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jueves, 29 de mayo de 2014

Entre monstruos

Dieter era parte de una fuerza invasora, pero él no quería estar allí. Él se sentía como en una pesadilla, en un sueño espantoso donde todos se habían convertido en monstruos, y él fingía ser uno de ellos para que no lo atraparan. É era un soldado alemán. 
Ahora se encontraban en Francia. Fue durante un invierno crudo, de mucha nieve. Él se mezclaba en un batallón que avanzaba de pueblo en pueblo sometiendo a los lugareños.   Arrasaban con la resistencia que encontraran (Dieter siempre apuntaba muy bajo o muy alto intencionalmente) y revisaban casa por casa, saqueando algunas, y hacían que la gente esperara afuera, tendidos en la nieve.   A Dieter aquello le parecía algo horrible; entrar en un hogar, revolver todo, romper cosas, “confiscar” otras. Pero si decía algo los “monstruos” se iban a dar cuenta. ¡Este no es uno de nosotros! 
Avanzaron como una plaga hasta un pueblo pequeño ubicado al pie de unas montañas blancas. Una vez instalados organizaron grupos de reconocimiento; Dieter formó parte de uno de ellos, eran seis soldados. Buscaban casas aisladas.  
Tras una rato de marcha se hallaron en medio de la nada, en un paisaje blanco, helado. Después llegaron a un bosque de troncos delgados y ramas cubiertas por la nieve que parecía muerto, un lugar desolado y silencioso. Otro rato de marcha y el paisaje ahora era un bosque de pinos. 

En aquel lugar el clima comenzó a ponerse más frío. El cielo quedó blanco, empezó a arreciar un viento fuerte y este vino con abundante nieve. Ahora todo el bosque aullaba horriblemente como si hubiera despertado enfadado. Viento, nieve, frío penetrante y miles de pinos aullando. Si no encontraban un refugio iban a morir en aquella tormenta. Estaban muy lejos como para volver con aquel clima.  
Uno de ellos divisó una cabaña. Mientras los otros apuntaban sus armas, temblando de frío, Dieter golpeó la puerta. 

- ¡Hazlo más fuerte! -le gritó uno de sus compañeros. 
- Parece que no hay nadie -dijo Dieter, volviéndose hacia los otros. 
- Parece, tienes que insistir. Grítales que si no salen vamos a balacear el lugar -le dijo otro. 

Dieter golpeó de nuevo, gritó lo que le ordenaron en francés (era el único de los presentes que dominaba ese idioma), y para que sus compañeros no balacearan el lugar entró primero a la vivienda, al ver que la puerta había cedido algo con el último de sus golpes.  Después irrumpieron los otros y revisaron todo.  No había nadie, pero no era una cabaña abandonada, alguien estaba viviendo allí. Supusieron que tal ves ese día se encontraba en el pueblo. Ahora la cabaña era su refugio. Cerca de la chimenea había una pila de leña seca, la encendieron y de a poco fueron recuperando el calor. Afuera la tormenta de nieve rugía cada vez más por todo el bosque. 
Cada uno llevaba una buena provisión de comida.  Dieter los vio, como tantas veces, comer entre risas causadas por anécdotas repugnantes. Para tratar de no escucharlos, tragó su comida y comenzó a recorrer la habitación.  Los otros habían revuelto unos libros, buscando algo oculto en ellos; Dieter examinó sus portadas. Los libros eran antiguos y no estaban escritos en francés. Reconoció el latín en uno, pero los otros no sabían en qué idioma estaban escritos; pero por las pistas que daban algunas ilustraciones Dieter supo que eran libros prohibidos, eran libros de brujería. Mirando aquellos viejos volúmenes se preguntó si se hallaban en la casa de una bruja, y paseó su mirada por la habitación. 

Cuando llegó la noche se acomodaron en el piso para dormir sobre sus lonas; el de más rango había tomado la única cama.  Al rato la habitación estaba llena de ronquidos. 
Dieter despertó de madrugada, paralizado. Con horror comprobó que no podía mover ni un músculo. Se había acostado con la cabeza ladeada hacia sus compañeros. La chimenea aún estaba encendida y arrojaba bastante luz sobre ellos. Los otros estaban muy quietos y ya no roncaban, y al lado del que estaba sobre la cama había una figura encorvada que estaba de pie. Parecía ser una mujer muy vieja, y cuando esta se movió un poco Dieter pudo ver su cara: era una bruja. 
La bruja se inclinó hacia el soldado y le ladeó la cabeza, sacó una aguja larguísima de entre sus ropas y se la clavó lentamente en un oído, entre risitas.  Después se acercó a otro. Todos estaban paralizados por un hechizo.  Al segundo soldado le metió la aguja por la nariz y la revolvió, siempre emitiendo una risita aterradora. Dieter ahora sentía un terror atroz; los otros también, porque estaban bien despiertos.  A la tercera víctima la bruja le hizo saltar los ojos con su propia bayoneta, con la que este decía haber liquidado a varios.  Dieter ya no podía con tanto terror, mejor iba a ser la muerte. Cerró los ojos para no ver cómo liquidaba a los otros, pero escuchó ruidos que igual resultaban aterradores.
Cuando llegó su turno la bruja pareció dudar. Lo acomodó boca arriba y, mirándolo a los ojos se fue acercando a su cara, sonriendo. Dieter no pudo más y se desmayó. 
Volvió en si cuando ya era de mañana. Ahora podía moverse. Sus compañeros muertos no estaban allí. La bruja, que ahora ya no lucía tan horrenda, preparaba un desayuno en la chimenea. 

- Los enterré en el bosque -dijo la bruja, respondiendo lo que Dieter se había preguntado para si. 
- ¿Por qué no me mató? -le preguntó Dieter. 
- Porque vi que no eras malo, y porque me vas a ser muy útil. 
- ¿Cómo? 
- Te lo diré después del desayuno. 

Unas horas después Dieter volvió al pueblo. Allí le dijo a un superior que los habían atacado en el bosque, y que fue un pequeño grupo de hombres, seguramente la resistencia local. Inmediatamente organizaron otro grupo, y Dieter se ofreció para guiarlos.  
Cuando llegaron al bosque de pinos empezó a soplar una tormenta de nieve. Un rato después Dieter dijo divisar un refugio; era una cabaña. 

   

miércoles, 28 de mayo de 2014

Cazadores de vampiros (última parte)

Los cinco vampiros corrieron velozmente hacia la arboleda. Felipe Y Jonathan habían encendido una hoguera. Tenían ballestas con flechas empapadas en concentrado de ajo, un puñado de estacas largas y puntiagudas y un machete cada uno, pero su mejor arma era el líquido concentrado de ajo, que esparcido por todos lados les iba a dar una ventaja, eso esperaban. 
Cuando los vampiros alcanzaron la arboleda fueron repelidos por el olor a ajo. Se sacudieron horriblemente como queriendo quitarse aquel olor, luego acometieron de nuevo. Daban grandes saltos y alcanzaban las copas de los árboles, intentaban atacar desde allí, pero cuando las linternas de los amigos los enfocaban, saltaban hacia el campo o bajaban gateando velozmente por los troncos hasta que no soportaban el olor a ajo y brincaban para alejarse. 
En cada una de esas incursiones, Felipe y Jonathan intentaban acertarle alguna flecha, mas los movimientos de los vampiros eran rápidos. Rodeaban la arboleda buscando un mejor punto de ataque, probaban uno, eran repelidos, volvían al campo, mientras la noche seguía avanzando.

De pronto uno de los vampiros dio un par de saltos descomunales, posando primero en un árbol y luego sobre el montículo donde se hallaban los amigos; pero Felipe había advertido ese movimiento, y apenas el engendro tocó tierra una flecha se le clavó en el corazón, y acto seguido Jonathan le dio una patada, y el vampiro rodó hasta los árboles mientras su cuerpo se desbarataba rápidamente hasta quedar reducido a un montón de materia irreconocible. 

- Uno menos -dijo Felipe.
- Buena puntería. Quedan cuatro.

Después de eso los que quedaron fueron más prudentes. Cualquier criatura que ataca asechando duda ante un rival que los enfrenta, y los vampiros no son la excepción. Sin la sorpresa de su parte no era lo mismo.
Las linternas los enfocaban desplazándose cerca de la arboleda, arrimándose más a ella, como calculando. Desaparecían de pronto al moverse más rápido. Emitían chillidos comunicándose entre sí y seguían dando vueltas por el lugar.

- ¿Y si se marchan? ¿Qué hacemos? -preguntó Felipe. Aquel "juego" se había prolongado varias horas.
- No podríamos hacer mucho, no los alcanzaríamos. Pero no creo que se vayan , no mientras estemos vivos. 
- Para qué pregunté…

Y los amigos siguieron vigilando en derredor, mirando sobre la ballesta el círculo luminoso de la luz de las linternas que les habían amarrado. 
La luna había iluminado hasta ese momento el paisaje. Una luz pálida mostraba todo pero a la vez desteñía las cosas, e iluminados por esa luz los vampiros lucían más horribles, resaltaban sus rasgos de murciélago. Mas esa claridad no iba a durar toda la noche, pues una niebla espesa iba avanzando por la pradera. Cuando la vieron los amigos se miraron preocupados. Aquella niebla iba a disminuir la visibilidad, y con su humedad seguramente el olor a ajo se iba a desvanecer bastante. Tenían que actuar antes de que llegara al lugar, debían tomar la iniciativa. 
Bajaron, y con las linternas apagadas se escabulleron entre los árboles. Cuando vieron a los vampiros, éstos se encontraban mirando hacia la niebla que se aproximaba. 
Un flechazo entró por la espalda de un vampiro, justo en el corazón; y otro se volvió en ese momento para recibir una en el pecho. ¡Dos menos! Los dos que se salvaron saltaron hacia la copa de los árboles.   Jonathan fue a correr haca la cima del claro pero Felipe lo detuvo tomándolo del hombro. 

- No vamos a llegar, amigo, nos van a caer encima -explicó Felipe, que aunque no era un experto en vampiros tenía mucho sentido común, y había visto lo que podían hacer aquellos monstruos. 
- Tienes razón. Vigila hacia arriba pero no enciendas la linterna hasta que estén bien cerca. 

