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martes, 6 de mayo de 2014

Atrapados (primera parte)

Comenzó como cualquier otro día, y terminó siendo el último día normal.
Llegué al aeropuerto muy temprano por la mañana. Para mí aquello era rutina porque viajo todas las semanas.  Como otras veces el vuelo que debía tomar estaba atrasado. De nada sirve hacer preguntas y molestarse. Fui a sentarme y me puse a observar todo.  Si se pone atención siempre está pasando algo donde hay gente: habían reencuentros y despedidas con abrazos, turistas alegres, estaban los que pegan sus celulares al oído apenas bajan, y siempre hay algún despistado que pecha a alguien al pasar, y no faltan los viajeros frecuentes que cruzan sin mirar a nadie, ya con la mente en otro lado. Algunas azafatas que llegaban intercambiaban palabras con otras que se iban. A una azafata la seguí largamente con la vista porque me sonrió, pero no volteó como esperaba.

Más allá del peregrinaje de personas estaba un muro de vidrio, y afuera pasaban cargadores repletos de maletas, y más lejos se hallaban las pistas de aterrizaje.
Observando todo noté que pasaba algo fuera de lo común. Algunos policías se movían rápido y hablaban por sus radios. Iban rumbo a uno de los corredores donde se sube a las aviones. Después pasaron unos médicos de emergencia.   Ahora tenían toda mi atención. Unos policías volvieron a pasar frente a mí y se veían muy preocupados. Aquello era una emergencia muy grave. Algo pasaba en un vuelo que recién había llegado.

Después acudieron más agentes, más doctores. Ocurría algo muy malo. Otros advirtieron la situación y se pusieron a hacer preguntas. Me levanté a ver qué pasaba. Los vuelos estaban cancelados. Los que estaban tras los mostradores recibían llamadas, trataban de calmar a la gente, y los que exigían respuestas comenzaron a enfadarse al no recibirlas.
Se hicieron presente más equipos médicos que cruzaban con camillas, y la presencia policial aumentó también.   ¡Al diablo mi viaje! Ya no quería estar allí.  Cuando fui a una de las salidas la bloqueaba una muchedumbre movediza. Abriéndome paso como pude me enteré que no dejaban salir a nadie. Fuera se engrosaba una barrera de agentes con cascos, escudos y protección en todo el cuerpo.

- ¿¡Por qué no dejan salir!? -pregunté gritando.
- ¡Pronto les darán explicaciones, pero por el momento no pueden salir. Por favor, retrocedan, solo cumplimos órdenes¡ ¡Señores, muévanse hacia atrás, retrocedan! -gritaba uno de los policías.

Hicieron retroceder a la muchedumbre a empujones y cerraron la puerta.   Algunos corrieron hacia otras entradas, era inútil, en todas pasaba lo mismo.
Anduve deambulando entre la gente confundida y enfadada, todos se preguntaban los mismo, y algunos evidentemente ya comenzaban a asustarse.  “Debe ser un atentado”, especulaban unos “Es un vuelo donde enfermaron todos”, empezaron a decir varios.  Y mientras tanto llegaban más unidades y ambulancias, y pronto se unieron los militares.   Después unos agentes fueron despejando el salón y tras ellos aparecieron las camillas. Eran camillas especiales. Los enfermos iban dentro de un sello de plástico. Tenía que tratarse de algo muy contagioso.  Todo empeoró cuando en la salida también bloquearon a las camillas. Algunos doctores protestaron, unos agentes también. El ejército había tomado el control, nadie salía de allí.  Entraron hombres con trajes anticontaminación y trajeron equipos. Solo con ver aquello la gente se asustó más.

 Fuera aterrizaban helicópteros y se sumaban camiones militares, y un montón de efectivos cruzaban corriendo para aquí y para allá.
Rápidamente armaron una especie de carpa semitransparente gigantesca dentro mismo del aeropuerto y allí colocaron a los enfermos.  No mucho después levantaron otra más pequeña al lado, esa era para los muertos.
Instintivamente todos se amontonaron en el otro extremo, cerca de aquellas carpas estaba la muerte.
Por la tarde unos agentes repartieron comida y agua. Mucha gente se descompensaba, seguramente por el miedo, y los irritados arremetían a cada rato y por momentos aquello era un caos.

