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martes, 22 de abril de 2014

La cripta del vampiro (2)

Hola. Aquí está la primer parte del cuento. Lo publiqué hace tiempo, hice la segunda parte a pedido de algunos lectores:






Gerard buscaba al ser que transformó a Harris, un veterano cazador de vampiros que fue su maestro.   Contaba con la ayuda de varios hombres, pero tras buscar un tiempo al culpable decidió seguir solo con esa misión. Un grupo de cazadores llamaba más la atención, y de alguna forma alertaban al vampiro y este se mantenía siempre fuera de su alcance, además, aquella era una misión personal; o destruía al vampiro o lo destruían a él. 
Una serie de muertes lo condujeron a un apartado pueblo rural. Al recorrer el pueblo a caballo atrajo las miradas de todos, algunos miraban desde las ventanas, asomándose apenas. Aquella gente estaba asustada; el vampiro rondaba por allí.    Las pistas eran tan claras que Gerard se dio cuenta que lo conducían a una trampa.   Lejos de importarle, Gerard se emocionó; por fin se iba a enfrentar al ser aquel.  Tanta era su determinación que decidió hacerlo de noche, sin ventajas. 
Hizo un reconocimiento de la zona y concluyó que el no muerto debía estar en el cementerio. Se alojó en una posada y esperó la noche. 

Salió rumbo al cementerio a pie. Soplaba un viento de tormenta. Una luna llena luchaba contra unas nubes negras que se interponían a cada momento y oscurecían la noche. El ladrido de los perros quedó atrás, y las pocas luces de farol que brillaban en el pueblo desaparecieron tras una elevación del camino.  Ya tronaba a lo lejos y unos relámpagos mostraban el horizonte. 
Cuando estuvo frente al campo santo la luna se asomó entre las nubes y relucieron lápidas y entradas de criptas antiguas.  Más allá del cementerio se erguía entre las sombras de unos pinos una capilla de techo puntiagudo, evidentemente tan antigua como el cementerio. 
Con una estaca en la mano derecha y una daga en la izquierda, Gerard avanzó con la cautela de un gato al asecho.  Si el no muerto estaba allí seguramente sería en una cripta. 
Gerard advirtió que otra silueta se movía entre las losas pero no demostró notarlo. Si intentaban sorprenderlo estaba preparado. Hizo una pausa a propósito; el otro se fue acercando por atrás. 

- ¿Qué hace en el cementerio a esta hora? -preguntó una voz grave. 

Gerard dio un paso al costado y volteó rápidamente. No era lo que esperaba. Frente a él se encontraba un cura que vestía un largo hábito y se ayudaba a caminar con un bastón.   Gerard pegó los brazos a su abrigo y así ocultó las armas.

- Disculpe, padre. Soy un viajero e iba a rumbo a su capilla para pedir cobijo por esta noche. No tengo dinero como para quedarme en una posada -inventó Gerard para salir del apuro-. Pero como ya es algo tarde mejor busco otro lugar. Disculpe. 
- Esa no es mi capilla, es la de Dios, y los necesitados son siempre bienvenidos. No va a demorar en llover -agregó el cura, y como para darle la razón relampagueó muy cerca, y una luz blanca reveló todos los rincones del campo santo.  

Después todo se oscureció, la luna fue vencida al fin, y la tormenta negra comenzó a rugir haciendo temblar la tierra. Seguidamente fue creciendo el rumor de un aguacero que avanzaba por un campo cercano.      
Había improvisado lo de pedir alojamiento en la capilla, mas ahora era una buena opción. No deseaba ir hasta el pueblo bajo un aguacero, además, seguía creyendo que el vampiro andaba por allí. 
Siguió al cura (que parecía guiarse sin problemas en las tinieblas)  y entraron a la capilla. Un instante después un chaparrón estruendoso chocó contra las losas que acababan de dejar atrás, y a ese estruendo se sumaron truenos y rayos.  
El cura había dejado una vela encendida cerca de la puerta. Atravesaron una pieza completamente oscura y entraron a un corredor aún más negro.  Mientras Gerard seguía al sacerdote se preguntó qué hacía el anciano en el cementerio. Él estaba seguro de haber sido lo suficientemente sigiloso y precavido como para que no lo vieran desde la capilla. 
Cruzaron una puerta y salieron en una esquina del templo. El lugar tenía unos vitrales muy altos, y cuando las luces de la tormenta comenzaron a atravesarlos se proyectaron efímeramente en el templo luces rojizas y azuladas, dándole un toque más tétrico aún. Fuera volvió a relampaguear y Gerard vio al cura bajo aquellas luces, y le pareció que ahora el rostro del anciano tenía una expresión muy severa.   En la otra esquina del templo accedieron a otra puerta. Nuevamente se vieron rodeados por la oscuridad de otro pasillo. La llama de la vela que llevaba el anciano se empequeñecía y danzaba locamente como si intentaran apagarla invisibles espectros. 