Los vampiros descendían gateando. Los amigos, sin dejar de vigilar del todo hacia arriba, corrían de un tronco al otro. Los vampiros, que los veían desde arriba, brincaban de aquí para allá, de un árbol a otro, entre las sombras de éstos. Ahora esa era su estrategia, se mantenían arriba, alejados del olor que los espantaba, esperando el mejor momento. Y cuando uno de ellos creyó que había llegado su oportunidad se lanzó hacia abajo y cayó sobre Jonathan, pero éste era hábil, y en un instante tenía una estaca corta en la mano, y la propia arremetida del vampiro hizo que la estaca se le hundiera en el pecho. 
El último que quedaba, al ver aquello gritó horriblemente, después saltó hacia el campo, corrió hasta una distancia prudente que lo mantuviera a salvo de las saetas de los amigos y se detuvo allí; todavía no se rendía. 
La suerte estaba ahora de parte de los amigos, pues una brisa empezó a soplar de pronto, impidiendo que la niebla se acercara más, y disolviéndola luego. 
El enfrentamiento ya llevaba varias horas. Estaban en verano y las noches eran cortas. 
Una claridad empezó a sumarse a la de la luna; amanecía.  Entonces el último vampiro volteó hacia esa claridad creciente y lanzó otro grito, después se volvió hacia la arboleda y corrió hacia ella, en un último intento desesperado; más una claridad súbita, el primer destello del sol, apareció tras una loma lejana, deteniendo en seco al vampiro, destruyéndolo después ante los ojos de los amigos. ¡Habían triunfado!, por el momento. 
Ya con el campo inundado de luz, los dos, sintiéndose victoriosos, avanzaron rumbo a donde habían dejado la camioneta. Al llegar a ella Jonathan miró hacia atrás, pensó algo y dijo: 

- Es extraño, por lo que sé, no es común que hubieran tantos vampiros en un lugar.
- Ahora que lo dices, aunque no soy un experto como tú, también me parece extraño. Si son tan cuidadosos como me contabas, ¿por qué se amontonaron en una sola casa. Se me ocurre que tal vez sólo era un puesto de avanzada. 
- Espero que no -deseó Jonathan. 

Los dos presentían ahora algo terrible. El día anterior no habían visto a nadie en el caserío del establecimiento, si bien habían pasado algo lejos, era extraño que no vieran a nadie. Cuando llegaron al caserío vieron que las ventanas estaban ahora tapiadas o encortinadas exageradamente: adentro todos eran vampiros. No habían salido esa noche porque aún no estaban del todo convertidos. 
Y esa avanzada de los vampiros estaba ocurriendo en todas partes, por todo el mundo; le habían declarado la guerra a los humanos, y nuestros cazadores iban a participar en ella…  




  

martes, 27 de mayo de 2014

Cazadores de vampiros (segunda parte)

Partieron poco después del amanecer, ya con un plan en mente. Por el camino los dos iban pensativos. Se iban a enfrentar a un número desconocido de vampiros. 
Antes de salir Felipe intentó llamar al dueño del campo, pero nadie contestó.             Cuando llegaron al lugar cruzaron lejos de la casa principal, la cual se hallaba rodeada de las de los peones.  El día anterior el dueño ya le había dado su permiso a Felipe, no necesitaba pedírselo de nuevo; cuanta menos preguntas le hicieran mejor, además parecía que el tipo no estaba en la casa. Dejaron la camioneta en la que iban en el campo y se aprontaron, se colocaron las mochilas y empezaron a andar.

Felipe, que conocía el lugar, iba guiando a su amigo. Jonathan, además de haber leído e investigado mucho sobre vampiros, contaba con armas y elementos para combatirlos, y era un experto un jujitsu y otras artes marciales. Felipe sólo era un veterinario, pero había sido un buen boxeador amateur, y nunca había dejado de entrenar, lo que lo hacía un tipo duro y fuerte. 
Caminaron largo rato por el campo hasta que divisaron la casa donde se ocultaban los vampiros. 
Felipe agradeció que ningún peón anduviera por la zona. Cuando se acercaron las colgaduras oscuras de las ventanas se agitaron un poco indicando que los espiaban desde adentro. 
El plan era verificar primero si realmente se trataba de vampiros. 

- ¡Hola! ¿Hay alguien ahí? -preguntó Felipe. Nadie contestó.
- Pasemos a la otra etapa -dijo Jonathan, mirando a su amigo. Buscó en la mochila que llevaba, sacó una bomba incendiaria y prendió la mecha. 
- ¡Si no salen voy a arrojarles esto! -gritó Jonatan-. ¡Tienes diez segundos!

Era obvio que los que estaban allí no eran los dueños del lugar. Un propietario normal no tiene por qué ocultarse, y si lo importunas probablemente te saque a tiros.  Si eran humanos que se escondían por alguna razón, iban a tratar de negociar, les dirían que estaban locos, protestarían… eran muchas las acciones que podían tomar, aunque la más probable era que salieran.  Se escuchó que adentro se movían, pero nadie salió: eran vampiros. 
Jonathan arrojó la bomba, ésta rompió una de las ventanas y explotó incendiando lo que habían puesto como cortina. Enseguida se escucharon unos chillidos que no eran humanos. 

- ¡Malditos! -gritaron desde adentro-. ¡Cuando caiga la noche los vamos a dejar sin una gota de sangre!, ¡aahh…! ¡Malditos…!

Esta vez Felipe arrojó una bomba, y ésta estalló más adentro de la casa, y el griterío fue descomunal. Chillaban, maldecían, lanzaban gritos guturales… rompieron la puerta y tres vampiros salieron envueltos en llamas, y ante el ojo del sol se derritieron como lo haría un helado puesto sobre el fuego.
El incendió creció junto con el griterío inhumano. Mas la casa era grande, y como no tenía muebles y estaba muy húmeda no ardió completamente. ´

- Si no se destruye toda la casa algunos se van a salvar -dijo Jonatan. 
- Pero por lo menos destruimos a varios -opinó Felipe. 

Viendo la casa humeante, esperaron varias horas deseando que se derrumbaba, pero no lo hizo en su totalidad. Mas nuestros cazadores de vampiros tenían un plan B. 
Felipe había comentado que cerca de allí había una pequeña arboleda. Fueron hasta ella y comprobaron que era un buen lugar para enfrentarse a los vampiros. Confiaban que éstos, apenas cayera la noche iban a salir a perseguirlos, por venganza y porque los dos sabían de su existencia. 
La arboleda crecía en torno a una zona algo elevada, como si hubieran plantado árboles en derredor de un promontorio; zona ventajosa para repeler un ataque, aunque los troncos también podían brindar protección a los vampiros, pero Jonatan contaba con algo que iba a evitar eso: un líquido concentrado de ajo, algo que los vampiros no soportan.
El sol ya había bajado bastante. Una sombra descomunal bajaba desde un cerro y el silencio del campo empezaba a imponerse. Desde donde estaban veían la humareda de la casa, que ahora era solamente un hilo negruzco. Dentro de ella, los vampiros que sobrevivieron al fuego chillaban de rabia. Ya sentían la noche cercana. Pronto iba a llegar su aliada, y entre las sombras iban a vengar a los otros.   
Cuando el sol se ocultó del todo salió la luna llena en el otro extremo del cielo. Entonces cinco vampiros, ya convertidos en monstruos horribles, olfatearon el aire y voltearon a la vez hacia un resplandor que iluminaba el claro elevado de una arboleda. Allí estaban Felipe y Jonathan, y los esperaban.  





Cazadores de vampiros (primera parte)

Aunque estaba viendo las pruebas, Felipe apenas lo creía: aquello era obra de vampiros. 
Estaba en un campo, en un establecimiento rural. Terminaba de examinar el cadáver de una vaca; a unos metros de él había un grupo de peones que, hablando bajo y mirando de reojo formulaban entre ellos diferentes especulaciones. Finalmente uno se arrimó y le preguntó a Felipe:

- ¿Y, doctor? ¿Qué opina? Yo digo que es el chupa cabras -dijo el peón. Felipe era veterinario y trabajaba a veces en aquel establecimiento rural. 
- ¿Chupacabras? No. Esto es hecho por un animal corriente, posiblemente un puma -les mintió Felipe. Aquello no era el trabajo de un puma, la mordida era muy diferente. Si se parecía a lo que le describiera un amigo convencido de la existencia de los vampiros. 

Jonathan (el amigo de Felipe) le decía que los vampiros suelen alimentarse de animales, seguramente porque de hacerlo únicamente de humanos tarde o temprano revelarían su existencia, y les conviene permanecer como un mito, como una leyenda, algo que existe solamente en cuentos y en la imaginación de gente supersticiosa, y así sobreviven siglo tras siglo.  
Ante la evidencia, Felipe se hizo creyente. Le dijo a los peones que era mejor enterrar al animal, por seguridad, y mientras éstos lo hacían salió a recorrer el campo. 
El sol estaba alto y eso le daba confianza; la luz del astro rey es mortal para los vampiros. 
Caminó mirando la lejanía, especialmente hacia unos cerros llenos de grutas y montes. Pensó que tal vez se ocultaban en aquella zona. Pero pronto descubrió un posible escondite más cercano. Encontró una casa solitaria. A esa hora dicha casa se hallaba bajo la sombra de un gran árbol ubicado en el patio de ésta. No había perros, algo inusual en el campo. Las ventanas estaban cubiertas desde el interior por unas colgaduras oscuras, que Felipe juzgó no eran cortinas, sino frazadas. Al acercarse más sintió que lo observaban, y las improvisadas cortinas se sacudieron un poco. Después escuchó unas pisadas muy particulares, pues parecían sonar en el techo, como si gatearan en él, también andaban por las paredes.
Aquel era el refugio de los vampiros. ¿Qué hacer ante esa revelación? ¡Vampiros! ¿Qué otros horrores existirían también en el mundo? Quién iba a creerle, si él mismo no le había creído a su amigo durante largo tiempo. Y pensando en todo eso decidió que debía hacer algo. Sin dudas su amigo lo iba a ayudar. Se alejó de allí y volvió a las casas del establecimiento rural. 
El dueño del lugar esperaba noticias:

- ¿Qué halló, doctor? Los peones dicen no haber visto heridas así antes. ¿Será algún tipo de infección…?
- No se trata de una infección. Que no entendieran qué animal hizo eso no me extraña, me costó un poco identificar las mordeduras. En mi opinión fue un puma. Probablemente un puma viejo, con la dentadura mal trecha, por eso no parece la clásica mordida de esos felinos. 
- Eso lo explicaría, claro. Por eso busco la opinión de los que realmente saben -se convenció el tipo.
- Pero aunque no sea el “chupa cabras”, igual hay que tener cuidado. Es mejor que no salgan de noche, porque si lo piensa bien, es peor que se pierda una vida humana, ¿no?
- Por supuesto, aunque tengo que cuidar a las vacas también…
- Y para eso me paga usted. Tengo un amigo que es experto cazando pumas problemáticos, y lo hace sólo por diversión, y a mí también me gustaría echarle mano a ese felino mutila vacas. Si me lo permite mañana mismo vengo a cazarlo, sin cobrarle nada extra, claro -dijo Felipe. Sabía que el tipo era tacaño.
- Si no fuera tan viejo me uniría a usted también. Cuando venga diga nomás si precisa algo, si quieren que algún peón los acompañe, cualquier cosa. 
- Muy bien. Hasta mañana. 

