¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

martes, 29 de abril de 2014

La manada

Al llegar a la casa de mis parientes creí que iba a tener un recibimiento más caluroso, pero estaban muy ocupados con sus armas.
Ellos vivían en una zona rural de Norteamérica. Había pasado un buen tiempo desde mi última visita. Cuando llegué parecía que se estaban preparando para la guerra.  Por supuesto que me saludaron, pero enseguida volvieron a limpiar caños y mecanismos, y a mirar objetos de la casa por encima de las miras.  Tenían un pequeño arsenal en la mesa. Todos estaban serios. ¿Qué pasaba allí? Los miré para ver si alguien respondía y noté que me esquivaban la mirada, entonces tomé la iniciativa:

- ¿Qué pasa aquí? ¿Se viene la guerra? ¡Jaja! -les pregunté.
- Nos han estado matando ganado -dijo al fin uno de mis tíos-. Por varias razones creemos que es ·“Pie Grande”.
- ¿Pie Grande? -pregunté atónito. Los otros me miraron de reojo, probablemente intuyendo mis bromas. Y comencé-. “Pie Grande”, ese pillo. Vamos a cazarlo entonces.   Saben, cuando venía en el ómnibus al pasar por un puente atropellamos un Troll, y un Hada se reventó contra el parabrisas más adelante ¡Jajaja!

Nadie me festejó la broma. Después de un silencio incómodo me puse serio.

- Bromas aparte -les dije-, si van a cazar algo cuenten conmigo.
- Gracias pero no -me rechazó otro tío-. Recién llegaste, seguramente estás cansado, con hambre. Nosotros nos encargamos.
- Yo estoy bien. Después de tanto estar sentado tengo ganas de caminar. En serio, voy con ustedes.
- Bueno, pero no siguas con tus bromas -me dijo uno de mis primos, y terminó de poner un cartucho en su escopeta.
- Ya dije que era enserio -le contesté, y al instante me arrepentí, porque aquel era su hogar, y mi fama de bromista la tenía bien merecida.

Fui a cambiarme.  Cuando me ponía unos botines me sentí un poco mal. Evidentemente todos creían en “Pie grande”, no tenía derecho a bromear con aquello, y no correspondía contestarle mal a uno de mis primos menores. No quería volverme una visita indeseada.  En mi última estadía allí había notado cierta tensión en aquel hogar.
Al volver a la sala me dieron una escopeta y una linterna.  Todos ya estaban listos. Ellos eran nueve. Salimos por el fondo y rumbeamos hacia un bosque cercano. Ya casi era noche.
Al atravesar el campo me llegó un olor nauseabundo, y vi que había huesos desparramados, muchos huesos. No logré ver ni un ganado vivo. ¿Los había atacado un Pie Grande o un montón de ellos?

- ¿Y las vacas? -les pregunté-. No puede haber matado tantas, ¿o sí?
-  No, las cambiamos para el campo de unos vecinos -me contestó uno.

Pero había muchos huesos, y ninguno comentaba nada. ¿Por qué no los habían enterrado? ¿Cómo soportaban aquel hedor cerca de la vivienda?
Cuando alcanzamos el bosque este ya estaba negro de oscuridad. Los diez formamos una línea y fuimos peinando el terreno. Apenas nos internamos en la fronda tuve que encender la linterna; a los otros no les hizo falta porque parecían ver mejor que yo.  Eso me hirió un poco el orgullo. Mis parientes agringados veían mejor que yo, que estoy acostumbrado a andar en el monte. ¿Qué pasaba allí?
Como a la media hora de caminata silenciosa el bosque fue quedando mucho más claro. Se había elevado la luna llena.

