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lunes, 21 de abril de 2014

Historias de miedo

Un corte de luz paralizó una fábrica por la madrugada. Los trabajadores, sin nada que hacer pero sin poder marcharse, pues la electricidad podía volver en cualquier momento, salieron algunos al frente de la fábrica, mientras otros se dirigieron al patio interior del local. El patio estaba oscuro, misterioso.

Una tormenta que se iba aproximando por el horizonte (la causa del corte de energía) relampagueaba cada vez más cerca. Hacía calor y el aire estaba cargado de humedad.

El patio pasaba de estar completamente oscuro, a estar iluminado fugaz y pobremente por los relámpagos todavía lejanos. En un rincón de éste, donde había un banco, se juntaron cinco trabajadores. Impresionado por el espectáculo de luces y sombras que ofrecía la naturaleza allá arriba, a uno de ellos se le ocurrió narrar cuentos de terror. A su historia siguió la de otro, y así todos fueron contando algo, hasta que le llegó el turno a Mariano, que era un veterano de esos que hablan haciendo pausas largas que atrapan la atención:

-Si quieren llámenlo cuento -empezó a decir Mariano-, pero es algo real, créanlo o no. Pasó hace muchos años, cuando yo era muy joven. Un día gris y frío como pocos, caminaba junto a dos compañeros por un camino desolado; íbamos rumbo a una cosecha de naranjas. Francisco y Pedro se llamaban mis compañeros, se llaman, mejor dicho, porque ninguno ha muerto. Desde que tomamos aquel camino no habíamos visto a nadie, sólo había bosques de eucalipto en aquella zona, de un lado y del otro del camino. De repente vimos a la vez que un hombre se levantó en un costado del camino, quedó sentado y sonrió mientras nos miraba con unos ojos penetrantes. Saludamos, como es costumbre en el camino, y nos saludó también. Se puso de pie y se unió a nosotros.

 "Era alto, pálido, y dijo que se llamaba Gabino. Enseguida preguntó hacia dónde íbamos. Tuve la intención de inventarle algo, porque la mirada del tipo era la clásica mirada de loco que se dice a veces, pero Pedro se adelantó y le dijo que íbamos rumbo a una cosecha.   Como sospeché, él dijo ir también rumbo a la misma cosecha.
Él andaba con lo que tenía puesto, que no era mucho para el frío que hacía. Qué peón se larga al camino así, sin nada, por pobre que sea. Aquello era raro.

"Como caminaba junto a nosotros no podíamos decir nada, pero por la mirada adiviné que Francisco pensaba como yo, y que Pedro se había arrepentido de haberle contado hacia dónde íbamos.
Probablemente otros le hubieran dicho que se fuera o algo así, porque les aseguro, la cara, la mirada de tipo era terrible, pero como a ninguno nos gustaban los problemas y no iba con nosotros ser prepotentes (si teníamos que defendernos era otra cosa), seguimos el camino con él al lado.
Me preocupaba un poco (después supe que a los otros también) la idea de acampar y pasar la noche junto al tipo.
Ya no le quedaba mucho al día. Nos apuramos para llegar a un caserío abandonado que era donde pensábamos pasar la noche.

"-Nosotros vamos a parar ahí -le dije al tipo, con la esperanza de que siguiera su camino.
-Bueno, los acompaño -nos dijo sonriendo.

"Entonces intuí, aunque el tal Gabino había hablado poco, que era alguien bastante inteligente, y no un ignorante o retardado caído en desgracia. Qué era exactamente, no lo sabía, pero ya no sentía que fuera digno de respeto.

"-Usted espere aquí -le dije-. Casas donde quedarse hay varias. Voy a hablar con mis amigos a ver si se queda en la que elijamos. Usted espere aquí.
-Ni que fueras el dueño de las casas -comentó.

"En ese momento no quise darle la espalda, esperé alguna reacción, pero giró y quedó mirando hacia la calle. Mis compañeros se habían acercado a la casa.

"-Quiere quedarse con nosotros -les dije-. No me inspira ninguna confianza, parece que es medio atrevido.
"-A mí tampoco -opinó Franco-, pero aunque no lo dejemos entrar, quién le impide que ande rondando por acá, planeando quién sabe qué. Adentro lo podemos tener vigilado. Somos tres y estamos armados, y él parece que anda sin nada.

"En ese momento vi que Gabino volteó hacia nosotros de golpe, como si hubiera escuchado a Francisco, aunque estaba lejos.

"-Que entre -dijo Pedro-. Pero si intenta algo… ahí sí, pero no creo, somos tres.

"Yo no estaba muy convencido, pero en parte mis compañeros tenían razón. Le hice una seña y se arrimó también.
El casería aquel, abandonado no sé por qué, probablemente al desaparecer alguna fuente de trabajo, tenía una vivienda que estaba bastante entera, la habíamos elegido el año anterior. Tenía una pieza vacía donde había una chimenea de piedra. Todavía quedaba algo de leña del otro año, pero igual juntamos otro poco, maderas secas era lo que sobraba por allí. Hicimos eso sin perder de vista a Gabino, que no movió un dedo para ayudarnos. Encendimos la leña y nos sentamos a calentarnos. Gabino quedó en un rincón, parecía no sentir frío, y cuando le ofrecimos algo de comer lo rechazó:

"-Prefiero la carne jugosa, con sangre -dijo Gabino para inquietarnos.
-Seguro que después de estos bosques hay alguna oveja o vaca, por qué no va a buscarse una -comenté, siguiéndole la corriente.
-Mas tarde, todavía es temprano.
-¿Temprano para qué?
-Para que salga la luna llena -me respondió.
-¿Qué, usted es un hombre lobo? Preguntó Pedro, con tono de broma.
-Eso soy. Más tarde se los voy a mostrar.

"Al escuchar aquello miré a mis compañeros.  Francisco hizo un gesto y susurró -El tipo está loco.
No sabíamos si era un loco peligroso o no. Como no dijo más nada, sólo quedó mirando hacia una ventana, no le hablamos más, aunque lo vigilábamos de reojo. Afuera parece que el tiempo se despejó, y hubo una claridad que fue creciendo, y no mucho después la luz de la luna dio en la cara de Gabino. Se levantó y salió de la casa sin decir nada y sin responder cuando le preguntamos. ¡Lo que temíamos! ¿Qué iba a hacer aquel loco?  Poco rato después escuché unas pisadas. Cuando se los fui a decir a los otros, la ventana estalló en mil pedazos, Gabino se asomó en ella gritando horriblemente. Le brillaban los ojos y le blanqueaban los colmillos, porque al asomarse estaba medio transformado en una cosa horrible, en vez de mano tenía una pata apoyada en el marco. A la luz de la luna y de la chimenea encendida era espantoso, fue un instante terrible. Cuando echamos mano a las pistolas saltó hacia atrás y se fue corriendo en cuatro patas.
Después no lo vimos nunca más, y nunca más volvimos a aquel camino -concluyó su relato Mariano.



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