Y Felipe partió en su camioneta rumbo a la ciudad. Por el camino llamó a su amigo y le habló sobre la situación. Ya en la cuidad fue a la casa de éste, y estuvieron planeando qué hacer y hablando de vampiros hasta la medianoche.  
El asunto era complicado para los dos. Jonathan era experto en el tema pero nunca se había enfrentado a un vampiro, aunque estaba bien preparado si la ocasión se presentaba; y Felipe no quería dejar a aquella gente a merced de unos vampiros, pero tampoco quería perder la vida. No podían contar con la ayuda de los peones del lugar ni con otra gente, porque si le decían la verdad, o no le iban a creer o no iban a querer acompañarlos, y si no decían nada, ¿cómo iba a reaccionar al ver un vampiro alguien que creía perseguir a un puma? Además no era justo llevar a alguien que desconocía cuál era la presa. Estaban solos.   

lunes, 26 de mayo de 2014

¡Llegó el payaso!

Maldito sea el día que concurrí a aquella fiesta.  Me invitó Ernesto, un compañero de trabajo, su hijo menor cumplía años.    Al suponer que se trataba de una fiesta infantil agradecí pero no pensaba ir. Ernesto pareció leerme el pensamiento e insistió en que fuera porque también era para los mayores, que había invitado a varios conocidos, y se autoproclamó, un poco en broma, un gran cocinero de hamburguesas a la parrilla. También me aseguró que habría mucha cerveza, con eso terminó de convencerme.   Esos días estaba haciendo mucho calor, y refrescarse con algo gratis siempre parece mejor. 
Era en una zona residencial. Llegué como a las cinco. Todos estaban en el patio del fondo, que era amplio y también tenía un jardín.  Ernesto se había puesto un gorro de “chef” y asaba sus tan mentadas hamburguesas en una parrilla con carbón.  Los niños y el cumpleañero andaban correteando por todo el lugar. Después de saludar me senté, y un minuto después ya disfrutaba de una hamburguesa y una fría que tomé directamente de la botella.  
No eran muchas las personas mayores pero el ambiente estaba animado. La gente conversaba, los niños seguían jugando, correteando, haciendo algunas pausas para tomar refresco; era una linda fiesta. 

Pero sobre nuestras cabezas el clima estaba empeorando. Aparentemente solo a mí me preocupaba, porque noté que nadie miraba hacia arriba. Supongo que a la gente criada en la ciudad no le importa tanto el clima; la gente del campo depende de él.     
El cielo cada vez se oscurecía más, y en un momento tomó un tono medio verdoso. Pero a pesar de eso la pequeña fiesta continuaba igual, mas advertí que a Ernesto lo molestaba algo. Lo vi hablar varias veces por su celular con cara de enfadado, y miraba su reloj. Cuando me arrimé por otra hamburguesa él nuevamente estaba llamando, y escuché parte de lo que dijo: 

- ¡Ya hace dos horas que era para estar aquí! ¡No me importa que inconveniente ha tenido, ya pagué para que le animara la fiesta a los niños! ¡No, no me interesa, venga como pueda! -y cortó. 

Al volverse hacia mí seguramente supuso que escuché algo y me explicó brevemente. 

- Contraté a un payaso y el irresponsable todavía no viene. 
- Igual los niños la están pasando bien -le dije con la intención de calmarlo. 
- Sí, pero prometí que iba a traer un payaso. Pero bueno… ¿Te sirvo otra? 
- Sí, están estupendas. 

Después volví a mi asiento, con otra fría en la mano, para bajar la hamburguesa, que ya era la tercera. 
Debido a la tormenta oscureció temprano y tuvieron que encender las luces. Un rato mas tarde ya no veía el cielo, por la luz de los focos, pero podía sentir la tormenta, a la lluvia inminente. Y comenzó a llover.  Los presentes se sorprendieron (como si el clima no lo hubiera anunciado antes), y mas de uno debe haberse tragado un montón de goteras al mirar hacia arriba con la boca abierta. ¡Está lloviendo!   Los anfitriones hicieron pasar a todos a la casa. Aquel era el fin de la fiesta, pensé. 
La lluvia no vino sola, comenzó a relampaguear y reventaron algunos rayos.   Nos acomodamos en una sala que daba al patio, desde allí podíamos verlo por unas ventanas enormes y bajas.  
De pronto (no hay palabras que lo expresen mejor, porque salió de la nada) vimos a alguien en el patio, y era un payaso. Estaba mirando hacia la ventana, hacia nosotros, y tenía una sonrisa fiera.

No todos notaron que apareció de repente, de la nada, pero parece que igual sintieron algo raro, porque un momento después de su aparición todos quedaron mudos mirando hacia el patio. Y enseguida llegó el terror. Explotó otro rayo y se cortó la luz. El payaso ahora ya no estaba en el patio. Un instante después gritaron fuerte detrás de mí, y cuando giré un relámpago iluminaba la habitación, y el payaso estaba cerca de una mujer.  Al oscurecerse de nuevo la habitación el griterío fue general. Cada vez que un relámpago iluminaba el lugar el payaso estaba en otra parte, al lado de otra persona. Los relámpagos parecían ser cómplices del madito payaso, y entraban uno tras otro en la habitación. Hubiera preferido que todo permaneciera oscuro para no ver tantas veces al payaso.   Algunos lograron salir por un corredor y otros solo gritaban. Levanté a un niño en brazos y tomé a otro de la mano y salí por el corredor. 
Tenía miedo, no lo voy a negar, pero no sentía que corriera peligro. Aquella aparición solo podía asustar. Volví y llevé a una señora que se había desmayado. No sé cuanto duró aquella locura. Finalmente todos salieron de la casa. 
Como es lógico suponer, el payaso había muerto en un siniestro por tratar de llegar al cumpleaños.

domingo, 25 de mayo de 2014

¡Zombies!

De pronto Guillermo estaba acostado en una cama, en una habitación desconocida, y al mirar hacia un lado vio que no estaba solo, había más gente acostada allí. Estaban tendidos en camas o en colchones sobre el suelo, y también había mujeres. “¿Qué hago en esta habitación? ¿Quiénes son esos, por qué están todos amontonados?”, se preguntó Guillermo, totalmente confundido. 
Su desconcierto aumentó cuando vio que todos estaban armados. Algunos dormían, otros ya estaban despiertos y se habían enderezado a medias o estaban de lado sobre uno de los codos. 
El aire era pesado al haber tanta gente amontonada allí. Guillermo pensó que aquello no era un sueño, pero tampoco parecía ser su vida.  Y se escuchaba un ruido de fondo fuera de la habitación, “¿Son gemidos lo que oigo?…”. 
De repente se abrió una puerta, apareció un tipo que llevaba una metralleta colgada en el hombro, y este les gritó: 

- ¡Muy bien, señores y señoras, es hora de levantarse! ¡Los zombies están muy inquietos hoy y el edificio está completamente rodeado! ¡Tendremos que darles su ración de plomo! ¡A levantarse! 
- ¿¡Zombies!? -preguntó con un grito Guillermo, al tiempo que se levantaba en un movimiento brusco y rápido-. ¿Qué quiere decir con, zombies? 
- ¿Y a este que le pasa? -preguntó a su vez el tipo dirigiéndose a otros. Algunos hicieron un gesto que decía “Yo que sé, recién me despierto”, pero otros se pusieron serios, y una mujer se irguió y tomó un revólver. 
- Tal vez enloqueció -opinó la mujer-. No quiero a un loco aquí. He visto enloquecer a muchos y no es bueno, no quiero a un loco armado. Di algo más, Guillermo. 

Ahora todos estaban despiertos, y los más próximos fueron deslizando disimuladamente sus manos hacia las culatas, mirándolo a él. Guillermo pensó rápido y tuvo que mentir: 

- Compañeros, no estoy loco, solo me desperté algo confundido. Disculpen si los inquieté. 

Con esas palabras todos parecieron calmarse y la mujer sonrió.  Tras reiterados bostezos y estiramientos fueron abandonando la habitación. Guillermo quedó por último. Sobre la cama que ocupara había una metralleta, la tomó y salió también. 
Había mentido para salir de aquel apuro, no tenía ni la más remota idea de lo que hacía allí ni recordaba a ninguna de aquellas personas. Al pensar lo que dijo el tipo sobre los zombies se estremeció. “Zombies, no puede ser, no, imposible. ¿Serán esos gemidos que se escuchan? Que no sean zombies, zombies no…”, razonaba mentalmente Guillermo. Muchas veces había soñado con muertos vivientes, y todas las películas del género lo impresionaban bastante. “¿Será esto otra pesadilla? ¡Diablos! No es una pesadilla, pero, ¿Qué es? No recuerdo casi nada”. 
Avanzó junto a otros por un corredor y llegaron al pie de una escalera. Los otros comenzaron a subir. Ahora los gemidos y los gritos se escuchaban más claros.  Guillermo quedó petrificado, pero los empujones de los de los que venían atrás lo hicieron reaccionar y subió también.  Ahora estaban en el techo del edificio. Guillermo lloraba por dentro. Los gemidos que venían de abajo aumentaron cuando las personas se asomaron. Se acercó unos pasos más y los vio.  Una horda de zombies decrépitos, ya con jirones de ropas nauseabundas y piel acartonada y gris, un gris asqueroso, rodeaba el edificio por todos lados.  Los que estaban contra la pared arañaban los muros con las uñas y gemían mirando hacia arriba. 

Las personas que estaban con Guillermo abrieron fuego hacia abajo y se desató una balacera infernal. Él, aterrado hasta un punto que no creía posible, se unió a ellos por no saber qué otra cosa hacer. Aquello era mil veces peor que la más angustiante de sus pesadillas con muertos vivientes. 
Al notar que el rugir de la balacera había disminuido, advirtió que algunos bajaban del techo por la escalera, y alguien que pasó a su lado dijo que los zombies habían logrado entrar al edificio. 
Una verdadera batalla se desató abajo, y crecieron los gritos junto con las detonaciones. 
Todos los que estaban en el techo bajaron, dejando solo.  Y la situación seguía empeorando. Los cuerpos de muchos zombies se habían apilado contra el muro, y ahora otros los usaban para acercarse más al techo, y algunas manos decrépitas ya casi alcanzaban a treparse. 
Dentro del edificio ya no sonaban tiros, solo se escuchaban gemidos y alaridos de zombies.
Cuando comenzaron a asomar en la escalera los de afuera alcanzaron el techo.  Guillermo sintió un terror tan horrible que pensó que aquello no podía ser real, pero tampoco era una pesadilla, aquello tenía que ser… el infierno. 
Él había muerto y ahora estaba en el infierno. Al darse cuenta de ello todo se vaporizó entre llamas y resonaron carcajadas llenas de maldad. 
De pronto Guillermo se encontró sentado en un avión militar en pleno vuelo. Estaba rodeado de soldados y él vestido como uno. Nuevamente no tenía ni la más remota idea de por qué estaba allí.     Un sargento se les aproximó desde la parte delantera del avión y les dijo: 

- ¡Soldados, el país está sufriendo una especie de rebelión civil violenta! ¡Parece que parte de los ciudadanos enloquecieron. No sabemos las causas! ¡Tenemos autorizado usar fuerza letal! ¿Alguna pregunta?
- Sargento, ¿Es cierto lo que dicen, que los atacantes son zombies? -preguntó un soldado. 
- ¿¡Zombies!? -exclamó Guillermo. 