- Oigan, creo que escuché algo -susurró de pronto uno de mis primos. Yo no había escuchado nada.
- Es cierto, ahí adelante -afirmó otro. Presté oídos pero nada, mas el resto parecía escuchar con claridad.
- Vamos a adelantarnos  -propuso uno-. Tú quédate aquí -me dijo.
- ¿Quedarme aquí? Lo mejor es rodear ese lugar -objeté.
- No, tú quédate aquí, nosotros vamos adelante.
- Pero uno solo no sirve de nada, no aquí en la espesura. Lo que ande ahí puede escapar por cualquier lado.
- Hablando de eso. No creemos que sea un Pie grande, creemos que es un hombre lobo, más bien, varios de ellos. Ahora quédate aquí.

Le hizo una seña con el brazo a los otros y se adelantaron. Antes de perderse en el bosque vi que todos voltearon hacia mí.    Quedé agazapado, con una rodilla en tierra, listo para la acción, pero no terminaba de comprender la estrategia de mis parientes.
¿Por qué no rodear a la presa?, y ¿cómo es que yo no escuchaba nada? siempre tuve un oído muy fino.
Allí había algo realmente raro. Después creí comprender. Querían dejarme atrás, me estaban jugando una broma pesada.  Me pareció un poco extraño, ni yo bromeaba así.
¿Qué hacía ahora, volvía a la casa o seguía hasta encontrarlos? Supuse que más adelante se estaban riendo de mí. “Que broma más tonta”, pensé “Si creen que me voy a asustar por quedar solo están muy equivocados, ¿Acaso no me conocen, se olvidaron quién soy?”. Entonces aquello ya no tuvo sentido, tal vez no era una broma. Decidí seguir.
Los rayos lunares penetraban todo el bosque y veía casi todo con claridad, pero detrás de cada tronco podría haber algo, y había muchas enramadas ensombrecidas.
De pronto vi que algo brillaba, al mirar mejor vi que era un arma. Estaba contra un tronco junto a otras, aquellas eran las armas de mis parientes. Las habían apilado allí, ¿y ellos dónde estaban?
Creo que salté por el susto al escuchar al escuchar el primer aullido. Era muy potente para ser humano. Después lo siguieron otros, y el ruido indicaba que se iban acercando por el frente.

Empecé a retroceder pero sin correr. Ahora escuchaba como se abrían camino apartando ramas y saltando por encima de troncos caídos y enramadas. Eran varios, avanzaban juntos formando una línea.  Al voltear vi un par de ojos brillantes que resaltaban en la espesura. Giré y apunté, nada, intenté de nuevo y obtuve el mismo resultado. Tenía cartuchos pero no servían.  Al intentar disparar en vano, los otros se acercaron más y pude verlos; eran como lobos sin pelaje que caminaban sobre dos patas. Creí que estaba perdido. Seguí huyendo pero si muchas esperanzas. Al primero que me alcanzara lo iba a recibir con un culatazo, pero más de eso no creía que pudiera hacer, eran muchos, eran… nueve hombres lobo.
Aunque me seguían de cerca en ningún momento me alcanzaron. Cuando salí del bosque se quedaron en él. Crucé el campo maloliente y me detuve exhausto antes de llegar a la casa, me detuvo algo que vi en la ventana. La luz estaba prendida, y en la ventana grande de la sala había otros monstruos como los del bosque, y estos me miraban haciendo gestos fieros.
Abrumado por el terror corrí ahora hacia el sendero que da a un camino. En la entrada de la propiedad estaban mis bolsos, los habían puesto allí; los tomé y me marché de aquel lugar endemoniado.
Creí que no los iba a ver nunca más, pero hoy llegó una carta a mi casa: vienen a visitarnos.

martes, 22 de abril de 2014

La cripta del vampiro (2)

Hola. Aquí está la primer parte del cuento. Lo publiqué hace tiempo, hice la segunda parte a pedido de algunos lectores:






Gerard buscaba al ser que transformó a Harris, un veterano cazador de vampiros que fue su maestro.   Contaba con la ayuda de varios hombres, pero tras buscar un tiempo al culpable decidió seguir solo con esa misión. Un grupo de cazadores llamaba más la atención, y de alguna forma alertaban al vampiro y este se mantenía siempre fuera de su alcance, además, aquella era una misión personal; o destruía al vampiro o lo destruían a él. 
Una serie de muertes lo condujeron a un apartado pueblo rural. Al recorrer el pueblo a caballo atrajo las miradas de todos, algunos miraban desde las ventanas, asomándose apenas. Aquella gente estaba asustada; el vampiro rondaba por allí.    Las pistas eran tan claras que Gerard se dio cuenta que lo conducían a una trampa.   Lejos de importarle, Gerard se emocionó; por fin se iba a enfrentar al ser aquel.  Tanta era su determinación que decidió hacerlo de noche, sin ventajas. 
Hizo un reconocimiento de la zona y concluyó que el no muerto debía estar en el cementerio. Se alojó en una posada y esperó la noche. 

Salió rumbo al cementerio a pie. Soplaba un viento de tormenta. Una luna llena luchaba contra unas nubes negras que se interponían a cada momento y oscurecían la noche. El ladrido de los perros quedó atrás, y las pocas luces de farol que brillaban en el pueblo desaparecieron tras una elevación del camino.  Ya tronaba a lo lejos y unos relámpagos mostraban el horizonte. 
Cuando estuvo frente al campo santo la luna se asomó entre las nubes y relucieron lápidas y entradas de criptas antiguas.  Más allá del cementerio se erguía entre las sombras de unos pinos una capilla de techo puntiagudo, evidentemente tan antigua como el cementerio. 
Con una estaca en la mano derecha y una daga en la izquierda, Gerard avanzó con la cautela de un gato al asecho.  Si el no muerto estaba allí seguramente sería en una cripta. 
Gerard advirtió que otra silueta se movía entre las losas pero no demostró notarlo. Si intentaban sorprenderlo estaba preparado. Hizo una pausa a propósito; el otro se fue acercando por atrás. 

- ¿Qué hace en el cementerio a esta hora? -preguntó una voz grave. 

Gerard dio un paso al costado y volteó rápidamente. No era lo que esperaba. Frente a él se encontraba un cura que vestía un largo hábito y se ayudaba a caminar con un bastón.   Gerard pegó los brazos a su abrigo y así ocultó las armas.

- Disculpe, padre. Soy un viajero e iba a rumbo a su capilla para pedir cobijo por esta noche. No tengo dinero como para quedarme en una posada -inventó Gerard para salir del apuro-. Pero como ya es algo tarde mejor busco otro lugar. Disculpe. 
- Esa no es mi capilla, es la de Dios, y los necesitados son siempre bienvenidos. No va a demorar en llover -agregó el cura, y como para darle la razón relampagueó muy cerca, y una luz blanca reveló todos los rincones del campo santo.  

Después todo se oscureció, la luna fue vencida al fin, y la tormenta negra comenzó a rugir haciendo temblar la tierra. Seguidamente fue creciendo el rumor de un aguacero que avanzaba por un campo cercano.      
Había improvisado lo de pedir alojamiento en la capilla, mas ahora era una buena opción. No deseaba ir hasta el pueblo bajo un aguacero, además, seguía creyendo que el vampiro andaba por allí. 
Siguió al cura (que parecía guiarse sin problemas en las tinieblas)  y entraron a la capilla. Un instante después un chaparrón estruendoso chocó contra las losas que acababan de dejar atrás, y a ese estruendo se sumaron truenos y rayos.  
El cura había dejado una vela encendida cerca de la puerta. Atravesaron una pieza completamente oscura y entraron a un corredor aún más negro.  Mientras Gerard seguía al sacerdote se preguntó qué hacía el anciano en el cementerio. Él estaba seguro de haber sido lo suficientemente sigiloso y precavido como para que no lo vieran desde la capilla. 
Cruzaron una puerta y salieron en una esquina del templo. El lugar tenía unos vitrales muy altos, y cuando las luces de la tormenta comenzaron a atravesarlos se proyectaron efímeramente en el templo luces rojizas y azuladas, dándole un toque más tétrico aún. Fuera volvió a relampaguear y Gerard vio al cura bajo aquellas luces, y le pareció que ahora el rostro del anciano tenía una expresión muy severa.   En la otra esquina del templo accedieron a otra puerta. Nuevamente se vieron rodeados por la oscuridad de otro pasillo. La llama de la vela que llevaba el anciano se empequeñecía y danzaba locamente como si intentaran apagarla invisibles espectros. 

