguro que en aquella zona no había nadie.
Se acercó a la primer vía, miró hacia un lado, y al voltear hacia el otro vio que una figura encorvada caminaba sobre los durmientes. Parecía ser un viejo. Richard se apartó un poco de la vía. El viejo cruzó frente a él y saludó con la voz típica de un anciano:

- Buenas noches.
- Buenas noches -correspondió Richard, y le preguntó-. Señor, ¿qué es esa zona de ahí?
- Son fábricas abandonadas desde hace mucho tiempo.
- Gracias.

Aquella era la confirmación que quería.  No le agradaba la idea de meterse en un lugar así, porque si aquel viejo andaba allí, también podrían andar otras personas. ¿Y el viejo… dónde estaba ahora? Divisaba un gran tramo de la vía pero ya no había nadie, mas como al costado del terraplén se alzaba  un pastizal supuso que el viejo se escabulló allí. Aquello no le gustó nada, y al pensarlo mejor, ni estaba seguro si era un viejo, porque no le había visto bien la cara.
 Un tren silbó a lo lejos y se vio una luz. Ya no tenía tiempo para pensarlo más. Calculó que el tren iba por una de las vías del medio; si se apuraba le daba bien para cruzar.
Cruzó corriendo la primer vía, la segunda, la tercera, y en la cuarta (la del medio) tropezó con algo y calló de rodillas. Enseguida sintió que se había lastimado con el riel, pero confió en poder levantarse, mas al intentarlo, algo le sujetaba el tobillo.  Al mirar qué era se horrorizó. Una mano asquerosa salía de las piedras desparramadas entre los durmientes y se aferraba a su tobillo.
En ese momento el tren se acercaba más, y su potente luz iluminaba el lugar de frente. Sonó un silbido largo, pero la máquina siguió a la misma velocidad.

Ahora temblaban los durmientes y el ruido era cada vez mayor. Richard no podía soltarse. De pronto de entre las piedras de la vía surgieron unos brazos, y manoteando frenéticamente estos se aferraron a Richard. Y el tren que se acercaba cada vez más.
Estando “estaqueado” por aquellas manos fantasmas, de la desesperación pasó a sentirse resignado. Aquel era el fin.  Entonces empezó a rezar, y en ese momento sintió que lo liberaban. Salió un instante antes de que el tren pasara ruidosamente. Se alejó trastabillando, lleno de terror, y cruzó las otras vías. Pero ni bien lo hizo se dio cuenta que aún estaba en peligro, pues ahora se hallaba del lado de las fábricas abandonadas. Volteó hacia una de las edificaciones y vio que unas figuras blancuzcas lo espiaban desde un ventanal alto.  En la entrada del lugar, un portón enorme, cruzaban unas siluetas que parecían flotar, y en una esquina del portón apareció un brazo largo que lo invitó a pasar haciendo señas con la mano, repentinamente apareció una cara espeluznante, y como un pájaro que vuela hacia uno la cara se le acercó raudamente.  Richard no soportó más aquel terror.
Después sintió que su cuerpo temblaba. Palpó algo con las manos. Eran piedras, ¡estaba acostado boca arriba, en una vía! Se enderezó espantado y vio una luz enceguecedora, y la acompañaba el ruido ensordecedor de un tren que ya casi estaba sobre él.

martes, 11 de marzo de 2014

Que solo sea un cuento...

¿Qué pensar de aquellas historias? ¿Eran cuentos o era el diario de un tipo? Cuando me mudé a una casa amueblada, revisando todo encontré una libreta en el último cajón de una cómoda. Curioso como soy enseguida empecé a leer lo que habían escrito en ella. La primer historia me pareció una anécdota, y estaba entretenida. Las historias eran escritas a mano, con una letra muy prolija, y estaban bien narradas.
Ya se había hecho noche y hacía mal tiempo, las condiciones ideales para leer. Me preparé una taza de té y me senté a leer en la sala.
Después de otra narración con un tomo humorístico, llegué a lo que tal vez es un cuento de terror. Deseo que solo fuera un cuento de terror, porque de ser algo que realmente le pasó al autor, si aquello es un diario personal… pero no, no puede ser.
El cuento narraba lo siguiente:

“En esa época era integrante del Club de Leones de mi ciudad. Se acercaba el seis de enero y habíamos recogido y recibido en el club montones de regalos, la mayoría usados.  Un grupo de diez personas teníamos que encargarnos de elegir los juguetes, hacerle algunas reparaciones si los requerían y descartar los muy rotos.  Por cuestiones de trabajo acordamos hacer eso de noche.
Había una gran pila de juguetes en medio del salón. Una compañera estaba hurgando en ella cuando la vi dar un paso hacia atrás con cara de desagrado, y con una mueca más acentuada señaló un objeto y exclamó:

- ¡Por Dios! ¡Que muñeca más horrible! ¡El susto que me dio!
- A ver -le dije-, que seguramente estás exagerando.