El infierno lo hacía saltar de una situación con zombies a otra: ese era su infierno.   

sábado, 24 de mayo de 2014

La Luna y el cazador (última parte)

Mauro sentía que su recién conocido escondía algo, pero no se sentía amenazado por él. 
Cuando se aproximaba el mediodía Mauro salió a explorar la costa del arroyo. Willy encendió otra fogata y puso unas latas de comida a calentar. Al rato Mauro apareció con un víbora enorme en sus manos; el animal ya no tenía cabeza pero todavía se retorcía. 

- Carne fresca -dijo Mauro. 
- ¡Oh! Y buena. Si habré comido serpientes en los cursos de supervivencia del ejército… Pero ya abrí unas latas de comida, y no hay que desperdiciar, ¿no? 
- Bueno, pero ahora voy a limpiar esta víbora. 

No mucho después había carne de reptil asándose en la fogata.  El humo se elevaba hasta el puente que tenían por techo y se desparramaba hacia los lados. El arroyo estaba transparente, y nadaban en él unos cardúmenes inquietos de pececitos.  La naturaleza estaba muy quieta, y en las arboledas cercanas cantaban furiosamente unas cigarras, todo un coro de ellas.  El día desbordaba luz por todos lados, pero algo sumía en reflexiones oscuras a los dos viajeros.  
Después de comer se bañaron en el arroyo, luego se acostaron boca arriba sobre la rivera tapizada de pasto corto y empezaron a hablar. El primero en revelar algo fue Willy: 

- Sabe, aunque no me crea, ese cuchillo que tiene algún día puede serle muy útil. 
- Ya me es muy útil -dijo Mauro. 
- Lo sé. Yo me refería a… si se topara con un hombre lobo. 
- Sí que se lo creo. Entonces, ¿el kukri bañado en plata es para eso, para usarlo contra un hombre lobo? 
- Si se diera la ocasión… 
- Willy, ya que usted lo confiesa yo también voy a hacerlo -se sinceró Mauro-. El baño de plata se lo mandé hacer justamente para eso. 
- ¡Ah! Ya me parecía. Así que ha visto un hombre lobo, ¿o solo cree en ellos? 
- He visto uno. 
- Yo también. 

En aquel punto los dos sentían que de decir algo más iban a revelar sus planes, entonces quedaron callados, en un silencio algo incómodo, y Mauro quiso poner punto al asunto: 

- Sí, más vale estar preparado, hombre prevenido vale por dos. 
- Eso mismo. 

Mauro cerró los ojos y en unos minutos se durmió. Willy se levantó, se alejó un poco y se puso a tirar piedritas al agua.  Iba hacia una misión personal muy difícil, y ahora conocía a alguien que podría entender su causa e incluso ayudarlo; pero lo que iba a hacer era delicado, no podía revelarlo así nomás a cualquiera.  
Willy volvió a echarse sobre la hierba y se durmió también; había manejado toda la noche y necesitaba estar descansado. 
El primero en despertar fue Mauro, y al ver lo avanzada que estaba la tarde se levantó; en ese momento Willy se despertó. 

- Bueno, compañero, yo voy a seguir mi viaje. Gracias por la comida. Gente como usted no se ve mucho por los caminos -le dijo Mauro. 
- También tengo que seguir, pero espere, ¿hacia dónde va? 
- Hacia el norte.
- También voy hacia ahí, ¿lo arrimo? 
- Bueno. 

El vehículo de Willy estaba cerca, era una camioneta enorme. 

- Vaya camioneta la que tiene, ¿es una Ford F150? -preguntó Mauro. 
- Exactamente. Bastante comedora de nafta pero buena para estos caminos.

Y continuaron el viaje.  Pronto la zona se despobló y solo había matorrales y campos en los costados del camino.   Mauro iba atento, mirando hacia un lado y hacia otro. No sabía dónde estaba el caserío de Mac Gregor.  
Cuanto más avanzaban Willy empezó a notarse algo preocupado. Se detuvo en el costado del camino y consultó un mapa. Después le preguntó Mauro: 

- ¿Hay algún establecimiento rural o algo así más adelante? 
- No sé. 
- Disculpe que le pregunte, pero, ¿hacia dónde va?
- Estoy buscando un caserío que hay rumbo al norte, no sé más de él, solo que todavía no lo encontré. 
- Creo que busca el mismo lugar que yo. 

En ese momento los dos se miraron a los ojos, estudiándose, intentando adivinar.  Finalmente fue Mauro el que se arriesgó: 

- En ese lugar me dijeron que vive un tipo que es un hombre lobo. 
- Mac Gregor.
- El mismo. 
- ¿Y el cuchillo es para él? 
- Para enterrárselo en las tripas. 
- Tenemos el mismo objetivo. Ven, te voy a mostrar algo. 

Fueron hasta la parte trasera de la camioneta, allí había un compartimiento secreto. Willy miró hacia todos lados y después lo abrió, Se descubrió un montón de armas. Willy tomó un revólver y le mostró el cargador a Mauro. 

- Son balas de plata. 
- ¡Vaya que estás preparado! 
- Y tú, ¿pensabas enfrentarlo solo con un cuchillo?
- Tengo dos, y sé usarlos muy bien, además, tengo un as bajo la manga. 
- ¿Lo qué?
- Ahora no te lo puedo mostrar. 
- Espero que sea algo muy bueno, porque ese tal Mac Gregor no está solo.
- Lo sé. Entonces, ¿eres un cazador de hombres lobo? 
- Podría decirse que es un oficio heredado, aunque también cazo otros monstruos. 
- Entonces lo tuyo no es personal. 
- No. 
- Lo mío sí. Mac Gregor es mío. 
- Si me ayudas con los otros es todo tuyo. Pero toma un arma -le ofreció Willy.
- No las necesito, después te explico. ¿Entonces, somos socios? 
- Socios -y se estrecharon la mano. 

Siguieron el viaje mientras planeaban una estrategia. Los dos sentían que el destino los había reunido para combatir al mal, y se sintieron confiados, aunque a Willy le parecía que Mauro se arriesgaba demasiado, y no adivinaba cuál era el “as bajo la manga” que tenía.  
Hacia el final de la tarde vieron una a agrupación de casas desde lejos y se detuvieron. Allí repasaron su plan. A Willy le seguía pareciendo suicida la estrategia de Mauro, pero entendía que no podía detenerlo. 
Cuando la luna ya iluminaba el paisaje Mauro llegó hasta el caserío. Las viviendas parecían abandonadas. El viento hacía traquetear ventanas y puertas entornadas. De pronto salió un hombre de una de las viviendas, y luego salió otro y otro. Eran diez tipos. 
Mauro sintió algo de alivio. Aquellos hombres no estaban allí contra su voluntad, seguramente eran tan malos como Mac Gregor; aunque eso planteaba otra dificultad: cuando se transformaran iban a ser hombres lobo pensantes.   
La luna mostraba que los tipos sonreían confiados. De una de las viviendas salió una figura muy alta, era Mac Gregor, y este dijo con una voz potente: 

- Vaya, miren quién se animó a venir hasta aquí, el hombre lobo rebelde.
- El mismo -dijo Mauro-. Esta es tu última noche. 
- Veremos. ¡Atáquenlo! 

Los diez tipos se transformaron rápidamente. Mac Gregor tomó distancia. 
Los hombres lobo se acercaban gruñendo, se agachaban y abrían los brazos, amenazantes, pero Mauro no se movía, solo desenvainó dos cuchillos y estos brillaron bajo la luna.  Cuando uno de los monstruos arremetió sonó un disparo y la bestia cayó inerte. Eso hizo que todos voltearan hacia el lugar de donde provino el disparo, y Mauro aprovechó ese momento para despacharse a uno. Ahora empezaba la pelea. Mauro se transformó en hombre lobo y atacó a otro. Cuatro de ellos salieron raudamente tras el tirador y los otros empezaron a batirse con Mauro. 
Mauro esquivaba arañazos, contragolpeaba, giraba, se agachaba, saltaba; sus rivales lanzaban alaridos al quedar heridos de muerte y luego quedaban quietos. Al mismo tiempo cerca de allí sonaban unos disparos. Todo fue muy vertiginoso, muy rápido, y terminó pronto. Al final solo Mauro estaba en pie. 
Mac Gregor, que había visto todo y también estaba transformado, lanzó un grito de furia e intentó huir. Pero cuando apenas había dado unos pasos sintió algo en la espalda. Uno de los cuchillos de Mauro había volado y ahora estaba en su espalda.  Mac Gregor cayó de rodillas y giró hacia Mauro, que ya se aproximaba. 

- ¡No puedes matarme! -gritó Mac Gregor-. ¡Tú me debes, yo te di esos poderes! 
- ¡Que yo te debo! Bien, sabes como le pagaron a Judas, ¡con plata! -y tras decir eso le arrojó el otro cuchillo, esta vez a la cabeza. 

Mauro quedó contemplándolo, había liquidado a quien lo convirtiera en un monstruo. Un momento después Willy apareció de las sombras y fue hasta donde se encontraba Mauro. 

- Así que ese era tu as bajo la manga: eres un hombre lobo -dijo Willy.
- Así es. ¿Qué vas a hacer ahora? -le preguntó Mauro, dándole la espalda. 
- Bueno, no sabía que podía ser así, pero es obvio que eres un hombre lobo bueno. ¿Te interesaría ayudarme con mis cacerías?
- Está bien, no tengo nada que hacer. 
- Bien, ahora vamos a limpiar este desastre. 

Una hora después todo aquel lugar ardía en llamas, y los cazadores se alejaban de allí, bajo la atenta mirada de la luna. 

viernes, 23 de mayo de 2014

La luna y el cazador (cuarta parte)

Muy atrás había quedado la casa de Mac Gregor cuando Mauro hizo un alto en el camino.  El nuevo propietario de la casa no le había dicho qué tan lejos se hallaba el caserío donde vivía ahora Mac Gregor, pues no se lo habían indicado.    Mauro supuso que no iba a llegar esa noche.  La Luna se encontraba en un extremo muy bajo del cielo y creaba sombras larguísimas, mientras en el otro extremo brillaba con fuerza el lucero del alba. Ya se escuchaban algunos cantos aislados de pájaros aunque el bosque seguía oscuro.   
Con que claridad Mauro sentía ahora la transición entre la noche y el día. Reanudó su caminata. 
Amaneció de todo cuando alcanzó un tramo donde el camino salía del bosque; ahora serpenteaba entre campos y plantaciones.   Aquella zona no era tan despoblada. Había una vivienda aquí, otra unas cuadras más adelante, y cruzó por varios vehículos que iban rumbo a la ciudad.   
Mauro especuló que por allí no podía estar el escondite de Mac Gregor, el hombre lobo que buscaba para vengarse. 
Un poco más adelante había un puente que era atravesado por un arroyo. Miró hacia el agua y vio que bajo la corriente nadaban algunos peces.  Decidió acampar bajo aquel puente. 

