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martes, 27 de mayo de 2014

Cazadores de vampiros (primera parte)

Aunque estaba viendo las pruebas, Felipe apenas lo creía: aquello era obra de vampiros. 
Estaba en un campo, en un establecimiento rural. Terminaba de examinar el cadáver de una vaca; a unos metros de él había un grupo de peones que, hablando bajo y mirando de reojo formulaban entre ellos diferentes especulaciones. Finalmente uno se arrimó y le preguntó a Felipe:

- ¿Y, doctor? ¿Qué opina? Yo digo que es el chupa cabras -dijo el peón. Felipe era veterinario y trabajaba a veces en aquel establecimiento rural. 
- ¿Chupacabras? No. Esto es hecho por un animal corriente, posiblemente un puma -les mintió Felipe. Aquello no era el trabajo de un puma, la mordida era muy diferente. Si se parecía a lo que le describiera un amigo convencido de la existencia de los vampiros. 

Jonathan (el amigo de Felipe) le decía que los vampiros suelen alimentarse de animales, seguramente porque de hacerlo únicamente de humanos tarde o temprano revelarían su existencia, y les conviene permanecer como un mito, como una leyenda, algo que existe solamente en cuentos y en la imaginación de gente supersticiosa, y así sobreviven siglo tras siglo.  
Ante la evidencia, Felipe se hizo creyente. Le dijo a los peones que era mejor enterrar al animal, por seguridad, y mientras éstos lo hacían salió a recorrer el campo. 
El sol estaba alto y eso le daba confianza; la luz del astro rey es mortal para los vampiros. 
Caminó mirando la lejanía, especialmente hacia unos cerros llenos de grutas y montes. Pensó que tal vez se ocultaban en aquella zona. Pero pronto descubrió un posible escondite más cercano. Encontró una casa solitaria. A esa hora dicha casa se hallaba bajo la sombra de un gran árbol ubicado en el patio de ésta. No había perros, algo inusual en el campo. Las ventanas estaban cubiertas desde el interior por unas colgaduras oscuras, que Felipe juzgó no eran cortinas, sino frazadas. Al acercarse más sintió que lo observaban, y las improvisadas cortinas se sacudieron un poco. Después escuchó unas pisadas muy particulares, pues parecían sonar en el techo, como si gatearan en él, también andaban por las paredes.
Aquel era el refugio de los vampiros. ¿Qué hacer ante esa revelación? ¡Vampiros! ¿Qué otros horrores existirían también en el mundo? Quién iba a creerle, si él mismo no le había creído a su amigo durante largo tiempo. Y pensando en todo eso decidió que debía hacer algo. Sin dudas su amigo lo iba a ayudar. Se alejó de allí y volvió a las casas del establecimiento rural. 
El dueño del lugar esperaba noticias:

- ¿Qué halló, doctor? Los peones dicen no haber visto heridas así antes. ¿Será algún tipo de infección…?
- No se trata de una infección. Que no entendieran qué animal hizo eso no me extraña, me costó un poco identificar las mordeduras. En mi opinión fue un puma. Probablemente un puma viejo, con la dentadura mal trecha, por eso no parece la clásica mordida de esos felinos. 
- Eso lo explicaría, claro. Por eso busco la opinión de los que realmente saben -se convenció el tipo.
- Pero aunque no sea el “chupa cabras”, igual hay que tener cuidado. Es mejor que no salgan de noche, porque si lo piensa bien, es peor que se pierda una vida humana, ¿no?
- Por supuesto, aunque tengo que cuidar a las vacas también…
- Y para eso me paga usted. Tengo un amigo que es experto cazando pumas problemáticos, y lo hace sólo por diversión, y a mí también me gustaría echarle mano a ese felino mutila vacas. Si me lo permite mañana mismo vengo a cazarlo, sin cobrarle nada extra, claro -dijo Felipe. Sabía que el tipo era tacaño.
- Si no fuera tan viejo me uniría a usted también. Cuando venga diga nomás si precisa algo, si quieren que algún peón los acompañe, cualquier cosa. 
- Muy bien. Hasta mañana. 

Y Felipe partió en su camioneta rumbo a la ciudad. Por el camino llamó a su amigo y le habló sobre la situación. Ya en la cuidad fue a la casa de éste, y estuvieron planeando qué hacer y hablando de vampiros hasta la medianoche.  
El asunto era complicado para los dos. Jonathan era experto en el tema pero nunca se había enfrentado a un vampiro, aunque estaba bien preparado si la ocasión se presentaba; y Felipe no quería dejar a aquella gente a merced de unos vampiros, pero tampoco quería perder la vida. No podían contar con la ayuda de los peones del lugar ni con otra gente, porque si le decían la verdad, o no le iban a creer o no iban a querer acompañarlos, y si no decían nada, ¿cómo iba a reaccionar al ver un vampiro alguien que creía perseguir a un puma? Además no era justo llevar a alguien que desconocía cuál era la presa. Estaban solos.   

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