Todos fuimos a ver la muñeca. No exageraba, era una muñeca horrible. Tenía el tamaño de un bebé de meses. La cara era blanca, con ojeras oscuras, y los ojos parecían ser de vidrio, por lo realistas que eran.  Un hombre del grupo fue y la tocó.

- La cabeza es de madera -nos dijo volteando hacia el grupo-. El cuerpo… debe ser de tela, con un relleno duro, y el pelo es… ¡Asco! Parece ser real.

Y se pasó la mano por el pantalón, mirando ahora con desagrado a la muñeca.

- ¿Qué hacemos con ella? -peguntó uno.
- Nadie la va a querer, es muy fea, muy aterradora. Yo no se la daría a un hijo mío -expresó una de las mujeres.
- Seguramente es antigua, y puede que valga algo -opinó otro-. Tal vez si se la vende para hacer fondos…
- Bien, tú la guardas en tu casa -bromeó uno que estaba a mi lado, y todos nos reímos.
- Sé que Olivera conoce de antigüedades. Para mí que hay que dejarla en aquella pieza, para que no se mezcle con los juguetes, y mañana cuando venga Olivera que vea si vale algo o no. Para darle a un niño no me parece. ¿Qué opinan? -propuso el mayor de los presentes. Todos estuvimos de acuerdo.

El mismo que propuso eso la tomó, y con la cara muy seria fue hasta la pieza. Yo fui a abrirle la puerta (yo tenía las llaves).  Era una pieza pequeña, donde se guardaban las escobas, lampazos y cosas así. La dejó en un rincón; yo apagué la luz y cerré la puerta.  Volvimos a lo que teníamos que hacer.
Al rato el sobresalto fue general. Hubo un gran barullo en la pieza, y golpearon tres veces la puerta.
Las mujeres salieron disparadas rumbo a la salida, pero quedaron esperando. Los hombres allí presentes teníamos que ver qué pasaba.  
Los golpes en la puerta sonaron raros, era algo duro, y enseguida me imaginé la punta de los mangos de unas escobas.  Cuando abrí unas escobas cayeron hacia afuera. La muñeca estaba en el mismo lugar.
Convencimos a las mujeres de que solo fue unas escobas mal apoyadas en la pared, que seguramente cuando pusimos a la muñeca allí se desacomodaron más hasta resbalar.
Retomamos nuestra tarea pero casi sin hablar, y todos volteaban hacia la pieza cada tanto.
No había pasado mucho del primer incidente cuando de nuevo hubo ruido.  Esta vez la huida fue en serio. Quedamos solo cuatro hombres. Nos mirábamos unos a otros. ¿Quién se animaba? Como el que tenía las llaves era yo tuve que tomar la iniciativa.
¡Fue horrible! La muñeca ya no estaba en el rincón, al abrir la puerta cayó hacia adelante.
La volví a meter a la pieza empujándola con el pie y cerré de un portazo.   Como nadie sabía qué decir y no queríamos quedarnos ni un minuto más allí, simplemente nos fuimos.
Tras unas llamadas, tres de los presentes aquella noche volvimos de día. La muñeca ya no estaba.
Cuando llegó el seis de enero y salimos a repartir los juguetes, la encontré en el fondo de una pila. Aquella muñeca quería ir a parar a la casa de un niño, para nada bueno, supongo.  Cuando pasamos frente a un contenedor de basura la arrojé allí. Después me arrepentí, pues creo que tuve que haberla destruido”.  

Así terminaba el cuento. Deseo que sea solo un cuento porque, después de esa historia el narrador contaba una sobre la casa donde vivo ahora, y lo que dice es aterrador, y de ser cierto, estoy en serios problemas…