Cuando cazaba estando transformado en un hombre lobo engullía a sus presas, y durante el día no necesitaba comer, pero esa noche solo había caminado. 
En su mochila tenía todo lo necesario para sobrevivir. Un simple anzuelo atado a un hilo de pescar le iba a ser muy útil allí. Cortó una rama larga de sauce, y estuvo pronta su caña de pescar. Usó como carnada la carne de una rana que encontró en la orilla.  Cuando se hizo de algunos peces encendió una fogata pequeña.  Mirando las llamas chisporroteantes se puso a reflexionar. 
Si Mac Gregor contaba con varios hombres lobo no iba a poder con todos.  Aunque él se había revelado la primer noche, no contaba con que otros tuvieran su voluntad, ni su suerte. Seguramente durante el día esos hombres serían prisioneros, pensó, aunque después se le ocurrió la posibilidad de que también fueran tipos malos como Mac Gregor; eso le gustó más, si iba a matarlos era mejor que fueran malos. Pero de nuevo volvía a pensar que no iba a poder con todos.   Sacó de la mochila uno de los cuchillos que había mandado bañar en plata y probó el filo en una hoja.  Sin dudas eran letales para un hombre lobo, pues cuando él estaba transformado no podía ni tocar aquel metal, solo tomarlo de la empuñadura, pero si los hombres lobo eran muchos… 

Consideró el desistir, pero con solo pensarlo se sintió mal. No, tenía que seguir con su meta. Si moría en el intento que así fuera, de todas formas iba a vender cara su muerte. 
Cuando estaba comiendo el fruto de su pesca escuchó que un vehículo se estacionaba en un costado del puente.  Después se acercó a la orilla un hombre muy robusto. El tipo saludó con un “Buen día”, y Mauro saludó de la misma forma. Después el tipo se puso a mirar el agua y dejó un bolso que llevaba en el suelo. Mauro notó que cuando el recién llegado miraba el extremo del arroyo donde se hallaba, en realidad lo estaba estudiando a él. No le pareció rara aquella conducta. Ya hacía tanto tiempo que recorría los caminos que estaba acostumbrado a la desconfianza de la gente. Como el otro parecía muy listo pronto se iba a dar cuenta de que él no era un mal tipo. Finalmente el desconocido dijo, echando otra rápida mirada hacia el agua: 

- Lindo arroyo, y se ve que sale algo. 
- Salieron varios pescados, sí, no sé si siempre es así. Es la primera vez que vengo -comentó Mauro, y tomando uno de los pescados que tenía ensartado en un palo se lo ofreció al otro-. ¿Quiere?, está bien cocido. 
- Bueno -contestó el extraño, tomó el bolso y fue a sentarse al lado de Mauro. 

El otro también era hombre de mundo y conocía a las personas. Enseguida supo que Mauro era un buen tipo.  
El extraño llevaba comida en el bolso, aceptar aquel pescado era como una formalidad, y pensaba retribuir el gesto compartiendo la de él.  Tras tirar los restos del pescado en el agua buscó en el bolso y sacó un gran trozo de salame y unos panes. Tomó un pan y un trozo de salame y se lo extendió a Mauro diciendo: 

- Supongo que todavía tiene lugar para algo más. Este salame está muy bueno, es casero. 
- Habrá que probarlo entonces -dijo a su vez Mauro. 

El salame estaba bastante duro. El que acababa de llegar sacó de su bolsillo una navaja grande estilo “Tanto” y se puso a cortar lonjas finas que iba acompañando con trozos de pan. Mauro, para no ser menos, sacó uno de sus cuchillos, y el objeto enseguida llamó la atención del otro y lo hizo comentar: 

- Bonito cuchillo. ¿Hoja de espiga?  
- Sí, pero de una espiga gruesa. El mango es de ciervo, como ve -le contestó Mauro, y cuando terminó de cortar una lonja se lo arrimó con la hoja hacia él, para que el otro lo examinara. 

El tipo era un gran conocedor en la materia. Lo miró de cerca y frunció el ceño, como muy extrañado: 

- Esto es… ¿un baño de plata? -acercó un poco la hoja a su nariz y estuvo convencido-. Sí, es plata. 
- Así es, es plata. 
- Disculpe mi curiosidad, pero, ¿por qué un baño con plata? 
- Porque queda bien nomás -mintió Mauro, que al darle el cuchillo no esperaba que el otro fuera un conocedor-. La hoja es de acero al carbono, y como se oxidaba mucho le mandé poner eso. 
- Interesante elección. Voy hasta mi camioneta y le muestro algo -y dicho eso se levantó y se fue. 

Volvió con un machete “kukry” en la mano y se lo dio a Mauro. 

- Bañado en plata también -comentó Mauro tras desenvainarlo. 
- Tenemos el mismo gusto para los filos. 
- Eso parece. 
- Por cierto, me llamo Willy. 
- Mauro, un gusto. 

Cuando el sol se había elevado mucho buscaron la sombra del puente. El que los viera en aquel momento pensaría que eran amigos de años. Willy también era un cazador, y tenía un pasado militar, y Mauro parecía uno por la herencia de su padre.  
En situaciones así, en un campamento, aunque este sea improvisado, los hombres suelen sincerarse entre si y se forman amistades rápidamente. Pero cada uno sentía que el otro escondía algo. 
“¿Por qué le habrá puesto plata a su machete?”, pensaba Mauro “¿Acaso sabrá algo sobre los hombres lobo?”

Continúa:    


jueves, 22 de mayo de 2014

La Luna y el cazador (tercera parte)

Mauro era prisionero de un hombre lobo, y él también se iba a transformar en uno. 
La cadena era muy gruesa y estaba muy bien empotrada a la pared. Mauro tanteó el collar que lo apresaba; era de metal y tenía un candado. Echó un vistazo en derredor buscando algo que lo ayudara, pero los objetos del sótano estaban fuera de su alcance.  Lo único que tenía a mano era un balde plástico lleno de agua.  Como sentía mucha sed quiso beber, pero antes olfateó el líquido. Era agua limpia. En ese momento se dio cuenta de que sus sentidos se estaban agudizando. 
Su audición ahora más agudizada escuchó pasos que se acercaban al sótano. Se abrió la puerta y el gigantón bajó por la escalera haciendo crujir los peldaños con cada paso. Su captor se mantuvo a distancia y le dijo:

- Como mataste a mi perro ahora serás mi nueva mascota. Esta noche vamos a salir de cacería, y te voy a usar como a un perro de presa. 
- ¡Nunca! -le gritó Mauro-. En cuanto me sueltes de esta cadena…
- ¡Jajaja! Cuando salga la luna solo serás una bestia, una bestia bajo mi voluntad. Los hombres lobo nuevos no piensan, solo tienen instinto. Ya verás. 

Y el gigante subió las escaleras y cerró de un portazo.   
Mauro quedó pensando en lo que dijo el otro. Preferiría morir antes que dañar a un inocente. 
Pasó el resto del día intentando zafarse de la cadena pero fue en vano. Cuando llegó la noche el sótano quedó completamente oscuro, mas después un haz de luz pálido entró por la ventana, y cuando levantó la vista la luna llena se asomaba por ella. Entonces empezó a trasformarse. 
La transición fue rápida. No era un cuerpo transformándose en otro, aquello era completamente sobrenatural. Era como si la bestia simplemente se materializara en él. Ahora tenía garras, colmillos y un pelaje espeso y oscuro que le cubría todo el cuerpo. 
Escuchó con más claridad que se acercaban al sótano. El otro también estaba transformado en hombre lobo. Bajó las escaleras en la oscuridad y fue hasta él gruñendo. 
Su captor tenía razón, ahora solo era una bestia.   Así como los lobos y los perros son sometido por un líder, Mauro se sometió al otro, y aunque gruñendo dejó que le quitara el collar. 

Después los dos salieron de la casa. La vivienda estaba cerca del bosque, y ambos entraron en él. Mauro iba atrás, era un seguidor. Cuando se detenía para olfatear algo el otro volteaba y le gruñía, y Mauro, sin voluntad lo obedecía. Tenía un recuerdo leganismo de quién era y cuál era su situación, pero no podía pensar en ello, solo iba atento a su entorno, a los olores, y a la actitud agresiva del hombre lobo más fuerte.  El otro evidentemente estaba consciente de todo y pensaba como un hombre, pero como era alguien muy malvado de todas formas era una bestia.  
Haces de luz lunar traspasaban el follaje y se concentraban en algunas zonas despejadas. 
De pronto un olor llegó hasta Mauro; era un ciervo. Comenzó a rastrearlo, y cuando el otro se dio cuenta corrió hacia él enfurecido. Le lanzó un zarpazo circular y Mauro se lo bloqueó con el antebrazo. Aquella reacción defensiva era humana, y provocó un chispazo de consciencia en Mauro, pero fue solo un instante. Tras una nueva amenaza del otro hombre lobo volvió a someterse y se agachó bajando la cabeza. Desde ahí el otro no lo perdió de vista. 
Alcanzaron el costado de un camino y allí el líder lo hizo detenerse, y agazapados tras unos arbustos esperaron a una presa: era una cacería de humanos. 

La luz de un vehículo se fue aproximando. Como el camino estaba en muy malas condiciones iba a baja velocidad.  El licántropo mayor hizo un gesto y Mauro arremetió contra el vehículo. Lo embistió de lado y lo levantó desde abajo haciéndolo volcar. Los que iban a dentro (una familia) lanzaron un grito de terror. El auto quedó de lado y sus ocupantes empezaron a gritar más.   
Cuando Mauro escuchó gritar a unos niños se detuvo. Fue como cuando alguien está soñando y de pronto toma conciencia de lo que pasa.  Se miró las manos-garras, palpó su cara, y lanzó un aullido de rabia. Fue hasta el auto y lo acomodó sobre sus cuatro ruedas. El conductor no entendía nada, pero aceleró cuanto pudo y se marcharon de allí dejando una nube de polvo.  
Escaparon justo antes de que el otro hombre lobo saltara al camino.  Aquel momento de plena conciencia se fue desvaneciendo, pero antes de someterse nuevamente Mauro salió corriendo. El otro no lo siguió; sabía que podía dominar a la bestia, pero no al hombre que le diera una paliza la noche anterior. 