Llegaron finalmente a una pieza que era la cocina. El cura prendió otra vela que estaba en la mesa y le pidió Gerard que encendiera la estufa. 
Cuando estaba agachado acomodando la leña escuchó que los pasos del cura se abalanzaban hacia él, entonces se lanzó a un costado y giró sobre su hombro, para acto seguido levantarse rápidamente, ya con sus armas en las manos.  El cura había intentado golpearle la cabeza con el bastón. Al verse descubierto el anciano soltó el bastón e imploró: 

- ¡No me haga daño, él me obligó! Soy su prisionero. 
- ¿De quién está hablando, quién lo obligó? -le preguntó Gerard. 
- El vampiro, me tiene prisionero. 
- Dice que es su prisionero… ¿y cómo un vampiro puedo acercarse a usted? ¿No tiene cruces, agua bendita? No le creo. 

Entonces el cura sonrió con malicia y se fue apartando. 

- Está bien, me descubrió, no soy su prisionero, soy su sirviente. Pero en este momento no es por mí que se tiene que preocupar, sino por él. 

El vampiro los observaba desde el techo oscuro de la habitación. Se desprendió del techo y cayó parado en el suelo.   Era tan viejo que su aspecto ya no era el de un humano, todo el tiempo tenía cabeza de murciélago. 

- Por fin nos encontramos -siseó el vampiro con una voz aterradora -. Supongo que eliminé a alguien que conocías. 
- Peor que eso, transformaste a mi maestro en un monstruo como tú. Se llamaba Harris, y era un cazador de vampiros -le dijo Gerard, y se puso en guardia. 
- ¡Harris! ¡Ese infeliz! ¡Mira lo que me hizo! -y el vampiro mostró un muñón que tenía por brazo; el cazador veterano se lo había cortado con un hacha de plata, lo que impidió que se regenerara. 
- Bien por él. Ahora voy a terminar su trabajo. 

Los dos empezaron a medirse moviéndose lateralmente. El cura se había acoquinado en un rincón y los miraba con una sonrisa demente fija en el rostro. 
La sonrisa del vampiro fue mucho más asquerosa; no pensaba luchar limpio. Apagó una vela de un manotazo, y corriendo velozmente hacia la otra hizo lo mismo, dejando la habitación completamente oscura.  El vampiro era poderoso pero cobarde. 
La tormenta se seguía intensificando. Los relámpagos que entraban por la única ventana del lugar iluminaban solo la parte de arriba, pues la ventana estaba muy alta, y Gerard solo podía escudriñar débilmente a la criatura que se movía para aquí y para allá. En cualquier momento lo iba a atacar sin piedad.  La misma tormenta tampoco le permitía escuchar.   Lo único que podía hacer era describir rápidos círculos con su daga bañada en plata y así mantener distanciado a su atacante. 
Ahora el vampiro estaba jugando con él. Pasaba a su lado, lo empujaba, lanzaba risitas desde la oscuridad, y todo aquello era para sumirlo en el terror. 
Irremediablemente se sintió perdido. No tenía miedo a morir pero le desagradaba la idea de que lo convirtieran en un monstruo. Convertirse en lo que combatía, muchas veces había pensado en eso, ahora estaba por pasarle. 

De repente lo empujaron con tanta fuerza que voló y chocó contra una pared. Al caer al suelo creyó que aquel era el fin, pero en ese momento hubo una explosión terrible, y una luz blanca, y al instante un estruendo y un temblor, y ya no supo más nada. 
Volvió en si mucho rato después. La lluvia resbalaba por su rostro. Se enderezó a medias y contempló la devastación que lo rodeaba.  Demoró un minuto en comprender lo que había pasado.  Un rayo había alcanzado la capilla y esta se había derrumbado casi en su totalidad. Él se había salvado por un milagro, esa era la palabra exacta.    
La tormenta cesó abruptamente, como si la hubieran apagado. Cuando Gerard se levantó la luna volvió a mostrar su cara.  Revisando entre los escombros encontró al cura, a lo que quedaba de él, solo sus pies sobresalían de una pared que lo aplastaba.   No muy lejos de allí estaba el vampiro. Tenía las piernas y casi todo el torso aplastado.  Cerca de él se hallaba un gran trozo de viga quebrada, y en un extremo se formaba una punta. Gerard colocó la punta en el pecho del engendro y la hundió con fuerza. Enseguida el vampiro se desintegró. 
Después el cazador miró hacia arriba y agradeció, y partiendo rumbo al pueblo atravesó el cementerio bajo la luna y un cielo que se abría en todo su esplendor.

6 comentarios:

  1. Maravilloso! me encantó este desenlace aunque me gustaría leer sobre la batalla del maestro de Gerard contra el vampiro.

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    1. El maestro perdió en el quinto asalto, gancho al hígado ¡Jaja! No describí esa pelea porque el cuento me iba a quedar muy largo para lo que estaba publicando en ese momento. Gracias por comentar. ¡Saludos!

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  2. Fascinante final amigo!. Gerard si que tiene mucha suerte, ya que, si el vampiro derrotó a Harris que era un cazador experto, no se si Gerard lo hubiese derrotado. Aunque el vampiro estaba jugando sucio al crearse ventaja. Pero lo importante es que el temible vampiro fue borrado de la tierra ppr Gerard!. Pudo vengar a su maestro. Estupenda historia amigo!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Me alegra que también leas cuentos viejos. Si todavía no leíste "EL circo" te lo recomiendo. Gracias. Saludos!!

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