Llegaron finalmente a una pieza que era la cocina. El cura prendió otra vela que estaba en la mesa y le pidió Gerard que encendiera la estufa. 
Cuando estaba agachado acomodando la leña escuchó que los pasos del cura se abalanzaban hacia él, entonces se lanzó a un costado y giró sobre su hombro, para acto seguido levantarse rápidamente, ya con sus armas en las manos.  El cura había intentado golpearle la cabeza con el bastón. Al verse descubierto el anciano soltó el bastón e imploró: 

- ¡No me haga daño, él me obligó! Soy su prisionero. 
- ¿De quién está hablando, quién lo obligó? -le preguntó Gerard. 
- El vampiro, me tiene prisionero. 
- Dice que es su prisionero… ¿y cómo un vampiro puedo acercarse a usted? ¿No tiene cruces, agua bendita? No le creo. 

Entonces el cura sonrió con malicia y se fue apartando. 

- Está bien, me descubrió, no soy su prisionero, soy su sirviente. Pero en este momento no es por mí que se tiene que preocupar, sino por él. 

El vampiro los observaba desde el techo oscuro de la habitación. Se desprendió del techo y cayó parado en el suelo.   Era tan viejo que su aspecto ya no era el de un humano, todo el tiempo tenía cabeza de murciélago. 

- Por fin nos encontramos -siseó el vampiro con una voz aterradora -. Supongo que eliminé a alguien que conocías. 
- Peor que eso, transformaste a mi maestro en un monstruo como tú. Se llamaba Harris, y era un cazador de vampiros -le dijo Gerard, y se puso en guardia. 
- ¡Harris! ¡Ese infeliz! ¡Mira lo que me hizo! -y el vampiro mostró un muñón que tenía por brazo; el cazador veterano se lo había cortado con un hacha de plata, lo que impidió que se regenerara. 
- Bien por él. Ahora voy a terminar su trabajo. 

Los dos empezaron a medirse moviéndose lateralmente. El cura se había acoquinado en un rincón y los miraba con una sonrisa demente fija en el rostro. 
La sonrisa del vampiro fue mucho más asquerosa; no pensaba luchar limpio. Apagó una vela de un manotazo, y corriendo velozmente hacia la otra hizo lo mismo, dejando la habitación completamente oscura.  El vampiro era poderoso pero cobarde. 
La tormenta se seguía intensificando. Los relámpagos que entraban por la única ventana del lugar iluminaban solo la parte de arriba, pues la ventana estaba muy alta, y Gerard solo podía escudriñar débilmente a la criatura que se movía para aquí y para allá. En cualquier momento lo iba a atacar sin piedad.  La misma tormenta tampoco le permitía escuchar.   Lo único que podía hacer era describir rápidos círculos con su daga bañada en plata y así mantener distanciado a su atacante. 
Ahora el vampiro estaba jugando con él. Pasaba a su lado, lo empujaba, lanzaba risitas desde la oscuridad, y todo aquello era para sumirlo en el terror. 
Irremediablemente se sintió perdido. No tenía miedo a morir pero le desagradaba la idea de que lo convirtieran en un monstruo. Convertirse en lo que combatía, muchas veces había pensado en eso, ahora estaba por pasarle. 