Ahora Mauro estaba libre, pero la bestia seguía con él. 
Las noches de luna llena que aún quedaban las pasó en otro bosque distante. Durante el día pensaba mucho. Ya no podía vivir como un hombre normal. Al regresar a su ciudad alquiló su casa, vendió casi todo lo que tenía y desde ahí empezó a vagar por los caminos.  Cuando se transformaba no podía evitar cazar animales, pero se mantenía lejos de los humanos. Con su gran voluntad y ejercicios de concentración fue dominando a la bestia. Después de varios años consiguió transformarse y volver a la normalidad a voluntad. Ahora estaba listo para enfrentar a su enemigo como un hombre, pero con el poder de un hombre lobo. 

Con el amanecer los recuerdos de su odisea se disiparon. Hizo una pausa y durmió en una arboleda que estaba cerca de la carretera. Continuó su viaje por la tarde. No sabía la ubicación exacta de la casa donde estuviera encadenado, pues solo recordaba el fondo de esta, pero creía encontrar fácilmente la zona donde se hallaba.  Cuando tomó un camino rodeado de bosques supo que estaba cerca. Se detuvo frente a la casa cuando ya se había hecho noche. No tuvo dudas de que aquel era el lugar. La luna llena lo llenaba de fuerzas. Atravesó el patio de la propiedad y vio que adentro había una luz encendida. Pero aquel no era el olor de su enemigo, era otro tipo. Alguien lo vio por una ventana y salió de la casa para preguntarle: 

- ¿Qué desea? -era un señor mayor, menudo de tamaño, y Mauro no sintió ninguna amenaza en él.
- Busco al dueño de la casa -respondió Mauro, algo sorprendido por la situación. 
- Usted tal vez busca al antiguo dueño, un tipo muy alto, de pelo muy claro, ya canoso…
- A ese es al que busco. 
- ¡Ah! Por su aspecto supongo que usted es un conocido del señor Mac Gregor, él lo describió, y dejó algo dicho para usted. Creí que nunca iba a venir, porque de eso hace mucho, en fin… Me dijo que le informara su nueva dirección. Está en un caserío ubicado al norte de aquí. Es un lugar muy solitario. También me dijo que le avisara que allí tiene toda una jauría de perros, y que vaya cuando quiera. Sí eso fue lo que dijo. 
- Bien, muchas gracias. Disculpe que haya entrado así -se despidió Mauro. 
- No pasa nada. Adiós, joven.  

Mac Gregor, así se llamaba su enemigo. El muy cobarde se había cambiado de lugar, seguramente temiendo que él lo encontrara. La jauría de perros en realidad debía ser de hombres lobo, supuso acertadamente Mauro. No importaba, de todas formas lo iba a buscar. Y se alejó por el camino a paso firme, siempre bajo la luna. 

miércoles, 21 de mayo de 2014

La luna y el cazador (segunda parte)

El encuentro con los vagabundos había quedado muy atrás.  Ahora cada paso de Mauro era iluminado por la luna, y la carretera que se extendía hasta perderse de vista parecía un arroyo congelado y oscuro, y los pastos de los costados, sus riveras. La calma era absoluta, al igual que el silencio.
Mauro sentía la enorme energía que le brindaba la luna.  Ahora él controlaba aquel poder. El hombre había triunfado sobre la bestia, aunque eso le había llevado muchos años.
La noche en la que fue “contagiado” con aquello siempre volvía a su memoria cuando había luna.
Había caminado todo el día por un bosque sin conseguir una presa. Demasiado tupido era el lugar; senderos de animales llenos de curvas, muchas ramas secas en el suelo, todo aquello dificultaba la caza.
Al atardecer, cuando una luz crepuscular ya desdibujaba la fronda, escuchó los pasos de un animal.
Mauro se agachó y apoyó una rodilla en el suelo, escuchando atentamente. Aquello era, un perro, uno grande.  Se irguió y tomó otro rumbo. Seguro era el perro de un cazador. Tras apartarse unos pasos sintió que lo seguían. Era el perro. El animal era enorme, casi negro, y avanzaba con la cabeza gacha, la mirada puesta en Mauro, y sus pasos eran calculados.
Él no esperaba aquello. Pensó que tal vez se trataba de un animal rabioso.  Apuntó su escopeta y trató de espantar al animal a los gritos, pero este seguía avanzado agazapado. Entonces un cañonazo resonó en el bosque, y el eco se propagó por las elevaciones cercanas.

No le gustaba lo que había hecho, pero el animal lo iba a atacar.  Como la noche avanzaba rápidamente tomó una linterna para examinar al perro. No lucía como si estuviera enfermo. Tenía un collar muy grueso, con puntas. Sin dudas era la mascota de alguien. Si el dueño andaba por allí seguro había escuchado el disparo, y a juzgar por el perro, no quería conocer al dueño.
Cuando giró para irse un hombre ya se acercaba por detrás. Lo había sorprendido. ¿Acaso aquel tipo era más sigiloso que él?  El extraño era muy alto y corpulento. En aquellas medias luces lograba resaltar su cabellera larga y blanca. Tenía el rostro casi cuadrado, y dos enormes arrugas bajaban desde el tabique de su nariz hasta la comisura de sus labios.
El tipo era tan alto que con apenas ladear un poco la cabeza pudo ver al perro inerte tras Mauro.

- Si ese era su perro me disculpo -le dijo Mauro, más por estar apenado que por lo intimidante de la figura del tipo, y continuó-. Me iba a atacar, estaba por saltarme.
- Claro que estaba por atacarlo -dijo el extraño, con una voz muy grave, profunda-. Lo entrené durante meses para eso. Era mi “chivo expiatorio”. Si alguien aparecía mutilado, aunque no quedara muy claro le echaban la culpa a un perro. ¿No ha escuchado los rumores de la zona? Gracias a ese animal la gente habla de un perro asesino, y no de un hombre lobo. Por eso hacía que lo vieran a veces, y cada tanto atacaba a alguien.

Mauro no era de aquella región, había llegado hasta allí solo para cazar, y por lo tanto no había escuchado nada sobre la zona.
Aunque lo que decía aquel tipo no fuera cierto, pues eso implicaría que era un hombre lobo, sin dudas era un loco, pensó Mauro.
Cuando quiso encañonar al tipo este se movió rápidamente y le arrebató la escopeta de las manos, para seguidamente arrojarla por encima de los árboles como quien arroja una rama delgada. El arma se perdió en las tinieblas ya dominantes y cayó muy lejos de allí.
Mauro giró el cuerpo como para huir en dirección contraria a su rival; el otro se abalanzó hacia él, y en ese momento Mauro lanzó una potente patada de talón hacia atrás que impactó en la pelvis del agresor. A esa acción le siguió un golpe de puño circular que dio de lleno en el rostro (el extraño se había arrollado tras el primer golpe), después otro puñetazo, y fue una patada recta al pecho lo que consiguió derribar al gigantón. El padre de Mauro lo había entrenado bien.
Creyó que con aquello tenía que bastar para dejarlo inconciente un buen rato. Cuando se alejó de allí la noche ya era dueña del bosque.

Al especular que estaba bastante alejado del grandullón encendió la linterna, mas no mucho después la apagó, porque el bosque comenzaba a quedar claro, y vio que la luna llena ya se elevaba sobre unas copas.  En ese momento sonó el aullido. Fue largo y aterrador. Le pareció que venía de la zona donde dejara al loco.  Cuando resonó otro aullido Mauro quiso apurar el paso, pero el bosque se interponía continuamente, haciendo su andar más lento, y era como en una pesadilla, y la fronda parecía apretarse más.
Pronto escuchó que algo venía rompiendo gajos detrás de él.  Ya no tenía caso huir, tenía que defenderse.  Empuño su cuchillo de monte en la mano derecha y en la izquierda apretó la linterna. Si la encendía en el momento justo podía encandilar al otro.
Su perseguidor venía resoplando, gruñendo, y apartaba todo lo que se pusiera enfrente, y derribaba árboles jóvenes de un manotazo, y a los más grandes le hacía unos surcos en la corteza con las uñas.
Finalmente lo alcanzó y pudo ver a los ojos a la bestia. Era un hombre lobo, y aunque su camisa estaba rasgada estaba claro que era el dueño del perro. Asomaron unos colmillos y la bestia pareció sonreír fieramente.  
Mauro y el hombre lobo empezaron a atacarse.  Uno esquivaba garras, el otro un cuchillo. El haz de luz de la linterna confundía por instantes al licántropo, y Mauro consiguió hacerle un tajo. Pero la bestia era demasiado poderosa. En una de las embestidas el hombre lobo le alcanzó el pecho, abriéndole unos surcos. Después lo arrojó contra un árbol, y desde allí todo fue oscuridad.
Despertó por la mañana en una habitación sombría, y para su horror estaba atado del cuello a una gruesa cadena empotrada en la pared.  Examinó con más atención la habitación y descubrió que era un sótano.  El gigantón lo tenía atrapado.  Al fijarse en las heridas de su pecho vio que estaban cicatrizando. Enseguida entendió que aquello no era nada bueno; si se estaba curando tan rápido era por ser un hombre lobo. ¿Qué querría la otra bestia de él?
Continuará…

martes, 20 de mayo de 2014

La Luna y el cazador (primera parte)

El día ya estaba en su ocaso cuando Mauro todavía iba a pie por la ruta.  En las praderas por donde pasaba aquella ruta los pastos se iban hundiendo en las sombras de unas elevaciones lejanas. Las nubes que se habían encendido con los últimos rayos del sol comenzaban a dispersarse, y el extremo más lejano del cielo se iba volviendo gris.
Mauro no era muy alto pero tenía hombros anchos y una postura muy derecha al andar, la mirada clara y serena puesta en un tramo lejano del camino. Fácilmente podrían confundirlo con un militar, pues tenía la actitud, y se debía a la educación que le impartiera su padre, un veterano de las fuerzas especiales; pero Mauro solo había sido cazador toda su vida. Ahora iba tras la presa más peligrosa a la que podía enfrentarse.
Como todavía estaba lejos iba haciendo “dedo” a los vehículos que pasaban, pero en aquellas soledades nadie se fiaba.

Cuando la noche terminó de ahuyentar a la claridad del día Mauro se detuvo a mirar la extensión oscurecida que lo rodeaba. Al pasar la mirada por el terraplén opuesto de la ruta, entre los pastos se enderezó hasta la cintura la figura de un hombre, y acto seguido se irguió otra que estaba a su lado. Se pararon, hablaron algo entre ellos y recogieron unos bolsos, y acto seguido se los colgaron  al hombro.
Mauro siguió caminando. De reojo vio que las dos figuras tomaron la ruta y empezaron a seguirlo a grandes pasos.  
Era lógico suponer que eran dos caminantes como él que se habían echado a descansar un rato. Pero en los caminos anda todo tipo de gente, y Mauro lo sabía bien.
Los tipos trotaron un poco y lo alcanzaron. Mauro volteó hacia ellos.