Los enfermos de la carpa grande parecían estar empeorando, y al final del día varias camillas pasaron para la carpa más pequeña, eran las primeras bajas.
Ya bastante entrada la noche apagaron algunas luces en el extremo donde se hallaba la mayoría de la gente para que pudieran dormir.   A pesar de la grave situación el aeropuerto se calmó bastante.
Como no podía dormirme empecé a observar nuevamente. Estaba sentado en el suelo sobre una manta, con la espalda recostada a una pila de equipaje. Frene a mi estaban las carpas médicas. En la más grande se movían figuras difusas y sombras informes que debían ser médicos o enfermeras. También alcanzaba a ver un par de filas de camillas. Más allá de cierta distancia todo se borroneaba.

No quería ver hacia la de los muertos pero algo me hizo desviar la mirada hacia ella. Había una figura erguida muy cerca de una de las paredes (por llamarlo de una forma) de la carpa. La figura permaneció inmóvil algunos minutos, después se recostó al nylon semitransparente y marcó su cara en él. Después noté que estaba mordiendo el material, y pronto le abrió un agujero y asomó una boca ensangrentada.  Seguidamente lanzó un gemido y empezó a desgarrar el material con sus manos.
En ese momento advirtieron aquello algunos policías y corrieron hacia el lugar. Irrumpieron en la carpa y a la fuerza alejaron del agujero al hombre. Enseguida comenzó una lucha. Unos policías gritaron como si los hubieran herido y después escuché: “¡Me mordió, el tipo me mordió!”, gritaba uno, “¡Ahhh! ¡También me mordió!”, exclamó otro.  Se sumaron a la lucha unos militares con trajes anticontaminación y después sonaron unos disparos.

Los pocos que dormían después de aquel revuelo despertaron con sobresaltos. Algunos gritaron sin saber qué pasaba y volvió la confusión  y el caos.
Al tipo que mordiera la carpa lo sacaron en un saco y lo llevaron para el extremo más lejano del enorme salón.  Después los agentes intentaron imponer el orden, y se armaron discusiones y gritos.
A mí me preocupaba el extraño comportamiento de aquel tipo. No creí que fuera parte del personal médico, entonces, ¿qué estaba haciendo allí, en la carpa para muertos? Lo que se me ocurrió me resultó aterrador: aquel tipo era uno de los muertos, era… un zombie. Y estábamos atrapados allí.

11 comentarios:

  1. Mmmmm.... k buena historia!!!! Ya kiero leer la 2 parte, espero anciosa jorge

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    1. Muchas gracias, Ely. Espero que también te guste la otra parte. ¡Saludos!

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  2. Buenisimo. Espero con ansias la continuación. :-) Slds.

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    1. Gracias, José. La voy a publicar hoy, más o menos a la misma hora que la primera. ¡Saludos!

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  3. Buenisismoooooooooo !!!!!!!!!!!!!! estoy esperando la continuacion .=) .. es la primera vez q comento , aunq soy tu fiel seguidora , me he leido todasssssss tus historias =).Saludos.

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    1. Gracias Marilu. Ya publiqué la continuación. ¿Has leído todos los cuentos? Entonces el blog ya es como tu casa ¡Jeje! Sigue así, y espero que sigas comentando. ¡Saludos!

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  4. Me encantan las historias de zombies 😊, leo hace tiempo tus historias, siempre visito tu pagina aunque es la primera vez q me animo a escribir. Ansiosa de la tercera parte 😪, saludos desde Perú. Celia

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    1. Hola Celia. Gracias por leerme y animarte a comentar. Ahora ya sabes que no muerdo ¡Jaja!
      No tengo una tercera parte, pero sí hay muchos cuentos de zombies en el blog. Búscalos en donde dice "categorías", en la parte derecha. Espero que te animes a seguir comentando. ¡Saludos!

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  5. Genial, genial!!! Vamos a leer la segunda parte!!!

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  6. Muy buen cuento, voy a leer la segunda parte porque me quede intrigado jeje

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