De repente lo empujaron con tanta fuerza que voló y chocó contra una pared. Al caer al suelo creyó que aquel era el fin, pero en ese momento hubo una explosión terrible, y una luz blanca, y al instante un estruendo y un temblor, y ya no supo más nada. 
Volvió en si mucho rato después. La lluvia resbalaba por su rostro. Se enderezó a medias y contempló la devastación que lo rodeaba.  Demoró un minuto en comprender lo que había pasado.  Un rayo había alcanzado la capilla y esta se había derrumbado casi en su totalidad. Él se había salvado por un milagro, esa era la palabra exacta.    
La tormenta cesó abruptamente, como si la hubieran apagado. Cuando Gerard se levantó la luna volvió a mostrar su cara.  Revisando entre los escombros encontró al cura, a lo que quedaba de él, solo sus pies sobresalían de una pared que lo aplastaba.   No muy lejos de allí estaba el vampiro. Tenía las piernas y casi todo el torso aplastado.  Cerca de él se hallaba un gran trozo de viga quebrada, y en un extremo se formaba una punta. Gerard colocó la punta en el pecho del engendro y la hundió con fuerza. Enseguida el vampiro se desintegró. 
Después el cazador miró hacia arriba y agradeció, y partiendo rumbo al pueblo atravesó el cementerio bajo la luna y un cielo que se abría en todo su esplendor.

lunes, 21 de abril de 2014

Historias de miedo

Un corte de luz paralizó una fábrica por la madrugada. Los trabajadores, sin nada que hacer pero sin poder marcharse, pues la electricidad podía volver en cualquier momento, salieron algunos al frente de la fábrica, mientras otros se dirigieron al patio interior del local.
Una tormenta que se iba aproximando por el horizonte (la causa del corte de energía) relampagueaba cada vez más cerca. Hacía calor y el aire estaba cargado de humedad.
El patio pasaba de estar completamente oscuro a estar iluminado fugaz y pobremente por los relámpagos todavía lejandos. En un rincón de éste, donde había un banco, se juntaron cinco trabajadores. Impresionado por el espectáculo de luces y sombras que ofrecía la naturaleza allá arriba, a uno de ellos se le ocurrió narrar cuentos de terror. A su historia siguió la de otro, y así todos fueron contando algo, hasta que le llegó el turno a Mariano, que era un veterano de esos que hablan haciendo pausas largas que atrapan la atención:

- Si quieren llámenlo cuento -empezó a decir Mariano-, pero es algo real, créanlo o no.
Pasó hace muchos años, cuando yo era muy joven. Un día gris y frío como pocos, caminaba junto a dos compañeros por un camino desolado; íbamos rumbo a una cosecha de naranjas. Francisco y Pedro, se llamaban mis compañeros, se llaman, mejor dicho, porque ninguno ha muerto. Desde que tomamos aquel camino no habíamos visto a nadie, sólo había bosques de eucalipto en aquella zona, de un lado y del otro del camino. De repente vimos a la vez que un hombre se levantó en un costado del camino, quedó sentado y sonrió mientras nos miraba con unos ojos penetrantes. Saludamos, como es costumbre en el camino. y nos saludó también. Se puso de pie y se unió a nosotros. Era alto, pálido, y dijo que se llamaba Gabino. Enseguida preguntó hacia dónde íbamos. Tuve la intención de inventarle algo, porque la mirada del tipo era la clásica mirada de loco que se dice a veces. Pero Pedro se adelantó y le dijo que íbamos rumbo a una cosecha.   Como sospeché, él dijo ir también rumbo a la misma cosecha.
Él andaba con lo que tenía puesto, que no era mucho para el frío que hacía. Qué peón se larga al camino así, sin nada, por pobre que sea. Aquello era raro.

Como caminaba junto nosotros no podíamos decir nada, pero por la mirada adiviné que Francisco pensaba como yo, y que Pedro se había arrepentido de haberle contado hacia dónde íbamos.
Probablemente otros le hubieran dicho que se fuera o algo así, porque les aseguro, la cara, la mirada de tipo era terrible, pero como a ninguno nos gustaban los problemas y no iba con nosotros ser prepotentes (si teníamos que defendernos era otra cosa), seguimos el camino con él al lado.
Me preocupaba un poco (después supe que a los otros también) la idea de acampar y pasar la noche junto al tipo.
Ya no le quedaba mucho al día. Nos apuramos para llegar a un caserío abandonado que era donde pensábamos pasar la noche.