- Buenas noches -saludó uno de los tipos, levantando el ala retorcida de un sombrero medio aplastado que acababa de ponerse.
- Buenas noches -contestó secamente Mauro.
- Hoy la gente no para, ¿no?
- En esta zona no.
- Es cierto, no sé por qué, ¡jeje!

Y empezaron a caminar a su lado. El que no había hablado tenía barba espesa, pelo largo, y su mirada era un misterio en aquella oscuridad, pero Mauro podía sentir que el sujeto lo observaba de pies a cabeza. Algo le decía que aquellos dos no tenían buenas intenciones. El hablador confirmó sus sospechas al preguntarle:

- Cuando usted anda viajando, ¿duerme al aire libre nomás o se queda en algún lugar?
- Depende.
- ¡Ah! ¿De qué depende?
- De cosas. No son asunto de usted.

Aquella pregunta en realidad intentaba averiguar si andaba con dinero o no. Tras la respuesta poco amigable de Mauro los desconocidos se atrasaron un poco y cuchichearon entre ellos. Los seguían a unos cinco metros de distancia, hablando bajo entre ellos, mirando hacia adelante, volteando de nuevo hacia su compinche; Mauro iba atento, escuchando. Si se acercaban más…
Mientras ocurría eso la oscuridad recién instalada había comenzado a ceder. Una luna llena enorme, amarilla, se iba apartando del horizonte y el paisaje volvía a mostrarse, también se creaban nuevas sombras.
Los vagabundos que seguían a Mauro comenzaron a emitir risitas burlonas, entre cuchicheos. Eran como dos depredadores que juegan con su presa; dejan entrever sus intenciones, se sienten más poderosos, crece la confianza, las risitas.  Mas Mauro ahora seguía a paso parejo, no caminaba más rápido.
Como si presintieran algo, los vagabundos mantuvieron la distancia un trecho, pero pronto olvidaron esa prudencia:

- ¡Oye! ¿Tienes algo de dinero para darnos? Mejor, danos todo lo que tengas. ¿Oíste? -habló nuevamente el bocón.
- No quiero problemas, solo lárguense. No se los voy a repetir -les advirtió Mauro.
- ¿¡Pero quién te crees!? ¡Ya vas a ver!

Los vagabundos corrieron hacia Mauro pero se detuvieron enseguida, un gruñido los detuvo. Mauro había volteado levemente, y su perfil ya no era el de un humano, era un hombre lobo.
Aquello bastó para que salieran corriendo en sentido contrario, y pronto dejó de verlos.
Mauro no quería perder el tiempo con pillos comunes, él tenía un objetivo, y este era destruir al hombre lobo que le traspasara aquella maldición a él.
Aunque nadie lo levantara estaba a menos de un día de la zona que era su meta. Y siguió caminando bajo la luna, gruñendo cada tanto al pensar en su próximo enfrentamiento.

lunes, 19 de mayo de 2014

En la escuela

Cuando el director de la escuela entró al salón, y con el permiso de la maestra preguntó quién quería ayudarlo a cargar algunas cosas, fui el primero en ofrecerme.  No había hecho la tarea, y creí que aquello me podía salvar. Al salir del salón me llevé el cuaderno, confiando en que al otro día la maestra se iba a olvidar. Si el trabajo con el director se extendía hasta la hora de la salida, me salvaba de otra tarea. ¡Genial! Pero al ver que debíamos cargar cosas que se hallaban en la escuela vieja, el asunto ya no me gustó nada.
El terreno de la escuela era grande. Había una parte nueva, donde se daban las clases, y después de un patio interior grande se encontraba el edificio viejo (lo que quedaba de él), y esa parte todos decían que estaba embrujada.
Evidentemente el director (que era nuevo en la escuela) no creía que estuviera embrujada.  
Tres de mis compañeros de clase se ofrecieron también, y noté que se sorprendieron como yo al darse cuenta a dónde íbamos.

Al atravesar el patio el director iba adelante, y nosotros lo seguíamos sin apuro, con ganas de desertar.
Abrió una vieja puerta de metal y entramos a un salón donde la luz era crepuscular. Las ventanas se encontraban a una considerable altura, y sus vidrios estaban tan sucios que alcanzaban a detener gran parte de la claridad del sol, que a esa hora ya estaba algo bajo en el cielo. La mitad del salón estaba ocupado por viejos y descolados pupitres que se amontonaban unos sobre otros. De allí pasamos a otro salón, y este se hallaba repleto de todo tipo de objetos. El director empezó a seleccionar algunos.

- Vayan llevando lo que les doy al salón grande -nos dijo-, después los vamos a sacar para el patio, y ahí los limpiamos un poco. Los padres que forman la comisión se van a encargar de vender lo que puedan, y lo recaudado va para la banda de la escuela. ¿Alguno está en la banda?
- No -le respondimos al unísono.
- ¿Sus padres están en la comisión?
- No.

El director nos observó un momento. Seguramente comprendió que no estaba frente a los mejores alumnos de la escuela.    Después supe que los otros se ofrecieron por la misma razón que yo.
Primero cargamos unas ventanas de hierro y unos marcos de puerta, restos de los salones demolidos. Luego llevamos un escritorio pequeño pero pesado, y a continuación unas cajas polvorientas llenas de papeles que olían a viejo.
Aquello ya era mucho trabajo, debía hacer algo para librarme de él. Una idea vino repentinamente a mí, en forma de una imagen aterradora. Sonreí disimuladamente, fui hasta donde estaba el director y le dije:

- Director. Entre los bancos viejos hay un niño de cara rara que nos está mirando.
- ¿Qué? ¿Entre los pupitres? ¿Pero quién pudo meterse ahí…? -y salió hacia el salón, con el ceño fruncido.

La luz era más escasa ahora. La pila de pupitres era grande y desordenada. El director dio unos pasos hacia ellos y se detuvo, se agachó, trató de ver bajo los destartalados muebles, y después volteó hacia nosotros, muy serio.

- Él dice que vio a alguien entre esos pupitres. ¿Ustedes también vieron a un niño escondido ahí? -le preguntó a los otros; lo que respondieron me sorprendió.
- Sí, también -dijeron los tres, y parecían muy asustados.

¿Qué pasaba allí? ¿Mis compañeros habían comprendido mi plan?  El director volvió a mirar la pila de bancos viejos. Repentinamente retrocedió como espantado y nos gritó que saliéramos de allí.
Después el asunto pasó a ser por demás extraño. Mis compañeros juraban que realmente vieron a un niño aterrador, y parece que el director también lo vio, y al recordar aquel momento ya no supe si inventé repentinamente aquello o si vi una imagen fugaz.






domingo, 18 de mayo de 2014

La anciana del camino

Mariano se sorprendió un poco cuando las luces de su vehículo iluminaron a una anciana que recorría a pie el camino.  Se notaba que era una anciana por la figura y por el andar. Caminaba sumamente lento, medio encorvada. Se hizo a un lado del camino y, defendiendo sus ojos de la luz del vehículo con una mano temblorosa, extendió el otro brazo, claramente pidiendo un aventón.
Mariano dudó. Aquel punto estaba a muchos kilómetros de la casa más cercana, ¿cómo había llegado aquella anciana hasta allí? Caminando no podía ser, y si alguien la había arrimado en algún coche, ¿por qué la habían dejado allí, en medio de la nada, a esa hora de la noche? Pero al pensar en seguir de largo, en dejar a una anciana en aquella soledad sólo por desconfianza, se sintió algo avergonzado y frenó, y como ya la había pasado retrocedió un poco. Se estiró para abrir la puerta y la invitó a subir, e inventó una excusa poco creíble para justificar que no se había detenido frente a ella:

- Buenas noches, señora. Suba. Iba distraído y la noté medio tarde.
- Buenas noches, joven. Le agradezco que parara -dijo la anciana con una voz que sonó bastante extraña, pero Mariano se lo atribuyó a su avanzada edad, algo que era evidente.

Subió con aparente dificultad, pero al cerrar la puerta dio un portazo fuerte, enérgico, y al darse cuenta que fue excesivo se excusó:

- Creí que había que golpearla fuerte, como a los autos de antes.
- Bueno, nunca está de más, es peor que quede mal cerrada -comentó Mariano, y observó a la anciana de reojo. ¿De dónde había sacado tanta fuerza aquella vieja? Después de un rato de marcha le preguntó:
- ¿A dónde va, señora?
- A donde quiero. Dígame usted, ¿siempre levanta extraños en los caminos? Puede ser peligroso.
- Claro que es peligroso, normalmente no lo hago, pero como usted es una persona de avanzada edad…
- ¿Cree que no soy peligrosa por ser una vieja? -la vieja hizo la pregunta con un tono desafiante.
- No quise ofenderla, señora. Quise decir que no parece ser un asaltante o algo así.
- ¿Y qué parezco? ¿Me parezco a una bruja? ¡Jajaja! Pues lo soy ¡Jajaja… ah!

Al decir eso la apariencia de la vieja se hizo realmente horrible. Sus rasgos se acentuaron: ahora su nariz caía larga y flácida, su boca se abría desmesuradamente al lanzar la carcajada, y su piel estaba más arrugada y caía en pliegues que se balanceaban bajo su mentón.
Mariano se aterró, pero pensó rápido y aceleró, frenando después bruscamente. Al no tener puesto el cinturón la bruja salió despedida por el parabrisas. Después Mariano la vio ponerse de pié de un salto, para seguidamente correr hacia el vehículo como una exhalación mientras lanzaba un grito horrendo de furia. Entonces nuevamente Mariano reaccionó rápido, y esta vez acelerando evadió a la bruja y la dejó atrás.
Poco después, esa misma noche, una pareja que venía en camioneta se detuvo al ver a una anciana que transitaba a pie el camino.




miércoles, 7 de mayo de 2014

Atrapados (segunda parte)

Pronto todos los muertos se transformarían en zombies. Aquella realidad era aterradora, y uno siempre busca otra explicación.  Me puse a respirar lentamente y pensé que aquello era absurdo. “Tal vez el tipo no estaba realmente muerto, tiene que ser eso. Muertos reanimados, solo yo creer algo así”, pensé.
El caos que nuevamente creciera en el aeropuerto empezó a disminuir. Algunas personas, ya roncas de discutir, se sentaron al fin y los agentes retrocedieron un poco. Luego un oficial les comunicó una orden uno a uno (evidentemente para que la gente no escuchara) y formaron un par de filas bloqueando la vista a las carpas médicas; los de adelante tenían escudos y cachiporras largas. Enseguida me di cuenta. Por entre ellos atisbé que comenzaba un desfile de camillas hacia la carpa más chica: el número de muertos aumentaba y no querían que la gente lo viera.  Pero un tipo también lo notó y dijo a los gritos:

- ¡Han muerto más personas! ¡Ahí se los llevan, murieron todos! ¡Todos vamos a morir!
- ¡Cálmese o voy a hacer que lo encierren! -le ordenó un oficial.
- ¿Encerrarme? ¡Ya estamos encerrados aquí, maldito…!
- ¡Espósenlo y sáquenlo de aquí! -ordenó ahora el oficial a sus subordinados.

Sometieron al tipo entre cuatro y se lo llevaron a la fuerza.  Entonces se me ocurrió algo: si lo sacaban de allí yo iba a hacer lo mismo, pero solo lo llevaron para el otro extremo y lo arrojaron en un rincón. Aquello no iba a funcionar.
Me inquietaba no ver bien hacia la carpa de los muertos. Al recostarme solo veía partes de ella por entre las botas y los escudos transparentes. Sí pude advertir que la carpa grande se estaba vaciando.
Muy avanzada la madrugada empezaron los gemidos. Los policías voltearon y la gente que estaba a mi alrededor se levantó alarmada. Era lo que temía; eran los muertos vivientes.
Los agentes rompieron las filas y fueron rumbo a la carpa. Los zombies mordían e intentaban desgarrar el nylon, pronto se iban a liberar.  Algunos ya estaban afuera, los vi aparecer por un costado.   En la carpa grande brotaron unos gritos agudos que debían ser de las enfermeras; al parecer quedaban algunos enfermos que también se convirtieron.  Unos policías intentaron contener a los que ya habían salido pero fueron inmediatamente superados.    A los gritos de los muertos andantes se sumó el de la gente. Algunos se alejaron acorralándose en el extremo contrario, otros corrieron hacia las entradas bloqueadas, todo entre gritos de terror. Ni la peor pesadilla se acercaría a lo que fue aquello.  Cuando comenzaron los disparos el asunto se volvió un infierno.

En el apuro de la situación me pareció mejor ir hacia una de las entradas. Las personas golpeaban las puertas y suplicaban; fuera los militares amenazaban con disparar.
Ahora los agentes luchaban a brazo partido contra los zombies.  Las personas desesperadas me pechaban desde todos lados, algunos caían y era pisoteados.  En aquel caos podría atacarme un zombie en cualquier momento. Y para empeorar la situación de pronto se apagaron todas las luces. Seguramente fue culpa de algún balazo que dio en una central, no sé.  Enseguida los vehículos que se amontonaban afuera encendieron las luces y las apuntaron hacia adentro, pero eso no ayudó mucho porque encandilaban y volvían más confusa la pesadilla que se desataba adentro.
Recosté mi espalda a la pared de vidrio como defensa, si alguno me atacaba tenía que ser de frente.
No sé cuánto tiempo duró aquello, cada minuto parecía ser eterno. Como ya casi no se escuchaban disparos supuse que los policías habían sido derrotados. Ahora los zombies atacaban a la gente. El griterío era impresionante. El aire se llenó de un nauseabundo olor a sangre y gran parte de los pisos estaban rojos.

En medio de aquel infierno vi que una cachiporra rodó hacia mí. La tomé justo a tiempo. Un zombie corría hacia mí abriendo la boca. No tuve tiempo de golpearlo, solo interpuse la cachiporra entre él y yo sosteniéndola con las dos manos. Lo empujé, y cuando volvió a arremeter tuve espacio suficiente como para golpearle la cabeza. Estaba tan lleno de adrenalina que con un golpe fue suficiente. Pero allí había muchos más.
Después vi con desesperación que los militares abrieron las puertas (no sé si obedeciendo órdenes o si simplemente se apiadaron de los que estábamos allí). Cuando corrí hacia la salida sentí un terror espantoso, pues no solo los sobrevivientes se abalanzaban hacia ella, también lo hacían los zombies.
La cosa no había mejorado para mí ni para nadie, porque una vez afuera los militares abrieron fuego (creo que contra los zombies), y solo Dios sabe la cantidad de balas que cruzaron a mi lado y sobre mi cabeza, pero como estaba la situación no me importaba morir de un disparo; prefería eso a que me atraparan los zombies.  Corrí agazapado entre los vehículos y hasta ahora no sé cómo logré salir de aquella pesadilla. Atravesé las pistas, salté una valla y me interné en un bosque bajo. Vi que otros sobrevivientes tomaban otros rumbos. Atrás quedó una balacera infernal y el griterío.
Estaba amaneciendo cuando salí en un pueblo.
Quise creer que todo había terminado allí pero no fue así. Los militares no pudieron contener a los zombies. Ahora se expanden como una infección por todo el planeta.

martes, 6 de mayo de 2014

Atrapados (primera parte)

Comenzó como cualquier otro día, y terminó siendo el último día normal.
Llegué al aeropuerto muy temprano por la mañana. Para mí aquello era rutina porque viajo todas las semanas.  Como otras veces el vuelo que debía tomar estaba atrasado. De nada sirve hacer preguntas y molestarse. Fui a sentarme y me puse a observar todo.  Si se pone atención siempre está pasando algo donde hay gente: habían reencuentros y despedidas con abrazos, turistas alegres, estaban los que pegan sus celulares al oído apenas bajan, y siempre hay algún despistado que pecha a alguien al pasar, y no faltan los viajeros frecuentes que cruzan sin mirar a nadie, ya con la mente en otro lado. Algunas azafatas que llegaban intercambiaban palabras con otras que se iban. A una azafata la seguí largamente con la vista porque me sonrió, pero no volteó como esperaba.

Más allá del peregrinaje de personas estaba un muro de vidrio, y afuera pasaban cargadores repletos de maletas, y más lejos se hallaban las pistas de aterrizaje.
Observando todo noté que pasaba algo fuera de lo común. Algunos policías se movían rápido y hablaban por sus radios. Iban rumbo a uno de los corredores donde se sube a las aviones. Después pasaron unos médicos de emergencia.   Ahora tenían toda mi atención. Unos policías volvieron a pasar frente a mí y se veían muy preocupados. Aquello era una emergencia muy grave. Algo pasaba en un vuelo que recién había llegado.

Después acudieron más agentes, más doctores. Ocurría algo muy malo. Otros advirtieron la situación y se pusieron a hacer preguntas. Me levanté a ver qué pasaba. Los vuelos estaban cancelados. Los que estaban tras los mostradores recibían llamadas, trataban de calmar a la gente, y los que exigían respuestas comenzaron a enfadarse al no recibirlas.
Se hicieron presente más equipos médicos que cruzaban con camillas, y la presencia policial aumentó también.   ¡Al diablo mi viaje! Ya no quería estar allí.  Cuando fui a una de las salidas la bloqueaba una muchedumbre movediza. Abriéndome paso como pude me enteré que no dejaban salir a nadie. Fuera se engrosaba una barrera de agentes con cascos, escudos y protección en todo el cuerpo.

- ¿¡Por qué no dejan salir!? -pregunté gritando.
- ¡Pronto les darán explicaciones, pero por el momento no pueden salir. Por favor, retrocedan, solo cumplimos órdenes¡ ¡Señores, muévanse hacia atrás, retrocedan! -gritaba uno de los policías.

Hicieron retroceder a la muchedumbre a empujones y cerraron la puerta.   Algunos corrieron hacia otras entradas, era inútil, en todas pasaba lo mismo.
Anduve deambulando entre la gente confundida y enfadada, todos se preguntaban los mismo, y algunos evidentemente ya comenzaban a asustarse.  “Debe ser un atentado”, especulaban unos “Es un vuelo donde enfermaron todos”, empezaron a decir varios.  Y mientras tanto llegaban más unidades y ambulancias, y pronto se unieron los militares.   Después unos agentes fueron despejando el salón y tras ellos aparecieron las camillas. Eran camillas especiales. Los enfermos iban dentro de un sello de plástico. Tenía que tratarse de algo muy contagioso.  Todo empeoró cuando en la salida también bloquearon a las camillas. Algunos doctores protestaron, unos agentes también. El ejército había tomado el control, nadie salía de allí.  Entraron hombres con trajes anticontaminación y trajeron equipos. Solo con ver aquello la gente se asustó más.

 Fuera aterrizaban helicópteros y se sumaban camiones militares, y un montón de efectivos cruzaban corriendo para aquí y para allá.
Rápidamente armaron una especie de carpa semitransparente gigantesca dentro mismo del aeropuerto y allí colocaron a los enfermos.  No mucho después levantaron otra más pequeña al lado, esa era para los muertos.
Instintivamente todos se amontonaron en el otro extremo, cerca de aquellas carpas estaba la muerte.
Por la tarde unos agentes repartieron comida y agua. Mucha gente se descompensaba, seguramente por el miedo, y los irritados arremetían a cada rato y por momentos aquello era un caos.

Los enfermos de la carpa grande parecían estar empeorando, y al final del día varias camillas pasaron para la carpa más pequeña, eran las primeras bajas.
Ya bastante entrada la noche apagaron algunas luces en el extremo donde se hallaba la mayoría de la gente para que pudieran dormir.   A pesar de la grave situación el aeropuerto se calmó bastante.
Como no podía dormirme empecé a observar nuevamente. Estaba sentado en el suelo sobre una manta, con la espalda recostada a una pila de equipaje. Frene a mi estaban las carpas médicas. En la más grande se movían figuras difusas y sombras informes que debían ser médicos o enfermeras. También alcanzaba a ver un par de filas de camillas. Más allá de cierta distancia todo se borroneaba.

No quería ver hacia la de los muertos pero algo me hizo desviar la mirada hacia ella. Había una figura erguida muy cerca de una de las paredes (por llamarlo de una forma) de la carpa. La figura permaneció inmóvil algunos minutos, después se recostó al nylon semitransparente y marcó su cara en él. Después noté que estaba mordiendo el material, y pronto le abrió un agujero y asomó una boca ensangrentada.  Seguidamente lanzó un gemido y empezó a desgarrar el material con sus manos.
En ese momento advirtieron aquello algunos policías y corrieron hacia el lugar. Irrumpieron en la carpa y a la fuerza alejaron del agujero al hombre. Enseguida comenzó una lucha. Unos policías gritaron como si los hubieran herido y después escuché: “¡Me mordió, el tipo me mordió!”, gritaba uno, “¡Ahhh! ¡También me mordió!”, exclamó otro.  Se sumaron a la lucha unos militares con trajes anticontaminación y después sonaron unos disparos.

Los pocos que dormían después de aquel revuelo despertaron con sobresaltos. Algunos gritaron sin saber qué pasaba y volvió la confusión  y el caos.
Al tipo que mordiera la carpa lo sacaron en un saco y lo llevaron para el extremo más lejano del enorme salón.  Después los agentes intentaron imponer el orden, y se armaron discusiones y gritos.
A mí me preocupaba el extraño comportamiento de aquel tipo. No creí que fuera parte del personal médico, entonces, ¿qué estaba haciendo allí, en la carpa para muertos? Lo que se me ocurrió me resultó aterrador: aquel tipo era uno de los muertos, era… un zombie. Y estábamos atrapados allí.