- Nosotros vamos a parar ahí -le dije al tipo, con la esperanza de que siguiera su camino.
- Bueno, los acompaño -nos dijo sonriendo.

Entonces intuí, aunque el tal Gabino había hablado poco, que era alguien bastante inteligente, y no un ignorante o retardado caído en desgracia. Qué era exactamente, no lo sabía, pero ya no sentía que fuera digno de respeto.

- Usted espere aquí -le dije-. Casas donde quedarse hay varias. Voy a hablar con mis amigos a ver si se queda en la que elijamos. Usted espere aquí.
- Ni que fueras el dueño de las casas -comentó.

En ese momento no quise darle la espalda, esperé alguna reacción, pero giró y quedó mirando hacia la calle. Mis compañeros se habían acercado a la casa.

- Quiere quedarse con nosotros -les dije-. No me inspira ninguna confianza, parece que es medio atrevido.
- A mí tampoco -opinó Franco-, pero aunque no lo dejemos entrar, quién le impide que ande rondando por acá, planeando quién sabe qué. Adentro lo podemos tener vigilado. Somos tres y estamos armados, y él parece que anda sin nada.
En ese momento vi que Gabino volteó hacia nosotros de golpe, como si hubiera escuchado a Francisco, aunque estaba lejos.
- Que entre -dijo Pedro-. Pero si intenta algo… ahí sí, pero no creo, somos tres.

Yo no estaba muy convencido, pero en parte mis compañeros tenían razón. Le hice una seña y se arrimó también.
El casería aquel, abandonado no sé por qué, probablemente al desaparecer alguna fuente de trabajo, tenía una vivienda que estaba bastante entera, la habíamos elegido el año anterior. Tenía una pieza vacía donde había una chimenea de piedra. Todavía quedaba algo de leña del otro año, pero igual juntamos otro poco, maderas secas era lo que sobraba por allí. Hicimos eso sin perder de vista a Gabino, que no movió un dedo para ayudarnos. Encendimos la leña y nos sentamos a calentarnos. Gabino quedó en un rincón, parecía no sentir frío, y cuando le ofrecimos algo de comer lo rechazó:

- Prefiero la carne jugosa, con sangre -dijo Gabino para inquietarnos.
- Seguro que después de estos bosques hay alguna oveja o vaca, por qué no va a buscarse una -comenté.
- Mas tarde, todavía es temprano.
- ¿Temprano para qué?
- Para que salga la luna llena -me respondió.
- ¿Qué, usted es un hombre lobo? Preguntó Pedro, con tono de broma.
- Eso soy. Más tarde se los voy a mostrar.

Al escuchar aquello miré a mis compañeros.  Francisco hizo un gesto y susurró -El tipo está loco.
No sabíamos si era un loco peligroso o no. Como no dijo más nada, sólo quedó mirando hacia una ventana, no le hablamos más, aunque lo vigilábamos de reojo. Afuera parece que el tiempo se despejó, y hubo una claridad que fue creciendo, y no mucho después la luz de la luna dio en la cara de Gabino. Se levantó y salió de la casa sin decir nada y sin responder cuando le preguntamos. ¡Lo que temíamos! ¿Qué iba a hacer aquel loco?  Poco rato después escuché unas pisadas. Cuando se los fui a decir a los otros, la ventana estalló en mil pedazos, Gabino se asomó en ella gritando horriblemente. Le brillaban los ojos y le blanqueaban los colmillos, porque al asomarse estaba medio transformado en una cosa horrible, en vez de mano tenía una pata apoyada en el marco. A la luz de la luna y de la chimenea encendida era espantoso, fue un instante terrible. Cuando echamos mano a las pistolas saltó hacia atrás y se fue corriendo en cuatro patas.
Después no lo vimos nunca más, y nunca más volvimos a aquel camino -concluyó su relato Mariano.